Renacimiento 5. La vieja Capilla Sixtina
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5. La vieja Capilla Sixtina

Si la reacción del papa Nicolás V fue lenta debido a su empeño por la unión eclesiástica antes de enviar ayuda, la de los otros príncipes occidentales prácticamente no existió.

El emperador Federico III amenazó con atacar, pero nada más.

Algo similar hizo Alfonso V de Aragón desde su reino en Nápoles.

Y los venecianos sí decidieron enviar una flota de auxilio que no llegó a tiempo.

Acabamos de citar a tres artistas. Mantegna y los ya varias veces mencionados Piero della Francesca y León Bautista Alberti.

Estos dos últimos formaron parte de los llamados artistas itinerantes del Renacimiento, aquellos que apostaron por viajar en la búsqueda de unos clientes que no habían terminado de encontrar ni en Florencia ni en las otras grandes capitales italianas, como Milán o Roma.

La difusión del Renacimiento les debe mucho a estos viajeros.

Era posible que el artista acudiese a Italia a formarse, como pudo ser el caso de Fouquet.

O, sobre todo con la popularización de la imprenta, el Renacimiento se difundiese gracias a tratados o grabados (lo veremos en un próximo capítulo).

Pero fue más destacada la labor de aquellos artistas formados en Florencia que marcharon a otras cortes.

Esto no impide que alguno de ellos fuera especialmente dotado y que su obra fuese equiparable a la que se hacía en esas cortes florentina y romana.

Como el caso de Mantegna, que acabamos de ver.

Con todo, retengamos esa idea de los artistas renacentistas de Italia menos queridos por ese mercado italiano que partieron, porque puede explicar cierto desnivel entre la recuperación del mundo clásico en Italia y los primeros conatos de Renacimiento fuera de la península italiana.

Ahora regresemos a la Roma de los papas.

Nos habíamos quedado con Pío II convocando el congreso de Mantua de 1459 para ir a combatir contra el turco, un congreso que no tuvo la participación esperada, por lo que el papa optó por una solución más original.

En 1460, hizo circular una carta escrita por él mismo en la que invitaba al sultán Mehmed II a convertirse al cristianismo y, a cambio, el papa le concedería el título de emperador romano.

Obviamente, el sultán no aceptó el ofrecimiento.

Pío II, Eneas Silvio Piccolomini en su nombre secular, antes de ser elegido papa había sido un destacado intelectual.

Nacido en 1405 en Corsignano, por aquel entonces parte de la República de Siena, en el seno de una familia de la pequeña nobleza local venida a menos, Piccolomini se esforzó por construirse una educación lo más amplia posible, sirviendo a los maestros más señeros del momento en Siena, Florencia o Ferrara.

Ya hemos señalado como en 1431 se convocó el concilio de Basilea que dio origen al conciliarismo, un movimiento que consideraba que la autoridad del papa quedaba por debajo del propio concilio.

Piccolomini acudió allí al servicio del obispo de Fermo, convirtiéndose, como también hemos señalado, en fervoroso conciliarista.

Pero en los años siguientes fue cambiando de señor, y de opinión, hasta entrar al servicio del emperador Federico III en 1442.

En aquel tiempo, Piccolomini viajó por el occidente y el centro de Europa, al tiempo que escribía buena parte de sus libros, donde había desde relatos históricos (como el que hizo sobre el concilio de Basilea) a poesías, comedias de enredos o novelas románticas, como la Historia de duobus amatibus , en la que crea la correspondencia entre Lucrecia, una mujer casada de Siena, y su enamorado Eurialo, servidor del duque de Austria.

Esta imagen del escritor capaz de abordar los temas más variados le ha valido a Piccolomini el ser también incluido en la nómina de los humanistas, olvidando de nuevo la larga lista de intelectuales que fueron capaces de esos gestos de creación literaria durante la Edad Media.

Desde los ya antiguos Isidoro de Sevilla (h.

560-636), Beda el Venerable (h. 672-735) o Alcuino de York (h.

735-804) hasta el rey Alfonso X el Sabio (1221-1284), Dante Aligheri (1265-1321), Pedro López de Ayala (1332-1407), Geoffrey Chaucer (1343-1400) o Christine de Pizan (1364-1430), todos autores que pudieron escribir por igual sobre religión, sobre filosofía, tratados políticos o ensayos históricos.

La solución ha sido incluir a muchos de esos escritores en la categoría de prerrenacentistas, sin darnos cuenta de que personas con amplísimas inquietudes intelectuales puede haber, afortunadamente, en cualquier periodo histórico, sin necesidad de apuntarse a una etiqueta (el Renacimiento) para mostrar sus ganas de aprender y escribir.

En 1446, Piccolomini fue consagrado como diácono y en marzo de 1447, como sacerdote.

En ese mismo mes, había sido nombrado papa Nicolás V, quien había sido compañero de estudios de Piccolomini años atrás en Florencia.

Nicolás V aupó rápidamente a su viejo amigo, haciéndole obispo de Trieste ese mismo año de 1447 y arzobispo de Siena en 1449.

En 1456, el siguiente papa, Calixto III, le nombró cardenal.

Para entonces Piccolomini ya se había convertido en un ferviente defensor de la autoridad papal frente al concilio.

Como ya hemos señalado antes, a la muerte de Calixto III, Piccolomini, que además se había vuelto furibundo antiturco, fue elegido papa con el nombre de Pío II, organizando de inmediato el congreso de Mantua y llamando a una nueva cruzada que no se produjo.

Esto no disminuyó su empeño por combatir a los otomanos, pero durante su pontificado también tuvo tiempo para dos trabajos muy singulares.

Por un lado, los Comentarii , escritos hacia 1463, una verdadera autobiografía que le sirvió para explicar tanto los acontecimientos que vivió como su evolución desde el conciliarismo hacia la supremacía papal, una supremacía que quiso reforzar mediante una serie de bulas.

Por otro lado, la mejora de su pueblo natal, Corsignano, que pasó a llamarse Pienza en honor al papa, tras las construcciones que este financió allí.

Corsignano era una aldea de origen etrusco.

Para mediados del siglo  XV , era una pequeña localidad completamente amurallada con una planta rectangular irregular, cuya calle principal atravesaba de manera serpenteante en dirección este-oeste.

A media calle es donde se había levantado una iglesia románica, orientada al este, que fue demolida, junto con otras edificaciones en torno para levantar la nueva catedral y los palacios anexos, abriendo una plaza de forma trapezoidal.

La obra le fue encargada a Bernardo Rossellino (1409-1464), discípulo de León Bautista Alberti. Tradicionalmente, se ha considerado que el trabajo de Rossellino en Pienza es el reflejo de las teorías urbanísticas de Alberti y, con ello, el arranque del urbanismo renacentista.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que Alberti no tuvo una teoría urbanística muy desarrollada, y que las referencias que dio ya se daban en el mundo medieval, como la necesidad de buscar lugares saludables para las ciudades o que estas estuvieran amuralladas.

Solo en el libro octavo de su tratado de arquitectura entra en la forma de trazar las calles y las plazas.

Por ejemplo, que las plazas sean más largas que anchas, que puedan tener soportales e, incluso, algún arco monumental a modo de acceso, y que los edificios de las calles no fueran tan altos como para no permitir la correcta ventilación e iluminación del lugar.

Es posible que Alberti estuviera pensando en antiguas ciudades de origen romano.

Pero nada de esto hizo Rossellino en Pienza. Las calles siguieron siendo estrechas y la nueva plaza era más ancha que larga.

¿Dónde se dieron las novedades entonces?

En el diseño de los edificios. La nueva catedral sí utilizaba el repertorio clásico que había recuperado Brunelleschi décadas atrás de columnas clásicas, arcos de medio punto y frontones.

O en el palacio Piccolomini, que había de convertirse en la residencia de recreo del papa, situado al oeste de la catedral, y que imitaba el palacio Rucellai, que el propio Alberti había comenzado a construir en Florencia en 1446.

Sin embargo, en los otros edificios que cerraban la nueva plaza, el palacio Episcopal al este y el palacio Comunal al norte, esa pureza clásica se diluía.

En definitiva, como ya había ocurrido con Nicolás V cuando encargó la Capilla Nicolina del Vaticano, en Pienza, Pío II requirió una serie de edificios que se apuntaban a las modas que venían desde Florencia, otros seguían las tradiciones medievales y en ningún caso el papa planteó una remodelación total de la ciudad siguiendo un supuesto modelo renacentista.

Podemos pensar que, en realidad, el proyecto no llegó a concluirse por la muerte de Pío II en 1464. Pero es que el corazón de ese proyecto fue la plaza de la catedral y esta sí quedó terminada.

Insistamos en este punto. No es que en Pienza se hiciera un conato de urbanismo renacentista que no llegó muy lejos por ser de los primeros. Es que la ordenación urbana no difería de las formas empleadas hasta entonces en el mundo medieval.

Algo más de diez años antes, a partir de 1452, el marqués de Santillana hubo de rehacer la villa de Torija, en Guadalajara, destruida tras la guerra contra los infantes de Aragón.

Y siguió una fórmula similar a la que se emplearía después en Pienza.

Un recinto amurallado con una calle principal semirregular que conduce a la plaza principal, donde se abren los edificios más significativos, comenzando por el castillo del señor.

Cuando se reconstruyó Torija, Alberti estaba terminando su manuscrito de arquitectura, que no sería conocido en España hasta décadas después.

Porque el marqués de Santillana en Torija, como Pío II en Pienza, no estaban haciendo ordenamientos urbanos renacentistas, sino siguiendo soluciones prácticas ya conocidas en la Edad Media.