CAPITULO 25
A lec, sobre su caballo esperaba impaciente al ejército de McGregor, pero estos no parecían tener intención de llegar puntuales. Desechando los consejos de Yuri y su esposa, prefirió combatir en la batalla antes de permanecer en cama como un inválido.
―Ten en cuenta que tu esposo morirá en combate, no en una cama, mujer ―le había dicho Alec a Roslyn cuando esta había insistido hasta el cansancio en hacerle desistir de su descabellada idea.
Alec no dio su brazo a torcer y Roslyn lo maldijo a voz en grito hasta que desapareció por el corredor que daba a sus aposentos.
Ahora, mientras su esposa estaba segura en la fortaleza, custodiada por tres soldados para que no se le pasara por la cabeza abandonar su habitación, él se encontraba en la loma con sus soldados.
Lachlam llegaría pronto, había enviado el aviso con un mensajero para que se uniera a la diversión.
Ya que se había perdido la búsqueda de la noche anterior, lo mínimo que podía hacer por su amigo era proporcionarle un buen combate para liberar tensión.
Dios sabía que ese asunto de Roslyn los había preocupado en exceso.
Alec se impacientó por la espera, hasta que a lo lejos vieron acercarse a un centenar de hombres sobre sus monturas. Frunció el entrecejo, divisó en sus rostros las pinturas azules de guerra, pero algo no era lo esperado. Sorprendido, vio que sus tartanes no llevaban los colores de los McGregor.
―Gabriel ―susurró para sí.
Soltó una carcajada tan sonora que retumbó por los páramos.
Espoleó fuerte a su caballo y le salió al encuentro.
―Bueno, resulta que hemos recibido órdenes, querido amigo ―dijo Gabriel McDonald nada más acercársele.
―¿Órdenes? ―Alec no pareció entender.
Gabriel asintió. Llevaba su largo pelo rubio suelto cayéndole por la espalda, la pintura azul de su cara le daba un aspecto feroz, mucho más agresivo que el de su habitual cara de ángel.
―Explícate ―pidió Alec, impaciente.
―Su hermano ha venido al rescate.
Alec frunció el ceño, ¿de qué demonios estaba hablando?
―Su hermano ―repitió como si eso pudiera aclararle algo―, el hermano de Roslyn.
Alec comprendió entonces que el hermano de su mujer había llegado a Escocia, supuestamente para ayudarla, pero lo que no comprendía era qué tenía que ver el clan McDonald con todo aquel embrollo.
―¿Está aquí?
―Está con los McGregor.
―¡Sigo sin entender! ―gritó furioso Alec.
La silla de montar de Alec crujió cuando se movió impaciente sobre esta. Mientras, en la cara de Gabriel se dibujaba una sonrisa conciliadora.
―Gabriel, explícate o será a ti a quien parta el cráneo esta mañana.
McDonald suspiró, sabía que su amigo hablaba muy en serio, por eso se apresuró a satisfacer su curiosidad.
―El hermano de Roslyn, Gifré, ha venido con un pequeño ejército. Según nos explicó tenía que volver a Francia en busca de sus hermanas. Cuál fue su sorpresa que no encontró ninguna.
Alec respiró hondo.
―Buscaba a Roslyn y a Frances.
Gabriel asintió.
―Y cuál fue la sorpresa del pobre hombre al encontrarse a las monjitas muertas de preocupación, no porque Roslyn se fuera con su despiadado marido, sino porque un demonio de tres metros y ojos rojos como el fuego, había secuestrado a la pobre Frances.
Alec sabía que no debía reír, lo sabía, pero tampoco pudo contenerse.
―¿Tres metros y ojos rojos?
―Al final el hombre es sabio y pudo adivinar a base de interrogar a las monjas que el hombre en cuestión vestía los colores McAlister, y que quizás sus ojos no fuesen rojos, sino negros. Y su pelo rubio.
―Nuestro Iain está de camino.
―Si todo va bien, el hombre que secuestró a la tan noble dama sin palabras y con solo tres gruñidos, ya debería estar aquí.
Alec no pudo menos que reírse.
―No te reirás tanto cuando ese gigante te ponga las manos encima ―aventuró a decir Gabriel, hablando de Gifré, que era ni más ni menos que su cuñado―. Disfrutarás de lo lindo con el combate si consigues que no te parta en dos.
Alec parecía satisfecho, no por la visita del extranjero, sino porque Iain parecía no haber tenido muchos problemas en encontrar a su querida cuñada.
―Roslyn estará feliz de tener a sus hermanos en casa.
Mientras McDonald y McAlister se agrupaban esperando retrasados el combate, sus lairds continuaron conversando.
―Así que el hermano de Roslyn es un gigante que ha acudido al rescate.
―Contrato a una veintena de mercenarios ―señaló Gabriel. Inclinándose sobre su montura para que Alec le escuchara mejor―. Pero hay más noticias.
Gabriel sonrió al ver la expresión de Alec.
―¿Más?
Su amigo asintió.
―Al entrar en nuestras tierras les dimos el alto y dijo que se dirigía las tierras Kincaid para averiguar el paradero de su hermana, no puedes imaginarte mi sorpresa al saber que lady Kincaid era su hermana. Pero el pobre no tiene ni idea de que Roslyn está casada y fuera de peligro.
―Y tú, ¿no le sacaste del error?
―¿Yo? ―preguntó él señalándose el pecho con el dedo índice―. Yo ya aprendí la lección de que no debo meterme en tus asuntos.
Alec perecía complacido con sus palabras.
―¿Eso es todo? ―preguntó McAlister impaciente.
―Ahora está en las tierras de los McGregor.
―¿Por qué? ―Quiso saber Alec.
Gabriel pareció pensárselo un momento. Debía escoger las palabras.
―Digamos que él tuvo más suerte que nosotros. ―Gabriel se rascó la cabeza, contrariado―. Lo cierto es que Gifré sí encontró a Henry.
Alec escupió en el suelo antes de que Gabriel continuara.
―Parece tener un don como el de Iain para el rastreo. Sea como fuere, el bastardo está con los McGregor.
―¿Y Gifré se ha unido a Henry contra mí? ―preguntó escéptico.
Gabriel soltó una carcajada, mientras Alec fruncía el ceño impaciente.
―Me temo, querido amigo, que si Gifré se encara a Henry no te quedará nada que despellejar.
Está vigilando los movimientos de los McGregor, igual que vigila a Henry, por eso estamos aquí, hace un par de horas recibimos a un mensajero y nos comunicó que están preparando un ataque contra ti para liberar a Roslyn.
―¿Liberar a Roslyn? Tenía entendido que McGregor viene a clamar venganza porque no quise casarme con su hija, no para liberar a mi esposa de mí ―señaló las últimas palabras con total desagrado.
―Tienes espías para todos lados, ¿no es así?
Alec no respondió.
―El hermano de Roslyn dijo que se nos uniría al amanecer, ya debería estar aquí.
―Y así es.
Alec miró sobre el hombro de Gabriel y este se volvió para ver lo mismo que su amigo. Un hombre con un uniforme desconocido para los escoceses, apareció sobre la loma, a su lado llevaba a veinte mercenarios, tal y como había dicho Gabriel.
―No parece muy satisfecho ―murmuró McAlister.
―Un demonio de ojos de fuego ha secuestrado a una de sus hermanas, otra huyó de los hombres de su marido que le dieron una paliza de muerte. Ha cruzado medio mundo buscándolas. Créeme, yo también tendría ese aspecto.
Alec lo miró con renovada admiración.
―Sea como sea, no se la llevará ―dijo claramente hablando de Roslyn―. Ahora es mi esposa, y este su hogar.
―Díselo tú, mientras intenta partirte de un mandoble.
Alec gruñó, pero de igual forma, ningún hombre le arrebataría a Roslyn, ni siquiera su hermano.
De repente, oyó un grito a su espalda. Sobre la muralla estaba Roslyn, pletórica al ver que su hermano se acercaba a la fortaleza.
―Por todos los diablos ―masculló entre dientes.
El portón se abrió y dejó salir a un jinete al galope. Cuando se acercó a Alec entregó su mensaje.
―Lady Roslyn solicita su permiso para salir a recibir a su hermano, señor.
Alec negó con la cabeza, mientras Gabriel y algunos soldados suyos reían.
―¿Es eso lo que realmente te ha dicho?
El joven soldado titubeó, parecía dudar entre seguir mintiendo o decirle una verdad que no iba a gustarle a su señor.
―¿Palabras exactas, señor?
―Palabras exactas ―apremió Alec.
El soldado titubeó.
―Es que… no me atrevo, señor.
Alec bajó la cabeza, mientras intentaba serenarse. Las carcajadas de Gabriel no le facilitaban la tarea.
En su clan todos le temían y le respetaban, todos menos Roslyn que ciertamente lo amaba, pero era capaz de tener una lengua tan afilada como la punta de su espada.
El soldado siguió vacilando.
―Bueno, señor, dijo que no le partiera la cabeza a su hermano.
―¿Eso dijo? ―preguntó Alec masajeándose las sienes.
―Bueno, que no se lo iba a permitir.
Gabriel volvió a soltar una fuerte carcajada, mientras Alec refunfuñaba por lo bajo.
―Ciertamente un guerrero fiero y temible, tu mujercita.
Alec ignoró sus palabras y mofas, mientras daba una orden al joven soldado.
―Que salga. No cerréis el portón, pronto estará de vuelta.
El soldado asintió e instantes después vio a Roslyn cabalgar hacia ellos. No se molestó en detenerse junto a su esposo, sino que corrió hasta quedar junto a su hermano Gifré que avanzaba sin impedimento hasta la cima de la loma.
―Maldición ―gruñó Alec al verla pasar por su lado.
No iba a consentirlo. Espoleó el caballo detrás de su esposa.
Vio a Roslyn arrojarse literalmente en los brazos de Gifré que soltó un profundo grito de júbilo. Ella empezó a llorar en brazos de su hermano.
―¿Lloras, Roslyn?, es tan impropio de ti ―la voz de Gifré era calma, pero tenía una gran sonrisa oculta por su desaliñada barba.
―¿Impropio? ―preguntó Alec por lo bajo―, se ha pasado todo el tiempo berreando desde que llegó.
Roslyn soltó una exclamación ahogada.
―Eso es mentira, esposo.
―¿Esposo?
Gifré quedó totalmente inmóvil mirando con los ojos bien abiertos al escocés. Alec le devolvió la mirada desafiante hasta que Roslyn se apresuró a captar su atención.
―¿No lo sabes? ―preguntó Roslyn con una sonrisa en los labios, mientras las lágrimas aún corrían por sus mejillas―. Hermano, te presento a mi esposo, Alec McAlister.
Gifré no dijo nada, simplemente contempló al gigante que tenía enfrente.
―Alec, este es…
―Ya lo sabía, Roslyn, hablaremos más tarde de eso.
Alec tampoco dijo nada más, se limitó a asentir al recién llegado.
―Ven aquí, esposa.
Roslyn sobre la montura de su hermano se apresuró a bajar y volver a montar su caballo para situarse junto a Alec.