Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 27 #2
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CAPITULO 27 #2

― Por haber encontrado tiempo para pasar conmigo.

Alec le sonrió cautelosamente.

―Eso no significa que vuelva a suceder pronto, Roslyn.

―Sé lo ocupado que estás, por eso te lo agradezco.

Alec se sintió culpable, era cierto que mientras tuviera a Iain y a Connor, dos hombres fuertes y leales, podría relajarse, pero dedicar más atención a su mujer podría parecer un acto de debilidad.

La miró y vio en ella auténtica felicidad.

Sonrió. Ella era su esposa, y la amaba, lo mínimo que podría hacer era complacerla.

Y si ella quería que compartiera su tiempo, lo compartiría.

No podía ocultar que aquella tarde había disfrutado mucho más que si hubiera dirigido el entrenamiento de sus hombres.

Estar con ella era como participar en una buena batalla, ¿y qué hombre renunciaría a eso?

―Alec, ¿en qué piensas?

―En que no voy a aburrirme contigo, esposa.

Ella parpadeó sin saber qué contestar.

―Debemos irnos. ―Alec la miró a los ojos y vio cierta decepción en ellos.

―Lo sé, tus obligaciones.

―Y las tuyas, esposa.

Ella asintió triste. La maravillosa tarde se había acabado. Alec la cogió por sorpresa y volvió a besarla. El beso fue como siempre, feroz y posesivo.

Ella no se quejó, le agradaban los besos de Alec, fueran como fuesen.

Al soltarla, sus rodillas no la sostenían con la firmeza que debieran, Alec sonrió con arrogante satisfacción. Divertido, la golpeó en las nalgas para que se moviera.

―Date prisa.

Roslyn corrió hacia su montura, aún descalza. Buscó sus suaves zapatos de piel y los encontró junto al árbol donde descansaba amarrada su yegua. Alec se volvió y ató bien las cintas de la silla de montar.

De pronto, supo que algo andaba terriblemente mal.

―Alec ―susurró Roslyn con cierto temor en la voz.

Alec quedó paralizado, no hacía falta que se diera la vuelta para saber a quién encontraría detrás de él, pero de todas maneras lo hizo. Contempló cómo Henry apretaba un cuchillo afilado contra la garganta de su esposa.

Roslyn estaba tensa entre los brazos de ese hombre. Sus ojos estaban secos, pero no por eso tenía menos miedo.

Aquella visión casi lo descompone. Consiguió hacerlo arder de ira. Mataría a ese bastardo, aunque fuera lo último que hiciera en aquella vida.

Se apresuró a esconder sus pensamientos tras un velo de serenidad.

Roslyn, aterrada, contempló el rostro impasible de su esposo, pero ya lo conocía demasiado bien como para que pudiera engañarla. Alec sufría y ardía de cólera. Henry no tendría ninguna oportunidad si conseguía ponerle las manos encima.

―Creo que no nos han presentado, soy Henry, el verdadero esposo de Roslyn.

Alec no dijo nada y se limitó a mirarlo fríamente.

―Debo agregar que también seré el único.

Roslyn cerró los ojos y tragó saliva presa del pánico al notar la hoja contra la sensible piel del cuello.

Henry asintió con énfasis.

―Me ha costado mucho trabajo encontraros a los dos juntos fuera de tu fortaleza, debo decir que tu seguridad es impresionante. Lástima que no seáis muy sensatos.

Apartó momentáneamente la mirada de McAlister y la posó sobre Roslyn.

―Pero tú nunca lo has sido, ¿verdad, amor?

Al ver cómo el gigante había avanzado un imperceptible paso, tuvo que volver a mirarlo. Habló a Roslyn con la mirada fija en el guerrero.

―Tú, querida, deberías saber que es imposible huir de mí, ¿no? ―hizo la pregunta, mientras tiraba de su cabello aún húmedo. Henry sonrió con deleite ante la impotencia de Alec.

Ardía de furia y esta vez no lo ocultó.

―Si la tocas te mato.

Henry lo miró sorprendido.

―No, creo que no. Soy yo el que tiene el arma y con ella voy a mataros. Primero le mataré a él. ―Esta vez sí miró a su esposa fugazmente.

De pronto, las lágrimas emergieron de los ojos de Roslyn y se derramaron por sus mejillas.

―No ―murmuró.

―Sabrás el precio que se paga por traicionarme ―dicho lo cual, apretó el cuchillo contra la garganta de Roslyn. De su suave piel salió un pequeño hilo de sangre―. Luego te mataré a ti.

Roslyn no gritó, pero se revolvió inquieta contra el torso asfixiante de Henry.

―¡Basta! ―gritó desesperada.

Roslyn se movió frenética. El cuchillo dejó de apretarle el cuello, pero el puñetazo que le propinó Henry cuando la soltó, la hizo caer de bruces sobre las pequeñas rocas que cubrían la orilla.

Con el cuchillo en la mano se abalanzó sobre Alec creyéndose superior en fuerzas.

A Roslyn le sangraba el labio y las lágrimas le impidieron ver momentáneamente lo que sucedía a su alrededor.

―¡Alec!

Vio a los dos hombres abrazados.

Henry ya no tenía el cuchillo, sino que este estaba sobre el lecho de rocas a sus pies, no obstante, no parecía necesitarlo.

Apretaba el cuello de Alec, mientras este agarraba sus muñecas intentando apartar las manos de su cuello.

Henry maldijo en voz alta, asombrado por la fuerza de McAlister.

Lo arrinconó contra un árbol y apretó el cuello con más fuerza, intentando que su cabeza golpeara el tronco una y otra vez.

Un puñetazo voló y Alec incrustó su puño en el rostro de su oponente, pero este no cayó al suelo, así que volvió a lanzar otro golpe. Henry retrocedió un paso ante el impacto, pero lo aprovechó para sacar una daga de su bota antes de que Alec se recuperara.

―¡No!

El grito de Roslyn rasgó el aire, mientras veía a Alec apartarse. La afilada hoja se incrustó en el tronco, pero al segundo intentó hirió a Alec en el pecho, que se tambaleó hacia un lado. Volvió a la carga, pero el highlander lo esquivó. De un golpe le hizo soltar el arma.

―Maldición. ―Henry se echó hacia delante e hizo caer a McAlister.

La herida del torso sangraba empapando su tartán. Alec perdía fuerzas. Las manos de Henry volvieron nuevamente a apretar la garganta de su oponente hasta que, con un grito de dolor, Henry se tambaleó hacia atrás.

Miró incrédulo a su esposa tras de sí. La daga que blandiera instantes antes se había clavado en su hombro.

―Maldita puta ―aulló, mientras se extraía la daga del hombro.

Agarró a Roslyn por el pelo. Fue lo último que hizo antes de que Alec luchara por el arma y se lo clavara en el corazón.

Roslyn se quedó pálida mientras lo veía caer de rodillas al suelo.

Vio a Alec extraer la daga del pecho y la apartó de la escena.

Cuando volvió a mirar, Henry no respiraba. La sangre brotaba de su pecho tiñendo su alrededor de un rojo encendido.

―Alec, está muerto. ―Roslyn no sabía si sentirse tan aliviada era pecado, pero no se preocupó demasiado por ello.

Él no se molestó en responder. Se tambaleó y se apoyó contra ella.

―Oh, Alec.

Abrazó a su marido y subieron con cuidado sobre la montura. Espoleó el caballo, mientras ella permanecía con la mirada fija sobre el bulto inerte.

―Ya ha acabado todo ―sentenció.

―Sí.

La voz de Alec fue dura, pero Roslyn sabía que ella no era la causa esta vez.

Yuri había maldecido en tantos idiomas diferentes como fue capaz y Roslyn ciertamente se sorprendió por ello, pero no hizo ningún comentario sobre el tema. La anciana había cuidado de su nieto cerrando la herida del pecho, no sin antes arrancarle una mueca de dolor.

Roslyn sonrió débilmente, mientras enredaba sus manos en los sedosos cabellos de su esposo.

Se habían quedado a solas. Las velas iluminaban la habitación como hacían siempre, pero algo era ahora era diferente.

Cuando Alec abrió los ojos y la sorprendió contemplándolo, la atrajo a su lado y la abrazó con cuidado, mientras ella le dedicaba una sonrisa resplandeciente.

―¿Roslyn?

―¿Sí, marido?

Alec estaba preocupado, había dado órdenes a Connor que llevaran el cadáver de McGregor para que el viejo laird observara que se había hecho justicia.

Desde el atardecer, Roslyn había permanecido serena y callada a su lado como si todo lo que había ocurrido a su alrededor no fuera más que un simple espejismo. Eso, aunque debía tranquilizarlo, lo preocupaba.

―¿Te encuentras bien?

―¿Por qué no iba a estarlo? ―La sonrisa se ensanchó.

Roslyn se incorporó levemente para clavar sus ojos en los de su esposo que la tenía cómodamente acurrucada entre sus brazos a pesar de su herida.

Le acarició los cabellos de nuevo y le rozó los labios con un beso fugaz.

―Pareces muy feliz, esposa.

―Lo soy.

―¿Por qué tu mayor temor ha muerto?

―¿Muerto? ―preguntó como si no entendiera.

―Me refiero a Henry ―dijo él con el ceño fruncido.

―Pero Alec, mi mayor temor no era Henry.

Él la miró con absoluta perplejidad. La mano que acariciaba su espalda se detuvo, mientras Alec esperaba una explicación.

―Entonces…

―Mi mayor temor es que me separaran de ti. ―Alec no podía creer lo que estaba escuchando, le levantó el mentón mientras ella seguía hablando―. Ahora ya no tengo que temer por eso, ¿verdad?

―No ―fue su simple respuesta antes de fundirse en un largo y cálido beso.

Pasase lo que pasase, Alec McAlister pensó que su esposa nunca dejaría de sorprenderle.

FIN