Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 23
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CAPITULO 23

L as sombras del anochecer la habían ocultado mientras se deslizaba fuera de la fortaleza. Antes de que el portón se cerrara y el puente levadizo cortara el paso a cualquier amigo o enemigo, Roslyn se escabulló fuera.

Agazapada a los pies de la muralla esperó a que oscureciera y su figura fuese casi invisible a los ojos del guardia apostado sobre el parapeto.

Dios no parecía ayudarla con la decisión que había tomado, había una luna llena que iluminaba todo el valle, a pesar de que caía la noche.

Pero cuando esta se ocultó detrás de unos espesos nubarrones y la oscuridad fue más notoria, empezó a correr rumbo al bosque.

No sabía dónde encontrar a Henry, pero lo que sí sabía es que él la encontraría ella.

Al entrar en el espeso bosque y verse rodeada por altos árboles que parecían fantasmas en la noche, detuvo el paso por miedo a perderse.

Se frotó los brazos para despejar el frío que sentía y decidió seguir avanzando para olvidarse de él. Su temor fue en aumento, las perennes hojas dibujaron sombras sobre ella cuando la luna llena volvió a asomarse detrás de las nubes pasajeras.

Sus pensamientos vagaron desde el hombre a quien amaba, tendido en la cama tras las murallas del castillo, al hombre que odiaba, que con toda seguridad rondaba cerca. ¿Qué nuevo castigo se inventaría Henry ahora que ella volvía a estar a su merced? Se dijo que pronto lo averiguaría.

Siguió avanzando. No había señales de nadie con vida en aquellos parajes oscuros y densos. Miró las copas de los árboles, de allí había salido Henry la última vez que lo había visto, cuando atacara a Alec días atrás.

Controló un grito de pánico cuando, sin previo aviso, unos brazos fuertes la rodearon por hombros y cintura. El olor era inconfundible. Siempre que lo oliera sentiría aquel pánico y asco que le provocaba su primer marido.

―Ya te tengo de nuevo, mi pequeña ilusa ―dijo estirándole del pelo hasta hacerla gritar―. No creerías realmente que ibas a poder escapar de mí, ¿verdad?

―No ―susurró entre un sollozo.

Sabía que si no se mostraba sumisa las cosas irían a peor.

Cuando la arrastró del cabello hasta llegar a los pies del estanque y la hizo caer al suelo dolorida, supo que jamás debería haber abandonado la seguridad de su hogar. Después de haber huido, dejándolo en ridículo, Henry la mataría. Desgraciadamente ahora era demasiado tarde para escapar.

Alec no podría ir a su rescate, aún estaba demasiado débil para ello.

Y Lachlam… estaba de vuelta en la fortaleza Kincaid, intentando organizar a sus hombres para el esperado ataque de Henry.

Pero el que fuera su monstruoso esposo no había traído consigo a un ejército, ¿no era así?

Había sido tan tonta de creer en sus palabras.

―No hay ningún ejército que quiera arrasar estos parajes, ¿verdad?

―Mi señora. ―La horrenda carcajada de Henry la hizo sentirse nuevamente insignificante―, no he traído conmigo a ningún ejército, pero lo cierto es que mis amenazas no son del todo falsas.

―Ella se quedó callada, escuchándolo―. Tengo a un ejército en Escocia, uno que puedo utilizar en cualquier momento.

No sabes los amigos que he hecho por estas tierras, mi amor.

Henry la levantó del suelo y aplastó sus labios contra los de Roslyn. Ella no pudo sentir más repugnancia y terror, en cualquier momento se iba a desmayar y tal vez fuese lo mejor.

Empezó a sollozar de nuevo.

―Tu nuevo esposo tiene muchos enemigos ―clavó los dedos en la carne de Roslyn y sonrió al ver su miedo de nuevo―, y todos los enemigos del bastardo de tu esposo, son ahora mis amigos.

Roslyn meneó la cabeza como si no entendiera, ni quisiera escuchar sus palabras.

Echaba de menos a Alec, le dolía haberse ido sin despedirse, le dolía simplemente el haberse ido y pensar que no volvería a verlo.

Recordó que le había dicho que lo amaba, pero él ni siquiera la había escuchado, así que ni siquiera tenía el consuelo de que Alec supiera sus verdaderos sentimientos antes de perderla. Ahora era demasiado tarde.

―Roslyn ―Henry llamó su atención. Con una mano aprisionó su nuca―, estoy muy disgustado. No me agrada la idea de que te hayas vuelto a casar. ―Meneó la cabeza con disgusto.

Roslyn podía verlo perfectamente bajo la luz blanquecina que desprendía la luna. Su cabellera rubia y sus suaves facciones no conseguían ocultar el demonio que llevaba dentro. Henry sonrió y una perlada hilera de dientes blancos le demostraban con su sonrisa cuanto disfrutaba de su triunfo.

Aquellos ojos verdes, astutos, se clavaron en ella y no pudo menos que estremecerse e intentar retroceder.

―Desgraciadamente, ese pequeño detalle me obliga a olvidar mis buenos propósitos de dejar en paz a ese bárbaro McAlister que te dio cobijo.

Ella abrió desmesuradamente los ojos.

―¡No! ―gritó―. Si salía, tú debías dejarlos en paz. ¡Eso dijiste!

―¿Eso dije? ―preguntó inocentemente con una sonrisa―, pero como ya te he dicho, el hecho de que tú estés casada lo cambia todo. No deberías haber huido de mí, ¿ves lo que has provocado?

Él la estaba distrayendo, pero no se dejaría engañar tan fácilmente.

―Tú ya sabías que estaba casada cuando me enviaste la nota.

―Sí. ―Henry meneó la cabeza con disgusto―. Eres muy tonta, Roslyn, ¿de veras creías que dejaría vivo a ese hombre después de que te tocara y te poseyera?

Henry la abrazó más contra sí. Su mano apretaba su nuez y retorcía su brazo sin la más mínima compasión.

―Ya sabes que no puedo hacer eso, ni siquiera sé qué hacer contigo. Te dije una vez que no huyeras de mí ―meneó la cabeza con disgusto, al tiempo que agregaba―, tendré que inventarme algo nuevo y doloroso para que no se te ocurra volver a hacerlo.

Ella se quedó muy quieta, ¿de verdad la mataría?

―¿Vas a matarme?

―No lo sé ―dijo con toda la calma del mundo―. Eso supondría renunciar a mi juguete favorito… y no creo que esté dispuesto a hacerlo.

La empujó sin contemplaciones y ella volvió a caer al suelo mientras el caminaba dando vueltas a su alrededor, como si fuese un cazador a punto de abalanzarse sobre un animal herido.

―Tengo que pensármelo, pero vete olvidándote de tu nuevo esposo, mañana estará muerto. Como a estas horas debe estar tu hermanita Frances.

―¡No!

El grito de terror llenó el claro del bosque al igual que la carcajada de Henry. Cuando se levantó para abalanzarse sobre él con los puños cerrados una bofetada la hizo tambalearse hasta caer nuevamente sobre la hierba.

―No me culpes ―dijo entre asombrado y divertido―, lo primero que pensé es que te habías vuelto al convento. Quién iba a pensar que dejarías sola a tu hermanita para escaparte. ¿Tú? ¿Traicionando a tu familia? Qué decepción, esposa.

Meneó la cabeza y empezó a llorar sin consuelo.

―¡Ya no soy tu esposa!

Todo había sido culpa suya, fue demasiado ingenua pensando que podría librarse de semejante monstruo.

―Volverás a serlo, cuando el bastardo de Alec McAlister baje al infierno a hacerle compañía a la hereje de tu hermana.

Ella lo fulminó con la mirada.

―¡Tú eres el bastardo! ―Sus ojos llenos de lágrimas escupían fuego―. No tienes ejército, y créeme, eso es lo que necesitarías para acabar con un hombre como él.

Y para su sorpresa él volvió a sonreír.

―Yo no tengo ejército, pero… ―La miró con un aire triunfante―. Ya te he dicho que he hecho amigos. Y mi amigo McGregor tiene uno bastante numeroso.

Ella se sorprendió tanto que se levantó de un salto. Sacudió la cabeza frenética, mientras retrocedía para apartarse de él. Parpadeó varias veces y su captor no pudo resistirse a explicarle con sumo detalle sus planes hacia los McAlister.

―Sí, mi amor. Como ya te he dicho tengo muy buenos amigos en estas tierras.

―¿Qué clase de mentiras has dicho a los McGregor para que quieran aliarse contigo?

Roslyn no vio venir la bofetada, solo cuando sintió el dolor en su cara y la sangre manando del labio inferior supo que le había golpeado.

―Te has vuelto muy insolente, esposa.

Ella no dijo nada.

―¿Quieres saber mis planes o no?

Ella asintió en la oscuridad, no tenía la menor duda de que Henry quería jactarse con sus proezas, sin duda su vanidad lo perdería.

―A los McGregor no les dije nada más que la verdad, que tú eres mi esposa y que McAlister te había apartado de mí. ¿Sabes?, he descubierto unas cuantas cosas interesantes de los McGregor para usar contra tu esposo. Mañana los tendrás a las puertas de su fortaleza clamando venganza.

―¿Venganza? ―Roslyn preguntó como si no pudiera entender.

―Resulta que tuve más que palabras con la hija de McGregor, una mujer muy bella, más que tú, si me permites decirlo.

―¿Qué le hiciste? ―preguntó asombrada Roslyn.

―¿Tú qué crees? Su plan para atrapar al laird McAlister era realmente astuto, lástima que todavía fuera virgen cuando su padre la casó con su primo.

Roslyn ya había entendido el malévolo plan de Henry.

―Pero ella no llegó virgen a la cama de su esposo, ¿verdad?

―No ―Henry sonrió con deleite―, le di a esa zorra lo que ella quería, fue un buen trato. Yo la ayudaba y su padre me proporcionaba hombres para atacar a los McAlister.

Roslyn no salía de su asombro, los hechos eran tan precipitados y asombrosos que aún dudaba de que fueran ciertos.

―Cuando el laird McGregor vio que realmente ella no era virgen, creyó ciegamente en las palabras de su hija. Así que, como verás, querida, están más que dispuestos a dejarte viuda para que yo vuelva a tener plenos derechos sobre ti.

―¡No! ―gritó ella desesperada.

―Sí ―dijo él estirándole del cabello―, volverás a ser mía, solo es cuestión de horas que volvamos a reafirmar nuestros votos. Y créeme, los McGregor le harán pagar por haber mancillado la honra de su hija y haberle quitado la esposa a otro hombre.

―¿Qué sacan los McGregor ayudándote?

―Oh ―dijo en tono infantil y de inocencia―, solo más hombres por su causa. Llegarán pronto, mis soldados no son un ejército numeroso como el de McAlister, pero junto a los McGregor, son suficientes para hacer mucho daño al perro de tu laird.