Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 26
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CAPITULO 26

Cuando Roslyn entró en la habitación, esta estaba bellamente iluminada. Las velas se consumían lentamente sobre la repisa de la chimenea y cerca de la cabecera de la cama. Las contraventanas estaban abiertas y una brisa hacía balancearse los tapices de las paredes.

Divisó a Alec apoyado contra el marco de la ventana, su mirada estaba perdida en la oscuridad de la noche y ni siquiera se volvió al oírla entrar, aunque ya sabía que ella estaba allí. Alec notó su presencia incluso antes de deslizarse en el interior del dormitorio.

El laird McAlister estaba profundamente inmerso en sus pensamientos, todos ellos puestos en la bella mujer de la cual se había enamorado, la misma a quien abrazó amorosamente la cintura.

Suspiró, sin apenas darse cuenta. Debería superar sus miedos y disfrutar de la felicidad que Dios le mandaba, pero no podía, temía perderla, temía su abandono como no le asustaba nada en el mundo.

Aun así, el recuerdo de su primera esposa había dejado de atormentarle.

Se había enamorado de Roslyn, a pesar de los obstáculos interpuestos entre ellos.

Amarla era inevitable y también era ineludible temer que ella quisiera marcharse.

Puede que su orgullo y la promesa de no volver a enamorarse hicieran que esas palabras dulces que Roslyn quería escuchar estuvieran presas aún en su pecho, pero no decirlo no significaba no amarla.

Roslyn permanecía en silencio abrazando su cintura sin querer perturbar sus pensamientos, se quedó quieta aspirando su aroma y escuchando latir su corazón.

―Dime, esposa, ¿estás contenta?

A Roslyn, aquellas palabras le parecieron absurdas.

―Claro que estoy contenta.

Roslyn lo hizo volverse para hundir su cabeza en aquel pecho duro y musculoso que tanto la hacía suspirar. Cerró los ojos disfrutando de la paz que su esposo le brindaba.

―Alec, estoy contigo, ya nada nos amenaza, al menos por el momento, ¿cómo no podría estar contenta?

―Lo que yo quería preguntarte es si eres feliz.

Ella parpadeó ante sus palabras. Después le sonrió.

―Por supuesto, soy feliz.

Sin avisar, se puso de puntillas y le besó en los labios.

Él no se resistió, se dejó besar, un beso tierno y cargado de amor.

―He visto la expresión de tu rostro al ver a tu hermano ―dijo cuando la apartó suavemente para hablarle.

Pasó tiernamente sus manos entre las hebras de sus cabellos. Alec se detuvo para ver si ella entendía, pero no fue así. Roslyn lo miró con los ojos entreabiertos.

―Estoy muy contenta de que haya venido a vernos. Sé que lo apreciarás con el tiempo, Alec. En cierto modo, los dos os parecéis mucho.

―No nos parecemos en absoluto ―refunfuñó Alec, como si le hubieran propinado un insulto.

Roslyn sonrió. Por supuesto que se parecían, los dos eran nobles guerreros, de buen corazón y siempre escondiendo sus sentimientos.

Eso le hizo pensar en algo que le llevaba mucho tiempo rondando por la cabeza.

¿Cuánto tardaría Alec en confesar que la quería?

, porque la quería, de eso no le cabía ninguna duda.

Pero su marido era tan reticente a expresar sentimientos de ternura o cariño.

«Excepto cuando me hace el amor», pensó Roslyn.

Cuando le hacía el amor ella no tenía ninguna duda de que él la amaba.

Quizás por ahora tenía que conformarse con eso.

―¿En qué piensas? ―le preguntó Alec, mientras estrechaba el abrazo.

Roslyn se sonrojó y no quiso contestarle.

―Nada en especial.

Pudo ver cómo Alec se quedaba inquieto. Temía que la respuesta fuese lo que él sospechaba, que no estaba contenta con él, que querría marcharse con su hermano y su familia.

―Roslyn, ¿no querrás irte, verdad?

Ella parpadeó e intentó deshacerse de su abrazo, pero Alec no la dejó, colocó el rostro de ella bajo su mentón y la mantuvo allí, mientras Roslyn se esforzaba por entender qué le estaba diciendo.

―Crees que me quiero ir con mi hermano, ¿no es así?

Alec se quedó quieto, mientras ella volvía a intentar apartarse. No tuvo éxito.

―¿Alec? ―le apremió.

―¿Quieres?

―No ―dijo secamente.

Él estaba aún reticente a soltarla hasta que ella entrelazó sus brazos alrededor de su cuello y le obligó a mirarla a la cara.

―Alec, este es mi hogar, y mi hogar siempre estará donde tú estés, ¿por qué crees que quiero irme con mi hermano?

Alec sintió una inmensa alegría. Sin que ella se resistiera volvió a abrazarla y la levantó del suelo para poder mirarla directamente a los ojos.

―He tenido mucho tiempo para pensar ―dijo tragando saliva―, no puedo evitar preguntarme si solo te casaste conmigo para ganar tiempo hasta que Gifré llegara.

Ella no se atrevió a sonreír, por muy estúpidas que le parecieron sus palabras.

―Sabías que tu hermano vendría, lo llevabas escrito en tu cara cuando los viste a los pies de la muralla.

Ella asintió.

―Por supuesto que sabía que vendría, si no por mí, vendría a por Frances.

Gifré ha estado perdido mucho tiempo, esposo, luchando en una guerra en la cual no creía.

Lo cierto es que se sacrificó por nosotros y en algunos momentos perdimos la esperanza de volverlo a ver.

Pero sí, Alec, sabíamos que si regresaba vendría a buscarnos.

A Roslyn los ojos se le llenaron de lágrimas.

―Fuimos una familia muy unida, esposo, y volveremos a serlo, a pesar de la distancia. Pere no está entre nosotros, pero los demás mantenemos un lazo y nunca hemos renunciado a reunirnos de nuevo.

―¿Eso quiere decir que tendré que tolerar la llegada de extranjeros en mi tierra? ―preguntó Alec frunciendo el ceño.

―Sí. ―Una cálida sonrisa iluminó el rostro de Roslyn, pues sabía que su esposo estaba bromeando―. Te encantarán.

―Permíteme dudarlo.

La sonrisa se convirtió en risa y Alec la tomó entre sus brazos para llevarla a la cama.

―El destino me trajo aquí. Y aquí es donde quiero quedarme ―concluyó, dejando claro a su esposo que no pensaba moverse de su lado.

Entonces sí que Alec lanzó un prolongado suspiro mientras la besaba.

Roslyn dedujo que él siempre había mantenido dudas sobre si una vez recuperada su ansiada libertad, ella se quedaría con él. Por otro lado, ella siempre había tenido claro que Alec jamás la dejaría marchar. Eso la complació, pues era un símbolo del amor que sentía hacia ella.

«Poco a poco», se dijo Roslyn. Alec tenía que amarla, solo necesitaba tiempo.

Había sufrido mucho y de manera inequívoca el temor de que ella quisiera marcharse con su hermano salía del abandono de su primera esposa. Los dos, de diferente manera, habían padecido en sus matrimonios, quizás era hora de empezar una nueva vida y ser felices.

―Te amo, Alec.

Él no supo qué decir, pero no dejó de contemplar sus bellos ojos.

―Me complace que me quieras ―dijo finalmente.

«Poco a poco», volvió a pensar ella. Solo era cuestión de tiempo hasta que su esposo le confesara su amor. Por ahora se conformaría con los besos y caricias que quisiera brindarle.

Alec se puso sobre ella, mientras hacía rodar sus labios por el cuello, le hizo el amor muy lentamente, demostrándole lo mucho que la amaba y haciendo que ella se diera cuenta de sus sentimientos en cada caricia.