9. El nuevo Vaticano de Julio II #3
A partir de 1508, las obras de las estancias vaticanas para Julio II comenzaron a decorarse.
El proyecto le fue encargado a un veinteañero Rafael.
Aunque el papa quiso confiar el trabajo a otros pintores más consolidados, como el Perugino o Baldassare Peruzzi, Bramante logró convencer a Julio II de contratar a Rafael, pues al parecer los dos artistas, originarios ambos de Urbino, se conocían de largo tiempo.
La pintura más famosa de todas las estancias es La Escuela de Atenas , situada en uno de los muros de la estancia del sello.
Esta pintura, donde se reúnen los filósofos más conocidos del mundo antiguo y también de la Edad Media, se ha mostrado como el ejemplo máximo del humanismo renacentista.
Incluso los papas, en sus habitaciones privadas hacían retratar a los más insignes filósofos, dejando así a la teología, ese saber que había dominado el Medievo, en una posición marginal.
Nada más lejos de la realidad. Recordemos que las estancias de Julio II eran cuatro habitaciones, que contaban cada una de ellas con cinco grandes murales, en las cuatro paredes y el techo de cada habitación.
Por tanto, veinte murales entre los que La Escuela de Atenas es solo uno de ellos y con un propósito claro.
Aunque se tardaron dieciséis años en pintar las habitaciones y aunque hubo algunos ajustes en los temas tratados, eso no impide entender que estamos ante un discurso similar al de los apartamentos Borgia y no muy lejano de la primera decoración de la Sixtina o la de la Nicolina.
El punto de partida volvía a ser la relación entre razón y fe quedando claro que, al final, prima la fe en el Dios cristiano. A partir de ahí, el papel desempeñado por los papas en la defensa y propagación de esa fe y del propio Dios en defensa de los papas.
En la estancia del Sello, la más famosa, se reunieron los grandes saberes, tal como eran concebidos a comienzos del XVI : la poesía, con la representación del parnaso; la filosofía, con la Escuela de Atenas; la justicia, con los motivos de la virtud y la ley, y, finalmente, la teología, con el triunfo de la eucaristía (aunque se la ha conocido, tradicionalmente y por error, como La disputa del Sacramento ).
En El parnaso aparece Apolo rodeado por las musas, y también le acompañan poetas notables del mundo clásico y el mundo medieval: Dante, Homero, Virgilio…
En La Escuela de Atenas , volvemos a tener una amplia galería de personajes, siendo los dos centrales Platón y Aristóteles, estos sí disputando por sus concepciones filosóficas.
En la parte inferior, distribuidos entre los otros filósofos participantes, volvemos a tener referencias al trivium y al quadrivium , recordemos, la forma habitual de enseñar en el mundo clásico y el mundo medieval.
Pese a que este cuadro ha sido considerado como la cumbre del humanismo renacentista, el hombre dominando la realidad, no podemos olvidar que forma parte de un relato iconográfico mucho más amplio que es necesario seguir leyendo.
Así, tras la Escuela de Atenas tenemos el tema de la justicia, y aquí, junto a las representaciones de la prudencia, la templanza y la fortaleza, llama la atención como los máximos exponentes de la justicia son Justiniano recibiendo la pandectas (la recopilación de leyes romanas que ordenó hacer) y Gregorio IX recibiendo a su vez los decretales (esa otra recopilación, pero de derecho canónico, que ordenó este papa).
El mensaje es claro: el derecho romano y el canónico no solo pudieran ser equiparables, sino que Gregorio IX encargó esa recopilación para mostrar como la autoridad papal quedaba por encima de la imperial.
Finalmente, todo el discurso elaborado en la sala se cierra en torno al fresco del triunfo de la eucaristía.
En la parte inferior, la Iglesia militante, con los teólogos más insignes, san Agustín, santo Tomás, san Ambrosio, san Jerónimo, y también otros personajes ilustres, como Dante, Fra Angelico o el propio Bramante.
La Biblia y algunos tratados teológicos están en el suelo, pero no por desprecio.
Sencillamente, todo el saber racional de los teólogos (o de los filósofos de la Escuela de Atenas) palidece frente a la Verdad revelada en la eucaristía.
Es el cuerpo de Cristo el que redime a la humanidad del pecado original y le garantiza la salvación eterna.
Una verdad revelada que se demuestra en la Iglesia triunfante de la parte superior, donde vemos a la Santísima Trinidad, rodeada por la Virgen María, san Juan Bautista, algunos patriarcas, evangelistas y apóstoles, y también a los diáconos san Lorenzo y san Esteban, lo que vincula esta obra con la cercana Capilla Nicolina .
A partir de ahí, el resto de las estancias que pintó Rafael son loas a los papas. Así, en la sala de Heliodoro, escenas que narran cómo aquellos que atacan o dudan de la institución eclesiástica son derrotados.
En la sala del Incendio del Borgo, pintada bajo el pontificado de León X, los otros papas León aparecen salvando Roma o coronando emperadores. El papa por encima de las vicisitudes y los poderes temporales.
Y, por fin, en la sala de Constantino, se narra cómo el emperador descubre la verdadera fe que le lleva a derrotar a sus enemigos y, en agradecimiento, entrega Roma a los papas.
De nuevo, estamos ante el mismo discurso que se había dado en la Sixtina o en los apartamentos Borgia.
Una vez aclarada la supeditación de la verdad racional a la verdad revelada, es la Iglesia de los papas la que defiende y garantiza esa verdad revelada.
En las estancias vaticanas, no hay ninguna cesión al hombre como protagonista de la realidad.
No hay un discurso antropocéntrico. El mundo racional es bienvenido, los filósofos clásicos son aceptados, las sibilas comparten espacio con los profetas.
Pero todo está dirigido a cantar la gloria de Dios y de sus representantes en la Tierra, los papas.
A la larga, que Rafael mostrase con tanto detalle el mundo filosófico clásico para después supeditarlo a la autoridad de los papas, lejos de ser un canto al humanismo, es la mejor reivindicación de la verdad teológica.
Remachemos esta idea. Son veinticinco grandes frescos los de las estancias de Rafael.
De esos veinticinco, solo uno dedicado a la filosofía clásica y para subordinarla a la fe, pero en todos los libros dedicados al Renacimiento prácticamente el único cuadro de las estancias vaticanas que se muestra es La Escuela de Atenas .
Se olvidan los otros veinticuatro, es decir, el 96 % de los frescos pintados.
De esa forma es posible vender el discurso del Renacimiento como loa al hombre clásico frente al teocentrismo medieval.
Recorrer las estancias vaticanas, las de Rafael, más las de los Borgia, más la Capilla Nicolina y la propia Capilla Sixtina es la mejor forma de desmentir esa falsa interpretación del Renacimiento romano.
Con todo, no podemos dejar estas estancias vaticanas sin señalar el hecho de que fue en 1524 cuando se terminó de pintar el fresco de La donación de Constantino .
Ya vimos como casi un siglo atrás Lorenzo Valla había demostrado la falsedad de ese documento, una demostración que fue publicada en 1517.
Es decir, cuando se pintó el fresco de la donación en el Vaticano, la falsedad de la misma ya era pública.
¿Por qué Clemente VII se empecinó en que los discípulos de Rafael, empezando por Giulio Romano, incluyeran la pintura de La donación de Constantino ?
Porque para 1524 el vanidoso papa aún se creía con fuerzas para convertirse en el señor de Italia.
Tres años después, con el saqueo de Roma de 1527, esas ambiciones murieron definitivamente.
Pensemos que, cuando Julio II en 1508 encargó a Rafael la decoración de las estancias vaticanas, también había encomendado a Miguel Ángel volver a pintar las bóvedas de la Capilla Sixtina, que había sido encargada por el tío de Julio II, el papa Sixto IV, y que hasta ese año de 1508 tenía una bóveda ornamentada con un cielo estrellado.
No hemos de olvidar que en esa decoración inicial de la Sixtina, en los muros laterales se habían pintado escenas del Antiguo Testamento, la vieja ley, y del Nuevo Testamento, la nueva ley, hasta la entrega de las llaves por Jesús a san Pedro.
Por encima de estas escenas bíblicas estaban los retratos de los papas.
Es decir, y como ya hemos explicado varias veces, la Sixtina, la Capilla Nicolina, los apartamentos Borgia o las estancias vaticanas eran un canto a los papas, partiendo de una justificación teológica, pero asignando a los sumos pontífices el papel más relevante en la salvación de la cristiandad.
Miguel Ángel había entrado al servicio de Julio II en 1505 cuando el papa le encargó su mausoleo (volveremos a este proyecto, que fue clave en la obra de San Pedro del Vaticano), solo que en 1508 Julio II hizo detener la obra de su propia tumba, quizás por falta de presupuesto o, como dice la leyenda, porque un vivo no debe construir su propia sepultura.
Al producirse esa interrupción, y dado que Miguel Ángel seguía al servicio del papa, Julio II le encargó la tarea de repintar la bóveda de la Capilla Sixtina.
De nuevo, la leyenda dice que Bramante, enemistado con Miguel Ángel, estuvo detrás de esta propuesta, pues Miguel Ángel, insigne escultor, no era tan ducho en pintura y quizás así, al no poder hacer el trabajo, caería en desgracia.
Miguel Ángel pintó la bóveda de la Sixtina entre 1508 y 1512 con una sucesión de pasajes del Génesis que complementaban las historias del muro sur de la capilla dedicadas al Éxodo.
En los lunetos, se pintaron una serie de profetas y sibilas, esas profetisas de la mitología clásica, reforzando la idea que el Pinturicchio ya había empleado en los apartamentos Borgia.
Todos los saberes, incluyendo las profecías paganas, iban en el mismo camino: anunciar la salvación que había de traer Jesucristo.