CAPITULO 21 #2
―¿Qué voy a hacer contigo?
Entonces sí que la besó.
Bajó los labios hasta la boca de Roslyn y el beso fue tan apasionado como ella había deseado que fuera. La lengua de Alec penetró en la boca de su esposa con un apetito devastador. Solo entonces, fue consciente de cuánto la había echado de menos.
Roslyn sintió un nudo en su estómago. Si estuviera de pie, sus rodillas se aflojarían.
Pero no lo estaba y solo pudo abrazarse a él para demostrarle cuánto lo adoraba.
Porque eso hacía. Alec era un buen hombre y no quería ser la causante de su disgusto.
Si Henry se enfadaba con ella y la castigaba por el simple placer de hacerlo, Alec se enfadaba porque no había nada más importante para él que la seguridad de su esposa.
Se sentía amada, algo preciado, y no como una posesión.
Le pasó los brazos alrededor del cuello y se apretó contra él hasta que sus pechos se aplastaron contra el torso musculoso y semidesnudo de su marido. La piel de Alec era cálida y olía a caballo y sudor. Un aroma que a Roslyn no le pareció nada desagradable.
Alec notó cómo el deseo crecía en su interior. Su erección era completa y pensó que era un buen momento para parar antes de tirarla al suelo y hacerle el amor, demostrándole todas las ansias que había acumulado durante aquella semana.
―Roslyn ―susurró mientras le besaba el cuello con ímpetu. Deslizó su lengua hasta su oído y le mordió la oreja con suavidad.
La escuchó jadear y, sin que pudiera hacer nada, Roslyn se abrazó más fuerte a su cuello y alzó las piernas para rodear su cintura.
Alec gruñó al notar cómo su esposa se subía el vestido mientras introducía la lengua en su boca. Avanzó dos pasos hasta quedar apoyados contra el tronco de un árbol.
Su esposo la cogió por las nalgas, ya no estaba dispuesto a detenerla.
Cuando ella agarró su miembro y lo guio hacia su hendidura, Alec la abrazó contra su pecho y hundió la cabeza en su cuello, como no queriendo ser responsable de lo que estaba pasando.
Y lo que estaba pasando es que, en medio del bosque, con unos asesinos que intentaban matar a su mujer, esta le estaba haciendo el amor.
Roslyn movió las caderas y se dejó caer una y otra vez, insertándose sin descanso sobre su miembro.
―¡Alec!
Él no le contestó, sus embates eran rápidos y profundos y él se dijo que no aguantaría mucho más. Volvió a poner sus manos en las nalgas y las apretó, mientras la levantaba una y otra vez para poder penetrarla mejor.
Roslyn se sentía perversa, pero también maravillosamente deseada. Volver a tener a su esposo tan cerca, y tan dentro, la hacía sentirse poderosa y segura. Un nudo se formó en su interior, se contrajo involuntariamente al notar los primeros estremecimientos del orgasmo.
―¡Oh, Alec!
Roslyn lo miró intensamente. Alec mantenía las mandíbulas apretadas y los ojos clavados en ella.
Pudo notar el momento exacto en que se derramaba en su interior, fue el instante en que apretó los labios con fuerza para no gritar.
¡Oh! ¡Cómo le había gustado! Había satisfecho a su esposo y eso la hizo sonreír.
Alec no sonrió cuando la dejó en el suelo y las faldas del vestido cayeron de nuevo como si nada hubiera pasado.
―Vámonos.
Ella abrió la boca como si quisiera decirle algo, pero él no la dejó. La hizo subir a su caballo, asegurándose que el de Madeleine quedara sujeto y les siguiera.
Cuando ambos estuvieron sobre la montura, el silencio fue ensordecedor.
Alec miró el cabello negro y sedoso de su mujer. Estaba muy enfadado con ella, pero también lo estaba consigo mismo. Se reprendió por haber hecho el amor a Roslyn en el bosque, fue una insensatez, había sido un riesgo innecesario, pero también fue inevitable.
Roslyn se apretó contra el pecho de su esposo y vio cómo la inteligente yegua de su hermana les seguía al trote. Aspiró el aroma de Alec, olía a almizcle, como huele un hombre satisfecho.
Sonrió con arrogancia y se dijo que se estaba contagiando de su esposo.
―¿Esposo? ―Quiso preguntar inocentemente―. ¿Estás enfadado conmigo?
―Sí ―el tono duro de Alec le hizo dar un respingo.
―¿Por haberte desobedecido o por lo que acaba de pasar?
Alec tardó tanto en contestar que Roslyn creyó que ya no le respondería.
―Por ambas cosas.
―¿Acaso no te he complacido? ―preguntó con verdadera preocupación en su voz.
Alec se removió inquieto en su montura.
―Sí, lo has hecho.
Se sintió aliviado de que Roslyn no viera su expresión, incluso curvó los labios hacia arriba con una sonrisa cálida.
―He de decir que nadie ha conseguido seducirme como tú.
La carcajada de Roslyn le llenó los sentidos de una dulce calidez.
―Eso me agrada.
Satisfecha, se recostó una vez más contra su torso musculoso y se relajó disfrutando del camino.
Era una desvergonzada, se dijo, seguramente lo que acababa de hacer, incluso entre esposos, era pecado.
Aunque no pensó mucho más en esa pequeña punzada de remordimiento, sin duda se confesaría y el padre Callum le daría una buena penitencia, pero fuera lo que fuese, había valido la pena gozar de esa manera con Alec.
No se había percatado de cuánto le agradaba. Todo en Alec le agradaba, era tan fuerte y bueno con ella, aunque un poco cabezota. Roslyn sonrió, era muy rudo y testarudo en sus formas, pero jamás le haría daño. Así se lo había dicho, como también había comentado que la protegería de sí misma.
Entonces recordó algo.
―¿Tus tierras son peligrosas, marido?
―Mis tierras son seguras.
―¿No hay malhechores ni asaltantes de caminos?
―Exacto. ―Alec volvió a aprisionarla entre sus brazos cuando tomó las riendas―. Mis tierras son seguras.
―Menos para mí ―murmuró Roslyn lo suficientemente alto como para que él la oyera.
Intentó verle la cara, pero Alec la apretó más contra su pecho.
―Contéstame, Alec ―volvió a susurrar.
―¿Contestarte a qué?
―¿Por qué para mí son peligrosas tus tierras?
―Yo no he dicho eso.
―Sin embargo, no me dejas salir, ni siquiera con escolta, ¿por qué?
Silencio.
―Hablaremos de ello en casa.
Roslyn sabía que algo andaba mal. Se dijo que debía tener sus razones para tenerla encerrada entre aquellos cuatro muros.
Pensó en ello y varias ideas le acudieron a la mente, pero una destacaba sobre las otras: quizás Alec temiera que Henry enviara más hombres para matarla o secuestrarla. ¿O quizás ya los había enviado?
―No creo que los hombres de Henry tengan el valor para atravesar todas las Highlands, para llegar hasta aquí. Y de tenerlo… ¿me buscarían en tierras Kincaid, no?
Notó cómo el cuerpo de Alec se ponía tenso.
Entonces a Roslyn se le reveló la verdad. Se retorció para poder mirarlo a los ojos, pero fue inútil.
―Es eso, ¿no? ―preguntó ella conmovida por la preocupación de su esposo.
―Roslyn, cállate, hablaremos en casa ―repitió.
No es que Alec no quisiera responderle, pero aquel lugar del bosque se hacía peligroso. El pequeño claro se situaba entre dos grandes rocas y era ideal para una emboscada.
Alec se relajó, solo quedaban unos metros para salir de allí y avistar los muros del castillo. No debía preocuparse, era perfectamente capaz de cuidar a su mujer.
La miró a la cara y la vio sonreír, incluso después de hablarle en tono tan huraño. Ella no tenía miedo, confiaba en que estando con él nada malo le pasaría. Y ciertamente reconocería que nada le agradaba más que ver aquella devoción en los ojos de su esposa.
Alec respiró tranquilo, ya salían del espeso bosque a la llanura.
Si miraba en el horizonte podía vislumbrar su fortaleza, situada en un pequeño montículo desde el cual se podía controlar todas las tierras McAlister, incluso las situadas más allá del bosque.
De pronto sus sentidos volvieron a ponerse en alerta. Hizo apartarse bruscamente al caballo y Roslyn soltó una exclamación por la sorpresa.
Una flecha pasó silbando cerca de su rostro, proporcionándole un corte en la cara.
―¡Agárrate, Roslyn! ―gritó Alec, mientras espoleaba el caballo.
La yegua de Madeleine se quedó atrás, pero el semental de Alec corrió como alma que lleva el diablo hasta su hogar.
Ella se alarmó al ver que la sangre del rostro salpicaba su tartán.
―Alec, Dios mío, estás sangrando.
Él no contestó, volvió a lanzar un alarido y Roslyn no supo muy bien por qué.
―¡Alec!
Alzó la cabeza y miró sobre su hombro. Le invadieron las náuseas y casi enloquece de preocupación, casi se desmaya de la angustia al ver que una segunda flecha estaba incrustada sobre el hombro derecho de su marido.
―¡Alec! ―gritó desesperada.
Él continuó cabalgando, intentando cubrir a Roslyn con su cuerpo y ella lo abrazó intentando tapar la espalda de Alec, para que ninguna otra flecha lo alcanzara.
Al alejarse del bosque ella supo que las flechas ya no eran un peligro. Sin embargo, no pudo evitar clavar la vista en las altas copas de los árboles.
Allí, a lo lejos pudo ver la familiar figura de un hombre.
Henry.