12. Una casa para el emperador los palacios de Carlos V #3
En mayo de 1543, Carlos V dejó España, a donde no había de regresar hasta después de su abdicación en 1556, por lo que todas estas obras en las residencias regias perdieron sentido.
El Carlos que partió en 1543, aunque ya con achaques, era un príncipe vigoroso que había de alcanzar el cénit de su poder en la batalla de Mühlberg de 1547 contra los príncipes rebeldes alemanes.
Ahí fue cuando Tiziano (1488-1576) le pintó montado a caballo, con la bestia en corveta, una iconografía de poder que había de hacerse tremendamente popular entre los príncipes de los siguientes siglos .
Pero tras la traición de Mauricio de Sajonia, que obligó a Carlos V a huir precipitadamente de su palacio de Innsbruck en mayo de 1552, el emperador cayó en una profunda crisis que le llevó a abdicar a finales de 1555.
Decidió entonces buscar un lugar donde retirarse hasta su muerte.
Optó por volver a España y apelar a la hospitalidad jerónima, buscando pasar sus últimos años en un monasterio de esta orden religiosa.
En realidad, ya en 1543 una comisión imperial había recorrido Extremadura y Andalucía, buscando un sitio donde un día el emperador pudiera retirarse.
Recordemos que en la historia de los monarcas hispanos tenemos numerosos ejemplos de monasterios reales, es decir, cenobios donde los reyes habilitaban un espacio propio donde residir.
El más conocido es El Escorial, pero no deja de ser el último de una lista de monasterios reales que había comenzado ocho siglos atrás.
La elección de Yuste, en la comarca de la Vera, Cáceres, pudo depender, en gran medida, de la influencia de Luis de Ávila y Zúñiga, un noble extremeño (concretamente de Plasencia) que formó parte del séquito de Carlos V desde 1529, cuando ya acompañó al emperador a su coronación a Bolonia.
Desde ese momento, encontramos a Luis de Ávila en todos los grandes acontecimientos de Carlos V.
Le acompañó en la jornada de Túnez de 1535, estaba a su lado durante las guerras en Alemania que concluyeron en la batalla de Mühlberg, hechos militares que el propio Luis de Ávila puso por escrito.
También participó en el sitio de Metz de 1552, la última gran operación bélica que dirigió el emperador.
Y fue de los nobles que estuvieron junto a Carlos V en sus últimos días en Yuste.
Elegido Yuste, la construcción del cuarto real pudo comenzar en enero de 1554, bajo la dirección de Gaspar de Vega (1523-1575), sobrino de Luis de Vega, unas obras que visitó el príncipe Felipe (futuro Felipe II) en mayo de 1554 .
Los trabajos se demoraron hasta febrero de 1557, de modo que, aunque Carlos V llegó a Extremadura en noviembre de 1556, hubo de aguardar en Jarandilla de la Vera, en el palacio de los condes de Oropesa (hoy Parador Nacional), hasta el final de la construcción.
El palacio que vemos hoy es fruto de la restauración realizada por el arquitecto González-Valcárcel (el mismo que restauró Cogolludo) en la segunda mitad del siglo XX , que trató de ajustarse, en mayor o menor medida, a lo que las fuentes contaban sobre el recinto.
El palacio se construyó en perpendicular al muro sur de la iglesia del monasterio. De planta rectangular, contaba con dos pisos, estando previsto que el inferior se emplease en verano y el superior en invierno. Finalmente, Carlos V solo empleó el superior.
Para acceder a él, se habilitó una rampa que facilitaba que el emperador pudiera llegar en litera o en silla de ruedas, dadas las dificultades que ya tenía para andar debido a la artritis y la gota.
La rampa llegaba hasta una terraza cubierta que se abría por su lado occidental y sur, lo que permitía tener una amplia panorámica sobre el valle del Tiétar.
Desde la terraza, se abría un pasillo oeste-este que comunicaba con las diferentes habitaciones y que debía estar iluminado con lucernarios.
Al entrar, a la izquierda, había una antecámara que precedía a la cámara o dormitorio del emperador.
En esta cámara había una puerta en esviaje que permitía ver el altar desde la cama (y así poder seguir la misa si Carlos V no podía levantarse), una solución que, como veremos, también adoptaría Felipe II años después en su palacio de El Escorial.
En el lado derecho del pasillo, tenemos primero una antesala que contaba con una salita anexa que sobresale del cuerpo del palacio.
En esta antesala aguardaban los que deseaban reunirse con Carlos V, y en la salita anexa permanecían los servidores.
A continuación, estaba la sala de audiencias, que también contaba con su espacio anexo sobresaliendo del palacio.
Entre estas dos salas se abría un nuevo balcón, que, además de iluminar y ventilar el interior, permitía contemplar el paisaje.
Todas estas estancias estaban cubiertas con artesonados y disponían de chimeneas. No había una decoración arquitectónica notable, aunque sabemos que Carlos V hizo llegar numerosas obras de arte para ornar el lugar, en especial, cuadros de Tiziano.
En el lado sur del palacio, se habilitó un estanque, además de varias huertas y jardines.
Para albergar al personal que atendía al emperador, alrededor de la cabecera de la iglesia se construyeron nuevas estancias.
El diseño del cuarto real de Yuste era realmente sobrio. No buscó ningún esquema tradicional, ni medieval, ni clásico, no había un acceso monumental, ni un patio central, con pórticos columnados. Todo resultaba aparentemente pragmático.
Pero, en realidad, todo se organizaba en torno a las dos necesidades últimas de Carlos V.
La salvación de su alma, viviendo dentro de un monasterio y con ese contacto directo desde su dormitorio al altar, y el solaz diario, haciendo que las cuatro habitaciones nobles se organizasen para poder disfrutar de los paisajes de la zona.
Se le ha atribuido al propio emperador la traza del edificio por esa simplicidad y pragmatismo.
De ser así, Carlos V mostraría al fin sus gustos arquitectónicos, demostrando que había decidido no emular los palacios góticos de su infancia en los Países Bajos, ni los edificios renacentistas que hizo construir a partir de los 1530.
Su palacio de Yuste se asemejaría más a los pabellones con jardines de la Alhambra de Granada, donde el diseño se establecía sobre todo a partir de un eje sala-antesala-jardín con estanque o fuente.
De ser así, no dejaría de ser curioso que el hombre que desde niño quiso imitar a los caballeros cristianos medievales que no se dejaban llevar por el desánimo y estaban siempre dispuestos para la lucha (recordemos que aún en Yuste leía su libro de adolescente El caballero determinado ), sin embargo, decidiera vivir en un palacio que evocase uno de los momentos más felices de su vida, lejos de las reuniones diplomáticas o los campos de batalla.
Sin importarle mucho si los historiadores del futuro catalogarían el arte de su reinado como tardogótico por esa unión con sus antepasados o como renacentista por ser un buen católico, Carlos V, en sus últimos días, sencillamente, quiso quedarse con los felices tiempos granadinos de su matrimonio con Isabel de Portugal.