Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 22 #2
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CAPITULO 22 #2

Roslyn se secó los ojos con el dorso de la mano, con su enfado a punto de transformarse en furia lo fulminó con la mirada. Había desaparecido la esposa abnegada y volvía ese carácter indómito que tanto le atraía.

―No era así.

―Ahora ya lo sé, esposo.

Ella había confiado en él y, sin embargo, su marido le había ocultado un hecho tan importante como que su antiguo esposo andaba cerca, seguramente para acabar con ella o, aún peor, acabar con Alec.

―¿Por qué me lo ocultaste?, si yo hubiera sabido que Henry estaba cerca no hubiera salido.

―¿Seguro?

Roslyn lo miró. Sabía exactamente a qué se refería.

―No hubiera salido para clamar venganza ―dijo firmemente.

Sabía que Alec no la creería, incluso a ella le costaba creer semejante cosa, sin duda, le hubiera gustado clavarle una flecha entre ceja y ceja.

―Ahora tú estás aquí ―dijo para tranquilizarlo―, y como una vez me prometiste, sabía que tú me protegerías ―su voz se escuchaba calma―. Ahora te tengo a ti para que me defiendas, ¿no es así?

Alec al no poder asentir con la cabeza se limitó a mirarla.

―Ya no tengo por qué arriesgarme a clamar venganza, sola.

―Exacto.

―Dime. ―Roslyn se aventuró a dibujar una sonrisa en su rostro―. Eso habría matado tu orgullo, ¿verdad?, me refiero a vengarme sola, estando tú a mi lado para matarle.

Él no contestó. Finalmente, después de meditarlo decidió decirle la verdad.

―No me hubiera gustado. Tú tienes tu derecho a matarle y me consta que puedes hacerlo, esposa, pero realmente quiero que ese bastardo muera por mi espada.

Roslyn no reveló emoción alguna por aquellas palabras, aunque se sentía tremendamente satisfecha por tener a semejante marido.

―Como te he dicho, eres mía, y yo cuido de lo que es mío.

Entonces, ella rio. Alec creía que se pondría furiosa, pero no fue así. Sus palabras lo dejaron sin habla.

―Y a mí, por primera vez, me gusta pertenecer a alguien, a un lugar.

Pero ambos sabían que aquello no era del todo cierto, su mujer solo se pertenecía a sí misma, aunque hubiera decidido entregar su corazón a Alec. Sonrió satisfecho por haberse casado con alguien que había decidido amarle y entregarse a él de la forma que ella lo hacía, ciegamente y con amor.

Roslyn posó suavemente sus labios en la mejilla de Alec. Este se volvió y atrapó sus labios en un beso tan dulce que a Roslyn le volvieron las lágrimas en los ojos.

―No te muevas, Alec, podría abrirse la herida.

Él hizo lo que su esposa decía, aunque por su mirada, Roslyn sabía que cuando se recuperara pasaría algún tiempo más en la cama y no precisamente descansando.

―Ahora duerme.

Alec no quería descansar, no obstante, seguía tan agotado que se durmió con aquel pensamiento.

Roslyn, después de que Alec pasara tres días en cama, comprobó que su esposo no era muy buen paciente. Aunque él parecía ir recuperándose más deprisa de lo que ella hubiera creído posible, Roslyn se sentía frustrada cada vez que lo veía levantarse e intentar vestirse.

―Eso no hará que te recuperes más deprisa, lo único que conseguirás será partirte la cabeza. ¡Vuelve a la cama!

No habían sido pocas las veces que Roslyn había repetido aquellas palabras, pero Alec no obedecía hasta que entraban Lachlam o Fergus y de malas maneras lo tumbaban de nuevo en el lecho.

No obstante, a pesar de todos los pequeños percances, Roslyn estaba feliz por ello, pero a la vez tenía una punzada desagradable en el corazón cuando se acordaba de la presencia de Henry.

Él estaba allí, muy cerca, casi tan cerca que podía sentir nuevamente el miedo crecer en su interior.

Lachlam había registrado el bosque después del ataque, pero no encontraron nada, ni siquiera un pequeño indicio de que Henry hubiera estado allí.

Ella no se sorprendió por ello, sabía que Henry era extremadamente inteligente, en eso se parecía a Alec, pero allí se terminaban las similitudes.

Uno era noble y de buen corazón, mientras que el otro era un asesino despiadado.

Dora salió de la arcada que comunicaba la cocina con el salón y encontró a Roslyn sumida en sus pensamientos, sentada en la gran mesa que precedía la estancia.

―Mi señora ―dijo esta, acercándose.

―¿Sí? ―Roslyn se sobresaltó al percatarse de su presencia.

―Han llegado las verduras para aprovisionar el castillo.

Roslyn asintió. Había tomado el gusto a eso de llevar la casa, y le agradaba estar informada de todos los problemas domésticos que acontecían en la fortaleza. No obstante, desde que Alec estuviera en cama, Roslyn no prestaba mucha atención a sus deberes. Sus horas y minutos eran para su esposo.

―Muy bien, ¿eso es todo? ―preguntó con una sonrisa.

Dora negó con la cabeza.

―Han traído una nota para usted. Una de las mujeres dijo que un muchacho se la había entregado en las puertas del castillo.

Roslyn tomó la nota cuidadosamente doblada, y frunció el entrecejo.

―¿No sabes quién la envía?

―No, mi señora, todo es muy misterioso, ¿no cree?

Roslyn asintió de nuevo.

Agarró la nota con manos temblorosas, no sabía el porqué de aquella sensación de angustia, pero no podía ser nada bueno.

―Puedes retirarte.

Dora se fue dejando a su señora con una sincera preocupación.

Roslyn desdobló la nota cuando se encontró a solas y enseguida reconoció la pulida caligrafía.

«¿Vas a reunirte conmigo o también tengo que pasar a fuego y espada las tierras de tu marido bárbaro?

Tu amado, Henry».

Roslyn casi lanza un alarido de horror.

Pensó en lo que implicaba aquella nota. mientras la iba arrugando entre sus temblorosos dedos.

Había salvado a su hermana en el convento, entregándose de nuevo a Henry. Debía hacer lo mismo por su gente y por Alec. Quizás si renunciaba a Alec y volvía a casarse con Henry, él volvería a estar satisfecho y dejaría en paz a su highlander.

Entonces lo supo, Henry había vuelto a ganar.

Se derrumbó llorando sobre el banco del salón.

Solo quedaba una cosa por hacer, salvar a todos los que amaba de las garras de Henry.