Renacimiento 8. La Roma de los Borgia
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8. La Roma de los Borgia

¿Por qué fue un cardenal de origen español, Alejandro VI, quien trató de poner a los papas de Roma como cabeza de Italia?

En el momento de su elección, Calixto III ya tenía setenta y siete años, por lo que todo apuntaba a que su pontificado habría de ser breve.

Su capacidad para negociar y lograr consensos resultaba necesaria en un momento en que había que unir a todos los príncipes italianos y también al resto de la cristiandad latina para ir a la cruzada.

Además, el nuevo papa se había caracterizado por una vida austera que casaba bien con esa urgencia por recortar gastos para centrarse en la lucha contra el turco.

Cuando murió Calixto III, fue sucedido por Pío II. Ya hemos explicado cómo este papa mandó rehacer su ciudad natal, Pienza, donde, además de reedificar la actual catedral, se hizo construir un palacio de recreo para sí mismo y un segundo palacio para su favorito, Rodrigo Borgia.

El elegido fue Rodrigo Borgia, que pasó a llamarse Alejandro VI.

Lo curioso es que, pese a su vida licenciosa y su amor por la riqueza y el lujo, el papa Borgia era un hombre con unos principios teológicos muy claros, algo de lo que quiso dejar constancia cuando habilitó sus estancias personales dentro del palacio Apostólico del Vaticano, los apartamentos Borgia, rematados por una torre y situados al norte de la ampliación que había realizado a mediados del siglo  XV el papa Nicolás V.

Hoy esos apartamentos se encuentran ubicados justo debajo de las estancias que Rafael pintó para el papa Julio II y sirven como lugar para exponer parte de la colección del arte católico contemporáneo.

No es casualidad. Julio II se hizo construir sus propios apartamentos y quiso colocarlos sobre los de Alejandro VI para demostrar su superioridad sobre el Borgia.

Hay dos elementos que llaman la atención en estos apartamentos Borgia.

Primero, su estructura arquitectónica. Las estancias se cubren mediante arcos apuntados y bóvedas de crucería.

Para ese entonces en el Vaticano ya se habían empleado soluciones más clásicas con arcos de medio punto, como en la Capilla Nicolina.

Pero aquí Alejandro VI optó por una solución constructiva tradicional.

En gran medida, lo que había hecho Sixto IV cuando levantó la Capilla Sixtina con una solución medieval, más allá de que las pinturas ya respondieran a las formas renacentistas.

El segundo elemento singular de los apartamentos Borgia son los componentes decorativos más allá del programa iconográfico.

Por ejemplo, la azulejería del suelo, que bien puede remontar a tradiciones alfareras valencianas (de donde venían los Borgia), aunque ya en el siglo  XV ese tipo de cerámica se producía en Italia, bien es cierto que una mayólica italiana que imitaba la del Levante español.

O la forma de vertebrar el propio programa iconográfico en una serie de lunetos a modo de cavidades, o los casetones del techo, con cierto sabor mudéjar.

Se ha insistido mucho en ese punto mudejarizante apelando a los orígenes hispanos de Alejandro VI.

Pudiera ser, pero quizás para el papa Borgia era más importante apelar a la tradición que encarnaban estos sistemas constructivos de modo que su programa teológico no fuera tan rupturista.

De nuevo, siguiendo el modelo de Sixto  IV.

Vamos a contar una historia que utiliza las soluciones del Renacimiento florentino, pero la envolvemos en una arquitectura más tradicional para que pueda ser asumida por los clérigos más conservadores.

Ese programa pictórico teológico le fue encargado a Pinturicchio (1454-1513) y su taller.

Pinturicchio había nacido en Perugia en 1454 y su primera formación pudo darse con algunos pintores de la Umbría, aunque sabemos que también pasó por Florencia, donde debió verse influenciado por el taller de Verrocchio.

Pensemos que Pinturicchio forma parte de la misma generación que Botticelli o Leonardo.

Es más, todo apunta a que Pinturicchio colaboró con el Perugino en los frescos que este hizo para la Capilla Sixtina, con lo que con la elección de Pinturicchio por parte del papa Borgia vemos una nueva continuidad entre el programa artístico de Alejandro VI y el que tuvo Sixto IV.

Ese programa se desarrolló, como hemos dicho, en los apartamentos Borgia a través de seis salas.

En la primera, encontramos doce lunetos.

En cada uno de ellos, estaban emparejados un profeta bíblico y una sibila (las profetisas del mundo clásico).

La idea que se quería transmitir es que la verdad podía llegar tanto de la boca de emisarios veterotestamentarios como de la de paganos, con lo que Alejandro VI mantuvo ese maridaje del texto bíblico y la filosofía clásica que había cruzado toda la Edad Media hasta llegar al siglo  XV .

Pensemos que esa solución de unir profetas y sibilas la retomará décadas después Miguel Ángel para el techo de la Sixtina, mostrando cómo Miguel Ángel no inventó nada ahí, sino que continuó lo que ya había establecido Alejandro VI, a su vez heredero de la tradición medieval.

La siguiente habitación de los apartamentos Borgia es la sala del Credo, donde los profetas del Antiguo Testamento quedaban emparejados con los apóstoles, volviendo a aunar la vieja ley y la nueva ley, algo que ya había utilizado Sixto IV en la iconografía de su Capilla Sixtina .

La siguiente sala era la de las Artes Liberales, donde se exhibían los símbolos de las siete disciplinas que formaban el trivium y el quadrivium , la base de la educación clásica que se siguió empleando durante la Edad Media.

Recordemos, la gramática, la lógica, la retórica, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

El mensaje aquí era que la adquisición del conocimiento, siguiendo los parámetros clásicos, era necesaria, sin que eso impidiera asumir el mensaje teológico, superior, que se exhibía en las dos siguientes estancias.

Porque la siguiente sala era la de los Santos, donde ya se apelaba a la necesidad de la fe, incluso con el riesgo de perder la vida por defender esa fe.

Y a continuación llegaba la sala de los Misterios Teológicos (la Concepción, la Natividad, la Resurrección, la Ascensión, Pentecostés…). Verdades absolutas que habían de ser asumidas más allá de cualquier raciocinio. La formación intelectual quedaba así plegada a la verdad revelada.

Todo este recorrido terminaba en la sala de los Pontífices, que sufrió un aparatoso accidente en 1500, perdiéndose la decoración original, por lo que el colofón de todo este programa teológico era que el camino de la verdad estaba tutelado por los papas.

Como vemos, en estos apartamentos Borgia no se rechazaba ni la mitología clásica (encarnada por las sibilas), ni la formación académica (representada por el trivio y el cuadrivio). Sencillamente, todo quedaba supeditado a la verdad teológica custodiada por los papas.

En realidad, este fue el verdadero humanismo renacentista.

Lejos de ser un humanismo antropocéntrico que rechazaba la teología cristiana, apelando solo a la filosofía clásica, lo que Alejandro VI mostró fue un maridaje razonable entre el mundo clásico y el mundo cristiano, algo que se había venido dando durante la Edad Media, pero ahora con ropajes artísticos renacentistas .

Este será el humanismo que también defiendan los escolásticos de Salamanca y del que, curiosamente, se alejará un Erasmo de Róterdam más proclive a los textos cristianos que a los clásicos.

En ese sentido, el papa Borgia se caracterizó por su capacidad por aceptar las culturas que estaban fuera del cristianismo.

Poco antes de ser nombrado papa, en marzo de 1492 los Reyes Católicos habían expulsado a los judíos de sus reinos.

Alejandro VI tuvo a bien recibirlos en sus Estados Pontificios, aunque sí persiguió a los criptojudíos, aquellos seguidores de la ley de Moisés que decían haberse convertido al cristianismo, pero que seguían practicando el judaísmo.

De igual manera, en octubre de 1492, Cristóbal Colón llegó a América y los Reyes Católicos solicitaron a Alejandro VI que confirmase la soberanía castellana sobre los territorios descubiertos, lo que se hizo mediante las bulas alejandrinas, que servirían de base para el tratado de Tordesillas de 1494 firmado entre Castilla y Portugal, en donde limitaron sus áreas de influencia allende los mares.

Pero, además, en esas bulas alejandrinas, el papa se interesó por la suerte de los pueblos americanos, considerando que su cristianización debía ser la prioridad. Es decir, entendía que venían de una cultura pagana, pero que era posible salvar sus almas mediante la evangelización.

En definitiva, una aceptación de tradiciones diferentes, tal como hemos visto en los apartamentos Borgia, donde la estructura arquitectónica se apoyaba en las formas medievales (tardogóticas o mudéjares), pero la manera de presentar la iconografía ya responde a las modas clásicas venidas de Florencia.

Una vez más, Alejandro VI no buscaba ningún tipo de sincretismo religioso, pero sí consideraba que desde diferentes caminos se podía alcanzar la salvación cristiana.

Todo este programa de aceptación paulatina del Renacimiento que desarrolló Alejandro VI en los apartamentos Borgia había de tener un complemento político.

No bastaba con hacer de Roma la cabeza de una cristiandad que asumía el Renacimiento como la herramienta para transmitir esa teología del dominio papal.

Era necesario que la Roma de los pontífices también se convirtiese en la cabeza política de esa Italia católica y clásica.

De partida, el primer enemigo a abatir eran los Medici de Florencia. En esta ciudad, Alejandro VI encontró un inesperado aliado en un monje dominico, Girolamo Savonarola, que desde 1491 venía predicando contra el desenfreno y la falta de moral de los Medici.

En 1494, Carlos VIII, rey de Francia, entró en Italia con intención de conquistar el reino de Nápoles.

Su llegada a Florencia fue aprovechada por los partidarios de Savonarola para expulsar a los Medici.

Como hemos visto antes, el dominico logró implantar una tiranía teocrática.

Alejandro VI trató de pactar con él, pero Savonarola decidió enfocar entonces sus ataques contra el papa, al que consideraba tan inmoral y corrupto como los Medici.

Pero Carlos VIII, que tras ocupar Nápoles había regresado a Francia, murió en 1498. Savonarola perdió así a su principal aliado y Alejandro VI logró maniobrar a sus partidarios en Florencia para que lo derrocasen y ajusticiasen.

Ese ataque de Carlos VIII a Nápoles en 1494 había obligado a Alejandro VI a buscar la alianza de otros príncipes italianos y sobre todo del emperador Maximiliano (1459-1519) y de Fernando de Aragón (el rey Católico), que fue el primero en acudir.

Carlos VIII hubo de regresar a Francia, pero a Alejandro VI le quedó claro que había de reorganizar el ejército pontificio, a la cabeza del cual puso, en 1496, a su hijo Juan (siguiendo los pasos de Calixto III cuando puso a su sobrino Pedro Luis de Borja, o de Sixto IV cuando colocó a su propio sobrino Girolamo Riario).

Pero si en aquellos casos previos la idea de aquellos papas era crear pequeños principados para sus familiares, lo que buscaba Alejandro VI era crear un Estado propio en Italia acabando con los poderes locales y fuera de las influencias extranjeras. Sin embargo, sus planes se torcieron.

En 1497, murió su hijo Juan. Su otro hijo, César Borgia, que estaba destinado a la vida eclesiástica, abandonó esta, incluido su título de cardenal, y se puso a la cabeza de los ejércitos pontificios.

Muy pronto, los Borgia entendieron que necesitaban el apoyo de los franceses frente a las ambiciones de imperiales y aragoneses.

Francia había de quedarse con el ducado de Milán, César Borgia podía aspirar a Nápoles y por el camino eliminarían a todos los señores de la Toscana y la Romaña.

De partida, César, con el concurso de los franceses, fue conquistando esas ciudades de la Romaña y la Toscana que ambicionaba.

Pero en 1501 se descubrió que franceses y aragoneses habían pactado para dividirse el reino de Nápoles, dejando a los Borgia fuera.

La muerte de Alejandro VI en agosto de 1503 puso fin a ese primer intento de una Italia unificada bajo el mando papal. Su hijo César hubo de huir, terminó por refugiarse en Navarra tras múltiples peripecias, y allí murió en una emboscada en 1507.

Sin embargo, la idea de una Italia unida y liberada de «bárbaros», ya fueran las tropas imperiales, los franceses o los aragoneses, quedó en el imaginario de los italianos de la época, y así ese doble programa político y artístico de hacer de la Roma papal la nueva Roma imperial que quiso poner en marcha Alejandro VI fue retomado por su rival y sucesor Giuliano della Rovere tras ser elegido papa en octubre de 1503 ya como Julio II.

Solo que Julio II consideró que él en persona había de liderar las campañas militares que pusieran Italia a sus pies, por supuesto, completado todo con el más ambicioso de los programas artísticos renacentistas que se habían conocido hasta ese momento.