12. Una casa para el emperador los palacios de Carlos V
Hoy desaparecido, el palacio de la reina Juana, cuya construcción se inició a finales del siglo XIV , se situaba entre la iglesia de San Antolín y el convento de Santa Clara.
Se trataba de un edificio austero de planta rectangular, de dos niveles, con un patio principal en su lado este y los patios de servicios al oeste.
La fachada principal miraba hacia el Duero y contaba con una amplia galería desde donde había una hermosa vista sobre el río. Además, en el espacio entre el patio principal y los muros del convento de Santa Clara se situaba la huerta del palacio.
Pese a esa austeridad arquitectónica, Carlos debió sentirse en un ambiente familiar, pues su madre había sido una gran aficionada del arte borgoñón y para decorar sus estancias contaba con hasta setenta tapices provenientes de los Países Bajos.
Destaca la serie El Triunfo de la Madre de Dios , también llamados Paños de Oro por la cantidad de hilo de oro utilizado para su urdimbre, por supuesto, todo dentro de las tradiciones artísticas borgoñonas .
El propio Pieter van Edingen realizaría una colección de tapices casi veinte años después para el papa León X, en esta ocasión, con cartones pintados por Rafael y, por tanto, dentro de las formas renacentistas, mostrando como el tapicero Van Edingen supo en cada momento elegir al pintor adecuado para satisfacer a la clientela.
Durante esta primera estancia de Carlos I en Tordesillas es posible que también visitase el sepulcro provisional de su padre, Felipe el Hermoso (que había fallecido en 1506), en el vecino convento de Santa Clara.
Tuvo ocasión así de conocer otro palacio real, pues este convento de Santa Clara había sido concebido como palacio en tiempos de Pedro I el Cruel a mediados del siglo XIV .
Carlos descubrió así ese arte mudéjar derivado del arte andalusí, algo que debió chocarle a un joven formado en los septentrionales Países Bajos, donde ese tipo de manifestaciones artísticas resultaban totalmente ajenas, cuando no excesivamente exóticas.
Tras este primer paso por Tordesillas, Carlos I dedicó los siguientes dos años a recorrer buena parte de sus territorios de las Coronas de Castilla y Aragón.
Por cierto, pese a la leyenda del abandono al que sometió a su madre, Carlos regresó varias veces a visitar a Juana a Tordesillas.
Entre 1517 y 1542, tenemos documentadas doce estancias de Carlos con su madre.
Pueden parecer pocas, pero hemos de tener en cuenta, tal como vamos a ver, que en esos años Carlos realizó numerosos viajes fuera de la península ibérica, a los Países Bajos, Alemania, Italia, Francia y el norte de África.
De partida, Carlos no tuvo una residencia oficial en sus primeros años en España e iba alojándose en las casas de sus principales servidores. Así, en Valladolid, optó por el palacio de los Pimentel, hoy sede de la Diputación Provincial y donde nació el futuro Felipe II en 1527.
Más allá de las reformas posteriores, aún podemos ver un edificio de planta rectangular, que ya solo cuenta con un torreón en su ángulo occidental, con la entrada principal situada a un costado y no en el centro de la fachada (una invariante propia de la arquitectura hispana frente a las puertas en eje más queridas en el Renacimiento).
Contaba con un patio principal, que articulaba la parte noble del edificio, además de otros patios de servicio. Es decir, una solución que no se alejaba mucho de la que Carlos había conocido en Tordesillas.
Al igual que en Valladolid, durante sus estancias en Barcelona, la segunda ciudad española donde pasó más tiempo Carlos, el monarca tampoco tuvo casa propia, residiendo habitualmente en el palacio del arzobispo de Tarragona.
De este edificio no se conserva ningún vestigio, pues fue demolido a finales del siglo XVIII para la construcción del actual palacio del duque de Sessa.
En mayo de 1520, Carlos partió para Alemania para ser nombrado emperador. Durante sus estancias en el Imperio, como le ocurría en España, tampoco contó con casa propia, desplazándose entre los palacios de sus cortesanos.
A su regreso a España, en 1522, Valladolid volvió a ser el lugar más habitual de la corte del ya emperador Carlos V. Allí, su secretario privado, Francisco de los Cobos, decidió levantar un edificio que sirviera como residencia a su señor .
En ese año de 1522, Cobos había contraído matrimonio con la hija de los condes de Ribadavia, María de Mendoza (de una rama menor de la familia Mendoza). Como dote, logró el solar ubicado frente a la iglesia de San Pablo, en la esquina opuesta al palacio de los Pimentel.
Durante la estancia de la corte en Madrid en el invierno de 1524-1525, Cobos hubo de conocer al arquitecto madrileño Luis de Vega (†1562), a quien le encargó la construcción del palacio vallisoletano. Con el tiempo, Luis de Vega se convertiría en uno de los arquitectos favoritos de Carlos V.
Por cierto, en sus estancias en Madrid y hasta que se rehabilitó el alcázar, Carlos V solía residir en el palacio de su tesorero Alonso Gutiérrez (1466-1538).
En casa de este nació la princesa Juana (1535-1573), hermana de Felipe II, en 1535.
Con el paso de los años, la propia Juana adquiriría este inmueble, que convirtió en el convento de las Descalzas Reales, modificando notablemente el edificio en el que aún quedan algunos vestigios tardogóticos ya mezclados con modas renacentistas.
En 1526, Luis de Vega informa de los avances realizados en el palacio de Francisco de los Cobos en Valladolid.
Este palacio es el que a comienzos del siglo XVII se convirtió en palacio real y hoy es una sede del Ejército de Tierra.
Ha sufrido numerosas modificaciones, de modo que hemos de ser prudentes a la hora de tratar de entender el proyecto de Luis de Vega.
Para 1526, si observamos los palacios ya citados, el de Tordesillas, el de los Pimentel en la propia Valladolid, el futuro convento de las Descalzas Reales en Madrid, en todos los casos estamos ante caserones sobrios de tradición medieval.
Puede ser que Luis de Vega ya intentase introducir algún tipo de novedad renacentista en este palacio de Cobos.
Al parecer, Luis de Vega planteó una fachada de grandes dimensiones, organizada a partir de un eje central, donde se ubicaría la puerta principal.
Esa gran fachada podría observarse en su totalidad gracias a la plaza que quedaba frente a la iglesia de San Pablo.
Todos estos rasgos, la escenografía exterior, la simetría en la fachada, parecen estar hablándonos de lo que se estaba construyendo en la Italia renacentista.
Dado que la fachada que conservamos no es la original, no podemos llegar a saberlo.
Lo que sí sabemos es que, al acceder al patio, vemos como Luis de Vega aún no manejaba el repertorio renacentista.
Para empezar, la puerta se volcaba sobre una esquina del patio, no en su eje central.
Pero es que los capitales no respondían a ese repertorio clásico.
Los arcos del nivel inferior eran carpaneles y los de la galería superior, deprimidos rectilíneos.
En ningún caso, los de medio punto que se habría esperado en un buen palacio italiano de comienzos del XVI .
Tras concluir la parte esencial del palacio en 1529, Francisco de los Cobos hizo que Luis de Vega añadiera algunos elementos clásicos a la casa, como los medallones de las enjutas, lo que nos indica ese cambio de gusto que se dio en la corte para la década de 1530.
Mientras Luis de Vega construía el nuevo palacio de Francisco de los Cobos, se había ido negociando el matrimonio de Carlos V con su prima Isabel de Portugal, una negociación que ya venía de años atrás, pero que se cerró en firme en 1525.
El enlace se iba a celebrar en Sevilla y Carlos V viajó desde Madrid, pasando por Talavera de la Reina y Trujillo y entró a Andalucía por el Real de la Jara hasta llegar a Sevilla.
Hemos de pensar que esta fue la primera y única vez en su vida que cruzó Extremadura hasta su retiro definitivo en Yuste muchos años después.
Y, tal como vemos, en este viaje no llegó a pisar la comarca de la Vera, donde había de pasar sus últimos días.
El 3 de marzo de 1526, Isabel de Portugal ya había llegado a Sevilla.
Carlos V llegó una semana después, el 10 de marzo, y ese mismo día se celebró el matrimonio en el Real Alcázar.
El 13 de mayo, la comitiva imperial dejó Sevilla.
Primero pasó por Córdoba para el 4 de junio llegar a Granada, donde la pareja real permaneció hasta diciembre.
La mayor parte del tiempo se alojaron en la Alhambra, que de esta manera recuperó (por última vez) su condición de residencia de monarcas.
Para Carlos V, aquellos meses en Granada con la emperatriz Isabel fueron de los momentos más felices de su vida.
De ahí que no sorprenda su empeño por hacerse construir su propio palacio, quizás con miras a establecer allí su corte de forma episódica, algo que no ocurrió, pues los monarcas se marcharon en diciembre de 1526 y ya nunca regresaron a Granada.
El palacio de Carlos V en la Alhambra es uno de los sujetos que más debate ha causado en la historiografía del arte.
De partida, sobre la autoría del proyecto, atribuido, por lo general a Pedro Machuca (1490-1550).
Pero, además, la propia obra resultó muy controvertida, pues se trató de introducir un gigantesco palacio clásico en el interior de una fortaleza real andalusí.
En esos comienzos del siglo XVI , se mostraba así la victoria de la cristiandad sobre el islam.
Aunque aquí hemos de preguntarnos por qué el Carlos V acostumbrado al lenguaje gótico no utilizó este, sino que apostó por las formas clásicas.