10. El saqueo de Roma #3
El brutal saqueo de Roma durante ese mes de mayo de 1527 ha provocado no pocos debates historiográficos. La destrucción de buena parte de la ciudad paralizó las ambiciosas obras que se habían iniciado un cuarto de siglo antes, durante el pontificado de Julio II.
Muchos romanos huyeron de la ciudad, incluyendo no pocos artistas, que buscaron acomodo en otras cortes, hasta el punto de que se ha llegado a considerar que el Renacimiento acabó en ese mes de mayo de 1527.
Sin embargo, hemos de bajar al detalle. En ese año de 1527, la principal obra seguía siendo la reconstrucción de la iglesia de San Pedro del Vaticano. Pero desde que el proyecto había comenzado en 1506 las obras habían avanzado muy lentamente.
No ha de extrañarnos. En los años que gobernó Julio II, además de la basílica, el papa quiso rehacer las estancias vaticanas, la Capilla Sixtina y el palacio del Belvedere, al mismo tiempo que mantenía una intensa actividad militar.
Demasiado gasto para unos ingresos que, pese a ser importantes, eran limitados.
Recordemos que fue entonces cuando se promulgaron las bulas de indulgencias de 1505 y las de 1515, ya con León X.
Esa venta de indulgencias que provocó la sublevación de Lutero.
Es decir, los fondos con los que contaba el papado eran escasos y los trabajos en el Vaticano iban despacio.
La cosa se puso aún peor con el nombramiento de Clemente VII.
A las deudas heredadas de sus antecesores para sufragar el ambicioso plan artístico se unió el hecho de que los ingresos habían disminuido con el levantamiento de buena parte de la Iglesia alemana, que se alineó con Lutero.
Pero, además, Clemente VII, al formar la Liga de Cognac, hubo de volver a invertir fuertes sumas de dinero para formar sus propios ejércitos .
Por supuesto, esa lentitud en los trabajos en San Pedro se vio agravada tras el saqueo de 1527, que prácticamente paralizó la construcción por varios años.
Pero para 1534, cuando tras la muerte de Clemente VII fue nombrado papa Paulo III Farnesio, la actividad edilicia ya estaba recuperada y, además, con proyectos nuevos claramente en la línea de los que había establecido Bramante tres décadas atrás, por tanto, dentro de las formas del Renacimiento romano.
Es más, hemos visto como Carlos V, desde el momento que supo lo acontecido en Roma, comenzó a enviar misivas por doquier quitándose la responsabilidad y mostrando su fidelidad al papa y a la Iglesia católica.
Es cierto que el emperador supo sacar partido de las dificultades del papa, pero ya hemos visto como en el tratado de Barcelona de 1529, le permitió a Clemente VII recuperar buena parte de sus privilegios.
Además, en el plano artístico, hubo un cambio radical en las obras financiadas por Carlos V o sus cortesanos, ya fueran en España, Austria o los Países Bajos.
En todos estos lugares, aún dominaban las formas artísticas de esa vanguardia borgoñona que vimos al comienzo de este libro.
Tras el saqueo de Roma, esa tradición medieval se abandonó y se apostó claramente por el arte clásico que se había fraguado en la Roma de Bramante.
Es decir, lejos de morir, el Renacimiento bramantesco floreció en todas las cortes de los Habsburgo.
Algo parecido ocurrió en la corte de Francia. Francisco I había coqueteado con el mundo clásico desde su llegada al trono y con la asistencia de Leonardo da Vinci. Pero esos castillos de los años 1510-1520 aún tenían mucho de medieval.
A partir de 1530, Francisco I decidió llenar sus palacios de artistas y obras de arte italianas. Si Carlos V se había apuntado al lenguaje clásico, el monarca francés no había de ser menos, y quiso probar que había empezado antes y lo había hecho realmente a lo grande .
De ahí que cuando Carlos V cruzó Francia en 1539, Francisco I se esforzó por demostrarle que como rey clásico, y, por tanto, buen católico, el monarca francés estaba por encima del emperador.
Pudiera parecer contradictorio que el saqueo de Roma que paralizó por un lustro la creación artística en la Ciudad Eterna fuera un revulsivo para la difusión del arte clásico por toda la cristiandad occidental.
Sin embargo, así fue. No es nuestra teoría. Y vamos a verlo en los siguientes capítulos recorriendo las cortes de los Habsburgo y los Valois antes y después de 1527.
Es cierto que hubo una excepción. Un monarca de esa cristiandad occidental rompió con el papado, Enrique VIII de Inglaterra, y allí el arte clásico, que había asomado tímidamente, se apagó por siete décadas.
Ser clásico era ser papista y ni Enrique VIII, ni Eduardo VI (1537-1553), ni, sobre todo, Isabel I estaban dispuestos a hacer concesiones a los papas de Roma.
En definitiva, el saqueo de Roma de 1527 (por cierto, el octavo saqueo que recibió Roma a lo largo de su historia) fue un evento brutal para la Ciudad Eterna pero con una consecuencia artística inesperada: el arte de esos papas ambiciosos del Alto Renacimiento terminó por convertirse en el arte de los príncipes católicos de la Europa occidental, empezando por el emperador Carlos V.