Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 18 #3
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CAPITULO 18 #3

Pocos minutos después entraron al salón y encontraron a sus esposos hablando en voz baja, haciéndose confidencias.

Lachlam levantó la vista para verlas llegar.

―¿Qué tal el paseo?

―Bien, solo espero no morirme de una neumonía ―se burló Roslyn, con un tono tan huraño que hizo lanzar un resoplido a Alec.

―Querida, tengo que hablar contigo. ―Lachlam se levantó y se dirigió dónde estaba su esposa.

―¿Ahora? ―preguntó Madeleine.

Su esposo asintió.

Salieron del salón, bajo la atenta mirada de Roslyn.

―Roslyn, acércate ─la voz de Alec sonó demasiado serena para su gusto. Obedeció con la preocupación de haberlo enojado.

Sentado en la silla de respaldo alto, la contempló hasta que la atrajo hacia sí, rodeándole la cintura. Roslyn se sintió proyectada sobre las rodillas de Alec, pero no protestó ante la proximidad. Una mano de su esposo estaba distraídamente colocada sobre uno de sus muslos.

―Roslyn…

―Lo sé, Alec ―le interrumpió.

―¿Qué sabes? ―le preguntó mirándola intensamente.

―Ya sé que solo mostrabas tu preocupación por mí, al ordenarme que me quedara dentro.

Sin decir nada escuchó a su esposa, hasta que ella volvió a mirarle a los ojos. Era exactamente lo que iba a decir, pero que ella no se mostrara arrepentida por haberle desobedecido le hizo pensar que quizás necesitara un escarmiento.

―No es eso lo que iba a decirte.

―¿No? ―Roslyn se sintió como perdida―. Entonces, ¿qué es lo que querías decirme?

―No vuelvas a desobedecerme nunca. ─Lejos de sentirse intimidada, se sintió avergonzada.

Miró hacia los lados, pero no encontró a nadie quien pudiera escuchar a Alec regañándola─.

Tampoco quiero que me hables en ese tono cuando no estemos solos.

―Le apretó más el muslo para que ella supiera que hablaba en serio.

Miró la mano apretando su muslo y Roslyn sintió cómo la furia la invadía.

Madeleine se equivocaba, ese hombre poseía la sensibilidad de una cabra.

―Bien.

Su enfado se reflejó en su rostro. Intentó deshacerse del abrazo, pero Alec no se lo permitió.

―Suéltame, ya has dicho lo que querías.

―No, escucha. ―Alec la abrazó más fuerte y le acarició el rostro para captar su atención―. Cuando te ordene algo no será por capricho, Roslyn.

Ella se quedó quieta, pero seguía con el mentón alzado.

―Puede que tu anterior marido intente hacerte daño, y quizás en mi afán de protegerte también yo hiera tus sentimientos, pero es necesario que me obedezcas.

Ella no supo qué contestar a aquellas palabras. Sabía que él nuca la maltrataría físicamente, puede que sus órdenes fueran solo para protegerla, aunque ella no quisiera.

―Oh, Alec ―le echó los brazos al cuello y se fundió en su abrazo―, ya sé que no quieres hacerme daño.

Alec disfrutó de aquel abrazo. Sabía que tenía cosas más importantes que atender que perder el tiempo de esa manera, pero como ya le había advertido Lachlam, aquella mujer parecía estar dispuesta a cambiarle la vida.

―Roslyn, ¿me obedecerás?

Ella asintió.

―Henry está cerca, ¿verdad?

―No pienses en ello. ―Le acarició la larga cabellera negra y la abrazó de nuevo, consciente de algunas miradas curiosas que despertaron entre la gente que había empezado a entrar en el salón para la comida del día.

―No tengo miedo, Alec. Él ya no puede hacerme daño.

Él asintió. Se dejó envolver por los brazos de su esposa y la acunó esperando que así fuera. Era suave y cálida, todo lo que había soñado, y aunque era consciente de que estaba bajando sus defensas, era prácticamente inevitable.

―Dime, Roslyn ¿te hice daño anoche?

Al saber a qué se refería se pudo colorada.

―Ya te dije que no, Alec.

Él no quedó satisfecho con aquellas palabras. Lo que quería que le contara era todo el daño que no le había hecho. Le cogió la barbilla hasta que ella levantó la vista que tenía puesta en su regazo.

―¿Hay algo que quieras decirme?

Ella se esforzó por mirarle.

─Alec, yo… ¿te complací? ―Quiso saber ella.

Se dijo que no sería la única en admitir lo que sentía cuando se tocaban.

―Eso no importa, mejorarás.

Aquellas palabras la dejaron con la boca abierta.

―¿Qué? ¡Alec! ―exclamó entre asombrada y ofendida.

Su esposo enseguida se arrepintió de haber querido burlarse de ella.

―¡Oh, esposa! ―gruñó―, no te lo tomes tan a pecho. ―No quería hacerle pensar que era desastrosa en la cama, porque en realidad no lo era, en absoluto―. Eres muy apasionada.

Ella se sonrojó más aún.

―No pude evitarlo, yo jamás… ―Quería decirle que ella jamás había experimentado semejantes cosas con nadie, pero no fue necesario.

―Lo sé.

Alec rio satisfecho y ella se exasperó ante tanto alarde de arrogancia. Se dijo que tenía que hacer algo al respecto.

―Quizás tú si puedas ser un poco más apasionado la próxima vez.

Alec no supo qué contestar a eso, le cogió tan de sorpresa que ella se le escurrió riendo entre los dedos y ya no pudo alcanzarla.

―Roslyn ―la llamó Alec en un tono de advertencia para que volviera a acercarse.

―Alec ―la voz de Fergus llegó del otro extremo del salón―, tenemos que hablar.

Cuando Alec se dio la vuelta, Roslyn había desaparecido escaleras arriba.