4. Documentos falsos bibliotecas nuevas los papas de mediados del siglo XV #3
La colaboración entre Alberti y Nicolás V, pese a la amistad que les unió, parece que no fue más allá de esta obra hidráulica.
Es cierto que cuando Alberti presentó su tratado de arquitectura en 1452, el De re aedificatoria , se lo dedicó al papa, pero el arquitecto era un tanto crítico con las obras papales.
Alberti soñaba con resucitar la vieja Roma, mientras que Nicolás V se iba conformando con recuperar restos de las ruinas romanas con los que parchear los monumentos que iba arreglando.
Volveremos más adelante a la figura de Alberti y sus tratados, pero retengamos esa idea de que el papa Nicolás V no estaba llevando a cabo el sueño renacentista que tenía en su cabeza Alberti.
Y retengamos esa idea porque es precisamente uno de los principales adalides del Renacimiento, Alberti, quien no consideró a Nicolás V como un papa renacentista.
Pero más allá de las intervenciones urbanas, la principal apuesta arquitectónica y artística de Nicolás V fue el palacio Apostólico, que comenzó a construir al noreste de la basílica de San Pedro, en el sector que hoy encontramos en torno al patio del Papagallo.
La idea era que la sede de los papas se alejara del centro de Roma y se vinculara con más fuerza al Vaticano de San Pedro, es decir, tal como ocurre hoy.
Con todo, esta idea de concentrar el poder pontificio en el Vaticano no fue asumida de manera inmediata por sus sucesores. Así, Paulo II (1417-1471), papa entre 1464 y 1471, se hizo levantar otro palacio Apostólico, el Palazzo Venezia, cerca del Capitolio, pero fuera del Vaticano.
El palacio Apostólico de Nicolás V había de estar constituido por sus apartamentos privados que debían incluir un oratorio propio, así como su estudio personal, al que había de vincularse la rehecha Biblioteca Vaticana.
El oratorio es la conocida como Capilla Nicolina, una estancia cuya decoración fue encargada a Fra Angelico y sus discípulos, que crearon dos series de frescos.
Ya hemos visto como Fra Angelico había llegado a Roma en tiempos de Eugenio IV.
La primera serie estaba dedicada a san Esteban, diácono del siglo I que fue martirizado en Jerusalén, y la segunda serie a san Lorenzo, otro diácono, pero del siglo III , también martirizado, pero, en su caso, en Roma.
La elección de los temas por parte de Nicolás V no fue gratuita. Por un lado, los restos de ambos santos se encontraban en la iglesia romana de San Lorenzo Extramuros. Pero, además, la historia de los dos diáconos fue sabiamente aprovechada por el papa.
San Esteban fue martirizado después de debatir con el sanedrín de Jerusalén y hacerles ver a sus integrantes que no seguían la palabra de Dios.
Nicolás V quiso así hacer una comparación entre el sanedrín judío y los conciliaristas de Basilea, colocándose el propio papa como un perseguido por los injustos (los conciliaristas), como ya le ocurriera a san Esteban (perseguido por el sanedrín).
En el caso de san Lorenzo, el diácono fue condenado tras negarse a entregar los bienes de la Iglesia al emperador, pues los había repartido previamente entre los pobres. El emperador solicitó a san Lorenzo esos bienes tras el martirio del papa Sixto II, al que servía el diácono.
En las pinturas de Fra Angelico, Sixto II aparece con el rostro del papa Nicolás V, quien, de nuevo, aprovechó una historia del santoral para criticar los eventos de su tiempo, pues él, Nicolás, había tenido que pelear con los emperadores para que le permitieran recuperar el dinero de la Iglesia alemana que el papa consideraba necesario para sus obras.
En estas pinturas de la Capilla Nicolina, Fra Angelico mostró su destreza para lograr una composición proporcionada de las figuras humanas, así como establecer una perspectiva válida de los espacios.
Sin embargo, y es algo que ocurre en el resto de la obra de Fra Angelico, hay un problema de relación entre las personas, demasiado grandes para los edificios.
Sin duda, el artista quería mostrar su dominio de esa nueva perspectiva cónica, al mismo tiempo que evidenciaba su gusto por las arquitecturas clásicas, pero con esa solución de edificios pequeños que le hacía perder realismo y que le devolvía a las desproporciones medievales.
Quizás eso fuera lo que Eugenio IV y Nicolás V más valoraron de Fra Angelico: que pese a haber asumido la perspectiva cónica, el resultado final tenía aún un sabor medievalizante que debía ser bien comprendido por el público de mediados del siglo XV .
Junto con su capilla privada, la gran obsesión de Nicolás V fue rehacer la Biblioteca Vaticana, habilitando un espacio al respecto dentro de su nuevo palacio Apostólico, una biblioteca que le ha valido a Nicolás V, también a él, el apelativo de humanista.
Veamos, una vez más, por qué es un apelativo incorrecto.
Los papas habían ido reuniendo todo tipo de documentos y códices desde el siglo IV en un incipiente archivo-biblioteca, situado en su palacio de Letrán.
Desde el siglo VI , el primicerius notariorum , el secretario de Estado papal, se hizo cargo de la supervisión del archivo, y desde el 784 tenemos documentado el puesto de bibliotecario (el primero se llamaba Teofilatto).
Es cierto que los avatares sufridos por Roma a lo largo de la Alta y la Plena Edad Media fueron afectando a la biblioteca, que hubo de buscar nuevos fondos con regularidad.
Entre los más destacados, la colección de manuscritos griegos de Federico II (1194-1250), reunida en la primera mitad del siglo XIII por este emperador de carácter extravagante y vasta cultura, autor él mismo de algunos tratados.
Comenzó entonces el enfrentamiento entre el papado y los reyes de Francia que había de concluir con el traslado de la sede pontificia a Aviñón. En septiembre de 1303, cuando Bonifacio VIII (1230-1303) cayó preso de las tropas francesas en Anagni, la biblioteca en Roma sufrió un primer saqueo.
En 1310, el nuevo papa Clemente V (1264-1314) ordenó trasladar la parte más valiosa de la colección desde Roma a Asís para luego enviarla a Aviñón.
Por el camino, se produjo un nuevo saqueo.
Con todo, los pontífices lograron reunir una cantidad notable de documentos en su nueva sede aviñonense, la mayor parte de los cuales se quedaron allí cuando Gregorio XI regresó a Roma y hoy están en la Biblioteca Nacional de Francia.
Hubo entonces que comenzar a rehacer la Biblioteca Vaticana con algunos libros que habían quedado en Roma, los pocos que regresaron de Aviñón y, sobre todo, la colección que logró reunir Nicolás V, que llegó a juntar más de mil doscientos documentos.
Para ello, a los libros que el propio Nicolás V había obtenido en sus viajes sumó los que consiguió rescatar de la biblioteca imperial de Constantinopla tras la caída de esta ciudad en manos de los turcos en 1453.
Pero, además, Nicolás V quiso favorecer la difusión del conocimiento, para lo que encargó a Lorenzo Valla la traducción de los textos griegos reunidos (clásicos y cristianos) directamente al latín.
Hemos visto antes como Valla había servido a Alfonso V de Aragón en Nápoles contra el papa Eugenio IV al desmontar la falsa Donación de Constantino.
Pero con ese conflicto napolitano resuelto, Nicolás V no tuvo inconveniente en contratar a Valla, mientras su trabajo sobre la Donación de Constantino quedaba en el olvido por siete décadas .
Es cierto que la fundación oficial de la Biblioteca Apostólica Vaticana le habría de corresponder al papa Sixto IV con la emisión de la bula Ad decorem militantis Ecclesiae de 1475, pero el trabajo más difícil, reconstruir la biblioteca, ya había sido realizado por su predecesor Nicolás V.
Como decíamos antes, esa reconstrucción de la biblioteca le ha valido a Nicolás V en la historiografía el ser considerado como el prototipo de papa humanista.
Pero, tal como acabamos de ver, desde el siglo IV los papas trataron de tener una gran biblioteca, de modo que, si cada papa que apostó por hacer crecer la colección de libros del Vaticano fuera un humanista del Renacimiento, tendríamos papas renacentistas durante toda la Edad Media.
Es necesario entender cómo concebían estos papas medievales su labor.
La idea era enaltecer al papado, apelando a todos los medios.
De ahí que en esa Biblioteca Vaticana hubiera sitio para los saberes clásicos (esos que traducía Lorenzo Valla), pero sobre todo para los teológicos, que eran la mayoría (y que también traducía Lorenzo Valla).
Porque al final, y queda muy claro en el programa iconográfico de la Capilla Nicolina de Fra Angelico, Nicolás V sobre todo defendía su posición como papa, es decir, como el legítimo representante de Dios en la Tierra.
Su objetivo no era humanizar el cristianismo, sino seguir supeditando la humanidad a la fe en Cristo, con la ventaja de que, a través de Fra Angelico, se apuntó a las modas renacentistas de Florencia, pero en esa versión más moderada, con un sabor más medievalizante.
Es decir, un sí a la vanguardia, pero con prudencia y sin abandonar el objetivo fundamental: poner todos los saberes al servicio de la fe.
Es más, Nicolás V terminaría su papado con una clara reivindicación de su papel como máximo representante de la cristiandad al llamar a los príncipes de Europa a acudir a la cruzada contra los turcos que habían tomado Constantinopla.