Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 24
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CAPITULO 24

A lec estaba frenético. Se había levantado de la cama para disgusto de Yuri que estaba frente a la chimenea retorciéndose las manos, presa de la angustia.

Alec no hacía más que pensar en su esposa y en cómo de nuevo había hecho alarde de su insensatez.

¿Cómo ha podido hacer algo así?, se repetía una y otra vez.

Volvió a mirar por la ventana. Iba a despuntar el alba en cualquier momento.

Hacía horas que sus hombres la estaban buscando y el no tener noticias de ella, no hacía más que encoger de angustia el corazón del laird.

Golpeó el alféizar de la ventana con el puño.

Sus nudillos estaban blancos por la presión y la ira, en cambio, su cara estaba teñida de un tono carmesí.

Se había propuesto no amar a ninguna mujer, no volver a sufrir, pero Roslyn se había metido en su sangre como un veneno que actúa lento y ahora no podía hacer otra cosa que sentir a su corazón revolverse de dolor ante la posibilidad de perderla.

Sin duda, Henry estaba cerca, muy cerca, y quizás a esas horas ella ya estuviera en sus garras.

Lanzó un alarido, que llamó la atención de todos los soldados que estaban congregados en el patio. El grupo que partiera a registrar los alrededores estaba a punto de regresar. Seguramente, Connor volvería con buenas nuevas, o eso es lo que fervientemente deseaba.

Él también debía hacer algo, no podía quedarse con los brazos cruzados mirando cómo la noche empezaba a clarear.

Alec se puso el tartán bajo la mirada horrorizada de Yuri.

―¿A dónde piensas que vas? ―le preguntó con las manos en las caderas.

―A buscar a mi esposa.

―Ya la están buscando y tú aún no estás recuperado del todo.

Alec hizo oídos sordos a aquellas palabras, no le importó el semblante desafiante que la anciana llevaba dibujado en su rostro y tampoco la punzada de dolor que sintió en el hombro al enrollarse el tartán en la cintura.

Se irguió tan alto para intimidar a su abuela que obstruía la salida con su pequeña figura.

―Yuri, apártate.

Meneó la cabeza, y rezó para que Fergus corriera en su ayuda.

Aunque el viejo estaba demasiado ocupado dando instrucciones a los hombres del patio como para intuir que tendría problemas con su nieto, lo cierto es que se materializó a su lado.

Enarcó una ceja canosa y Yuri soltó un suspiro de alivio.

Entre los dos no podían con él por la fuerza, pero al menos tendrían más posibilidad de disuadirlo.

―Ella tiene razón, muchacho ―dijo Fergus atravesando la habitación―. Debes recuperarte, ya tendrás tiempo para atraparlo.

Alec rugió desesperado.

―¡Apartaos!

Ninguno hizo nada semejante hasta que se escucharon gritos y murmullos en el patio. Entonces los tres corrieron hacia la ventana para ver qué ocurría.

―La hemos encontrado ―gritó Connor―, sana y salva.

A Alec se le agrandó el corazón y por fin pudo respirar tranquilo. Sin duda, el susto lo había hecho envejecer diez años, pero otra vez Roslyn volvía a estar a salvo entre sus muros.

Escudriñó las sombras para verla y maldijo ante la oscuridad que le dificultaba la visión.

―Alec.

Instantes después, la voz de Roslyn llegó desde la puerta. Los tres se giraron al unísono para ver a la señora McAlister.

Yuri suspiró aliviada.

―Niña, nos has tenido con el alma en vilo.

Fergus no fue tan comprensivo, gruñó de manera muy visible para dejar claro su enfado.

―Qué insensata ―murmuró entre dientes.

Roslyn no lo escuchó, tenía la mirada clavada en los furibundos ojos de su marido, que la miraba como si quisiera estrangularla. Y Roslyn tuvo que reconocer que no esperaba menos.

―Lo siento ―dijo con el corazón en un puño―. Alec, debo decirte algo muy importante.

―Cállate, Roslyn. ―Los dientes apretados denotaban que estaba haciendo un gran esfuerzo para controlarse.

Tenía los brazos caídos a los costados, el torso desnudo cruzado con la tela suave del tartán y la venda, tapando su herida, aún era visible.

Roslyn se sentía incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos penetrantes.

Sin duda, estaba furioso, sus nudillos blancos dejaban claro que no tenía intención de dejar pasar aquel asunto.

Alec quería una explicación y venganza. Y ella… solo quería abrazarlo.

Como si volviera a la realidad, Roslyn dio un paso hacia él.

―Los McGregor atacarán mañana al amanecer.

―¿Qué? ―preguntó Fergus con la boca abierta―, ¿qué estás diciendo, niña?

Alec la miró de arriba abajo. ¿Sería un invento para librarse de su furia?

―Es una larga historia, Fergus.

Aunque le hablaba a él no pudo apartar la mirada de Alec que la miraba intensamente, pero sin ninguna emoción en el rostro, no había ninguna duda de que se estaba esforzando para no saltarle encima y sacudirla.

―Pero… ¿estás segura de que atacarán mañana?

Ahora la que hablaba era Yuri, ya que Fergus parecía muy concentrado enumerando los preparativos que se debían hacer antes de que eso pasara.

―Completamente ―respondió a la pregunta de la anciana.

―Pero ¿por qué? ―preguntó Yuri―. Yo creía que el asunto con la hija del laird McGregor se había solucionado.

―No es así ―contestó Roslyn.

Avanzó hacia Alec y se paró justo enfrente de él como si la explicación solo fuera para sus oídos.

―McGregor vendrá mañana para restablecer su honor.

Alec guardó silencio, no así Fergus.

―Entonces… eso quiere decir que su hija no era… ―Fergus lo dijo abochornado.

Todos miraron a Alec.

―Yo no la toqué ―rugió al ver las miradas de reproche. Lo dijo fulminando a su abuela y a Fergus con la mirada.

Luego posó sus ojos en Roslyn y se atrevió a tocarla. Sus manos descansaron sobre sus hombros y casi se le escapa un suspiro de alivio. Ella estaba allí a salvo con él. En lugar de sacudirla la abrazó contra su pecho.

―Por supuesto que no. Eres un hombre de honor, lo sé ―se apresuró a defenderlo Roslyn. Su cálida voz lo devolvió a la realidad―. Como ya he dicho, es una larga historia, os la contaré después, primero tengo que hablar con Alec.

Todos asintieron, incluso Alec la miró como si no esperaba nada menos que una explicación.

―Si el ejército de McGregor ataca mañana habrá muchas cosas que hacer, debo preparar a los hombres ―con estas palabras, Fergus salió de la habitación. Yuri fue tras él lanzando una mirada de ánimo a Roslyn, mientras cerraba la puerta.

Roslyn se quedó sola con su esposo. Sus manos eran cálidas sobre sus hombros y por un momento creyó que su esposo iba a besarla, pero para su desilusión, Alec se apartó.

Le dio la espalda y cerró los portones de las ventanas con tanta violencia que no pudo menos que dar un respingo. Su mirada era tan penetrante que la hizo estremecer.

―Alec.

―¡Cállate! ―volvió a gritar, presa de la ira.

Avanzó hacia el centro de la habitación donde se encontraba ella. Sus rudas manos se enroscaron en su cabello y la atrajo hacia sí.

―Maldita seas, ¿cómo has podido hacerme esto?

―Lo siento ―murmuró contra su pecho, mientras derramaba las lágrimas contenidas.

Alec estaba furioso, lo supo en cuanto la besó. Sus manos aún le retorcían el cabello, mientras sus labios, duros e insistentes, arrasaron su boca. Ella lo besó con la misma intensidad hasta que él se apartó.

―¿Por qué me has abandonado? ―murmuró con el rostro enterrado en su cuello.

Roslyn sintió las lágrimas de sus ojos surcar sus mejillas. La voz de Alec denotaba el dolor que albergaba en su interior y ella se sintió culpable por ello.

―No, Alec, no he hecho semejante cosa.

―Te dije que te protegería ―la voz llena de dolor y sus ojos fulminantes le dijeron que no importaba lo que le dijera, Alec jamás la perdonaría por haberle dejado.

―Alec ―murmuró suplicando su perdón.

―No. ―La sacudió por los hombros―. ¿Acaso no me creíste cuando te dije que te protegería?

―Sí, te creí, y te creo.

―Entonces, ¿por qué?

Roslyn quiso que no la odiara, que la abrazara contra su pecho y le dijera que todo saldría bien, pero Alec no lo hizo. Se la quedó mirando con unos ojos llenos de un reproche que Roslyn no pudo soportar.

―Porque… yo tenía que protegerte a ti, Alec. Si te pasara algo por mi culpa jamás me lo perdonaría.

Entonces, sí que Alec la apretó contra su pecho.

―Muchacha estúpida, ¿aún crees que me puedes proteger?

Roslyn asintió con la cabeza chocando con el mentón de su esposo.

―Yo no quería que sufrierais por mi culpa, no quería que nadie lo hiciera.

―Roslyn, escúchame bien ―dijo mirándola a los ojos―. Ahora perteneces a este lugar, los McAlister darán su vida por ti si es preciso, porque eres su señora, porque te aman y te respetan.

Roslyn sacudió la cabeza como si no pudiera creer eso.

―Quizás no me quieran como señora, Alec.

Él la miró muy seriamente, mientras enmarcaba la cara de su esposa entre sus manos.

―¿Alguien te ha dicho o hecho algo para que pienses así?

―No ―mintió.

Por supuesto, estaba Dora, por su culpa ella había sufrido y sufriría, aunque también debía admitir que esta se había portado muy bien con ella, a pesar de que fuera la causa de que no pudiera casarse con el hombre que amaba.

Pero había más gente que sufriría, lo harían las mujeres que perdieran a sus esposos por su culpa, inclusos los hombres que caerían a la mañana siguiente le reprocharían a Alec en silencio el tener que defender a una extranjera.

―No ―repitió con más convicción―, si yo no me hubiera casado contigo, tú ahora no tendrías problemas con los McGregor.

Alec la pilló desprevenida con una sonrisa.

―Roslyn, yo preferiría una guerra que casarme con esa mujer, igual que iniciaría cualquier guerra para poder casarme contigo.

Roslyn soltó lágrimas de felicidad, ¿realmente estaba feliz de haberse casado con ella?

Sonrió aliviada cuando Alec le quitó aquel peso de encima, igualmente hubiera habido guerra, pues hubiese renunciado a casarse con Mairy.

Roslyn debía admitir que la hija de McGregor no sería una mujer digna para Alec, sería como su primera esposa y eso era algo que ni Roslyn ni Alec deseaban.

―No quiero que te sientas culpable por lo que pase mañana. Son peleas entre clanes vecinos, siempre las ha habido y siempre las habrá.

Ella lo miró boquiabierta como si acabara de decir una abominación.

―Sois unos bárbaros ―musitó.

Alec soltó una carcajada.

Contempló a su esposa, realmente parecía preocupada por lo que sucediera al amanecer. Le acarició el pelo y volvió a besarla dulcemente en los labios.

―Dime que no volverás a abandonarme, nunca.

―No te he abandonado ―protestó ella.

―No es eso lo que quiero oír, esposa. ―Alec la apretó más contra sí.

Roslyn notó su aliento cálido en el rostro y cómo sus brazos la envolvían protectores.

―Jamás volveré a abandonarte.

Escucharla decir eso lo complació, ahora era momento de complacerla a ella. Lentamente intentó quitarle las ropas, hasta que se dio cuenta de que lo que estaba desatando no era su tartán.

―¿Qué llevas puesto? ―preguntó con el entrecejo fruncido al ver el jubón y los pantalones de cuero―. Llevas la misma ropa que cuando te encontré. ¿Te gusta vestirte de hombre?

―No ―rio ella―, es una larga historia.

―Desgraciadamente hasta el amanecer, antes de que los McGregor ataquen, solo tenemos tiempo para hacerte el amor o para que me cuentes la historia.

―Alec ―su tono era el de una niña ofendida, pero se apretó más contra su pecho―. Tenemos todo el día para que te explique todo. ―Roslyn se quitó el jubón y los pantalones, ahora solo quería celebrar que había vuelto a su lado, a su hogar.

Alec le dijo con su cuerpo todo el amor que sentía por ella. La herida dolía, pero no por ella iba a perderse el placer de entregarse a su esposa. Casi la había perdido y la conciencia de ese hecho le hizo volverse hambriento de ella y extremadamente posesivo.

Una hora después cuando Roslyn estaba exhausta, durmiendo plácidamente sobre la cama que minutos antes habían compartido de manera amorosa, se dijo que nunca había encontrado algo más noble por lo que luchar.