10. El saqueo de Roma
Fue en ese contexto cuando Florencia se atrevió a ampliar sus dominios territoriales en Italia al tiempo que lanzaba su programa político-artístico del Renacimiento como seña de prestigio frente a los bárbaros de fuera de Italia.
A partir de ese momento, las guerras dentro de la propia Italia se sucedieron entre la propia Florencia, Milán, Venecia o el reino de Nápoles, buscando la hegemonía sobre toda la península.
Fue el tiempo de esos condotieros que lograron crear sus propios señoríos con sus cortes de artistas (los duques de Urbina, Mantua o Rímini que hemos visto más arriba).
Desde la segunda mitad del siglo XV , el papado también entró en el conflicto .
A partir de ese momento, las potencias europeas pusieron todo su empeño en dominar Italia y controlar ese flujo de riquezas que movían. No ha de sorprendernos.
En Francia, los monarcas Valois habían derrotado definitivamente a los ingleses en la guerra de los Cien Años y tras pararle los pies a los duques de Bretaña y Borgoña se aprestaban a seguir haciendo crecer sus territorios.
En el Imperio, se había asentado una nueva dinastía, la de los Habsburgo, con un nuevo líder, Maximiliano, que aspiraba a aumentar sus dominios.
Y otro tanto ocurría en España, donde los Reyes Católicos habían unido las Coronas de Castilla y Aragón y Fernando el Católico se aprestaba a retomar las aventuras mediterráneas de sus predecesores.
Es decir, fue en ese doble ambiente de una Italia rica, pese a las guerras internas, y unos príncipes europeos ambiciosos en el que se produjo la invasión de Carlos VIII.
Aquí, con todo, hemos de hacer algunos matices que muestran como esos príncipes de finales del XV y comienzos del XVI que invadieron Italia creyeron apostar a caballo ganador sin realmente entender las dinámicas de su tiempo.
En primer lugar, cuando Carlos VIII entró en Italia, reclamó, como hemos señalado, dos territorios en concreto: Milán, la llave que abría la península tras cruzar los Alpes, y Nápoles, en principio, el reino más poblado y más rico .
Pero aquí se dio una clara incomprensión de la realidad italiana.
Es cierto que Nápoles era el reino con más habitantes y en sus puertos paraban los barcos que viajaban por todo el Mediterráneo para abastecerse.
Pero esos barcos solían ser genoveses, venecianos o florentinos.
La verdadera riqueza estaba en la capacidad comercial de esos navegantes y no en la extensión de un reino como Nápoles.
Es decir, si Carlos VIII o Luis XII de Francia, o Maximiliano I o Fernando el Católico hubieran querido dominar la riqueza italiana, más les habría valido convertirse en señores de Florencia o Génova que enviar tropas y dinero sin cesar por controlar Nápoles o Milán.
Pero no se lo hemos de reprochar. Para aquellos príncipes salidos de una sociedad agraria, feudal, donde la tierra parecía el valor más notable, el comercio o la banca no dejaban de ser herramientas sutiles y poco claras.
Lo curioso es que para esos finales del siglo XV y comienzos del XVI los otomanos, que se habían hecho con Constantinopla en 1453, ya controlaban todo el Mediterráneo oriental, un evento que quedó claramente marcado con la conquista de Egipto en 1517.
Sin embargo, ni siquiera en ese momento, los príncipes cristianos tomaron plena conciencia de que la fuente de la riqueza de Italia, el comercio con oriente, se estaba ahogando.
Es más, aún medio siglo después las flotas de Génova, Venecia y Felipe II se organizarán para frenar la expansión turca y tratar de volver a abrir las viejas rutas comerciales.
Mas incluso aquí volvemos a encontrarnos ante la ceguera de esos príncipes.
Cuando la alianza cristiana encabezada por Felipe II derrotó a los turcos en Lepanto en octubre de 1571 y en ese momento pudieron haber vuelto a abrir de par en par el Mediterráneo oriental, algo que no hicieron, ya era tarde.
El comercio mundial ya se había trasladado al Atlántico, precisamente en los años en que Carlos VIII invadió Italia .
Teniendo entonces clara esa incapacidad de los que estamos en el presente de comprender el contexto histórico en el que vivimos (nos pasa a nosotros como le ocurrió a Carlos VIII de Francia o a Fernando el Católico), regresemos a ese año 1494, con el rey de Francia empecinado en conquistar buena parte de Italia.
Hemos visto como a partir de 1503 asumió el papado Julio II, quien decidió expulsar a todos los extranjeros de Italia y convertirse él mismo en el señor de la península. El empeño de Julio II no llegó a buen puerto, pues el papa murió en 1513 sin haber logrado todo su propósito.
Hemos de pensar que el famoso ensayo de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), El príncipe , aparecido en versión manuscrita precisamente en 1513, más allá de ofrecer recursos al gobernante para acaparar el poder fue sobre todo un libro que reclamaba la italianidad de Italia, buscando esa expulsión de los extranjeros (franceses, imperiales, españoles) que había propugnado Julio II.
El nuevo papa León X había nacido en Florencia en 1475 y era uno de los hijos de Lorenzo de Medici el Magnífico. A la sombra de su padre, aprendió tanto las mañas políticas para hacer crecer el dominio florentino como el programa artístico aparejado.
Con la llegada de Carlos VIII de Francia a Italia, en 1494, los florentinos lograron expulsar a los Medici y establecer una república, dominada inicialmente por el integrista Savonarola y bajo el protectorado francés.
Pero cuando el papa Julio II reunió la Liga Santa y expulsó a los franceses en 1512, los Medici lograron recuperar Florencia, que quedó bajo el gobierno del futuro León X.
De modo que cuando León X se convirtió en papa conocía de primera mano todos los enredos políticos de las guerras de Italia, lo que le llevó a tratar de preservar sus dominios de los Estados Pontificios y la Toscana a base de negociar con los Valois y los Habsburgo.
A su muerte, fue sucedido brevemente como papa por Adriano VI (1459-1523), que fungió como sumo pontífice durante poco más de año y medio entre 1522 y 1523 y quien también buscó el consenso entre Francisco I de Francia y el emperador Carlos V.
Muerto Adriano VI, fue nombrado papa Clemente VII Medici, primo de León X, quien, además de papa, también era señor de Florencia.
De partida, Clemente VII trató de seguir esa política de equilibrio entre franceses e imperiales, considerando que el papado ganaba y era posible establecer el dominio territorial del papa sobre Italia.
Pensemos que en 1524 es cuando los discípulos de Rafael están pintando La donación de Constantino en las estancias vaticanas, porque Clemente VII consideraba que estaba a punto de lograr el control sobre Italia, tal como había previsto esa falsa donación.
Todo cambió tras la batalla de Pavía. En febrero de 1525, las tropas de Francisco I fueron derrotadas por las de Carlos V y el mismo Francisco I cayó prisionero, siendo enviado a Madrid.
El papa Clemente VII consideró que aquello rompía el equilibrio que había existido hasta entonces y la balanza se inclinaba en favor de los Habsburgo.
De modo que, en 1526, recuperando el viejo lema de Julio II de Italia para los italianos, creó la Liga de Cognac, con la que pretendía expulsar a los Habsburgo de Italia.
A esta liga, encabezada por el papa, se unieron Florencia (que también controlaba Clemente VII), Milán y Venecia, además de Francisco I de Francia, rechazando la paz firmada poco antes para ser liberado de su cautiverio en Madrid.
Esa ruptura de la palabra dada la asumió Francisco I una vez que el papa le hizo ver que al haber sido hecho el acuerdo con el rey francés prisionero no tenía valor.
Esta actitud torticera del papa habría de tener consecuencias.
En la propia Roma, Clemente VII había puesto como su segundo en el Vaticano, con el título de vicecanciller, al cardenal Pompeo Colonna (1479-1532), miembro de una de las más ilustres familias romanas, con objeto, por parte de Clemente VII, de ganarse el favor de esa nobleza romana .
El cardenal Colonna, de romper el equilibrio entre potencias que había en Italia, era más partidario del emperador que del rey de Francia. Como Clemente VII organizó la Liga de Cognac junto con Francia a espaldas de su vicecanciller Colonna, el papa se ganó la enemistad de su cardenal.
Colonna abandonó Roma, reunió varios miles de hombres y en septiembre de 1526 asaltó la ciudad, obligando a Clemente VII a refugiarse en el castillo de Sant-Angelo, la antigua tumba de Adriano. Tras dos días de saqueo, Colonna se avino a retirarse de la ciudad.
Pero, en noviembre de ese año de 1526, el papa, con Colonna lejos, le condenó por sus acciones, hizo asaltar sus posesiones en Roma y en la campiña y le despojó de todos sus privilegios religiosos.
Colonna permaneció acantonado en el reino de Nápoles en espera de poder regresar a Roma y vengarse de Clemente VII.
Mientras tanto, la Liga de Cognac seguía reuniendo sus tropas para enfrentarse al emperador. A los ejércitos del papa y Venecia se les habían de reunir los refuerzos franceses. Pero Francisco I había tenido un problema serio entre sus propias tropas.
En 1515, Francisco I había logrado la victoria de Marignano, que le había permitido recuperar el Milanesado. Comandaba sus tropas Carlos de Borbón (1490-1527), de una rama menor de los reyes Capeto, que fue nombrado condestable, es decir, generalísimo de los ejércitos franceses.
Carlos de Borbón había logrado reunir una notable cantidad de dominios tanto por su propia herencia como por la que recibió de sus hermanos fallecidos sin herederos y, sobre todo, por su matrimonio con su prima Susana de Borbón (1491-1521).