9. El nuevo Vaticano de Julio II
Tampoco esta maniobra le salió bien a Giuliano. Carlos VIII invadió Italia y llegó a Roma. Pero ya para entonces Alejandro VI había sobornado a los cortesanos del monarca francés para que este respetara su pontificado.
Esta intensa actividad militar, claramente encaminada a convertir al papa en el señor de Italia, se completó con un ambicioso programa artístico mediante el cual Julio II quiso enfatizar su papel religioso como cabeza de la cristiandad latina.
Recordemos, el Renacimiento como símbolo de la autoridad política del papa en Italia y de su autoridad espiritual sobre toda la cristiandad occidental.
Para ello, Julio II decidió no reparar la principal iglesia de los papas, la basílica de San Pedro del Vaticano, como habían hecho sus predecesores, sino construirla completamente demoliendo el templo erigido a partir del siglo IV .
Pero antes, Julio II optó por acondicionar su propia residencia dentro del Vaticano, tanto el palacio Apostólico como la pequeña villa suburbana del Belvedere. Necesitaba un arquitecto para llevar a cabo su ambicioso programa y el papa optó por Donato Bramante.
Bramante nació en 1443 en Fermignano, cerca de Urbino.
Aunque no está clara su formación, puede ser que se educase en el propio Urbino, donde hemos visto antes cómo Federico de Montefeltro, antiguo condotiero, había logrado establecer una corte renacentista a la que acudieron artistas como Piero della Francesca o Francesco di Giorgio Martini.
Con Piero della Francesca, o junto con un artista local, Melozzo da Forlí (1438-1494), Bramante pudo aprender el manejo de la perspectiva. Con Giorgio Martini, debió adquirir los conocimientos sobre arquitectura.
Para 1478, Bramante estaba instalado en Milán, al servicio de Ludovico Sforza el Moro. Allí llegó en 1482 Leonardo, con el que Bramante trabó amistad y con quien debió intercambiar no pocas ideas sobre el arte.
Dado que en aquel momento Bramante destacaba como pintor, los Sforza le encargaron la cabecera de la iglesia de Santa María presso San Satiro, un pequeño templo donde no había sido posible construir, por falta de espacio, el ábside principal.
Bramante lo resolvió pintando, entre 1480 y 1482, un trampantojo que simulaba ese ábside, ya utilizando todo el repertorio clásico.
Fue un gesto muy interesante por parte de los Sforza, que aceptaron así ese repertorio clásico que había sido la marca distintiva de sus principales enemigos, los Medici.
Vimos más arriba como solo unos años atrás el arquitecto Filarete había criticado a los milaneses por su excesivo apego a las formas medievales.
La situación, por tanto, estaba cambiando .
Prueba de ello fue el siguiente trabajo que los Sforza le encomendaron a Bramante, el reacondicionamiento de los claustros de San Ambrosio, un encargo realizado en 1482 y que no empezó a ejecutarse hasta 1492.
Por medio, en 1486, se había impreso por fin el tratado de Vitruvio. Quizás Bramante lo leyó y aplicó los principios vitruvianos a San Ambrosio. Pero también es posible que entre 1482 y 1492 Bramante viajase a Florencia y pudiera estudiar la obra de Brunelleschi.
Porque si observamos con detalle los acabados de esos claustros de San Ambrosio, vemos una serie de detalles que nos recuerdan claramente a Brunelleschi.
Por ejemplo, en el claustro de canónigos, la serie de columnas y arcos de medio punto que cierran un pórtico donde cada tramo está cubierto con una bóveda de pañuelo, y sobre dicho pórtico una breve cornisa que soporta un segundo nivel con ventanas.
Una solución que se asemeja mucho al hospital de los Inocentes de Brunelleschi.
Pero es que, si observamos el desarrollo de las columnas, sobre los capiteles Bramante colocó unos cimacios, esos cubos desde los que arrancaban los arcos.
Eso también lo había hecho Brunelleschi en las iglesias de San Lorenzo y el Espíritu Santo de Florencia.
En 1499, Ludovico el Moro hubo de huir de Milán ante la llegada de los ejércitos de Luis XII de Francia. El Sforza logró regresar pocos meses después para ser capturado definitivamente por los franceses, que le mantuvieron en prisión hasta su muerte en 1508.
Bramante consideró oportuno dejar Milán ante lo inestable de la situación y ese año de 1499 se trasladó a Roma, donde comenzó a trabajar a las órdenes del cardenal Oliviero Carafa (1430-1511), un prelado napolitano que llevaba años formando parte de la curia pontificia y que había logrado el favor del papa Alejandro VI.
En 1500, el cardenal Carafa estaba a cargo de las obras de la iglesia de Santa María de la Paz, un templo encargado en 1482 por el papa Sixto IV, para quien también había trabajado eficazmente Carafa.
Esa iglesia de Santa María de la Paz vería numerosas reformas a lo largo de los siglos XVI y XVII hasta llegar a su aspecto actual, fruto del proyecto desarrollado por Pietro da Cortona (1596-1669) en 1656.
Pero vamos a centrarnos en las obras llevadas a cabo entre 1500 y 1504, cuando se levantó el claustro anexo a la iglesia, que el cardenal Carafa encargó a Bramante y que fue así la primera obra que este hizo en Roma.
Se trata de un claustro cuadrado con dos niveles.
Los pórticos inferiores están limitados por pilares dóricos sobre los que se desarrollan pilastras jónicas.
En las galerías superiores, el cierre es una sucesión de pilares y columnas corintias.
Acabamos de ver como en San Ambrosio en Milán, Bramante optó, para los pórticos, por la solución de Brunelleschi de colocar columnas soportando los arcos.
Pero en Santa María de la Paz, en el pórtico inferior, sustituyó las columnas por pilares dóricos que sirven como arranque de los arcos de medio punto, sobre los que a su vez colocó las pilastras jónicas que sostenían el entablamento que coronaba por encima de todos esos arcos de medio punto y que servía como soporte para la galería superior.
Es decir, hizo un curioso juego tectónico.
Los arcos se apoyan en los pilares dóricos.
Y el entablamento en las pilastras. Cada elemento horizontal tiene su propio soporte vertical.
Es una sutilidad arquitectónica, cierto, pero que muestra cómo Bramante ha sabido desglosar cada elemento de la construcción, algo que se enfatiza en la galería superior, adintelada, y, por tanto, con solo un soporte vertical, esa sucesión de pilares y columnas.
¿De dónde le pudo venir a Bramante esa idea de separar los soportes verticales dependiendo de cuántos elementos horizontales hayan de sustentar? En realidad, no tuvo que ir muy lejos. Es algo que ya se había hecho en el viejo Coliseo Flavio de Roma del siglo I d. de C .
De esta manera, Bramante, siguiendo el ejemplo que había establecido Brunelleschi un siglo atrás, mostraba como la mejor forma de hacer renacer la arquitectura clásica era estudiando la arquitectura romana original, majestuosamente conservada en ruinas por toda Roma.
Ni Brunelleschi ni Bramante necesitaron leer a Vitruvio (ni a Alberti) para hacer renacer la arquitectura del Imperio romano. Sencillamente, había que estudiar los restos conservados de esa arquitectura imperial.
Al tiempo que Bramante trabajaba en Santa María de la Paz, es posible que fuera llamado para verificar el proyecto de otra iglesia, la de Santiago de los Españoles en la plaza Navona.
Esta iglesia pudo haberse levantado a mediados del siglo XIII y fue rehecha a mediados del siglo XV por Alfonso de Paradinas, canónigo de Sevilla.
En ese momento, la iglesia ya era el templo habitual de la comunidad española en Roma.
A finales del siglo XV , el papa Alejandro VI Borgia encargó una ampliación de la iglesia en la que se vieron involucrados varios artistas romanos, hasta que, en 1500, la obra quedó bajo la supervisión del cardenal Bernardino López de Carvajal (1456-1526), quien, al parecer, llamó a Bramante, al que pudo haber conocido años atrás en Milán, para que verificase el proyecto de ampliación planteado.
Con todo, de la intervención de Bramante en la iglesia de Santiago no queda evidencia, pues el templo aún sufrió una nueva reforma dirigida por Antonio da Sangallo el Joven (1484-1546), terminada en 1518, que es la que le dio el aspecto que hoy vemos.
Su titularidad también ha cambiado y ha pasado a ser la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
Para 1500, cuando Carvajal contrató a Bramante, el cardenal estaba en la cumbre de su poder en Roma, hasta el punto de que cuando falleció Alejandro VI pensó que podría llegar a ser nombrado papa.
Pensemos que Carvajal había estado ejerciendo como embajador de facto de los reyes Isabel y Fernando, había conseguido las bulas alejandrinas que se plasmaron en el tratado de Tordesillas de 1494, donde se dividieron el mundo España y Portugal, y la bula Si convenit de 1496, que otorgó a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos.
En 1502, Carvajal volvió a reclamar los servicios de Bramante, esta vez para la construcción del templete de San Pietro in Montorio, uno de los proyectos clásicos más destacados del Renacimiento romano y con el que, sin duda, Carvajal pretendió presentar sus credenciales como aspirante al papado en ese momento en el que el programa renacentista ya se había convertido en el símbolo de los papas.
Por cierto, Carvajal no solo no logró el trono de san Pedro a la muerte de Alejandro VI en 1503, sino que tras el fallecimiento de su principal valedora, Isabel la Católica, en 1504, caería en desgracia con Fernando el Católico, además de enemistarse con Julio II, lo que le valió el destierro de Roma durante casi diez años.
Pero volvamos al templete de San Pietro. La iglesia de San Pietro in Montorio se encuentra situada sobre el monte Gianicolo, esa octava colina de Roma más allá del Tíber en su lado derecho, al pie de la cual, al norte, se encuentra el Vaticano.