6. La imprenta el arte dogmático #3
Por cierto, en su tratado, de 1465, Filarete criticó abiertamente la arquitectura que se hacía en ese momento en Milán y a la que denominó como moderna, aunque hoy en los manuales esa arquitectura del Milán de mediados del siglo XV la conocemos como gótico tardío.
Es normal que Filarete hablase de una mala arquitecta moderna, pues, para él, la buena arquitectura solo podía ser la antigua de la Roma clásica.
Una vez más, frente a la obsesión de muchos historiadores actuales de ver el Renacimiento por doquier en esa Italia de mediados del siglo XV , los que vivieron ese tiempo solo veían edificios góticos.
El modelo defendido por Alberti y Filarete de crear el manual de la obra de arte perfecta no sería ya retomado hasta varias décadas después, con el trabajo de Serlio (1475-1554), a partir de 1541.
Es posible que las vicisitudes políticas vividas por los señores italianos a finales del siglo XV no fueran propicias para que los eruditos escribieran nuevas obras defendiendo una arquitectura ideal romana como modelo para los príncipes del Renacimiento en un momento en el que las tropas francesas fueron cayendo en sucesivas oleadas sobre Italia a partir de 1494.
Sí hubo, sin embargo, al menos, dos tratados más, de esos que hemos de calificar como eminentemente prácticos. Uno de ellos es el Trattato di architectura civile e militare , de Francesco di Giorgio Martini (1439-1501).
Giorgio Martini fue un arquitecto sienés nacido en 1439 que se formó inicialmente como pintor. Pero desde 1475, ya en la corte de Urbino, mostró sus habilidades como ingeniero, que plasmó en una primera obra menor sobre cómo construir.
La corte de Urbino fue otro de esos señoríos de condotiero, como la que veíamos antes en la Mantua de los Gonzaga.
En el caso de Urbino, estuvo bajo el dominio de Federico de Montefeltro (1422-1482), buen amigo de Luis III Gonzaga.
El duque de Urbino también se hizo rodear de una corte de artistas renacentistas, como el citado Giorgio Martini o el omnipresente Piero della Francesca, que se convirtió en el pintor favorito de Montefeltro.
Federico de Montefeltro se vio envuelto en la conjura de los Pazzi de 1478, cuando Sixto IV trató de eliminar a los Medici de Florencia.
Cuando estalló la guerra posterior, con Montefeltro del lado del papado, Giorgio Martini se dedicó, sobre todo, a levantar fortificaciones para su señor.
El resultado de su experiencia edilicia lo plasmó en su tratado de arquitectura civil y militar antes mencionado, con una primera parte aparecida hacia 1481 y una segunda ya elaborada en la década de 1490.
Giorgio Martini murió en 1501 sin que su obra fuera editada, algo que no ocurriría hasta 1841. Pero el manuscrito corrió de mano en mano y sabemos que Leonardo da Vinci lo tuvo. La copia anotada por Leonardo se conserva hoy en la Biblioteca Laurenziana de Florencia.
Precisamente, a Leonardo le debemos el segundo tratado de fines del siglo XV de carácter eminentemente práctico.
En concreto, el Libro della pittura , un ensayo que pudo haber estado concluido en 1498, pero que no vio la luz hasta 1540, cuando Francesco Melzi (1491-1570), discípulo de Leonardo que había heredado los manuscritos leonardescos a la muerte del maestro, decidió empezar a distribuirlo.
Con todo, su edición no habría de llegar hasta un siglo más tarde, publicada en francés e italiano en París en 1651.
El Libro della pittura muestra todas las obsesiones de Leonardo de hacer de la pintura una actividad científica a base de estudiar la naturaleza una y otra vez hasta lograr una comprensión plena de esa realidad. Todo ello, apoyado sobre un largo repertorio de técnicas de dibujo.
Frente a los modelos platónicos defendidos por Alberti y Filarete, Leonardo partía del principio aristotélico de que solo podíamos llegar a la verdad a través de los sentidos. No había por qué empecinarse en buscar un supuesto modelo ideal del que el artista solo era capaz de mostrar un reflejo.
Es decir, Leonardo no abogaba por establecer un recetario abocado a un resultado único, el arte ideal, sino por mostrar las herramientas con las que contaba el pintor (el punto, la línea, la superficie, el cuerpo, la sombra, el color…), a partir de las cuales crear, sin definir un resultado único.
A la larga, Leonardo siguió el modelo ya empleado por Brunelleschi.
Partir del original, en el caso de Brunelleschi, las ruinas romanas, pero muy pronto, tras entender estas, dejarse llevar por su creatividad en el pórtico de los Inocentes o con la invención de la perspectiva cónica.
Lo llamativo es que un tipo como Alberti, que había descubierto ese Renacimiento a través del propio Brunelleschi, quisiese ponerle puertas al campo con sus tratados .
Unos tratados que habrían de popularizarse a medida que la imprenta se fue imponiendo a partir de 1467, en muchos casos acompañados de unos grabados que resultaban más atractivos para los artistas que las explicaciones anexas.
¿Esos grabados podrían imponerse como la forma de hacer el arte perfecto, tal como hubiera querido Alberti?
Aunque la pregunta que realmente se plantearon esos artistas de finales del siglo XV fue: ¿cuál es el arte perfecto?