3. Humanismo inventado y humanismo cristiano
Ese Renacimiento fue empleado en las principales manifestaciones artísticas de su tiempo, muchas de las cuales estaban vinculadas con la espiritualidad cristiana.
Así, los Medici le encargaron a Brunelleschi arreglar la iglesia a la que acudían, la de San Lorenzo, y levantar una capilla familiar, la Sacristía Vieja.
Por supuesto que había otro tipo de obras. Al propio Brunelleschi, Cosme de Medici le encargó su palacio familiar, el palacio Medici Riccardi, que terminaría por diseñar y ejecutar Michelozzo.
Es decir, estos renacentistas de comienzos del Quattrocento eran, ante todo, cristianos. Pero, además, unos cristianos que hacían manifestación pública de su fe a través de estas obras de arte .
El Renacimiento nunca perderá su carácter de arte mayoritariamente cristiano.
Cada príncipe renacentista que encargue su retrato y el de su familia, algunos cuadros de mitología pagana, su residencia palaciega o reúna una buena colección de libros de filosofía clásica, además, encargará muchísimas más obras de arte cristianas, ya sean capillas, iglesias, esculturas, retablos, frescos o publicaciones.
Insistamos en esta idea, el Renacimiento del siglo XV , del Quattrocento, y del siglo XVI , el Cinquecento, fue sobre todo un arte cristiano y, tras la Reforma protestante, esencialmente católico.
De partida, de los católicos italianos. Porque los renacentistas florentinos hacen gala de su italianidad con raíces en el mero Imperio romano y también de su indudable fe cristiana.
Después veremos como el Renacimiento se convirtió, sobre todo tras 1527, en el arte de todos los católicos de la cristiandad occidental. Con una raíz clásica, cierto, pero al servicio del cristianismo.
Sin embargo, hay una confusión habitual en la historiografía sobre el Renacimiento a partir de otro fenómeno, más intelectual, que corre en paralelo con el movimiento artístico, el del humanismo.
¿Qué solemos entender por humanismo renacentista?
Pues, en gran medida, la actitud de una serie de eruditos de los siglos XV y XVI que se alejaron de la cultura teocéntrica medieval, aquella que supeditaba todo a Dios, para volver a poner al hombre como centro del universo, para lo cual apelaron a los filósofos grecorromanos, que, por ser anteriores al cristianismo, habían podido evitar ese dominio teocéntrico.
Esa creencia de un humanismo renacentista laico tiene su razón de ser.
En 1453, Constantinopla cayó en manos de los turcos.
Una diáspora de eruditos bizantinos huyó y se instaló en Italia, trayendo con ellos algunos textos de filosofía clásica, sobre todo griega, en algunos casos poco conocidos en la Europa occidental .
La influencia de estos eruditos bizantinos provocó la constitución en 1459 de un cenáculo intelectual en la Florencia de los Medici, conocido como Academia Platónica.
Años después, a esa academia llegó un filósofo especialmente rupturista, Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), que abogó por una dignidad humana (en un famoso texto escrito en 1486) defendiendo un antropocentrismo que fue considerado herético.
Pero ese antropocentrismo tuvo escasísimo recorrido.
Pico della Mirandola se desdijo poco después.
Y la academia fue clausurada en 1523, cuando sus miembros se mostraron prorrepublicanos y, por tanto, contrarios a los Medici.
En cuanto al término «humanista», ya aparece en el mundo italiano de finales del siglo XV , sobre todo para referirse a los profesores universitarios de Gramática y Retórica que basaban sus clases en textos de los filósofos clásicos, bien es cierto que para crear nuevos argumentos en favor del cristianismo.
A partir de ahí, en la historiografía se han mezclado ambas ideas: el antropocentrismo de Pico della Mirandola con los retóricos humanistas que traducían a los clásicos.
Y, desde entonces, a cualquier erudito del siglo XV que le gustaran los libros o leyera a un filósofo clásico le hemos convertido automáticamente en un humanista antropocéntrico.
La situación se complicó aún más en el siglo XVI con la Reforma de Lutero (1483-1526) que trataba de renovar la iglesia cristiana.
Aquí, vamos a tener a personajes como Erasmo (1466-1536), que apoyaba esa renovación del cristianismo sin por ello dejar de ser un hombre profundamente religioso, junto al propio Lutero, que lo que invocaba era un cristianismo mucho más riguroso, mucho más teocéntrico, lo que no ha impedido que estos dos personajes también hayan sido incluidos en el saco de los humanistas.
Resulta necesario despejar este bosque de ideas confusas.
Los eruditos y artistas del Renacimiento fueron mayoritariamente cristianos y muy creyentes, lo que no evitó que durante el siglo XV y comienzos del XVI se debatiera mucho sobre filosofía clásica, dejando claro, eso sí, que la meta final era la salvación cristiana.
Esa apertura de pensamiento fue cerrada de forma abrupta por los reformadores tipo Lutero o Calvino, que impusieron dogmas muy estrictos.
Ahora bien, esa autonomía de pensamiento a través de la filosofía clásica no era exclusiva del Renacimiento.
Los filósofos de los siglos XV y XVI eran hijos de los filósofos medievales que ya tradujeron, leyeron y comentaron ampliamente a los filósofos clásicos, en especial, a Aristóteles (384 a. de C.-322 a. de C.).
Es más, una vez que el cristianismo fue oficializado en la Antigüedad tardía, comenzó por abrazar el neoplatonismo.
El idealismo de Platón (h. 427 a. de C.-347 a.
de C.) casaba bien con la filosofía detrás de los escritos bíblicos, tal como hizo ver san Agustín ya en el salto del siglo IV al V .
Solo que desde el siglo XIII los estudios filosóficos de las escuelas de la cristiandad occidental se centraron más en Aristóteles.
No fue una elección gratuita. En 1204, año de la cuarta cruzada, encabezada por los venecianos, en lugar de dirigirse hacia Tierra Santa, se optó por conquistar Constantinopla, y de esta manera muchos de los textos de la filosofía clásica griega llegaron a las bibliotecas de Occidente, donde rápidamente se pusieron a traducirlos al latín.
Es muy conocido el caso de Guillermo de Moerbeke (1215-1286), quien en 1260 tradujo la Política de Aristóteles del griego al latín a petición de santo Tomás de Aquino (h.
1224-1274). Es decir, ya había traductores de los filósofos clásicos mucho antes de los retóricos humanistas del siglo XV , una filosofía clásica que no había dejado de leerse durante toda la Edad Media y que desde el siglo XIII giró en torno a los trabajos de Aristóteles.
¿Entonces no fueron los eruditos bizantinos huidos de Constantinopla tras la toma de la ciudad por los turcos en 1453 los que trajeron la filosofía clásica a una Europa occidental ignorante y teocéntrica?
No. Esos filósofos, como el cardenal Besarion (1403-1472), trajeron algunos autores menores y, sobre todo, quisieron reivindicar la filosofía platónica, esa que había dominado buena parte de la Edad Media hasta el resurgir de Aristóteles en el siglo XIII .
Por cierto, la mayor parte de la obra escrita del cardenal Besarion fue de carácter teológico. Habiendo sido formado en la Iglesia ortodoxa, su paso a la Iglesia católica le llevó a escribir numerosos tratados acerca de la superioridad del mundo católico sobre el ortodoxo.
Pero no nos quedemos en el terreno de la filosofía clásica, que siempre estuvo viva en los centros de enseñanza medievales.
Otra de las características del supuesto humanismo antropocéntrico es la capacidad para poner al hombre en el centro, reclamando a las grandes figuras del mundo grecorromano, tipo Julio César.
En realidad, tener a los grandes gobernantes de la Antigüedad como modelos a los que seguir se había utilizado durante toda la Edad Media en el género llamado espejo de príncipes, con el que se buscaba mostrar las virtudes que había de tener el buen gobernante, tomando continuos ejemplos de los líderes grecorromanos.
Entre estos espejos de príncipes tenemos desde la Via Regia de Esmaragdo de Saint-Mihiel, escrito hacia el 814, hasta el De regimine principum de Egidio Romano, de 1292, que es todo un tratado aristotélico del buen gobierno.
Pero es que, además, en la literatura más popular, los personajes clásicos estaban presentes, y buen ejemplo de ello es La Alejandreida , de finales del siglo XII , un largo poema dedicado a la vida y hechos de Alejandro Magno que tendría numerosas traducciones durante los siguientes siglos, aunque hemos de reconocer que los libros de héroes más populares fueron las novelas de caballería, hijas de los cantares de gesta de los siglos XI y XII .
De mediados de ese siglo XII ya tenemos la obra de Chrétien de Troyes (h.
1130-h. 1183), que creó la figura del buen caballero cristiano con personajes como Perceval (y su búsqueda del grial) o Lanzarote.
Quedémonos con este dato. Si hubo una literatura exitosa en los siglos XV y XVI , no fue la de los tratados filosóficos basados en el mundo grecolatino ni la de los ensayos teológicos, sino la de las novelas de caballería, y veremos que monarcas como el emperador Carlos V (1500-1558) o los reyes de Francia Carlos VIII (1470-1498) o Francisco I estuvieron realmente obsesionados por imitar a estos caballeros novelescos y no a ningún programa político de un humanista antropocéntrico.
Teniendo entonces claro que ese supuesto humanismo antropocéntrico fue una auténtica rareza, lo que vamos a ver durante el siglo XV , y tal como explicábamos al principio de este capítulo, es cómo el Renacimiento, que había surgido como una marca de identidad propia de los florentinos, insignes italianos y buenos cristianos frente a los bárbaros del norte, se va a ir expandiendo por el resto de Italia hasta que los papas lo hacen suyo tanto para reclamar Italia como dominio pontificio como para demostrar que los más grandes saberes, incluida la filosofía clásica, venían a confirmar la grandeza del Credo cristiano.