Renacimiento 4. Documentos falsos bibliotecas nuevas los papas de mediados del siglo XV
11%

4. Documentos falsos bibliotecas nuevas los papas de mediados del siglo XV

¿P or qué los papas de Roma, en principio soberanos espirituales de la cristiandad latina, querían reclamar, además, el dominio territorial de Italia?

Esa es una larga historia que comenzó en el momento de la oficialización del cristianismo en el siglo  IV .

Al ir acumulando propiedades en Roma, los papas empezaron a tener cierta querencia por convertirse en los señores de la ciudad, aunque tuvieron que seguir reconociendo la autoridad de los soberanos que regían Roma, ya fueran los emperadores de Occidente (hasta finales del siglo  V ), los reyes ostrogodos (desde finales del siglo  V a mediados del siglo  VI ) o los emperadores bizantinos (desde mediados del siglo  VI ).

Todo cambió con la invasión de Italia por parte de un nuevo pueblo germano, los lombardos, a finales del siglo  VI y que numerosas veces acosaron Roma, prácticamente desvalida por sus soberanos bizantinos.

En el año 712, Liutprando (h. 685-744) fue coronado rey de los lombardos e hizo del catolicismo la religión oficial de su Estado, con lo que quería unificar a romanos (mayoritariamente católicos) con los germánicos (entre los que aún había numerosos arrianos, que ya era una corriente marginal del cristianismo latino).

Liutprando mantuvo una relación compleja con los papas de Roma precisamente por su fervor católico.

Si el rey consideraba que el papa no actuaba como un buen cristiano, no dudaba en atacarlo.

Pero, con todo, en el año 728, Liutprando le entregó al papa Gregorio II (669-731) una serie de castillos, entre los que destaca el de Sutri, que pasó a quedar bajo el dominio directo de los papas, ya como señores territoriales, sentando así la base de los Estados Pontificios.

A partir de ese momento, los sucesivos papas fueron logrando cesiones territoriales de los diferentes monarcas que reinaron sobre Italia.

Tras Liutprando, el siguiente monarca que hará entrega, esta vez sí, de una serie destacada de dominios al papa fue Pipino el Breve (714-768), padre de Carlomagno, en el año 756, en la llamada Promissio carisiaca .

Los herederos de Carlomagno, los carolingios, no solo respetaron esta donación de Pipino, sino que siempre que pudieron fueron reforzándola.

Fue en ese momento, a mediados del siglo  IX , cuando se inventó uno de los documentos más controvertidos de la historia de la Iglesia católica: la Donación de Constantino.

En el año 833, Luis el Piadoso (778-840), hijo de Carlomagno, fue desposeído de sus derechos imperiales por sus propios hijos.

Buena parte de los obispos carolingios apoyaron la medida.

Pero a los pocos meses Luis recuperó el poder.

Muchos de los obispos levantiscos fueron perseguidos y encarcelados, y fue entonces cuando surgió la figura del Pseudo-Isidoro, un falsificador o grupo de falsificadores que comenzaron a crear decretos papales fraudulentos, en muchos casos datados falazmente siglos atrás, en los que se prohibía esa persecución a los obispos.

Muchos de estos decretos fueron descartados en la gran recopilación de derecho canónico que realizó Graciano en el siglo  XII .

Pero en ese ir y venir de documentos falsos de mediados del siglo  IX , la curia papal aprovechó para meter uno más, esa Donación de Constantino mediante la que el papa se convirtió en soberano de la cristiandad occidental o latina.

El trato, en ese momento, debió verse justo: el papa aceptó los decretos que salvaron los cuellos de los obispos carolingios y estos defendieron esa primacía papal.

Con todo, la falsificación fue denunciada pronto.

Hacia el año 1000, la corte del emperador Otón III (980-1002) puso en duda la Donación de Constantino.

No ha de sorprendernos. El título imperial ya no pertenecía a la dinastía de los carolingios, sino a estos otónidas, que no querían hipotecas con el pasado.

Es más, Otón III aspiraba a ser emperador no solo en Roma, sino también en Constantinopla, por lo que no quería como rivales a los papas en la parte occidental de ese imperio total.

Precisamente, desde Constantinopla llegó el siguiente ataque contra la Donación de Constantino a mediados del siglo  XI , cuando se produjo el cisma entre las Iglesias católica y ortodoxa de 1054 tras un arduo debate entre el papa León IX (1002-1054) y el patriarca de Constantinopla Miguel I Cerulario (1000-1059).

Entre los motivos del cisma estaba la lucha por la primacía en la cristiandad, y uno de los argumentos que el papa mostró fue la Donación de Constantino.

Curiosamente, el patriarca constantinopolitano aceptó esa Donación, pero considerando que el papa había hecho mal uso de ella al nombrar emperador a Carlomagno y tras él a todos sus sucesores, con lo que la Donación había perdido su valor.

A partir de ese momento, la Donación de Constantino fue utilizada casi de forma exclusiva durante los siglos  XII y  XIII por los papas para reclamar su derecho a gobernar Italia frente a las intromisiones del emperador .

En el momento en que los papas trasladaron su sede a Aviñón, en el sur de Francia, a partir de 1309, el interés por Italia disminuyó.

Este traslado supuso un duro golpe político para Roma, que perdió su condición de cabecera de la cristiandad latina, y también cultural.

Al partir la curia de los papas, Roma se quedó sin buena parte de sus artistas, sus eruditos, e, incluso, una porción nada desdeñable de la biblioteca laterana, que los sumos pontífices llevaban casi diez siglos reuniendo, se marchó a Aviñón.

Retengamos este dato. Los papas contaron con una notable biblioteca desde la Antigüedad tardía.

Fue este traslado a Aviñón lo que hizo que buena parte se perdiera.

Cuando Gregorio XI (1329-1378) decidió regresar a Roma en 1377, donde murió al año siguiente, se provocó una ruptura de la Iglesia latina, el llamado Cisma de Occidente.

Los cardenales que acompañaron a Gregorio XI a Roma nombraron un nuevo papa.

Pero un grupo de cardenales rebeldes eligieron otro papa que habría de permanecer en Aviñón.

La cosa se fue agravando con el tiempo. Llegó a haber tres papas a partir de 1409 y luego se fueron sucediendo los concilios que trataron de solventar el problema, hasta que en el de Constanza de 1417 se logró que solo quedase un papa oficial, Martín V (1369-1431), a la cabeza de la cristiandad latina, de nuevo con su sede en Roma.

Pero entonces se abrió una nueva polémica, el llamado conciliarismo, que debatió si la autoridad religiosa final en esa cristiandad latina le correspondía al papa o al concilio.

Este debate se mantuvo hasta 1445, cuando se dio por finalizado el llamado concilio de Basilea-Ferrara-Florencia (por haber ido desarrollándose sucesivamente en estas ciudades), momento en el que se volvió a aceptar como autoridad última la del papa, que en esos momentos era Eugenio IV (1383-1447), sucesor de Martín V.

Cuando Martín V regresó a Roma en 1420, se encontró con una ciudad arruinada y, aunque puso gran empeño en rehabilitarla, el problema del conciliarismo le distrajo un tanto de esta actividad edilicia.

Martín V murió en 1431 y fue sucedido por Eugenio IV.

Este nuevo papa también quiso restaurar la ciudad, pero la presión de los conciliaristas le empujó a partir al exilio, viéndose obligado a residir en Florencia entre 1434 y 1444.

Entre los argumentos que ofreció para reforzar su autoridad, Eugenio IV esgrimió la Donación de Constantino, pero encontró el rechazo de uno de los conciliaristas más destacado del momento, Nicolás de Cusa (1401-1464), quien denunció la falsedad del documento.

Nicolás de Cusa con los años pasaría a formar parte de la curia de otro eminente conciliarista, Eneas Silvio Piccolomini, quien, cambiando de postura, llegó a ser papa como Pío II (1405-1464).

Fue entonces cuando entró en escena Lorenzo Valla.

Nacido en Roma en 1407, hijo del abogado Luca della Valle, desde muy joven Lorenzo destacó por su dominio de los idiomas, manejando, además del italiano, el latín y el griego.

Con solo veintidós años, en 1429, quiso incorporarse a la curia pontificia de Martín V, pero fue rechazado.

Comenzó entonces un peregrinaje por diferentes universidades italianas, donde impartió docencia hasta que en 1435 entró al servicio de Alfonso V, rey de Aragón (1396-1458).

Para entonces ya era papa Eugenio IV, quien quería no solo acabar con el conciliarismo, sino restaurar Roma y convertirla en la cabeza de un reino propio en Italia.

Para ello, había de enfrentarse en el norte con los Visconti de Milán y en el sur con los reyes de Nápoles.

En 1435, había muerto Juana II de Nápoles (1373-1435) y Alfonso V de Aragón, que ya era rey de Sicilia, reclamó el trono napolitano.

Eugenio IV se opuso, pero Alfonso V terminó por lograr el apoyo de los milaneses y en 1443 conquistó Nápoles, haciéndose nombrar rey.

Fue durante ese enfrentamiento entre el papa Eugenio IV y el rey Alfonso V cuando Lorenzo Valla presentó en 1440 el De falso credita et ementita Constantini donation , donde con argumentos filológicos demostró que la Donación de Constantino era una falsificación de los tiempos carolingios y, por tanto, los supuestos derechos del papa a gobernar sobre Italia no eran válidos, tal como había señalado Nicolás de Cusa, y menos aún el de inmiscuirse en la cuestión napolitana.

No podemos negar que la curiosidad de Valla puede explicar el interés que este estudioso tuvo por analizar la Donación de Constantino, pero es indudable que Alfonso V debió incentivar la investigación buscando quitarle argumentos a su enemigo el papa Eugenio IV.

Es decir, Valla no fue un humanista antropocéntrico empecinado en restarle poder a los papas, sino un erudito que en un momento dado puso su saber al servicio de los intereses políticos del rey de Nápoles, enfrentado en ese momento con los papas.