CAPITULO 18
A la mañana siguiente Roslyn se despertó sola en la cama.
Antes de abrir los ojos palpó el colchón, buscando el calor que seguramente desprendía el cuerpo de Alec, pero este ya no estaba.
La tenue luz se filtraba por las ranuras de los tablones de madera que tapaban las ventanas. ¿Sería bien entrada la mañana? Seguramente había dormido más de la cuenta y, por lo tanto, el sol ya debía estar en lo alto. Pero necesitaba ese descanso reparador que solo el sueño podía darle.
Roslyn sonrió recordando. Sí, realmente necesitaba descanso.
La noche pasada, Alec le había hecho el amor por primera vez, para luego, horas después, despertarla de nuevo para compartir la misma intimidad.
La segunda vez los preliminares habían sido exquisitos.
Alec se había tomado su tiempo para enseñarle cosas que ella jamás supo que podrían hacerse.
Se ruborizó al recordar sus caricias y sus íntimos besos.
Pateó la manta hasta que se sintió libre de ella para levantarse. Nadie podía negar que su aspecto fuera el de una novia feliz. No podía dejar de sonreír.
Cuando pasó más de media hora pensando en el atractivo rostro de Alec se dijo que ya era suficiente.
Decidida a sacarse a su esposo de la cabeza abrió las ventanas, atraída por el ruido procedente del patio de armas, después de echar un vistazo no logró vislumbrarle y se sintió decepcionada por ello.
A quien sí vio fue a Fergus que al verla le dedicó una sonrisa acompañada de una leve inclinación de cabeza.
Roslyn le correspondió el saludo con la mano.
Se volvió para vestirse. Buscó el tartán que había quedado en el suelo junto a los pies de la cama. Los colores de su esposo, «sus colores», pensó con una sonrisa en los labios. Recordó con humor lo complacido que había quedado al verla con el tartán de los McAlister.
Hizo la cama con movimientos rápidos y observó el dormitorio. Al final, Alec no la había llevado a su habitación, ¿querría decir eso que dormirían juntos o que cada uno tendría su propia cama? Procuró no pensar mucho en ello, no quería estropear su buen humor de buena mañana pensando en tonterías.
Dejó su cabello suelto sobre la espalda, por alguna razón había comprendido que a su esposo le gustaba así.
Sonriendo, se dirigió al salón. No se dio cuenta de que había alguien en la puerta hasta que chocó con él.
―Buenos días, esposa.
―Buenos días, marido. ―Rio divertida ante el inesperado choque.
―Iba a buscarte. El sol ya está muy alto.
―Lo siento ―dijo disculpándose―. No sabía que era tan tarde. Lo cierto es que estaba muy cansada.
Alec la vio ruborizarse, sin duda, estaría pensando en la anoche que habían compartido. La vio tan tentadora que no pudo hacer otra cosa que besarla. Ella le ofreció los labios agradecida por la muestra de afecto, pero él se apartó más pronto de lo que hubiera deseado.
―Roslyn.
―¿Sí?
―Tenemos visita.
En el rostro de Alec no se dibujó una sonrisa, pero igual ella dedujo que la visita lo complacía. No obstante, no respondió enseguida, se quedó pensando quién podría ser.
Frunció el entrecejo al no tenerlo claro.
―¿Es buena o mala? ―Claramente Roslyn se refería así al laird McGregor que había regresado.
―Muy buena ―la tranquilizó.
La trasformación fue instantánea. Los ojos de Roslyn se iluminaron ante la alegría que le causaba aquella sorpresa. Roslyn saltó de la emoción.
―Entonces es Madeleine.
Alec rio al verla tan contenta.
―Sí, tu hermana está aquí.
―¿Dónde? ―preguntó haciendo ademán de encaminarse al salón.
Cuando Alec le respondió, ella ya bajaba las escaleras precipitadamente.
―¡Madeleine! ―gritó, mientras su hermana se percataba de su presencia.
Lady Kincaid se levantó del banco que ocupaba y corrió a abrazarla.
El feroz Lachlam Kincaid las observó con una sonrisa en los labios.
Sabía cuánto significaba para su mujer Madeleine que Roslyn estuviera cerca.
El día anterior, cuando el laird Kincaid le había contado a su esposa todo lo sucedido con Roslyn, tuvo que consolarla durante horas hasta que por fin se calmó.
Que se enterara de que su querida hermana se había desposado con McAlister no fue una noticia tan perturbadora como él había creído. Madeleine estaba pletórica.
―Míralo por el lado bueno, Alec ya es de la familia ―dijo animadamente Madeleine cuando él quedó asombrado por su felicidad.
Alec había sido para ella como un hermano menor que debían cuidar mientras no fuera lo suficientemente mayor como para ocuparse de su propio clan. Después de que este acabara su formación, no quiso perder el contacto con los chicos: ni con Alec, ni con el ángel rubio de Gabriel McDonald.
―Roslyn, me alegro tanto de que estés bien.
―Y yo de verte.
Lachlam sabía que Madeleine se sentía culpable por haber dejado marchar a su hermana menor. Ahora esas preocupaciones parecían haber quedado atrás cuando vio a Roslyn a su lado.
Alec apareció un instante después en el salón. Estaba disfrutando de la escena del reencuentro. Cundo McAlister se encontró con la mirada de su amigo se reunió con él junto a la gran mesa central.
―Creo que deberíamos dejarlas solas ―dijo Alec―, hay asuntos que tratar y no son agradables.
Lachlam asintió.
―Supongo que tendréis muchas cosas que contaros… ─empezó diciendo Alec, pero la que ahora era su cuñada no lo dejó terminar.
Madeleine soltó momentáneamente a Roslyn y abrazó a Alec bajo la atenta mirada de su esposo.
―Antes, permíteme felicitarte por tu matrimonio. ―En el rostro de Madeleine se reflejaba la felicidad.
Roslyn le dedicó una sonrisa radiante. Estaba ansiosa por contarle a su hermana lo que había acontecido en los últimos tiempos. Algunas cosas muy malas, otras muy buenas, y las dos relacionadas con los hombres que un día se casaron con ella.
―No os marchéis ―dijo Roslyn―, ya lo haremos nosotras. Hace un día espléndido y la verdad es que ya llevo mucho tiempo encerrada. Saldremos a pasear.
Alec la miró atentamente. Empezaban los problemas.
―Podríamos ir a cabalgar ―dijo a Madeleine―, hace tiempo que no lo hacemos juntas.
―Excelente idea.
―A mí no me lo parece ―dijo Alec interrumpiéndolas.
―¿Por qué no? ―preguntó Roslyn extrañada.
Alec no quería decirle que tres asesinos andaban sueltos, dando vueltas por allí, esperando atacarla, asesinarla o Dios sabía qué.
―Apenas acaba de cerrarse la herida del pecho, no quiero que te arriesgues a tener una recaída.
―No la tendré.
Esa declaración le sonó bastante estúpida.
―No creo que puedas elegir el tener una recaída o no. Haz lo que te digo ―ordenó Alec en un tono un tanto autoritario.
A Roslyn no le gustó, iba a encararlo cuando Madeleine intentó quitarle hierro al asunto.
―Vamos, querida, daremos un paseo por la muralla.
Alec se estremeció con un solo pensamiento. Si una flecha la alcanzaba mientras estaba caminando por la muralla…
―No, mejor quedaros aquí. No hace muy buen día para pasear.
Las mujeres que ya habían comenzado a caminar hacia la entrada se detuvieron y lo miraron con extrañeza.
―¿Estás bromeando? Hace semanas que no hace un día tan espléndido ―anunció Madeleine.
―Va a llover ―argumentó este.
―Es Escocia, siempre llueve ―las dos últimas palabras casi las dijo gritando.
Lachlam y Madeleine sonrieron. Les recordaban demasiado a ellos como para no hacerlo.
―Roslyn, podrías resfriarte.
―Siempre existe ese riesgo, ¿quieres que me encierre para siempre entre estos muros?
―¿Por qué no? ―refunfuñó él.
―¿Qué? ―Esa conversación había empañado su buen humor, se dijo que era irremediable reñir con su esposo, pero ¿tenía que suceder tan pronto?
―No pienso quedarme enjaulada, si lo quisiera hubiera ingresado en un convento. ―Hizo aspavientos con las manos para poner más énfasis, quizás así Alec lo entendiera.
―Te quedarás dentro.
―¡Tú sueñas! ―Roslyn, furiosa, subió los peldaños que daban al exterior.
Alec iba a alcanzarla para arrastrarla nuevamente al salón, pero antes de que quisiera darse cuenta ya estaba fuera.
De pronto, se sintió estúpido. Quería proteger a su mujer y ese sentimiento predominaba por el momento sobre cualquier otro, pero ella tenía razón, no podía tenerla enjaulada en el castillo McAlister el resto de sus días.
Se volvió sobre sí mismo y encaró a dos de sus soldados que estaban montando las mesas para la comida.
―Id con ellas, pero que no se den cuenta.
Los dos guerreros asintieron y Lachlam frunció el ceño.
―¿No estás exagerando demasiado? ―comento Lachlam soltando una carcajada.
Alec suspiró.
―No te preocupes, el enfado se le pasará.
―Me importa muy poco que se le pase o no.
―Dentro de poco te importará ―le dijo Lachlam.
Alec todavía no entendía bien el significado de aquellas palabras. Pero Lachlam sabía que pronto iba a averiguarlo, tal y como lo había averiguado él, pero ese tenía que ser un camino que Alec debía recorrer solo.
―Alec ―llamó su atención poniéndose serio, de pronto recordó las palabras de su amigo―. ¿Qué son esos asuntos que quieres tratar?
Alec le indicó que tomara asiento junto a él en la mesa. La conversación sería larga y tendida. Ordenó que les trajeran cerveza y así se hizo. Cuando la muchacha se retiró, Alec empezó a narrarle los últimos acontecimientos.
Cuando hubo terminado, Lachlam ya entendía mejor la preocupación de su amigo y su deseo de que su esposa estuviera cerca.
―¿Los has encontrado?
―Mis hombres los están buscando, pero sin éxito alguno.
―Esto se está volviendo muy extraño. ―Lachlam se frotó el mentón cubierto de una barba de escasos días―. Ahora entiendo tu preocupación por Roslyn.
―Creo que debería estar dentro.
―Te será muy difícil manejarla, Alec. ―Lachlam sonrió por inercia cada vez que la imagen de su mujer se le formaba en la mente―. Si Roslyn es como su hermana creo que te esperan tiempos… muy interesantes.
―Todo es cuestión de disciplina ―dijo Alec recordando las palabras que el propio Lachlam había pronunciado cuando su indómita mujer se volvía incontrolable.
―Eso es una gran mentira, creía que te lo había dicho.