CAPITULO 17 #2
Las cicatrices que adornaban su espalda no hacían disminuir su belleza. Sus piernas podrían dejar sin respiración a cualquier hombre y, de hecho, así se quedó él. La entrepierna de Alec se endureció al imaginarse envuelto en ellas.
Obligándose a moverse, paseó la atenta mirada por el cuerpo de Roslyn que irremediablemente temblaba. Por un momento, Alec creyó que eran los nervios, hasta que la cogió por los hombros, estaba helada. Roslyn no temblaba, tiritaba.
―Mujer. ―Rio, estrechándola entre sus brazos.
A Roslyn se le olvidó respirar cuando él la envolvió entre sus brazos.
―Tienes frío. ―No era una pregunta.
Ella afirmó con la cabeza estrujando más el camisón contra su cuerpo.
Cuando Alec la abrazó más fuertemente, inmerso en sus pensamientos, ella se vio envuelta en el manto cálido que era su pecho.
Se sintió serena y tranquila hasta que, sin preámbulos, Alec le arrancó el camisón que se interponía entre ambos.
Completamente desnuda, se sintió muy vulnerable delante de su esposo, incluso asustada, el gesto brusco le recordó cómo se sentía exactamente cuándo Henry la tocaba y una expresión de horror se le dibujó en el rostro.
Alec no pudo menos que notarlo. Sin dejar de mirarla a los ojos cogió una de las mantas que cubrían la mullida cama y la envolvió en ella cubriendo su desnudez.
―Alec, yo… ―Quería decirle que no había ido su intención mirarle de aquella manera, pero no hubo tiempo antes de que él empezara a besarla y acariciarla con una dulzura que le sorprendió.
El primer beso fue suave y dulce. A Roslyn se le cortó la respiración nada más sentir sus labios sobre los de ella y gimió cuando sus manos recorrieron su cuerpo por debajo de la manta. No pudo evitar colgarse de su cuello.
Alec le rodeó la cintura y mientras la besaba la levantó levemente del suelo. La besó con fervor, saboreó hasta el último rincón de su boca.
―¿Alec? ―preguntó decidida a captar su atención.
Él separó sus labios un instante que se juró sería corto.
―Dime ―dijo, volviendo a besarla profundamente.
Ella gimió, como noches antes lo había hecho al tenerlo tan cerca.
Sin darse cuenta, levantó una pierna y le abrazó un muslo. Ahora fue Alec quien no pudo evitar un estremecimiento. Su miembro hinchado le dolía por la excitación y aunque se había prometido ser tierno con ella, maldijo por lo bajo, pues no creía poder mantener aquella promesa por mucho tiempo.
Alec ajustó sus muslos con los de ella y sintió cómo Roslyn se arqueaba bajo su contacto.
―Alec, ¿me estás dando las buenas noches o vas a quedarte?
Ante aquellas palabras él se detuvo un momento para tomar aire. La miró a los ojos y los vio brumosos por la pasión.
―¿Tú qué quieres que haga, Roslyn?
―Lo que tenías planeado ―dijo sin preámbulos.
―Entonces te llevaré a mi cama.
A ella se le secó la boca por la promesa y sin esperar un minuto más le besó con toda la entrega que fue capaz.
Subió más la pierna que tenía contra el muslo de Alec y notó cómo su virilidad se apretaba cálidamente contra la estrecha hendidura.
Sonrió feliz contra sus labios. Había dominado su miedo y la situación. Él no era Henry, él no le haría daño por el mero placer de verla sufrir.
―¿Estás bien? ―preguntó mirándola a los ojos.
―Sí.
Volvió a besar a su esposo y este no necesitó más estímulo para decidirse a hacerle el amor.
La agarró por las caderas y la levantó aún más. Ella rodeó la cintura de él con sus piernas, notó cómo el miembro viril se apretaba nuevamente en aquel lugar oculto y se le escapó un incontrolable gemido de placer. La tendió de espaldas en la cama y se apresuró a cubrirla con su cuerpo.
No pudo evitar sonreír ante el desconcierto de su rostro cuando él se puso en pie. Roslyn se quedó a la expectativa al ver que Alec empezaba a desnudarse. Cuando finalmente acabó de quitarse las botas, ella pudo observarle con todo su esplendor. Se le cortaba respiración ante semejante visión.
No había visto muchos hombres desnudos. Henry, ciertamente era atractivo, pero sus atributos empequeñecían ante el tamaño de Alec. Eso no podía ser normal.
―No va a entrar ―dijo realmente preocupada, mientras se le cortaba la voz.
Alec contempló las piernas de su esposa, que era lo único que no cubría la manta que ella se había echado encima.
Se inclinó hacia ella hasta finalmente tumbarse a su lado.
―Sí lo hará.
―No, tú no lo entiendes ―dijo ella acongojada―, eres demasiado…
Alec cubrió su boca para no escuchar más protestas.
―¿Confías en mí?
Ante tal seguridad, ella no supo qué pensar y, de hecho, no pensó en nada cuando él la besó con la misma pasión arrolladora de antes.
Roslyn volvió a apretarse contra él. Alec enterró su lengua en aquella jugosa boca y le hizo el amor con esta, la enloqueció con sus besos hasta que la sintió arquearse impaciente por sentirlo más íntimamente.
Las manos de Alec, hasta entonces apoyadas a ambos lados de su cuerpo, se posaron sobre sus bien contorneadas caderas. Con un solo movimiento le separó las piernas y se acomodó entre estas.
Roslyn lo permitió con agrado, estaba demasiado atontada como para saber lo que Alec le hacía, lo único que sabía era que le gustaba y que jamás se había sentido así, tan amada por un hombre.
―Sube las rodillas ―le ordenó suavemente, mientras su lengua lamía con besos suaves su cuello. Ella obedeció y notó cómo Alec se acercaba mucho más.
Alec le arrancó la manta, dejándola totalmente desnuda ante sus ojos.
Lejos de ruborizarse, Roslyn se deleitó con la expresión de deseo que encontró en los ojos de Alec.
Se sintió hermosa por el modo en que la miraba y se lo hizo saber.
Él sonrió ante sus palabras y fue depositando húmedos besos a través de su cuello hasta llegar al valle de sus pechos.
La escuchó gemir cuando él lamió cada uno de sus pezones y la hizo gritar al introducirse uno en la boca.
Lo succionó ávidamente haciendo que su esposa se arqueara contra él.
Roslyn retorció sus caderas contra su marido, avivando inconscientemente el fuego que él sentía.
Alec no aguantaba más aquel dulce tormento, quería estar dentro de ella, hacerla suya sin más preámbulos. Se acomodó entre sus muslos y apretó los dientes dispuesto a demostrar un mínimo de autocontrol.
No podía ser tan egoísta en su primera vez juntos.
De pronto, ella le facilitó las cosas. Arqueó las caderas en un movimiento tan preciso que Alec involuntariamente se adentró en ella. La sintió húmeda y caliente y supo que ya no podría esperar más para hacerla suya.
Roslyn abrió la boca asombrada, mientras él empujaba hasta quedarse completamente dentro de ella.
―Te dije que entraría.
―Sí ―jadeó ella rodeándole la cintura con sus piernas―, a partir de hoy prometo creerte en todo lo que digas.
Roslyn tenía la cabeza echada hacia atrás con los ojos cerrados, y Alec sabía que ella no era consciente de que estaba parloteando. Se hubiera reído de la situación si no estuviera tan excitado.
Intentó moverse despacio en un principio, pero fue inútil.
Su mujer estaba húmeda y deliciosamente dispuesta a complacerlo.
Sacó su miembro de ella una y otra vez y para cuando quiso darse cuenta, mantenía sobre ella un ritmo frenético que ella espoleaba meciéndose contra su cuerpo.
Todas sus buenas intenciones se habían esfumado cuando su esposa se retorció exigiéndole más.
―Abrázame fuerte ―ordenó Alec, mientras volvía a empujar salvajemente.
Roslyn así lo hizo. Lo abrazó como si le fuera la vida en ello. El ritmo de Alec la enloqueció. La hizo subir a lo más alto, por un instante se sintió morir, como si llamaradas la consumieran por dentro.
Gritó su nombre y le marcó la espalda con las uñas. Alec la miró a los ojos y vio la cara del éxtasis. Al ver a Roslyn entregada de tal manera no pudo aguantar más, perdió totalmente el control y con una profunda embestida se derramó en su interior.
Por unos minutos los dos quedaron en silencio, como si lo que acabaran de sentir les hubiera dejado sin fuerzas para moverse. Pecho contra pecho escucharon sus corazones desbocados. Poco a poco el ritmo fue apagándose y Alec volvió a la realidad.
Pensó en ella y se apoyó en los codos para que su esposa no tuviera que soportar todo su peso.
―¿Estás bien? ―le preguntó con dulzura, algo preocupado al ver lágrimas en sus ojos―. Ya sé que no he sido…
―Ha sido maravilloso ―le interrumpió. Asintió al ver su cara de incredulidad―. Ha sido perfecto.
Alec no se quedó muy convencido, pero no dijo nada más, no quiso estropear el momento.
Se quedó mirando la dulce mirada de su esposa, consciente de que ella no había mentido, realmente le había gustado lo que acababan de compartir.
―¿Puedes abrazarme? ―le preguntó Roslyn, tímidamente.
Alec no respondió. Se tendió boca arriba y la arrastró sobre él, mientras la estrechaba contra su pecho y la cubría con las mantas.
Ella pensó que Dios por fin había escuchado sus plegarias. Le había enviado a Alec y ni el mismísimo diablo podría apartarla de sus brazos.