Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 20 #2
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CAPITULO 20 #2

Su hermana no respondió pues, en más de una ocasión, había desobedecido a Lachlam.

En su defensa debía admitir que solo lo hacía cuando creía que ella tenía razón.

Debería admitir también, que en dichas ocasiones ella había salido mal parada por no obedecerle.

Así que no pudo dedicarle el consuelo que ella necesitaba.

―Lo siento, Roslyn. Pero… aguanta unos días más, ¿qué te cuesta?

―No ―refunfuño ella―, mañana iremos a cabalgar ―asintió para poner más énfasis a sus palabras−, como habíamos planeado el mismo día en que llegaste. Es una estupidez haberlo pospuesto tanto tiempo solo porque los soldados crean que puedo partirme el cuello. ¡Como si estuviera hecha de cristal!

Las últimas palabras las dijo gritando y acaparó la atención de Lachlam y Connor. No obstante, Yuri, que también había escuchado la conversación, puso orden con un comentario ingenioso. Al rato, los hombres volvieron a meterse en sus asuntos.

Madeleine sabía que no convencería a su hermana con palabras, así que tuvo que improvisar algo.

―Bueno, mañana saldremos a cabalgar.

Roslyn se calmó al oírla, pero al ver a Yuri, su sonrisa se congeló. No podía decir que la anciana estuviera muy contenta con la declaración de Madeleine, sin embargo, no hizo ningún comentario y siguió comiendo.

A la mañana siguiente, Roslyn estaba ansiosa por salir.

El sol brillaba en lo alto y, asomada a su ventana con la vista fija en la lejanía, no vislumbró ni rastro de su esposo. Así que no estaba dispuesta a esperar más.

Roslyn sonrió satisfecha, mientras se encaminaba a los aposentos que su hermana y Lachlam ocupaban mientras estaban allí. Incluso había previsto el cambio de turno para que ni Connor, ni ningún soldado McAlister pudieran detenerla.

Lachlam no era un problema. Dentro de una hora partiría a controlar sus tierras. Solo dos horas de galope separaban unas tierras de otras, así que tenía que darse prisa antes de que su cuñado regresara.

A pesar de creer que era un plan estupendo, su alegría se echó en un saco roto. Madeleine se puso enferma de un repentino dolor estomacal y de cabeza.

―¿Cómo? ―preguntó Roslyn incrédula cuando Yuri, saliendo de la habitación de su hermana, le anunció que esta estaba en cama con fuertes dolores.

―Sí, mi niña. Ahora mismo le he llevado una infusión que le asentará el estómago.

Roslyn no supo qué pensar, todo se confabulaba contra ella.

―Iré a verla ―anunció preocupada a la anciana.

Con suavidad, Roslyn iba a estrellar los nudillos contra la puerta de la habitación, pero se paró frente a esta, pues estaba entreabierta.

Se escuchó una risa de mujer, sin duda de Madeleine.

Roslyn también sonrió, pues su hermana parecía totalmente recuperada.

No obstante, la sonrisa no duró mucho en su rostro.

Sin querer, escuchó la conversación que mantenían los dos, algo extraño le llamó la atención.

―¿Crees que tu hermana creerá esa blasfemia?

―¿Por qué no?, tú te lo creíste sin demasiado esfuerzo.

―Ni por un minuto ―dijo Lachlam soltando una franca carcajada.

―Tiene todas las intenciones de salir. Todo este numerito es para retenerla aquí, imagínate la reacción de Alec si la encuentra fuera.

Roslyn abrió la boca desmesuradamente. ¿Cómo podía hacerle su hermana algo así? No podía creerse que Madeleine fuera capaz de intentar engañarla de aquella manera.

Puso los brazos en jarras resuelta a pedir una explicación. Iba a entrar y soltarle a la cara todo lo que pensaba, pero se detuvo. Ella también podría jugar a esos juegos. La mente de Roslyn trabajó con rapidez, hasta que una maliciosa sonrisa se dibujó en su rostro.

Sin pensárselo dos veces entró en la habitación.

―¿Madeleine?, me han dicho que te encontrabas mal ―dijo con un tono de preocupación que no sentía ni por asomo.

―Así es ―se apresuró a decir la aludida, recuperándose del susto de haberla visto entrar en la habitación sin avisar.

Lachlam le echó una mirada y sin decir nada salió al corredor. No quería perderse aquella representación, pero debía irse de allí antes de que sus carcajadas ensordecieran a las dos mujeres que había dejado atrás.

Madeleine, pensó que su esposo no había estado muy de acuerdo en hacer todo ese número para que Roslyn no saliera de la fortaleza.

Sin duda él creía que la mejor solución al problema era decirle la verdad a la muchacha.

Según Lachlam una mujer tan inteligente como ella entendería.

Madeleine se había negado de plano, si Alec no se lo había dicho sus razones tendría.

―¿Qué te ocurre?

―No sé, me encuentro muy mal.

Madeleine estaba metida entre las mantas, llevaba un camisón que le llegaba hasta el cuello y su tartán estaba delicadamente doblado sobre el arcón a los pies de la cama.

―No te veo tan enferma.

Su voz no delataba toda la rabia que sentía. Ciertamente su hermana había sido muy desconsiderada, ¿qué si se lo hubiese creído?, ahora estaría sufriendo por ella, solo porque le había querido gastar una broma.

―Pues estoy muy mal, Roslyn. ―Puso mala cara expresamente para que se tragara el cuento.

―¿Quieres que mande a buscar a Yuri?, tiene unos purgantes fantásticos.

―No ―Madeleine casi lo grita−. Ya me ha dado lo que necesito.

―Te lo aseguro, son estupendos, con un solo sorbo te basta para vaciarte el estómago.

Madeleine empezaba a dudar que aquel plan hubiera sido muy acertado.

―Mejor quédate conmigo.

―Por supuesto. ―Roslyn le cogió la mano y seguidamente se sentó a su lado.

Realmente su hermana era muy buena actriz, pero ella lo sería más. El plan perfecto para darle una lección estaba al alcance de su mano. Solo tuvo que esperar a que se durmiera.

Cuando Madeleine se despertó, Roslyn ya no estaba.

Sin querer, lady Kincaid se había quedado dormida por el aburrimiento. Al cerrar los ojos Roslyn todavía se encontraba en la habitación haciendo un par de puntos en su labor, algo que la había sorprendido, pues Roslyn odiaba todo lo relacionado con las actividades propias de una dama.

Madeleine se estiró en la cama, no le preocupaba que su hermana no estuviera allí, pues, sin duda, Roslyn no saldría a cabalgar sin ella. Muy probablemente estaría en la cocina preparándole un caldo.

―¡Dios mío!

Tuvo un ataque de angustia cuando fue a coger su tartán, y este había desaparecido.

Roslyn volvía a ser libre.

−Seguramente Madeleine ya se habrá despertado ―se dijo con una sonrisa maliciosa que mostraba sus dientes blancos como perlas.

Sin perder tiempo, después de que su hermana se hubiera dormido, cogió su tartán y abandonó sigilosamente la habitación. En su dormitorio se había cambiado de ropa. Ahora parecía lady Kincaid, alguien a quien no le tenían prohibida la salida.

Se angustió unos instantes en el momento de poner su plan en marcha.

Bajar al salón fue la tarea más difícil.

Si Lachlam la veía, seguramente descubriría todo el engaño, pues no podría apartar las manos de su mujer.

Realmente hubiera sido muy embarazoso, gracias a Dios, el laird no pareció por ningún lado, puesto que estaba cabalgando rumbo a sus tierras.

Al avanzar por el patio había puesto mucho cuidado en que los soldados que pasaran a su lado no le vieran el rostro.

Sin duda, les había dado una buena lección a su hermana y a todos los soldados McAlister que la habían dejado salir con una inclinación de cabeza.

En el establo le esperaba su caballo o, mejor dicho, el caballo de Madeleine, que el mozo de cuadras preparó con solo una inclinación de cabeza.

Su caballo que le había acompañado en el largo trayecto desde Inglaterra parecía tener el aspecto brioso y sano de siempre.

Bien alimentado y cepillado, su hermoso semental al igual que ella se había curado completamente de las heridas.

Y pensar que el encargado de las caballerizas había pretendido sacrificarlo.

Roslyn meneó la cabeza con desagrado. Aún no podía montarlo, pero pronto, se dijo. Pronto lo haría.

Cuando hubo pasado el puente levadizo casi no podía creerlo.

Podía volver a cabalgar después de tanto tiempo.

Cabalgó por toda la llanura con las manos extendidas hacia arriba y con la cara bañada por el radiante sol. La hermosa yegua de Madeleine estaba muy contenta de ser montada por un nuevo jinete, seguramente no lo habían ejercitado como él estaba acostumbrado. Roslyn lo hizo correr aún más rápido.

Al llegar al bosque cogió un amplio camino. Miró los hermosos prados a su espalda y las grandes colinas que dejaba atrás. Más adelante, se fijó en los frondosos árboles que la rodeaban.

Entre aquellos bellos parajes, Roslyn siguió adelante, ajena al peligro que le esperaba.