10. El saqueo de Roma #2
Para 1521, Carlos de Borbón era uno de los nobles más ricos de Francia, además de uno de los mejores militares con los que contaba Francisco I.
Pero Carlos quedó viudo con la muerte de Susana de Borbón y los bienes de esta fueron reclamados por su prima Luisa de Saboya (1476-1531), la madre de Francisco I .
El rey de Francia debió entonces elegir entre llenar las arcas reales para una nueva guerra italiana al reclamar esos bienes de la fallecida Susana de Borbón para su madre Luisa, que gustosa pagaría las campañas de su hijo, o respetar los derechos de Carlos de Borbón a la herencia de su esposa.
Francisco I decidió pleitear contra Carlos de Borbón, le hizo perder los bienes de la difunta, y en su enojo Carlos de Borbón, recordemos, condestable de Francia, en 1523 se puso al servicio de Carlos V.
Carlos de Borbón participó en la batalla de Pavía, donde fue derrotado Francisco I, y en el tratado firmado en Madrid, entre otros muchos puntos, el rey de Francia aceptaba devolver todos sus bienes a Carlos de Borbón.
Pero, como decíamos antes, cuando Clemente VII convenció a Francisco I de faltar a su palabra en Madrid, Carlos de Borbón volvió a perder todos sus privilegios. Fue entonces cuando Carlos V le encomendó a Carlos de Borbón que encabezase sus ejércitos en Italia para combatir a la Liga de Cognac.
Para reforzar estas tropas de Carlos de Borbón, constituidas mayoritariamente por soldados españoles e italianos, Carlos V llamó a otro de sus más destacados generales, Jorge de Frundsberg (1473-1528).
Frundsberg ya había estado al servicio de Maximiliano I, a quien le propuso la creación de un cuerpo de infantería de habla alemana, los lansquenetes, que comenzaron a funcionar en 1509.
Cuando Carlos V le pidió a Frundsberg en 1526 que acudiese presto a Italia, el general alemán convocó a sus lansquenetes.
Frundsberg ya había mostrado ciertas simpatías por las prédicas de Lutero, aunque siempre se mantuvo católico.
Por eso no tuvo inconveniente en que entre sus tropas sí hubiera luteranos, quienes, al saber que habían de acudir a Italia a combatir al papa, consideraron un privilegio poder acabar con el que pensaban que era el principal enemigo de su fe .
En la primavera de 1527, las tropas de Carlos de Borbón y Frundsberg acantonadas en la Lombardía no habían sido convenientemente pagadas y sus líderes decidieron avanzar hacia el sur, buscando una ciudad que saquear para satisfacer las demandas de dinero de la soldadesca.
Ante el avance imperial, las tropas venecianas entraron en caos, mientras en Florencia sus habitantes se volvían a sublevar contra los Medici.
Aunque los imperiales ya comenzaron sus saqueos en la Toscana, no cesaron en su avance sobre Roma, adonde llegaron a comienzos de mayo de 1527.
El 6 de mayo se produjo el asalto contra las murallas.
En la refriega, murió Carlos de Borbón, mientras Jorge de Frundsberg, ante la violencia que estaba a punto de desatarse, decidió abandonar el mando.
Sin una cabeza que dirigiera al numeroso ejército imperial, los soldados arrasaron la ciudad, a lo que se añadió la llegada del propio cardenal Colonna con sus tropas, el 8 de mayo, también ansioso por vengarse de Clemente VII.
Desde el primer momento, Clemente VII corrió a refugiarse, de nuevo, en el castillo de Sant-Angelo, lo que le permitió salvar su vida, aunque permaneció allí prisionero durante siete meses.
El grado de pillaje fue tal que, cuando el cardenal Colonna entró en Roma el 8 de mayo con objeto de sumarse al vandalismo, quiso pararlo a la vista de lo que ya había ocurrido.
No fue capaz. De la violencia solo se salvaron las iglesias de los españoles (comenzando por la de Santiago en la plaza Navona), así como los palacios de los cardenales proimperiales.
Para comienzos de junio, es decir, casi un mes después, la situación se fue calmando. Filiberto de Chalons (1502-1530), príncipe de Orange, que había estado bajo el mando de Frundsberg, logró ir recuperando la disciplina de sus soldados.
Mientras tanto, Carlos V recibió la noticia del saqueo de Roma en Valladolid, donde se encontraba junto a su esposa Isabel (1503-1539), quien dio a luz el 21 de mayo al futuro Felipe II.
Es más, es posible que la buena nueva del nacimiento de su heredero se mezclase con las malas noticias que en ese momento le llegaron a Carlos V desde Roma: la muerte del condestable de Borbón, el cautiverio del papa y el saqueo de la ciudad.
Sin abandonar Valladolid, Carlos V comenzó a enviar cartas por toda la cristiandad latina apesadumbrado de lo que había ocurrido en Roma, haciendo ver que él no estaba involucrado, que respetaba la figura del papa y que reprochaba la actitud de sus tropas.
Este sentimiento de culpabilidad no había de impedir que el emperador sacase partido de la situación.
Por una parte, logró que el papa pagase trescientos mil ducados para recuperar su libertad.
Por supuesto, la Liga de Cognac quedó desarticulada y Clemente VII hubo de mostrarse desde ese momento fiel aliado de Carlos V.
En junio de 1529, se firmó el tratado de Barcelona entre el emperador y el papa.
Carlos V restituyó todos sus bienes al papa, incluida la vuelta de los Medici a Florencia.
Francisco II Sforza (1495-1535) siguió, en contra de los deseos de los franceses, como duque de Milán hasta que a su muerte, en 1535, el ducado pasase a manos del hijo de Carlos V, el futuro Felipe II.
Venecia dejó las ciudades que había ocupado en los meses previos y Francisco I de Francia tuvo que avenirse a firmar una nueva paz, la de Cambrai o de las Damas, en agosto de 1529, que puso fin, por el momento, a las ambiciones de Francisco I en Italia.
Además, Clemente VII aceptó coronar a Carlos V como emperador, algo que habría de ocurrir en febrero de 1530 en Bolonia.
Hubo otro tema que se mezcló en todo este proceso de reconciliación entre el papa y el emperador.
Desde 1526, el rey de Inglaterra Enrique VIII (1491-1547) quería anular su matrimonio con Catalina de Aragón (1485-1536), tía de Carlos V.
El monarca inglés inició su solicitud al papa entre 1527 y 1529 .
Mal momento, pues Clemente VII no quería indisponerse una vez más con Carlos V, de modo que rechazó la petición de Enrique VIII. Años después, ese rechazo provocó la secesión de la Iglesia de Inglaterra de la obediencia de Roma.