4. Documentos falsos bibliotecas nuevas los papas de mediados del siglo XV #2
Es más, el trabajo de Valla no llegó a publicarse en vida de este autor.
Como hemos señalado, Alfonso V fue coronado rey de Nápoles en 1443 con el visto bueno de Eugenio IV, quien había de morir en 1447, siendo sucedido por Nicolás V (1397-1455).
En el momento en que el papa validó los derechos de Alfonso V, este ya no quiso seguir insistiendo con la falsedad de la Donación de Constantino.
Lorenzo Valla dejó entonces la corte de Alfonso V y se trasladó a Roma, donde entró en la curia pontificia de Nicolás V como encargado de la traducción de obras griegas y allí estuvo hasta que murió en 1457.
Su obra sobre la falsedad de la Donación de Constantino no se publicó hasta sesenta años después de morir, ya en plena reforma luterana, por iniciativa del protestante Ulrich von Hutten (1488-1523).
De esta manera, a mediados del siglo XV , los papas seguían reclamando el dominio territorial de Italia y trataron de hacerlo efectivo durante las siguientes décadas, pero sin aún abrazar del todo las modas renacentistas florentinas .
Si acabamos de ver como Valla no fue ese modelo de humanista del que nos hablan, sino un filólogo más entre los muchos que trabajaron los textos clásicos a lo largo de la Edad Media, y que si su nombre ha brillado fue por un motivo político, que no intelectual, centrémonos ahora en la figura de su protector papal, Nicolás V, quien fue el primer pontífice que hizo llegar a Roma, en esos mediados del siglo XV , a los artistas de las vanguardias no solo florentina, sino también borgoñona.
Nicolás V nació en Génova en 1397, siendo su nombre en el siglo Tommaso Parentucelli.
Era hijo de un médico y desde joven tuvo afición por los estudios, lo que le permitió trasladarse a Florencia en 1415, donde con solo dieciocho años trabajó como preceptor de los hijos de la familia de banqueros Albizzi.
En 1419, Parentucelli se trasladó a Bolonia, donde se doctoró en Teología, entrando al servicio del obispo y futuro cardenal Niccolo Albergati (1373-1443), uno de los hombres más poderosos de la curia pontificia.
Gracias a la estrecha relación con el papa Martín V, el cardenal Albergati logró que su pupilo Parentucelli fuese enviado como diplomático al Sacro Imperio Romano Germánico y, más tarde, a Francia e Inglaterra.
Fue entonces cuando Parentucelli pudo dar rienda suelta a su pasión: los libros, que iba reuniendo allá donde viajaba.
Además, aquellos viajes le permitieron conocer las novedades artísticas que se habían fraguado en torno a los duques de Borgoña y que ya se estaban imitando en otras cortes europeas.
Ya hemos visto antes como cuando murió el papa Martín V y fue sucedido por Eugenio IV, este hubo de exiliarse en Florencia entre 1434 y 1444.
Gracias a ello, Tommaso Parentucelli, nuestro coleccionista de libros, volvió a residir en Florencia acompañando al papa, donde tuvo ocasión de codearse con la élite intelectual artística florentina, como Leonardo Bruni (1370-1444), traductor al latín de algunos autores griegos, comenzando por Aristóteles y Platón, y que elaboró una notable historia de Florencia justificando la república oligárquica de los Medici.
O con Poggio Bracciolini (1380-1459), discípulo de Bruni, quien en su juventud se dedicó a recuperar algunos textos clásicos de, entre otros, Cicerón, Virgilio o Quintiliano, en las bibliotecas de las abadías de Cluny o San Galo.
También se relacionó con Ambrogio Traversari (1386-1439), traductor de algunos destacados teólogos de la Iglesia bizantina.
Es decir, un grupo de eruditos que se movían por igual en la filosofía clásica, la historia o la teología.
En definitiva, lo propio de los intelectuales medievales.
Pero, además, Parentucelli (el futuro Nicolás V) volvió a entrar en relación con el arquitecto León Bautista Alberti, a quien ya había conocido en Bolonia.
En 1444, el papa Eugenio IV ya había regresado a Roma y trataba de renovar la ciudad, en cierta medida, siguiendo las modas florentinas, para lo que hizo que acudiesen a la Ciudad Eterna algunos artistas toscanos, como el Filarete (1400-1469) o Fra Angelico, de quien hablaremos más adelante.
En ambos casos, Eugenio IV pareció optar por los artistas más comedidos.
Si observamos la principal obra que el Filarete hizo para el papa, las puertas de la basílica de San Pedro del Vaticano, que se conservan hasta hoy, vemos como las (des)proporciones de las figuras o la forma de conseguir la profundidad, a base de planos superpuestos, aún beben de ciertas tradiciones medievales.
Sí, hay un mayor realismo, pero para entonces ya había muerto Masaccio o ya estaba trabajando Piero della Francesca, más dotados para lograr la perspectiva.
Pero, además, a la corte de Eugenio IV llegó un notable artista francés, Jean Fouquet (1420-h.
1481), originario de Tours, en el valle del Loira.
No sabemos mucho de la formación de Fouquet, pero es indudable que estuvo claramente influenciado por las modas borgoñonas en pintura y en la iluminación de libros, que fueron las dos actividades a las que dedicó su vida.
¿Por qué viajó a Italia Fouquet entre 1445 y 1448?
¿Por qué llevar a cabo ese «viaje de estudios» cuando la vanguardia artística del momento era el mundo borgoñón?
¿Influyeron las embajadas de Parentucelli por Europa, la última en 1444?
Es decir, ¿Parentucelli pudo cruzarse con un joven Fouquet y animarle a viajar a Roma?
¿O Fouquet viajó por su propia cuenta a Roma y allí fue bien recibido en la curia pontificia gracias precisamente al viajero Parentucelli que conocía ese arte borgoñón?
En cualquier caso, Fouquet dejó una impronta clave en el arte italiano.
Todo indica que él fue quien popularizó el uso del óleo en Italia.
Y, por supuesto, a su vuelta a Francia, donde ya le tenemos trabajando desde 1450, Fouquet supo llevarse las novedades renacentistas.
Eso sí, mostrando muy bien cómo utilizar las soluciones florentinas o las borgoñonas dependiendo de sus clientes.
De esta manera, podremos tener pinturas de Fouquet más renacentistas, las menos, y otras más dentro de las modas del gótico epatante, las más.
E, incluso, una combinación de ambas, como el famoso Díptico de Melun , realizado hacia 1452, que Fouquet pintó para la capilla funeraria de Étienne Chevalier (h.
1410-1474), el tesorero del rey Carlos VII de Francia (1403-1461), en la colegiata de Nuestra Señora de Melun, un díptico que hoy se encuentra dividido entre la Gemäldegalerie de Berlín y el Museo Real de Bellas Artes de Amberes.
En la tabla conservada en Berlín, aparece Étienne Chevalier junto a su santo patrón, san Esteban. Las figuras están bien proporcionadas, con un alto grado de detalle y bien insertas en un espacio donde se ha trazado una correcta perspectiva cónica para lograr la profundidad.
Por el contrario, en la tabla derecha, la conservada en Amberes, aparece una Virgen de la leche con el Niño en sus rodillas rodeada de ángeles.
El detallismo de las figuras o del trono de la Virgen choca con la irrealidad de la escena (en sus colores, en su composición, en la rigidez de los propios personajes).
Algo que encaja bien con cuadros como los de Van Eyck.
Es indudable que Fouquet supo ofrecerle a su cliente, Étienne Chevalier, una solución de compromiso entre las dos vanguardias artísticas de la época, aunque, como señalábamos antes, la mayor parte de la obra de Fouquet, a su vuelta de Italia, siguió los cánones borgoñones, que era lo que, en definitiva, lo pedía el mercado francés para el que trabajó el resto de su vida.
Pero volvamos a la Roma de los papas, donde Eugenio IV murió en febrero de 1447, dejando muchas de sus obras inconclusas. Para sucederle, fue nombrado Tommaso Parentucelli, que se convirtió en Nicolás V.
Entre los primeros logros del nuevo papa, estuvo la firma del Concordato de Viena de febrero de 1448 que puso fin al conciliarismo, al tiempo que logró la renuncia del antipapa Félix V (1383-1451), que había subsistido, en gran medida, por el favor imperial.
Con todo, Nicolás V, tras contar con el visto bueno del emperador Federico III (1415-1493), hubo de ir negociando con cada uno de los príncipes alemanes hasta lograr el visto bueno de todos, en muchos casos, a regañadientes.
En este ambiente de éxito moderado es en el que Nicolás V continuó con el programa de mejora para Roma en general y el Vaticano en particular.
El papa quiso aprovechar el hecho de que 1450 era año santo, y con objeto de celebrar ese jubileo Roma se iba a llenar de peregrinos recorriendo las numerosas iglesias de la ciudad buscando la indulgencia plenaria.
De esta forma, Nicolás V pretendió recuperar la ciudad para los romanos, bastante descuidada por la larga ausencia de los papas, y que esas mejoras pudieran ser financiadas gracias a la afluencia de peregrinos.
Comenzó por acondicionar las diferentes iglesias romanas, para lo que hizo llamar a un grupo heterogéneo de artistas, entre los que se encontraban aquellos que se mantenían en la tradición medieval, como Antonio Vivarini, Bartolomeo di Tommaso o Benedetto Bonfigli, con otros que ya se habían apuntado a las modas clásicas, como Andrea del Castagno o Piero della Francesca.
E incluso logró que llegara otro artista del área borgoñona, Rogier van der Weyden.
Nicolás V, además, rehízo las murallas urbanas y, sobre todo, rehabilitó el sistema de distribución de aguas, que databa de los tiempos del Imperio romano.
Destaca el trabajo que había de efectuarse sobre el aqua virgo , un acueducto del siglo I a.
de C., que había de ser rematado por una fuente diseñada por Alberti en el mismo emplazamiento donde hoy tenemos la fontana de Trevi.