CAPITULO 22
―¡ L achlam! ―chilló Roslyn llena de angustia nada más atravesar el portón que daba al patio de armas.
Connor y los demás soldados, que en ese momento estaban entrenándose en el lugar, al percatarse del pánico dibujado en la cara de su señora, miraron la imponente figura del laird que permanecía lacia e inmóvil a lomos de su caballo.
No tardaron en darse cuenta de que una flecha atravesaba su hombro.
Connor corrió hasta situarse al lado de la montura, con la ayuda de dos soldados más lo bajaron sin brusquedad. Roslyn con las lágrimas resbalando por sus mejillas se precipitó detrás de ellos cuando le llevaron al interior de la fortaleza.
Roslyn observó a su esposo y sintió que le fallaban las fuerzas. Tanto su tartán, como el de Alec, estaban manchados de sangre. «Demasiada sangre», pensó con las lágrimas nublando sus ojos. Su esposo se había desmayado, ciertamente no de dolor, sino por la debilidad causada por la sangre perdida.
Al entrar al salón vio a Lachlam y Madeleine. Estos abrieron desmesuradamente los ojos al ver a Alec entrar en aquellas condiciones.
―Dios mío. ―Madeleine se llevó las manos a la cara incapaz de hablar.
―¿Qué ha ocurrido? ―preguntó Lachlam furioso.
Nadie contestó, pero Roslyn vio miradas acusadoras dirigiéndose hacia ella, no pudo menos que echarse a llorar. El grito de Yuri se escuchó por encima de su llanto y Fergus se precipitó a sostener a su hermana.
―Rápido, llevadlo a su recámara ―ordenó Yuri, casi sin aliento, mientras subía frenética los escalones de piedra.
Roslyn dejó de llorar y los siguió con el miedo dibujado en sus ojos.
Cuando los soldados lo depositaron en su cama, Yuri pidió todo lo necesario para la cura y ordenó que la dejaran a solas. Fergus refunfuñó hasta convencerla para quedarse, pero los demás salieron, excepto Roslyn que se recostó contra la pared mirando atentamente la débil respiración de su esposo.
Si lo perdía se volvería loca.
―Déjame estar a su lado. Es mi esposo ―rogó con labios temblorosos. Segura de que aquello justificaba su estancia allí.
Yuri asintió, pues no tenía corazón de negarle nada en su estado.
A Fergus le embargaba la ira.
―¡Si no te hubieras escapado nada de esto hubiera ocurrido!
Yuri lo miró queriéndole lanzar un claro reproche, sin embargo, permaneció callada volviendo a concentrarse en su tarea.
A Roslyn el corazón se le empapó de un desagradable sentimiento de culpa.
Cerró los ojos para no volver a llorar. Sabía que Fergus tenía razón y no quiso responder a la acusación, creía merecerse todas aquellas palabras hirientes.
Se arrodilló al lado de la cama para susurrar en el oído de Alec lo mucho que lo sentía.
―Lo siento ―murmuró cogiéndole la mano.
Las disculpas iban más dirigidas a su marido que a Fergus, sin embargo, el anciano al ver la expresión de sincera angustia en los ojos de su señora, se sintió culpable por las palabras que había pronunciado instantes antes.
Al fin y al cabo, ella no sabía quiénes andaban merodeando por la fortaleza, quizás el error había sido suyo por no advertirle.
Roslyn contempló a Alec que estaba boca abajo, pálido como la cera.
Sabía que Henry era un excelente tirador, claramente había querido matar a Alec con su primera flecha, y se le hubiera clavado en el cuello si no hubiera maniobrado de la forma que lo hizo.
La segunda probablemente iba para ella. Si Alec hubiera caído del caballo, ella no se encontraría entre los vivos. Tembló con solo pensarlo.
Escuchó cómo Yuri la llamaba, su voz sonaba lejana como en un sueño. Lentamente volvió la cabeza hacia esta.
―Si vas a quedarte, ayúdame ―le ordenó la anciana.
Ella asintió y vio cómo esta le tendía una daga.
―¿Qué quieres que haga con esto?
―Córtale las prendas. ―Yuri meneó la cabeza como si las cosas no pintaran bien para Alec―. Tendremos que extraerle la flecha.
Ella asintió. Con cuidado de no rozar la flecha que salía de su espalda, rasgó las vestiduras haciéndolas pedazos.
Instantes después, Alec solo mantenía parte de su tartán que le servía como falda.
La sangre marcaba pequeños riachuelos sobre su espalda, y Roslyn temió que acabara por desangrarse.
Instantes después su falda también estaba empapada.
Fergus se apresuró a quitarle el resto de la ropa y las botas, después Yuri lo cubrió con una suave sábana de hilo.
Roslyn observó toda la escena sin mediar palabra.
―Ahora, sujétale ―le dijo a su hermano.
Fergus obedeció. Roslyn, que acariciaba el pelo de Alec, vio cómo este abría los ojos cuando Yuri le extrajo la flecha.
―Alec. ―Roslyn volvió a sollozar.
Su esposo había permanecido consciente durante todo el tiempo, sin embargo, el dolor era demasiado fuerte como para poder abrir los ojos y fingir que no le dolía. Se concentró para no gemir cuando la punta de hierro le fue extraída de su cuerpo.
―Manda a que me traigan más agua caliente. ―Fergus se apresuró a obedecer.
Roslyn limpió la herida bajo los consejos de Yuri y mientras, Alec no dejaba de mirarla.
Su esposa parecía sinceramente angustiada, eso lo complació. También le agradó la manera con que ella había extendido sus brazos por su espalda cuando la flecha se había clavado en su hombro, sin duda, quería protegerlo. Ese pensamiento se clavó hondo en su corazón y prometió no olvidarlo.
―Alec ―susurró Roslyn junto a su oído, mientras Yuri se apresuraba a traer más vendas―, mi señor, perdóname.
Alec cerró lentamente los ojos, las fuerzas le abandonaban.
―Oh, Alec, te amo tanto. No puedes abandonarme ahora.
Yuri escuchó las palabras. Sabía que el laird sobreviviría y estaría más que satisfecho de oír semejante confesión.
―Yuri, se ha desmayado ―dijo con urgencia, no sabía si era algo bueno o malo.
―No te preocupes, ahora debe descansar.
La forma tranquilizadora en que lo dijo influyó en Roslyn.
―No se va a morir, ¿verdad? ―preguntó con esperanza.
Yuri se apresuró a negar con la cabeza.
Aquella noche, Roslyn la pasó a su lado, velando su sueño.
Yuri se había ofrecido a cuidar de su nieto, pero ella no había querido retirarse de allí. Se tumbó unos instantes a los pies de su esposo y le abrazó las piernas mientras empezaba a rezar.
A la mañana siguiente, Roslyn se despertó en la misma postura que había adoptado durante parte de la noche. Había reposado su cabeza sobre las piernas de Alec, mientras le agarraba una mano, como si aquel gesto pudiera darle fuerzas.
Roslyn observó a su marido y lo vio de mejor color.
―¡Alec!
La dulce voz de Roslyn le despertó.
Alec abrió los ojos con pereza. Cuando la vio, esbozó una débil sonrisa. Su esposa era una mujer hermosa, incluso a primera hora del día. La observó atentamente, tenía ojeras de verdadera preocupación y su pelo enmarañado le decía que aquel bulto que sentía sobre sus piernas en la noche era ella.
Roslyn se incorporó hasta sentarse a su lado en la cama, le pasó una mano por la frente, no tenía fiebre. Gracias a Dios la herida no se había infectado.
―Alec, Yuri dice que te pondrás bien.
―¿No me digas que has estado preocupada por eso?
Su voz sonó increíblemente clara. Roslyn se sorprendió por ello a la vez que se alegró. Estaba tan contenta, que abrazó a Alec antes de que él pudiera protestar.
―He pasado tanto miedo, Alec ―su voz llevaba la amenaza de volver a echarse a llorar.
―Deberías confiar más en tu esposo.
―Confío ―confesó ella, ¿cómo podía ser de otra manera?―, pero no he podido evitar angustiarme.
―Lo sé.
Alec recordó la expresión de su rostro antes de caer en un profundo estado de inconsciencia. También recordó las palabras que dijo antes de que eso ocurriera. «Te amo».
No había sido un sueño, ella se lo había confesado, realmente su esposa le amaba. Se alegró tanto por ese hecho que no pudo más que preguntarse el porqué. Meditó en ello cuando su mente estuvo suficientemente clara y la verdad le golpeó como un mazazo. Él también la amaba.
Frunció el ceño ante la sorpresa. Él no podía amarla, se había prometido no hacerlo, no quería volverse a sentir traicionado.
Clavó los ojos en Roslyn que le devolvió la mirada llena de preocupación. No quería y, sin embargo, allí estaba ese amor que había crecido no sabía cómo.
Quizás enamorarse de ella no era tan malo, al fin y al cabo.
―¿Ocurre algo? ―preguntó Roslyn contrariada por su reacción.
―Nada, solo que acabo de darme cuenta de una cosa.
―¿De qué?
―Ya te lo diré.
«Pronto» se dijo. Pronto cuando tuviera la mente despejada y meditara los pros y contras de amar a una mujer como la suya.
Pasaron unos momentos en silencio, mientras ella lo abrazaba dulcemente.
―Alec. ―Le agarró con cariño la mano y se arrodilló a su lado hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
Alec estaba tumbado boca abajo, el firme vendaje seguía limpio y los dolores parecían haber remitido considerablemente con las hierbas de Yuri.
―He visto quién te disparó.
Él no supo exactamente qué contestarle, así que se quedó callado.
Tampoco tenía muchos motivos para hablar o preguntar, él también sabía quién era el causante de su estado.
―Era Henry.
―¿Estás segura? ―preguntó sin ánimo.
―Completamente. Jamás olvidaré su cara y aquellos ojos.
Roslyn sintió el cuerpo de su esposo tensarse.
―No saldré más, te lo prometo ―dijo mirándole a los ojos―. Te juro que yo no sabía que andaba cerca.
Allí estaban las lágrimas en sus ojos, otra vez. Alec se sintió lleno de remordimientos.
―Pero yo sí ―aquellas palabras la sorprendieron tanto que, por unos instantes, se quedó sin habla.
― ¿Lo sabías? ―preguntó medio aturdida.
―Sí.
―Y no me dijiste nada.
Sí, Alec era un mal esposo y ella una mujer desobediente, aquellos defectos habrían podido matarlos. Deberían haber aprendido a confiar uno en el otro, pero… cómo le asustaba a Alec confiar en alguien. No obstante, le asustaba mucho más el miedo a perderla.
―No quería preocuparte.
―Maldita sea, Alec, yo creí que solo querías tenerme encerrada porque sí.