Renacimiento 6. La imprenta el arte dogmático
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6. La imprenta el arte dogmático

No fue el primer tratado de arte de este mundo antiguo, pues el propio Vitruvio citó obras previas. Eso sí, tras su publicación, Vitruvio se volvió famoso entre los arquitectos. Así, en el trabajo de Frontino sobre acueductos, escrito a finales del siglo  I d. de C., se cita a Vitruvio.

También cita a Vitruvio en el siglo  IV Rutilio Tauro Palladio en sus tratados de agronomía, en los capítulos dedicados a la ingeniería agrícola, sobre todo, a los acueductos.

Con todo, la referencia más importante a Vitruvio la realizó Marco Cecio Faventino, quien también en ese siglo  IV sacó un compendio del De Architectura vitruviano, un manual más sencillo, de gran trascendencia en los primeros siglos de la Edad Media.

Es decir, a Vitruvio se le conoció y se le siguió durante el Imperio romano, esencialmente, por una serie de conocimientos técnicos que había explicado en su obra.

Este punto es importante. En principio, Vitruvio no escribió un manual de cómo hacer correctamente un templo o un acueducto, sino todo un tratado de arquitectura, en donde se partía de una visión genérica de lo que había de ser un arquitecto para después ir desarrollando cada una de sus habilidades.

Pero a esos autores que hemos citado (Frontino, Palladio, Faventino) lo que realmente les preocupó de Vitruvio fueron soluciones técnicas precisas, obviando las reflexiones iniciales genéricas sobre qué significa ser arquitecto.

Recordemos que esas reflexiones giraban en torno a tres principios fundamentales: firmitas , utilitas , venustas . Es decir, solidez, utilidad y hermosura. Un edificio debía estar hecho para perdurar en el tiempo y cumplir una función, todo envuelto en unas formas bellas.

Posiblemente, la mayor parte de los arquitectos que ha habido a lo largo de la historia firmen estos principios y cuenten con ellos sin necesidad de haber leído a Vitruvio.

Quizás por ello la parte más repetida de la obra vitruviana durante la Antigüedad tardía y la Edad Media fueran sus observaciones técnicas y no las filosóficas.

Pero, además, hemos de preguntarnos el valor que puede tener para un artista leer un tratado del pasado. Por supuesto, ese valor de las enseñanzas técnicas que aporta. Además, conocer las propias obras del pasado para evitar creer estar haciendo algo nuevo cuando solo se está copiando.

En este sentido para un artista puede ser mucho más interesante ver en directo la catedral de Chartres que leer un ensayo sobre el gótico, o estudiar directamente los frescos del panteón de San Isidoro de León en vez de leer acerca de ellos en un manual sobre el románico.

Porque estos tratados en muchos casos son más bien una declaración de intenciones personal del autor, quien, con cierta vanidad, considera que puede establecer determinadas soluciones universales, que en realidad tienen un recorrido un tanto limitado .

Pudiera parecer una herejía considerar que la obra de Vitruvio es más un ejercicio de vanidad que un verdadero vademécum artístico.

Pero es que, a la larga, son pocos los artistas que quieran aceptar a pie juntillas un recetario, por profundo que sea, que limite su creatividad.

Prueba de ello es que, durante el Renacimiento, cuando Vitruvio adquirió una fama destacada, fue, sobre todo, cuando cada artista que se preciaba de sí mismo escribía su propio tratado partiendo del romano, pero buscando superarlo.

Esto no quiere decir que los artistas no miren y aprendan del pasado.

Tal como decíamos antes, lo hacen por capturar las ventajas técnicas (o evitar determinados errores) o por no pasar por un copista sin creatividad alguna.

Pero, sobre todo, porque el que aspira a la genialidad solo puede alcanzarla cuando, estudiando el arte del pasado, entiende en qué momento los artistas que le precedieron tocaron ese don de la genialidad.

Mas regresemos a Vitruvio y su influencia en el tiempo.

Tal como decíamos antes, allá por el siglo  IV , Faventino hizo un compendio del trabajo vitruviano, compendio que había de tener cierto predicamento en la Alta Edad Media.

Sabemos que las referencias a la arquitectura que maneja san Isidoro de Sevilla en el siglo  VII d. de C. parten de Faventino.

Pero este compendio terminó por ser dejado de lado para recuperar directamente a Vitruvio, que fue copiado y citado a lo largo de la Edad Media.

El ejemplar más antiguo conservado es de comienzos del siglo  IX . Posiblemente copiado en la corte carolingia, hoy se conserva en el British Museum (manuscrito Harley 2767). Desde ese momento, Vitruvio fue recurrente hasta el siglo  XIV , cuando es citado por autores como Petrarca o Boccaccio.

Es decir, Vitruvio no fue olvidado al caer el Impero romano de Occidente y redescubierto en la Florencia del Quattrocento, cuando el letrado Poggio Bracciolini encontró una copia de Vitruvio hacia 1415-1416 en la biblioteca del monasterio de San Gall.

Esa copia, tal como venimos señalando, era una de las tantas que había de la obra vitruviana por todo Occidente.

Pero es que, además, recordemos, el principal valor de Vitruvio fueron sus recomendaciones técnicas.

Y ese tipo de manuales prácticos se siguieron creando durante la Edad Media.

El más antiguo conocido es el Compositiones at tigenda , del siglo  VIII , que trata sobre metalurgia, vidriería y tintados de materiales, un tratado posiblemente elaborado en el mundo bizantino.

Quizás de estos escritos utilitarios el más singular sea el Schedula diversarum artium , del siglo  XII , firmado por el monje Teófilo, posiblemente un pseudónimo de Roger de Helmarshausen, destacado orfebre del valle del Mosa.

En este tratado, volvían a abordarse cuestiones sobre metalurgia, vidrios o pintura.

Entre los temas que abordó Teófilo estuvo la pintura al óleo, demostrando que dicha técnica no fue inventada en Flandes a comienzos del siglo  XV , sino popularizada por estos artistas de la corte borgoñona (y traída a Italia por Fouquet, como vimos antes).

De la obra de Teófilo se conservan al menos cinco ejemplares completos y nueve parciales repartidos por toda Europa, demostración de que estos manuales prácticos fueron bien recibidos en los talleres artísticos de la cristiandad.

Pero es que también había una producción de literatura sobre la creación artística en el mundo islámico medieval.

Un caso significativo fue el de Abu Ali al-Hasan Ibn al-Hasan, más conocido como Alhacén, que llevó a cabo notables investigaciones en el terreno de la óptica a comienzos del siglo  XI .

Su principal obra, el Kitab al-Manazir , fue traducida al latín a finales del siglo  XII , siendo empleada por los eruditos cristianos de la Baja Edad Media hasta llegar a la Florencia de comienzos del siglo  XV , donde los estudios de perspectiva que analizábamos más arriba propulsados por Brunelleschi partieron de ese trabajo de Alhacén .

Por tanto, cuando en 1415 Bracciolini encontró el libro de Vitruvio en San Gall y lo copió para llevarlo a Florencia, Vitruvio no era un desconocido, se había utilizado durante toda la Edad Media.

Y la idea de escribir manuales prácticos para los artistas había sido una constante durante toda esa Edad Media.

Entonces, ¿por qué Vitruvio se convirtió en todo un revulsivo del arte italiano del Quattrocento y del arte de Europa occidental en general del Cinquecento? En realidad, por una serie de circunstancias ajenas al valor de la obra en sí.

Por un lado, recordemos una vez más que el objetivo de los florentinos de comienzos del siglo  XV era generar un programa político-artístico que les permitiera marcar distancias con los imperiales que desde allende los Alpes asaltaban Italia cada pocas décadas al ser coronado un nuevo emperador.

Frente a esos bárbaros del norte, Florencia se presentaba como la reencarnación del viejo y civilizado Impero romano, y cualquier objeto de ese mundo romano fue enaltecido, incluido el libro de Vitruvio.

Y eso que su supuesto descubridor, Bracciolini, fue un hombre criticado por los más puristas.

Bracciolini apostaba por escribir en latín, pero un latín que había de evolucionar con el tiempo, frente a los ciceronianos, como el ya mencionado Lorenzo Valla, que exigían que el único latín válido era el de la Roma clásica (es decir, como si el único castellano que deberíamos emplear hoy fuera el del Quijote ).

Decíamos que el empeño de recuperar todo lo romano como símbolo de prestigio implicó esa puesta en valor de Vitruvio.

Pero aún resultó más importante cuando el texto cayó en manos del ya varias veces mencionado León Bautista Alberti, un ejemplo de esos ciceronianos, de esos defensores de la recuperación del mundo romano sin mácula, pero, en su caso, en el terreno del arte .

Alberti nació en Génova en 1404, hijo de un rico comerciante florentino que se había visto obligado al exilio. El joven Alberti tuvo una amplia educación en Letras, Derecho y Arte en Venecia, Padua y Bolonia.

Llegó a dominar con tanta soltura el latín clásico que en 1424 se atrevió a escribir una comedia, que firmó bajo el pseudónimo de Lépido, haciendo creer a sus coetáneos que era una obra recuperada en un manuscrito de la Roma clásica.

Tras demostrar ese conocimiento fino de la Antigüedad, Alberti se empeñó en casar la gloria de la Roma clásica con las necesidades modernas de su tiempo. Por ejemplo, si bien escribió todos sus libros en latín, él mismo se preocupó en traducirlos al italiano.

En 1434, llegó a Florencia, donde tuvo ocasión de sumergirse en esa recuperación de la vieja Roma que, a su vez, había provocado una serie de innovaciones, como la de la perspectiva cónica de Brunelleschi (a quien Alberti llegó a conocer en persona).

Esto le llevó a escribir uno de sus primeros tratados de arte, el De Pictura , en 1436, que circuló de forma manuscrita hasta su tardía edición en 1540.