Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 25 #3
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CAPITULO 25 #3

―Si algo no es Henry es estúpido ―sentenció Roslyn―.

Son muchos los escoceses que buscan su cabeza, a pesar del daño que desearía infligirme, seguro que su pellejo vale más para él que cualquier venganza.

Me dejará en paz, al menos de momento ―suspiró aliviada Roslyn, porque realmente creía sus palabras.

Alec no estaba tan de acuerdo con esa afirmación. Dudaba Henry renunciar a Roslyn, a pesar de todos los impedimentos. Le costaba creer que el inglés se hubiera marchado sin su botín.

Miró a su bella esposa. Rio y charló con su hermano a quien le mudaba el rostro cada vez que Roslyn reía. Alec no veía la hora de deshacerse de él y de todos los presentes. Desgraciadamente eso no ocurrió hasta muy después de la cena.

Gifré no había resultado tan mal cuñado después de todo, aunque Alec seguía opinando que hablaba demasiado.

Gabriel, no queriendo abusar de la hospitalidad de su amigo, partió con los soldados McDonald hacia sus tierras, allí le esperaban asuntos importantes que atender.

Obligaciones que tenían que ver con un matrimonio indeseado que estaba completamente dispuesto a rechazar.

Por otra parte, Lachlam, quien había recibido aviso de que el problema se había resuelto, envió a un mensajero para informar que Gifré tenía permiso para visitar a Madeleine.

Había sido un día muy largo, pero también muy dichoso.

Roslyn se sentía muy dichosa por la llegada de su hermano y Alec comprendió que tendría que esperar su turno para disfrutar de su compañía.

Se pasaron toda la tarde y parte de la cena hablando sobre los acontecimientos del Llengua d’Oc y sobre todo del secuestro de su hermana Frances.

Al saber que era un escocés quien se la había llevado, supo que estaba en buenas manos.

El temible guerrero no había resultado ser un hombre de su cuñado Lachlam, pero sí de otro aliado, ahora también cuñado, Alec McAlister.

Solo le preocupaba que estuvieran tardando demasiado en llegar a casa.

La noche era fría mientras paseaban por la muralla. Gifré tenía un afectuoso brazo posado sobre el hombro de Roslyn mientras avanzaban bajo la luz de la luna menguante.

―No te inquietes ―le dijo Roslyn poniendo una cálida mano sobre la de su hermano―, Frances está a salvo, ese demonio ―sonrió ante el apodo que ella misma había utilizado semanas atrás―, como le apodaron las hermanas, es el hombre de confianza de Alec. Deben estar a punto de llegar.

Gifré frunció el ceño, pero no discutió sobre la honorabilidad del hombre.

―Debía ser yo quien la sacara de allí.

―Estabas en Tierra Santa, demasiado lejos para recibir noticias nuestras.

Él asintió.

―Pero de todas formas debí haberos protegido, Pere lo hizo.

―Y murió por ello.

Ambos recordaron a su hermano, había tantos que habían perecido en la cruzada absurda de Inocencio III que ambos guardaron silencio por ellos. El viento sopló cortante.

―Te fallé, Roslyn.

Ella se apartó de su cálido abrazo para mirarlo a los ojos.

―No digas eso.

―Te entregaron a un hombre cruel y despiadado y yo no estaba para protegerte. Y Frances ha vivido su vida en un convento y a punto estuvo de correr la misma suerte que tú, o algo peor.

―Pero no ha ocurrido nada, ahora todo eso queda atrás.

De la tierra que amamos ya no queda nada.

Debes replantearte si deseas volver a las tierras que Simón de Montfort ha arrasado.

―Su hermano no dijo nada, pero había determinación en su mirada, volvería a su hogar, ni que fuera para ver por sus propios ojos lo que quedaba de él―.

Aquí yo soy feliz. Créeme si te digo que jamás tendrás que preocuparte por mí.

Gifré la miró y una sonrisa iluminó su cara.

―Lo amas, ¿verdad?

―Sí.

Fue una respuesta sencilla, llena de una verdad que Gifré aceptó sin más. Aquel sería el hogar de su hermana, igual que el de Madeleine estaba en las tierras Kincaid.

―Muy bien ―dijo satisfecho―, en cuanto a Frances… ya veremos qué hacemos con la pequeña guerrera.

Roslyn soltó una carcajada.

―Me enseñó a tirar con la honda.

Entonces el que rio fue Gifré.

―Y fue muy provechoso, dejé inconscientes a muchos hombres.

―Entonces debo sentirme orgulloso de mis hermanas y quizás yo pueda enseñarte a tirar con la ballesta.

―Creo que para eso estoy yo.

Una voz profunda que Roslyn reconoció enseguida como la de Alec, interrumpió la conversación, no obstante, Gifré no hizo ni el más mínimo esfuerzo para dejar de abrazar a su hermana.

Alec no intentó separarlos, pero su tono no daba lugar a dudas, no quería ningún hombre cerca de su mujer.

―Roslyn ―la llamó Alec―, da las buenas noches y reúnete conmigo.

Roslyn le sonrió y se apresuró a obedecer.

Antes de que pudiera reunirse con él, Alec desapareció por la puerta que daba al torreón sur. Roslyn besó a su hermano y dio las buenas noches, mientras se precipitaba a seguir a su esposo.

Gifré se quedó solo observando los movimientos furtivos que había en la noche. Todo estaba en calma y ahora que su hermana estaba protegida y a salvo, podía ordenar sus pensamientos y su vida después de los horrores que había dejado atrás en tan sangrienta cruzada.