Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 21
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CAPITULO 21

―¿ Q ué? ―rugió Alec―. ¿La habéis dejado salir?

―No, señor. ―El joven soldado temblaba levemente ante los gritos de su señor.

―Cálmate, Alec ―dijo secamente Lachlam.

―¿Que me calme?, ¿se puede saber dónde estabas tú mientras mi esposa se escapaba?

Realmente aquellas eran unas palabras que Lachlam no quería escuchar.

Madeleine, a su lado, estaba desesperada. Apretó las manos con fuerza y rezó para que a Roslyn no le pasara nada. Mantuvo la cabeza baja, no sabía cómo decirle a Alec que su esposa le había robado el tartán para escaparse haciéndose pasar por ella.

El salón permanecía en silencio salvo por los alaridos de Alec.

―Vamos a buscarla ―dijo Fergus con aire afligido.

―No ―rugió―, iré yo. Y cuando la encuentre rezará para no volver a desobedecerme.

Madeleine tembló ante aquellas palabras.

El joven que conociera años atrás se acababa de esfumar delante de sus ojos.

Todos los buenos modales y el respeto que Alec sentía por los Kincaid, acababa de desvanecerse.

Horrorizada, pensó que si Lachlam se hubiera enfrentado a él seguramente le habría despellejado.

Luego imaginó a su hermana malherida y se le revolvió el estómago, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

―Encuéntrala, Alec.

Cuando Alec se volvió para salir del salón e ir en su busca, Madeleine vio alejarse su ancha espalda, tensa por la rabia.

―¿Crees que le hará daño?

―¡Madeleine! ―exclamó Lachlam con incredulidad.

Ella desechó el reproche con una mano.

―No me refiero a que la golpee, pero Roslyn ha sufrido demasiado. Ya sabes que los montañeses tenéis muy poco tacto en según qué aspectos.

Lachlam sonrió, sabía que, sin duda, su mujer se refería a él.

―No te preocupes, Alec se enfurecerá con ella, no tanto por haberle desobedecido, sino por ponerse en peligro. Cuando Roslyn se dé cuenta de ese hecho, que lo hará, entonces comprenderá cuán importante es para él.

―¡Roslyn!

Ella sintió una voz tremendamente familiar cuando sacó la cabeza del agua helada. Se volvió y descubrió a su marido que la contemplaba desde lo alto de una roca.

Su pose, con ambas piernas abiertas y firmemente apoyadas sobre el peñasco, era amenazadora. Llevaba una expresión feroz en el rostro y las manos descansaban en las caderas, señal de que su humor no era de lo mejor.

―Roslyn. ―Esta vez no gritó su nombre, pero para ella fue como si lo hubiera hecho.

Entonces adivinó que eso significaba que la había encontrado bañándose en la laguna. Le desobedeció, y su esposo la pilló en tan premeditado pecado.

―Sal fuera. ―Roslyn enarcó una ceja, pero no se movió―. Ahora.

Ella hizo ademán de obedecerle, incluso asintió, pero cuando empezó a salir del agua se dio cuenta, por el aire frío que rozaba su piel, que estaba completamente desnuda. Se paró en seco y se cubrió los pechos con las manos.

―¡Que salgas de ahí! ―volvió a gritar Alec.

Roslyn pensó que a su marido le importaba más bien poco el estado en que ella se encontraba.

―Estoy des… desnuda.

Alec pensó que eso era más que evidente, pero como parecía que después de su noche de bodas la esposa aún sentía vergüenza decidió volverse dispuesto a largarse de allí en la mayor brevedad posible.

―Date prisa ―volvió a vociferar.

Después de unos segundos cuando no escuchó el chapoteo del agua se volvió.

Las rocas de la orilla se clavaban en los pies de Roslyn y no pudo ser tan rápida como quería. Su marido se volvió antes de que ella pudiera alcanzar el tartán de los Kincaid.

A Alec se le tensó todo el cuerpo, sobre todo la parte que tenía bajo el vientre. Era como ver una visión.

Su esposa estaba completamente desnuda, se abrazaba a sí misma cubriéndose los pechos que se entreveían tersos entre sus brazos.

Diminutas gotas de agua perlaban todo el cuerpo y refulgían entre los pechos y sobre el vientre.

Alec sintió duro y puro deseo cuando vio los rizos que ella tenía entre las piernas.

Roslyn, azorada por el escrutinio se agachó con rapidez y se envolvió con el tartán de su hermana Madeleine.

Antes de que pudiera darse cuenta, para Alec la tortura de verla completamente desnuda había acabado, al menos eso creía.

El tartán de los Kincaid solo cubría parcialmente sus piernas, sus hombros todavía seguían desnudos y su cabello largo y mojado desprendía pequeñas gotas que le empapaban la manta y el rostro.

Ella lo miró con sus extraños ojos penetrantes y por poco sucumbe al deseo de estrecharla contra su pecho, a punto de desfallecer de alivio.

Vació sus pulmones de aire en un suspiro.

Estaba a salvo y parecía tan vulnerable que solo tuvo ganas de acunarla y besarla como si no fuera más que una niña, de hecho, su expresión lo era, era la de una niña pillada en una travesura.

Enseguida se recompuso, desechando la idea de volver a rodearla con sus brazos y besarla como había soñado todas las noches que estuvieron separados.

Aquella mujer le había desobedecido a propósito, pues no podía pasar por alto que él había sido muy explícito en sus órdenes de que no debía salir de la fortaleza. Sintió cómo la furia del guerrero se apoderaba nuevamente de él.

Bajó del peñasco y se apresuró a ir junto a su mujer. Caminó hacia ella y no se paró hasta que la tuvo sujeta por los brazos.

Ella, sin duda, esperaba una bofetada, pues apretó los párpados con fuerza y retiró la cara.

Alec no supo cómo reaccionar ante ese gesto.

No sabía si besarla y decirle que él jamás la golpearía.

Aunque también estaba la opción de gritarle, se sentía ofendido por el mero hecho de que ella pensara que la lastimaría.

―Roslyn, mírame.

La orden fue firme, pero no tan áspera como ella hubiera supuesto. Su esposo le habló con relativa calma.

―Alec, sé que estás enfadado conmigo, pero…

―Me alegro de que sepas cuáles son mis sentimientos, pues soy consciente de que a veces no los expreso con la suficiente claridad.

―Oh, no, esposo, siempre eres muy expresivo, sobre todo cuando estás enfadado.

Alec se sintió frustrado al ver lo inocente que parecía su esposa.

―Dime, Roslyn, ¿también expreso bien mis órdenes?

―Tus órdenes las expresas mejor que cualquier otra cosa.

Enseguida que hubo dicho aquello se arrepintió, pero, en efecto, no podía volver atrás.

Agachó la cabeza avergonzada e intentó cruzar las piernas y cubrirse mejor el cuerpo con el tartán. Alec pensó que, si no la cubría con algo más de ropa, Roslyn no tardaría en estar tumbada en el suelo boca arriba.

Fue hasta su montura para coger el kilt de McAlister, con el que debería estar vestida su señora.

Sin ninguna clase de contemplación arrancó el tartán de los Kincaid del cuerpo de su mujer.

Ella quedó anonadada por la rudeza de Alec, pero no protestó, después admitiría que él tenía muchos motivos para no mostrarse cariñoso con ella.

Alec intentó no hacer caso al deseo que le provocaba pensar en sentir a su mujer entre los brazos. Con movimientos rudos le puso la camisa interior y un ligero vestido de color verde pálido antes de cubrirla con sus colores. No se atrevió a protestar porque él la tratara como una niña.

―Estos son tus colores ahora, Roslyn. No vuelvas a olvidarlo, nunca.

―No ―susurró hipnotizada por el fuerte mentón de su marido el cual se alzó con orgullo mientras la miraba fijamente.

Recordó lo complacido que se había sentido Alec cuando la vio usar su manto, no era de extrañar que estuviera furioso con ella por haberse puesto los colores de otro clan.

―No quería usar los colores de Lachlam ―dijo como excusándose―. Es que era la única forma de salir sin que me vieran.

«¡Estúpida!». Se tapó la mano con la boca.

La había hecho buena, no eran cosas de recordarle a su esposo.

Solo fue consciente de ello al ver que la furia de Alec se intensificaba.

Ella no quería verle así. Rezó para que se diera cuenta de que lo que había hecho no era tan grave.

Sin que él pudiera evitarlo, Roslyn se puso de puntillas y le besó en los labios.

─No te enfades.

«Muy bien», pensó Roslyn cuando Alec apretó los labios y no quiso corresponder a su beso. Ahora además de estúpida, era una maldita manipuladora. Agachó la cabeza, compungida.

Alec era consciente de que su esposa lo besaba para hacerle olvidar que merecía un severo castigo, como también lo era que su mujer hubiera querido ahondar en el beso. Él se resistió muy a pesar suyo, aquel no era momento ni lugar.

Los tres hombres, que Henry había enviado, aún no habían aparecido y muy probablemente se encontrarían todavía en sus tierras, escondidos en alguna parte. Aquel bosque parecía ser un buen lugar, no podía dejar pasar ese detalle por alto.

Al ver que su marido miraba en derredor con preocupación, Roslyn no pudo evitar besarle. Lo hizo con ternura, a pesar de la reticencia que notó en su marido. Ni siquiera había abierto los labios.

─Sigues muy enfadado.

Con movimientos rudos la agarró del codo y la llevó hasta su montura, pero antes de poder alzarla ella lo miró fijamente a modo de súplica. Se maldijo al notar su erección que no hacía más que aumentar ante la visión de su esposa.

El bosque estaba en calma, solo se escuchaba el trinar de los pájaros y los cascos de los caballos que esperaban a que sus jinetes se decidieran.

Respiró hondo. Los hombres de Henry no estaban por allí o él lo sabría. Su instinto se lo diría, pero ¿dónde demonios se escondían esos malditos?

Roslyn vio cómo Alec apretaba los dientes y fijaba su penetrante mirada al frente.

―Sube a la montura, cabalgarás conmigo.

―Alec, no te enfades conmigo ―su voz parecía contraída por la pena, pero él no la miró―. Te juro que no volveré a desobedecerte, solo quería salir, me volvía loca allí dentro.

Resopló, él ya sabía que no le había desobedecido solo por provocarlo, lo hizo sinceramente porque no aguantaba estar encerrada entre cuatro paredes, y ¿acaso podía culparla de eso después de haber sido tratada tan cruelmente por su primer esposo?

Al verla tan compungida, Alec no tuvo otro remedio que perdonarla.