7. Las batallas del arte. Leonardo contra Miguel Ángel #3
Para 1501, Miguel Ángel había vuelto a Florencia, en donde ya gobernaba Soderini.
Fue entonces cuando recibió el encargo de la fábrica de la catedral de hacer una escultura en mármol del rey David.
Cuando la obra estuvo finalizada en 1504, Soderini consideró que era demasiado buena para no aprovecharla dentro de su programa de enaltecimiento de la república, de ahí que terminó por ser colocada en la plaza de la Signoria.
Con esa aura de éxito fue por lo que a Miguel Ángel le encargaron el segundo cuadro de batalla para la sala de los Quinientos.
Le correspondió la batalla de Cascina. Ocurrida en julio de 1364, las tropas florentinas habían derrotado a las pisanas, momento que supuso el comienzo del declive de la ciudad de Pisa, que sería finalmente conquistada en 1406.
En 1494, con la llegada de Carlos VIII de Francia, Pisa se había liberado del yugo florentino.
Pero ahora Soderini quería reocupar la ciudad y al recordar Cascina el mensaje era claro para los pisanos: mejor bajo el dominio de Florencia que en el olvido.
Cuando en 1364 las tropas florentinas se acercaban a Cascina, decidieron hacer un alto y aprovechar la cercanía de un río para refrescarse.
Fue entonces cuando las tropas pisanas atacaron y los soldados florentinos hubieron de vestirse rápidamente para acudir a la batalla.
Ese es el momento que Miguel Ángel decidió pintar.
Frente al horror de la guerra muy realista que había planteado Leonardo, Miguel Ángel optó por ofrecer un amplio estudio del cuerpo humano desnudo en esa búsqueda de la figura perfecta, platónica.
A la larga, a Miguel Ángel no le preocupaba la batalla en sí. Sencillamente, quería aprovechar el magnífico escenario de la sala de los Quinientos para mostrar su ideal artístico. No había que imitar la naturaleza, había que superarla.
Es más, las figuras de Miguel Ángel llegaron a ser irreales.
Es indudable que el artista conocía el cuerpo humano, que sabía cómo funcionaba la estructura muscular, cómo se manifestaba en las posiciones más inesperadas.
Pero ese conocimiento de la realidad no le valía a Miguel Ángel.
Él quiso inventar una figura humana que superase la realidad.
Al observar las pinturas de Miguel Ángel, por ejemplo, en los frescos de la Sixtina, podemos tener la sensación de que los pintados son excesivamente musculosos, demasiado fornidos.
Y es cierto. Porque Miguel Ángel no quería mostrar el mundo tal como era.
Frente a la obsesión de Leonardo de copiar y copiar hasta ofrecer algo que fuera profundamente real, Miguel Ángel quiso crear su modelo de mundo perfecto, el ideal platónico.
¿Quién ganó en esta guerra entre el naturalista Leonardo y el idealista Miguel Ángel?
De partida, ninguno de los dos. Las investigaciones más recientes indican que Leonardo comenzó a pintar la batalla de Anghiari siguiendo la técnica del encausto, pero falló y en realidad no fue más allá de unos primeros esbozos.
No es que la pintura se perdiera con el transcurso del tiempo, es que nunca se hizo.
Por su parte, el trabajo de Miguel Ángel no pasó del nivel de boceto. Antes de dar una sola pincelada en la pared, se había vuelto a Roma, donde le reclamaba el papa Julio II.
De ahí que conozcamos ambas batallas a partir de dibujos preparatorios o de copias realizadas por artistas posteriores que pudieron ver los cartones originales, o las copias de los cartones originales, como ocurre con la versión que Rubens (1577-1640) dibujó de la batalla de Anghiari.
Pero si hemos de ser sinceros hay que reconocer que, en cierta medida, ganaron ambos. La solución naturalista de Leonardo encontró acomodo en la formación habitual de los artistas, que, en las academias de bellas artes, hasta hoy, han de pintar del natural una y otra vez.
En cuanto a Miguel Ángel, pudo pintar a lo grande su propuesta de figuras idealizadas en los frescos de la Sixtina (lo veremos más adelante). Pero su obsesión por que sus pinturas se convirtieran en el modelo perfecto de idealismo no cuajó.
Generaciones de artistas han acudido a ver El Juicio Final para admirar al maestro, pero sobre todo para entender cómo pintar el cuerpo desnudo.
Eso sí, muy pocos replicaron tal cual las figuras de Miguel Ángel.
Porque sí hay seguidores al pie de la letra de Buonarroti y los veremos en el capítulo final dedicado a El Escorial.
Pero la mayor parte de aquellos que han ido a contemplar la obra de Miguel Ángel, han estudiado la composición, la forma de la musculatura, cómo se llega a forzar el cuerpo, pero luego cada artista ha adaptado lo aprendido a su propia forma de hacer.
Por otro lado, siempre pensando en los copistas de Miguel Ángel en El Escorial, esas copias se hicieron porque los frescos de Buonarroti se consideraron apropiados para el mundo católico en el inicio de la Contrarreforma. Y ya. No hubo más réplicas a posteriori .
Y, por supuesto, hay millones de visitantes que acuden al Vaticano a ver la Sixtina por todo el mito que rodea al propio Miguel Ángel y su compleja vida. Pero tampoco ahí solemos encontrar a quienes consideren que están viendo el modelo acabado de la belleza ideal.
De modo que Miguel Ángel ganó fama eterna por ser él, pero no por su propuesta platónica.
No es de sorprender. Cuando los papas Alejandro VI Borgia y Julio II della Rovere asumieron plenamente el Renacimiento florentino como reivindicación de la superioridad de la Italia católica no solo contaron con el buen hacer de Miguel Ángel para la reforma del Vaticano.
Otra serie de artistas destacados, como Bramante (1443-1514) o Rafael (1483-1520), también llegaron para dejar su huella sin estar movidos por esa obsesión platónica.