CAPITULO 27
A la mañana siguiente, Gifré estaba ansioso por recorrer la distancia que separaban las tierras McAlister de las Kincaid.
Roslyn había disfrutado muy pocos instantes de la compañía de su hermano, pero este prometió regresar para una pronta reunión familiar con sus hermanas.
―Quiero ver a mis sobrinos ―había dicho complacido con la idea.
Gifré estaba cerca de su caballo de guerra en al patio de armas, listo para partir.
Alec estaba con los pies firmemente separados observando cómo su esposa se despedía de su hermano a los pies de la escalera. Cuando Roslyn se apresuró a abrazar a Gifré, notó cómo Alec soltaba un improperio por lo bajo. Gifré rio.
―Parece que te ha atado muy corto.
―Me gusta que sea así, me demuestra que se preocupa por mí ―le murmuró al oído, mientras Alec vociferaba que la soltara.
Gifré soltó una carcajada solo equiparable a la de Roslyn.
Con el ceño fruncido le hizo una señal y ella corrió para situarse a su lado.
―En un par de días haremos una visita a Lachlam, avísale de ello ―le anunció Alec.
A Roslyn se le iluminó la mirada, mientras Gifré asentía complacido. Cuando atravesó el puente levadizo, Roslyn no se resistió para abrazar a su esposo.
―¿De verdad iremos, Alec?
Él asintió.
―Dentro de dos días, no puedes culparme el querer tenerte para mí solo ese tiempo.
Ella sonrió complacida.
Aquella misma mañana, Alec la había dejado sola para ocuparse del entrenamiento de sus hombres. Roslyn se ocupó de los quehaceres de la casa.
―Señora ―dijo Dora entrando en la alcoba―, traigo las sábanas limpias que me pidió.
Roslyn asintió satisfecha.
Diez minutos después, mientras las dos arreglaban la habitación, la doncella por fin se atrevió a hablar con su ama:
―Lady McAlister.
―Puedes llamarme Roslyn.
―Eso no sería correcto. ―Roslyn no perdió su sonrisa, pero por el tono de Dora sabía que no debía insistir más―. Tengo que darle las gracias, ¿no es así?
―¿Por qué?
―Creo que usted ha tenido algo que ver con que el laird me permitiera casarme con David McGregor.
―¿Así es cómo se llama?
Vio a Dora sonrojarse y agachar la cabeza, mientras volvía a cubrir el lecho con el cobertor y las pieles.
―Nos casaremos dentro de dos meses.
―Estoy feliz por ti, Dora.
―Aún no he podido adivinar cómo fue que usted se enteró de mi compromiso.
Roslyn vaciló, no quería admitir que había estado espiando por los oscuros pasillos, mientras ella besaba a su prometido.
―Eso no importa ―dijo finalmente algo ruborizada por la vergüenza― lo importante es que puedas estar con el hombre que amas.
Dora sonrió emocionada.
―Ya sé que a veces mi marido parece que no tenga sentimientos, pero se preocupa por los suyos.
Dora parecía horrorizada.
―¡Eso ya lo sé, señora!
―Sí, Roslyn, Dora ya lo sabe. ―Alec entró en el dormitorio sin avisar y Roslyn se sintió bastante incómoda.
―No quise decir que no tuvieras sentimientos, esposo.
Dora agachó la cabeza y se precipitó fuera del dormitorio antes de que la señora volviera a insultar al laird en su presencia.
―Roslyn.
―De verdad, no quería ofenderte ―volvió a decir cuando vio a su esposo acercarse.
―Prepárate.
―¿Para qué? ―dijo sin comprender.
―Vamos a salir a cabalgar como me pediste.
Ella abrió desmesuradamente los ojos, consciente de lo que acababa de decir Alec.
―¿De verdad? ―Juntó las manos, agradecida.
―Mis hombres han rastreado el bosque, no hay ningún peligro, al parecer tenías razón y ese bastardo se ha ido.
Ella no pudo evitar entristecerse ante la velada mención de Henry, pero se prometió que eso no le amargaría el día.
―Entonces, ¿me llevarás a cabalgar?
Él asintió.
―Podemos ir a la pequeña laguna que hay cerca de aquí.
Roslyn sonrió, le gustaba ese sitio y no podía evitar que se le acelerara el pulso cuando pensó en lo que ambos habían hecho cerca de allí.
―Vamos. ―Alec la agarró del brazo y tiró de ella al ver su indecisión.
Minutos después, los dos galopaban adentrándose en el bosque.
Roslyn estaba feliz, todo lo que ella quería en la vida lo tenía al alcance de la mano.
Al fin, el Todopoderoso se había acordado de ella.
Tenía a su hermana cerca y aunque Gifré pronto partiría, Frances estaba por llegar y, sobre todo, tenía al miembro más importante de su familia, Alec.
Miró a su esposo, su pelo largo bailoteaba delante de su cara por el galope del caballo.
Parecía dichoso igual que ella. Entonces cayó en la cuenta de que era feliz.
El hombre que amaba estaba a su lado y aquel que intentaba hacerle daño ya había dejado de ser una amenaza, así que no tenía más que disfrutar de su felicidad.
Alec la miró y supo exactamente en qué estaba pensando, sonrió de pura arrogancia y orgullo masculino.
Al llegar al lago, Alec ayudó a Roslyn a desmontar. La cogió de la cintura y demoró sus manos allí hasta mucho después de que sus pies tocaran el suelo.
Roslyn se dejó besar y no protestó cuando el esposo le quitó la ropa hasta tenerla completamente desnuda ante él.
―Roslyn ―susurró apasionadamente antes de volverla a besar.
Ella no tuvo las manos quietas, al cabo de un instante, Alec estaba tan desnudo como ella. Sin pronunciar ni una palabra la cogió en brazos y la llevó hasta la laguna.
El día era espléndido, el sol brillaba en lo alto, pequeñas gotas sobre sus pechos arrancaban destellos brillantes y dorados.
A Roslyn se le entrecortó el aliento al sentir el cuerpo de Alec acariciándola bajo el agua fría. No cabía duda de que Alec era fuerte y duro en cada palmo de piel donde ella posaba su mano para acariciarlo, pero, sobre todo, en una.
Alec contuvo el aliento al notar lo atrevida que se había vuelto su esposa.
Él la agarró por los hombros y la alzó hasta que los ojos de ambos quedaron a la misma altura. Mientras un brazo de Alec le rodeaba la cintura para que ella no pudiera escapar de su lado, con la otra le abrió las piernas y la obligó a que le rodeara la cintura.
―Alec ―suspiró ella sorprendida―, no me digas que…
Él asintió, mientras soltaba una carcajada, su esposa era una descarada, sabía exactamente lo que iba a suceder, y él sabía tan bien como ella que lo deseaba.
Alec volvió a besarla de nuevo, esta vez el beso fue devastador.
Pujó con su lengua hasta que ella le salió al encuentro con la suya.
Roslyn jadeó contra su boca y se apretó más contra el cuerpo de su esposo.
Entrelazó más fuertemente las piernas alrededor de la cintura de Alec para tenerlo más cerca.
Notó su miembro acercarse a su estrecha obertura y gritó de placer cuando se introdujo profundamente en ella.
―Te amo, Alec ―susurró contra su oído.
Él no respondió, pero en aquellos momentos no le importaba. Era incapaz de pensar con claridad.
Cuando Alec volvió a empujar profundamente en su interior, ella se retorció entre sus brazos apretándose más y más. Le besó el cuello, frenética, y se colgó de sus hombros para no caerse.
Alec creía que quería enloquecerlo.
La miró a los ojos y no solamente vio pasión, sino que había otro sentimiento más profundo que ese. Se atrevió a sonreír, mientras sus movimientos se hacían cada vez más profundos y rápidos. Él la amaba, era hora de decirle lo que su tonta esposa no había podido adivinar.
Sintió cómo ella se retorcía cada vez más, el agua les lamía los cuerpos y esa sensación tan erótica fueron como caricias en su piel.
Roslyn no pudo contener un grito de placer cuando alcanzó su clímax.
La contempló en todo su esplendor, pequeñas gotas de agua salpicaban sus pechos, mientras ella se arqueaba hacia atrás para que él se adentrara más en ella.
Alec no pudo resistirlo y lanzó un grito de puro placer cuando se hundió en ella por última vez.
Se le doblaron las rodillas y ambos se sumergieron en el agua. Cuando salieron, Roslyn reía dichosa y volvió a abalanzarse sobre él para que la abrazara.
Juntos sentían el latir frenético de sus corazones. Poco a poco se fueron calmando y la respiración volvió a la normalidad.
―Esposa ―dijo besándole la frente―, ¿ya te he dicho lo mucho que me complaces?
Ella rio, mientras aún rodeaba con sus piernas la cintura de Alec. Entrelazó sus brazos detrás de su cuello y le besó la frente, los párpados y los labios.
―Algo habías mencionado.
―Esposa, ¿ya te he dicho que jamás había estado con nadie como contigo?
Roslyn asintió, mientras iba depositando pequeños besos por su cuello.
―Esposa. ―Ella soltó una risita cuando lamió las gotas del pecho de Alec.
―¿Sí? ―preguntó, sintiendo cómo él se tensaba bajo sus labios.
―¿Ya te he dicho lo mucho que te amo?
Roslyn se irguió y sin dejar de abrazar a Alec miró directamente a sus ojos. Se quedó muda y muy quieta, mientras sus labios intentaban pronunciar algunas palabras.
―¿Me amas? ―dijo finalmente entre tartamudeos.
Él asintió.
―¿Te sorprende?
― Me sorprende que lo confieses.
―No soy muy bueno revelando sentimientos, Roslyn. Pero jamás dudes de lo que acabo de decirte.
Ella volvió a besarlo y se dio cuenta de que su felicidad era completa.
Siguieron abrazados dentro del agua, hasta que sintieron frío. Roslyn protestó cuando este erizó su piel.
―Salgamos ―dijo Alec.
Cuando estuvieron fuera, el esposo la tapó con su tartán y frotó vigorosamente su piel para secarla.
Alec no tardó en pasarle su vestido por la cabeza para alejar cualquier tentación de su mente.
Roslyn fue la que se demoró. Ajustó el tartán al cuerpo de su esposo dejando que unos perfectos pliegues descendieran por su hombro izquierdo y le cubriera parcialmente el torso.
Alec la miraba a los ojos mientras lo hacía, y ella no pudo evitar suspirar por la felicidad que le provocaba esas pequeñas cosas cotidianas.
Roslyn se sintió complacida con su esposo.
Alec no le había mentido, había encontrado tiempo para estar con ella.
Lo miró embelesada, su esposo no era el ogro que aparentaba ser, era noble y justo, capaz de amarla con una ternura y delicadeza que no dejaba de sorprenderla.
Se sintió dichosa y lo expresó poniéndose de puntillas y besándole de nuevo.
―¿Y esto?