Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 17
52%

CAPITULO 17

R oslyn miró a su esposo encabezando la larga mesa. No fue consciente de cuál era su lugar hasta que Fergus muy amablemente le cedió su asiento para colocarse a la izquierda del laird.

Durante toda la cena había estado muy nerviosa. Su esposo debió notarlo, pues le apretó tiernamente la mano por debajo de la mesa. Ella lo miró incrédula, puesto que su rostro no revelaba ni la más mínima señal de lo que estaba haciendo.

En la larga mesa cenaban los soldados del clan McAlister, observó sus modales toscos, pero no se sorprendió, eran exactamente como había pensado que serían.

Al fin y al cabo, sus hermanos y primos eran igual que aquellos soldados cuando se trataba de divertirse.

Entrechocaban sus copas los unos con los otros dejando caer, sobre la mesa y por el suelo, más cerveza y vino del que se bebían.

Yuri ocupaba un lugar preferente en la mesa junto a Fergus que había ocupado el otro lado junto al laird.

Sin duda, la mano derecha de Alec la ocuparía el tosco highlander Iain a su regreso.

Evocó la imagen de ese demonio y se estremeció de la cabeza a los pies.

Solo rezaba para que Frances estuviera a salvo, de los franceses y de él.

Roslyn se distrajo nuevamente cuando un soldado cercano la salpicó, este se apresuró a pedir disculpas ante la mirada desaprobatoria del laird.

Alec volvió a concentrarse en las palabras de Fergus que le comentaba las últimas novedades. Ella escuchó atenta, embobada por su cerrado acento gaélico, aunque lo hablaba y entendía perfectamente, ya que su abuelo había sido un escocés muy huraño incapaz de hablar otra lengua que la propia.

Alec se la quedó mirando hasta que Roslyn, avergonzaba por el deseo que veía en su mirada, agachó la cabeza. Fergus con una carcajada entendedora prosiguió con sus explicaciones.

Roslyn no había hecho más que pensar en lo que sucedería entre ambos aquella noche.

Sabía que Alec tenía toda la intención de compartir su alcoba con ella, pero todavía no le había dicho nada al respecto y Yuri tampoco.

La anciana le había quitado el vendaje y los puntos de la aparatosa herida que ahora lucía en forma de una roja cicatriz, pero se abstuvo de hacer cualquier comentario acerca de los deberes que ya podía llevar a cabo esa noche.

Parecía haber un profundo silencio referente a ese tema.

Quizás después de todo, Alec le diera un poco más de tiempo.

Alec clavó su mirada en ella. Que ni soñara su esposa en pedirle algo de tiempo para acostumbrarse a él.

Después de la vida que le había dado su anterior marido, ella no debería estar nada dispuesta a compartir su cama.

No obstante, ella no había manifestado su rechazo a acostarse con él, es más, había respondido fervientemente a sus besos.

Roslyn cometió el error de levantar los ojos y se encontró de nuevo siendo el centro de atención de la mirada de su esposo. Los ojos oscuros de él se clavaron en su cuerpo perforándola como una daga candente.

Se puso nerviosa, le temblaron las manos al llevarse un trozo de carne a la boca. Al cabo de un momento intentó que la mirada de Alec no la afectara, pero cuando se llevó a los labios la copa vacía, se sintió ridícula.

Sin duda, Alec se dio cuenta de su nerviosismo y no pudo hacer otra cosa que regodearse. Su esposa no parecía para nada indiferente hacia su persona.

―Alec ―dijo Roslyn levantándose del banco―, me gustaría retirarme.

Sabía que Fergus no había acabado su informe y tendría que quedarse un rato más, por mucho que quisiera acompañarla.

Finalmente asintió.

―Buenas noches.

Ella se quedó mirándolo un momento, ¿debía besarle para darle las buenas noches? ¿Retirarse a su habitación, o a la alcoba de su marido para compartir su lecho? De pronto se sintió cansada ante tantas preguntas. Optó por marcharse sin decir nada más.

La mirada de Alec la siguió hasta que ella se desvaneció en lo alto de la escalera.

―Alec, atiéndeme ―dijo Fergus, mientras Yuri soltaba una risita incontrolable.

―No hemos podido evitar darnos cuenta de lo mucho que te distrae tu esposa ―dijo la mujer manteniendo la sonrisa.

Alec desestimó el comentario con un movimiento de mano.

―¿Que decías, Fergus?

Volvió a concentrarse en el informe de su amigo.

―Hay algo que no he querido nombrar delante de tu esposa.

El anciano se puso serio, demasiado, pensó el laird. Eso significaba problemas.

―El esposo de Roslyn ha enviado más soldados.

Alec estrelló el puño sobre la mesa, clara señal que no había podido controlar la ira repentina. Los soldados que comían se detuvieron, callaron sin esperar la orden para escuchar las últimas novedades. De pronto toda la atención se centró en el anciano.

―¿Has dicho el esposo, Fergus? ―preguntó en un tono relativamente calmo, aunque el anciano notó que se sentía ofendido por el comentario―. ¿Debo corregirte?

―No, mi señor. Ya sé que tú eres su único esposo.

―Ya sabes lo que quería decir ―agregó Yuri para defender a su hermano y para que este fuera al grano.

―Dime cuántos hombres ha enviado esta vez.

―Solo tres, como la vez anterior.

―¿Tres? ―Alec frunció el ceño―. ¿Y me lo dices ahora?

―Lo supe poco antes de la cena, pero no quería decírtelo ante tu esposa. Sería inútil preocuparla.

Alec asintió.

―Hiciste bien.

―Los soldados han atravesado las tierras fronterizas de los Doon, ellos avisaron a los clanes vecinos, tal como había ordenado Kincaid. Esta tarde le llegó la noticia a Gabriel.

Alec siguió la explicación, atento, pues allí había algo que le resultaba extraño.

―Los Doon los sorprendieron acampando en sus tierras e intentaron sacarlos de ellas.

No hacía falta explicar que sacarlos de sus tierras quería decir tener una corta conversación para averiguar sus intenciones y después pelear para que se ganaran el derecho a seguir viviendo.

―Pero no consiguieron echarles, ¿verdad?

―Exacto, se escabulleron en las sombras y dejaron muy malheridos a dos soldados. No hace falta decir que el laird pidió explicaciones a sus hombres. Por lo que sabemos, sus soldados narraron toda la peripecia…

―Y llegaron a una conclusión ―afirmó Alec.

―Sí, son muy diestros con las armas. No son soldados ingleses del montón, se creen que son asesinos a sueldo.

―Por la distancia que nos separa, ya pueden estar aquí.

Fergus asintió.

En el rostro de Yuri se dibujaba una acentuada preocupación.

―Alec ―dijo la anciana sabiamente―, si el anterior marido de Roslyn se piensa que ella está con Kincaid, también sabrá lo difícil que sería enviar un ejército para raptarla. Aunque bien sabe Dios que la muchacha piensa que lo hará.

―¿Roslyn cree que Henry enviará a un ejército?

―¿Acaso no lo creímos todos? ―dijo Fergus en voz ronca.

Alec asintió, él sí que lo habría creído, igual que había creído que podrían derrotarles con muchísima facilidad.

―Lo que quiero decir ―prosiguió Yuri ― es que, al descartar venir con su ejército, ha pagado a asesinos a sueldo, para que a la más mínima oportunidad se la lleven.

Aquellas palabras calaron hondo en Alec, que siguió escuchando atentamente.

―Entonces no debemos dejarla sola ni un momento.

Fergus asintió.

―Alec, tienes que retenerla aquí dentro hasta que encontréis a esos hombres.

―Estoy de acuerdo ―la voz de Yuri sonó llena de determinación.

A Alec le resultaba muy poco grata la idea de que asesinos ingleses merodearan sus tierras, sin duda, Lachlam sería de la misma opinión. Lo importante era acabar con ellos antes de que Roslyn se creyera cautiva.

―Puedo poner la excusa de su salud para retenerla un tiempo hasta que todo se aclare. ―Rezó para que fuera poco tiempo―. No quiero que mi esposa se entere de esto.

Tanto Fergus como Yuri asintieron. Ninguno de los dos quería darle preocupaciones a su señora.

―Quiero que se la vigile ―Alec levantó el tono de voz y vio cómo sus soldados asintieron―. Igual que quiero que se vigile quién entra y quién sale de la fortaleza. Y deseo ser informado de la presencia de extranjeros antes de que alguien intente matarlos. Corred la voz entre los fuegos.

Los presentes asintieron. El silencio en el salón era ensordecedor, cuando Alec subió las escaleras rumbo al piso superior.

Alec sintió cómo la cólera le recorría el cuerpo con un fuego intenso que solo apagaría con la muerte de ese bastardo que había osado tocar a su esposa.

¿Tanto odiaba el lord a la que fuera un día su mujer para tomarse tantas molestias en matarla?

Ajena a todo, arriba Roslyn se paseó inquieta por la habitación.

Miró la cama en la que había dormido desde que estuviera en las tierras McAlister y no pudo evitar el preguntarse si también dormiría allí esa noche.

Se sentó a los pies de la cama y apretó sus manos entre sí incapaz de controlar su nerviosismo.

Llevaba mucho esperando que Alec llegara, el fuego de la chimenea crepitaba y sus ojos se cerraron mientras se acomodaba lo mejor que pudo en el sillón frente la chimenea de piedra.

No había tenido intención de dormirse, pero se despertó a los pocos minutos con el cuello algo dolorido.

Suspiró por la decepción, sin duda, Alec se había olvidado de ella. Sin esperanzas de que apareciera se encaminó hacia la cama para acostarse.

Sobre la pesada colcha se encontraba el camisón blanco que, tan amablemente, Yuri había preparado para ella.

Lo cogió para admirar el fino bordado. Se descalzó y notó las frías piedras bajo sus pies.

El vestido cayó al suelo nada más sacárselo por la cabeza y el aire le heló la piel desnuda.

Se apresuró a ponerse el camisón cuando oyó un ruido detrás de su espalda.

La puerta se abrió, y Alec, a la luz escasa del fuego ya casi extinto, pudo observar el cuerpo desnudo de su esposa.

Roslyn se apresuró a taparse el cuerpo con el camisón de hilo blanco sin ponérselo.

―Mi señor ―susurró al verle parado en la puerta.

Alec no podía moverse después del golpe que había sido ver a su mujer allí de pie, desnuda.