CAPITULO 18 #2
―No, no lo hiciste y resulta que creo que un poco de disciplina hará que mi mujer me obedezca más que la tuya te obedece a ti.
―Seguramente obedecerían con disciplina ―dijo Lachlam con un tono de voz ronco―, pero ambos sabemos que nos atraen tanto por ser justamente eso, rebeldes.
Alec recién acababa de darse cuenta con quién se había casado, recordó la escena con Mairy McGregor y se estremeció.
Debía reconocer que su esposa le atraía por su valentía.
Cómo su mujer podía permanecer tan entera después de lo que había padecido, y el peligro que aún les estaba rondando, era algo que se escapaba a la comprensión de Alec.
Mientras los lairds seguían su conversación en el interior, Roslyn y Madeleine continuaban el recorrido por la muralla del castillo.
―Dime, Roslyn, ¿cómo te encuentras?
―Estoy bien, me he recuperado de las heridas, solo que ahora tengo un par de cicatrices más.
Roslyn sonrió para quitarle importancia al asunto, pero Madeleine palideció ante el horror que le embargaba cada vez que se acordaba de todo el asunto. Se paró junto a la casa del centinela y se quedó apoyada contra la piedra fría mientras contemplaba a su hermana.
―Madeleine ―dijo en un tono suave―, tú no tienes la culpa.
―Lo sé ―dijo la aludida, más para convencerse a sí misma que otra cosa―, pero ya estás aquí sana y salva y no sabes la dicha que siento al poder verte de nuevo.
―Yo también estoy contenta de estar aquí.
―¿De verdad?
No es que Madeleine no lo creyera, pero el haberse casado con Alec tan precipitadamente, le hacía pensar que posiblemente se hubiera arrepentido de la decisión.
―La boda fue muy precipitada ―le confesó Roslyn como si le hubiera leído el pensamiento―, pero realmente no me arrepiento. Alec es un buen hombre, me hace sentir… ―se interrumpió sonrojándose intensamente―, me hace sentir segura.
Madeleine le dedicó una gran sonrisa. Ella también sentía eso mismo por Lachlam y por eso mismo se preguntaba cuánto tiempo tardaría su hermana en enamorarse de su esposo.
―Con Alec te sentirás siempre segura, lo que me preocupa es que no te sientas feliz.
―¿Feliz? ―Roslyn repitió la palabra no sin cierta añoranza―. No me lo he planteado, hace tanto tiempo que no pienso en la felicidad… me parece tan inalcanzable.
Madeleine asintió al comprenderla. Había sufrido lo indecible y ahora que estaba en relativa paz solo podía pensar en disfrutar sin preocuparse en el mañana.
―No nos pongamos tristes ―le rogó Roslyn con una sonrisa, mientras se acercaba a su hermana y reanudaban el paseo por la muralla.
―¿Estás plenamente casada con Alec?
Roslyn soltó una carcajada involuntaria ante la mirada pícara de su hermana al preguntar.
―Sí ―respondió ella con otra sonrisa igual de traviesa.
Madeleine sintió un verdadero alivio al ver esa sonrisa bailar en sus labios y llegaba a sus ojos. Había pensado que después de su primer matrimonio, las obligaciones con su nuevo esposo, fueran eso, obligaciones.
―¿Y quieres contármelo?
Ella siguió sonriendo, pero no contestó.
―Vamos, Roslyn. Yo te lo contaba todo.
―Sí ―asintió.
Eso era verdad, y cada vez que Madeleine le relataba lo enamorada que estaba de su marido, ella sentía una intensa envidia y rezaba por algún día experimentar lo mismo.
Tenía que admitir que cuando Madeleine siempre le hablaba de aquellas caricias maravillosas que Lachlam le proporcionaba, se preguntaba si podía ser cierto que las caricias de un hombre provocaran ese placer. Ahora sabía que sí, resolvió feliz, y que su hermana no había exagerado en lo más mínimo.
Desechó de sus pensamientos las primeras noches de alcoba, tan terribles desde que se casara por primera vez.
Todo era dolor y miedo, algo que tenía que soportar porque así se lo exigían.
Por suerte para ella después de las primeras semanas, Henry perdió el interés en una mujer tan poco activa.
Desde entonces se había dedicado a sus amantes, ignorándola por completo hasta que llegaba el turno para castigarla por su desobediencia.
Poco había sabido Roslyn de placer y ternura, hasta hacía pocas horas.
―Alec es maravilloso ―dijo súbitamente mirando los negros nubarrones que se acercaban.
―Creo que se te nota en la cara. ―Madeleine se alegró por ella.
―Nadie me había tratado con tanto respeto, todo eso es nuevo para mí. Solo lamento que, mi carácter rebelde por naturaleza, no le haga arrepentirse de haberse casado conmigo.
Su hermana notó verdadera preocupación en sus palabras.
―¿Lo dices por lo que acaba de pasar allí dentro? ―preguntó señalando donde estaría el salón.
Roslyn asintió.
―Hermana, a veces nuestros esposos tienen un afán de protección demasiado grande hacia nosotras, pero eso es por el cariño que nos tienes.
―¿Cariño? ―se sorprendió preguntando.
Madeleine asintió con la cabeza.
―Sí ―sonrió a su hermana que permanecía incrédula―, a Alec le has causado un fuerte impacto, eso es innegable, como también lo es el hecho que transformaras su vida.
―¿Para bien?
―Para bien.
Rodeando sus delgados hombros, Madeleine los apretó para tranquilizarla.
―¿Es otra de tus premoniciones? ―dijo Roslyn de repente.
―Lo es.
―Al final, Alec tendrá razón y será mejor entrar.
Roslyn quedó en silencio, su hermana nunca se equivocaba, era los que muchos llamaban una mujer con el don de la visión.
Ese don le había salvado la vida, pero también la había marcado.
Pero con el tiempo pronto se olvidaron sus orígenes, y casarse con Lachlam le había dado un poder que no esperaba y limpiado su nombre.
Ahora era una mujer querida y respetada, tanto en su clan como fuera de él. No porque fuera la señora Kincaid, sino por ser una mujer justa y piadosa que se escondía debajo de aquella máscara de hielo que se habían obligado a llevar.
Madeleine por su don nunca se equivocaba y sabía que después de muchas penalidades Roslyn lograría alcanzar la felicidad tan deseada.