CAPITULO 23 #2
Dicho esto, la arrastró hasta su montura, la hizo subir sin ceremonias sobre el caballo y lo espoleó hasta hacerlo galopar hacia tierras McGregor.
Cuando llegaron al castillo, Roslyn no sabía cuánto tiempo había pasado sobre la montura apretada contra Henry, pero le pareció una eternidad.
La fortaleza, bien custodiada, bajó su puente levadizo.
Henry rápidamente se escabulló al interior.
Una vez en el patio de armas, con movimientos bruscos, hizo desmontar a Roslyn.
Ella vio cómo un McGregor se acercaba para ocuparse del caballo de Henry, apenas le echó un vistazo cuando desapareció con el animal.
Sintió cómo la mano de Henry se cerraba sobre sus brazos como unas tenazas candentes y la arrastraba al interior.
Miró a su alrededor, cuando abandonaron el patio y traspasaron el umbral de una enorme puerta de madera, Roslyn se sorprendió de no encontrarse en un salón.
Aquello era un pequeño recibidor de forma circular, contó tres puertas y antes de que Henry se decidiera a abrir cualquiera de ellas, de una salió la grácil figura de Mairy McGregor.
La hija del laird se quedó contemplándola con ojos muy abiertos, sin duda no esperaba recibirla en su casa.
―¿Qué hace ella aquí?
―Diría que al final se ha dado cuenta de a quién pertenece.
Fuera lo que fuese lo que esperaba Mairy, no eran aquellas palabras.
La miró con recelo y rencor, supuestamente porque era la causante de que Alec no se hubiera casado con ella. No obstante, Roslyn se dijo que algo en la actitud de Mairy no encajaba.
Se quedó observando los ojos fríos de la hija de McGregor, estaba perturbaba. Más que eso, en sus ojos había celos. ¿Celos? Roslyn pensó que estaba enloqueciendo.
Mairy miró a su alrededor, temerosa de que las puertas se abrieran y apareciera algún soldado que pudiera reconocer a la señora McAlister.
―¡No deberías haberla traído aquí! ―bramó con los dientes apretados.
―¡Cállate! ―Mairy dio un respingo por los malos modales de Henry―. Como siempre, haré lo que me plazca.
Roslyn guardó silencio, mientras contemplaba la escena.
―Bien ―Mairy recuperó la compostura―, mi padre te espera en el salón para resolver los últimos detalles de mañana.
Henry asintió y luego miró de reojo a Roslyn.
―Llévatela a mis aposentos. Y si por casualidad no la encuentro allí, te juro que las dos sufriréis las consecuencias de desatar mi ira.
Mairy iba a protestar, pero cambió de opinión, simplemente apretó los labios y asintió. Mientras vio a Henry entrar en el salón, la agarró del brazo. Roslyn se dejó arrastrar escaleras arriba.
Al fondo del primer pasillo abrió una puerta y encendió un par de velas. La estancia se iluminó. Era un dormitorio ricamente decorado, no tenía dudas acerca de lo importante que era Henry para el laird McGregor.
Oyó cerrarse la puerta tras de sí y a diferencia de lo que había supuesto en un primer momento, Mairy se había quedado con ella en el dormitorio.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó esta.
Roslyn no sabía muy bien qué responderle.
―¿Te ha ido a buscar?
―Podríamos decirlo así.
La respuesta no agradó demasiado a Mairy que empezó a pasearse nerviosa por la habitación.
―¿Por qué? ―murmuró para sí.
Roslyn no respondió, y la muchacha se acercó a ella con un ataque de ira.
―Él dijo que ya no le interesabas ―le espetó Mairy con los puños apretados.
―¿Hablas de Henry?
Al final lo comprendió, Mairy estaba molesta porque Henry la había llevado hasta allí.
―No entiendo muy bien qué es lo que quieres decirme.
Mairy hizo un esfuerzo sobrehumano para calmarse.
―Voy a traer agua caliente para que te laves ―murmuró mirándola de arriba abajo―. No consigo entender lo que él ve en ti. ―Tardó en comprender que no estaba hablando de Alec, sino de Henry.
―Por favor…
―Pobre de ti que intentes escapar. ―La miró con desprecio antes de dar media vuelta. Estaba claro que si había alguien quien pudiera ayudarla en tierras McGregor, esa no era Mairy.
Acto seguido se escabulló por la puerta y Roslyn quedó a solas. Escuchó el ruido inconfundible del metal. Estaba encerrada.
Corrió hacia la ventana, pero el salto era demasiado grande como para que pudiera sobrevivir a él. Sin duda, los centinelas la verían salir por donde había entrado. Agudizó la vista, y vio que todo era inútil, el puente levadizo volvía a estar alzado.
Escuchó cómo se abría la puerta, no hizo caso pensando que era Mairy, solo al verse rodeada lascivamente por aquellos brazos masculinos supo que Henry había vuelto. Trató de resistirse, pero él era mucho más fuerte que ella. Siempre lo era.
―Esposa, ¿me has echado de menos?
Le acarició los pechos con urgencia y Roslyn se apartó bruscamente de aquel contacto indeseado mordiéndole la mano.
―Maldita zorra. ―Henry la soltó de inmediato y vio las pequeñas marcas de los dientes de Roslyn.
No tuvo tiempo de huir, las manos de Henry volvieron a alcanzarla.
―¡Ven aquí! ―La tiró sobre la cama y se puso sobre ella.
Roslyn gritó con desesperación cuando sintió que las manos de Henry avanzaban por debajo de su falda.
―¡No! ¡Para!
Se iba a desmayar y deseó que así fuera.
―No me digas que no me has echado de menos, ¿acaso ese McAlister sabe cómo complacerte? Dudo de que él apreciara tu pasividad tanto como yo.
Roslyn no paró de resistirse, mientras la húmeda boca de Henry trazaba su camino por el cuello de ella. Quiso chillar cuando intentó separarle los muslos con la rodilla, pero estaba demasiado aterrorizada.
Se escuchó un ruido metálico y de pronto la mano de Henry dejó de apretar sus pechos. Desconcertada, lo notó como un peso muerto sobre el suyo y lo empujó a un lado.
El que fuera su marido yacía inconsciente sobre la cama.
Levantó la vista y vio a Mairy sujetando fuertemente una jofaina.
―¿Qué? ―preguntó con lágrimas en los ojos y aún aturdida.
―Vamos, no tienes mucho tiempo.
―No entiendo. ―La mirada asustadiza de Roslyn hizo sonreír a Mairy, que la asió del codo para levantarla de la cama.
―Ten esto ―le dijo poniéndole unas ropas de hombre sobre sus manos extendidas.
―¿Qué es esto?
―Es tu modo de escape.
Roslyn parpadeó. ¿Mairy la ayudaba escapar?, ¿acaso ya no la consideraba su enemiga?
―Pero ¿por qué? ―se atrevió a preguntar.
―Bueno, señora ―dijo Mairy suspirando y algo dolida―, pensé que podría hacerle cambiar de opinión. Pensé que Henry se desharía de ti, pero me ha dicho que no. Que piensa casarse contigo. Y eso es algo que no pienso consentir.
A Roslyn casi se le para el corazón al escuchar aquellas palabras, ¿se habría vuelto loca?
―Pero tú amabas a Alec.
―Conveniencia, no amor. Y francamente ya no deseo tu posición, ni tu lugar en la cama de Alec, si puedo yacer con Henry. Después de probar al inglés, debo decirle que ya puede quedarse con McAlister.
Roslyn se levantó de la cama como un resorte. No podía dejar de mirar a la hija del laird McGregor y a Henry alternativamente.
―¡Vete, eres libre! ―le repitió apresurada―. Coge un caballo del establo, con estas ropas y en la oscuridad podrás hacerte pasar por uno de los hombres de Henry. Ya he dado orden de que te ensillen uno y que bajen el puente para tu partida.
Roslyn se apresuró a quitarse el vestido y ponerse las ropas que Mairy le había preparado.
―¿Sabes lo que haces? ―Roslyn aún pensaba en las palabras que Mairy le había dicho―. Henry es cruel y despiadado.
―Puede, pero es un amante excelente y no pienso permitir que tú me lo robes.
Roslyn, que se estaba abrochando el cinto, paró el movimiento para mirarla a los ojos.
―No permitiré que se vaya contigo. O te largas o te mato. ¡Elige!
Roslyn se apresuró y en segundos estuvo preparada para partir.
―Sí lo sé, no es todo lo caballeroso que debería ser, pero… ―Mairy dudó―. No sé por qué te cuento esto… Vete, vete.
Mairy puso más énfasis en sus palabras sacudiendo un brazo y empujándola hacia la puerta.
Roslyn obedeció, no tenía más tiempo que perder. Acabó de enfundarse aquellas ropas, no muy diferente a las que un día llevó para poder escapar de Inglaterra.
Miró a Henry tendido sobre la cama y rezó para que aquella fuera la última vez que viera su cara.
Instantes después salió de la habitación detrás de Mairy. Se cruzaron con dos soldados que no la reconocieron por la escasa luz del pasillo. Mairy comprobó que el recibidor estuviera despejado y le hizo señales con la mano para que montara en su caballo.
―Gracias ―fue lo único que pudo farfullar Roslyn antes de espolear al animal.
Mairy quedó en silencio viéndola partir. Tal como ella había dicho, el puente levadizo se bajó nada más verla. Partió a galope y no miró atrás.
Era libre de nuevo.
Mairy se apresuró a volver a la habitación, pero Henry ya no estaba tendido en la cama.
Sintió cómo unos brazos fuertes la empujaban sobre esta.
―Me has traicionado, puta, y eso será lo último que hagas en tu vida.
Mairy intentó gritar, pero no pudo. El acero frío se deslizó por su garganta antes de que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Pronto, la negrura acudió a sus ojos y se le escapó el último aliento de vida.
Henry se quedó mirando las sábanas blancas absorber la sangre de su amante. Giró sobre sus talones y desapareció gritando por la puerta después de tirar el cuchillo junto al cuerpo de la mujer.
―¡Que alguien me ayude!
Corrió por el pasillo hasta alcanzar las escaleras. Al llegar al salón volvió a gritar a pleno pulmón:
―¡Detengan a esa mujer! ¡Lady McAlister ha matado a la hija de McGregor!