Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 19
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CAPITULO 19

―¿ T ambién piensas que son tres? ―preguntó Alec juntando las yemas de los dedos delante de su rostro.

―Esos son los indicios que hemos encontrado en la pequeña arboleda situada al sur.

Instantes antes, Fergus había entrado en el salón con las nuevas noticias que habían llegado a sus oídos.

Alec pensó detenidamente en el asunto. Aquellos hombres ya habían llegado a sus tierras, y se encontraban ocultos en algún lugar muy cerca del castillo, dispuestos a acabar con Roslyn en el preciso momento que ella pusiera un pie fuera de la fortaleza.

Se encendió preso de la ira. No iba a tolerar que aquello ocurriera mientras él pudiera evitarlo.

Mantendría a salvo a Roslyn, aunque eso supusiera tenerla prisionera hasta que el peligro hubiera pasado.

Deseaba intensamente que Henry viniera a reclamarla con un ejército, así sabría lo que era el poder del clan McAlister.

―¡Vamos de caza! ―dijo Alec levantándose impetuosamente de la silla.

―¿De caza? ―Los ojos de Fergus brillaron, sabía perfectamente a qué se refería. Se entusiasmó ante la idea de que sus viejos huesos volvieran a la acción.

―Prepara a los hombres.

Alec se percató enseguida de que Lachlam había irrumpido en el salón. Con grandes y ruidosos pasos lo tuvo a su lado en lo que tardaba en darse la vuelta.

―No he podido evitar escuchar que te vas de caza.

―Así es ―se adelantó Fergus antes de que Alec pudiera darle su explicación―, y yo no pienso perderme la diversión esta vez.

Fergus echó un vistazo a Alec temiendo que este protestara, pero el laird estaba demasiado ocupado sumergiéndose en sus propios pensamientos.

―Fergus, prepara a los hombres ―repitió esta vez con mucho más énfasis.

El anciano se apresuró a obedecer, salió al patio de armas e hizo resonar su voz.

―Cuéntame ―dijo Lachlam una vez estuvieron solos.

―Han entrado en mis tierras ―aulló, como si eso justificara su humor.

―Pero eso no es lo peor ―aventuró Kincaid.

―No ―Alec meneó la cabeza―, lo peor es su objetivo.

Ambos ya sabían cuál era. Roslyn.

Gracias a Dios ella permanecía ajena a todo lo que ocurría con los hombres de Henry.

―Quiero que la cuides mientras yo esté fuera.

―¿Y perderme la diversión? ―A Lachlam le pareció una mala idea―. Que Fergus se quede.

Alec lo miró ceñudo.

―¿Crees que el viejo Fergus puede detener a mi mujer si quiere escabullirse fuera de la fortaleza?

Lachlam guardó silencio con una expresión escéptica en su rostro. Finalmente negó con la cabeza.

―Se pondrá furiosa cuando se dé cuenta de que le has prohibido salir.

―Maldición ―dijo con los ojos llenos de cólera―. Juro que si esos malnacidos se atreven a tocarle un pelo de la cabeza los torturaré hasta morir.

―No me cabe la menor duda ―las palabras de Madeleine sorprendieron a los hombres.

―Madeleine ―susurró enojado Lachlam―. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

―El suficiente.

Lady Kincaid lucía hermosa, allí plantada en la entrada del salón, con los brazos en jarras y esperando una explicación. No parecía muy contenta de la información que le acababa de serle revelada. Sin duda, todavía la estaba asimilando.

―¿Cuándo pensabas contármelo? ―le espetó al esposo con un tono de reproche que a Lachlam no le gustó.

―No tengo por qué darte explicaciones ―dijo con el entrecejo fruncido.

Lachlam maldijo por lo bajo al ver cómo ella levantaba una ceja.

Claro que, tarde o temprano se lo habría contado, pero mejor tarde que pronto.

―¿Me vais a contar lo que pasa? ―preguntó, ignorando el comentario de su esposo.

―Hay ingleses por la zona ―la voz de Alec sonó áspera, sin ningún tipo de humor.

―Y su objetivo es mi hermana ―susurró ella.

Alec asintió.

―Quiero que me ayudes.

Las palabras de Alec sacaron a Madeleine del caos que era su mente. Aun así, guardó silencio para ver qué le proponía su cuñado.

―Quiero que mantengas a Roslyn dentro de los muros. ―Alec sabía que podía confiar en ella para dicha misión―. Son asesinos a sueldo, no quiero que una flecha vuele sobre la muralla y la mate.

Madeleine abrió desmesuradamente los ojos.

―Por eso tu reacción, cuando salimos a pasear por la muralla.

Él asintió.

Madeleine no sabía qué decir. La situación no pintaba nada bien.

Alec, incapaz de quedarse sentado un minuto más, atravesó el salón hasta descolgar la espada McAlister situada en la grisácea pared sobre la chimenea.

Madeleine la miró impresionada, era tan grande como un hombre de pie. Alec parecía temible con ella entre las manos, y admitió sentirse satisfecha por ello, de hecho, los que habían tratado de matar a Roslyn pagarían por su osadía.

Lachlam también miró la espada. Sabía que Alec solo la utilizaba en ocasiones muy especiales, en las batallas que realmente le parecían importantes.

Y esta, sin duda lo era. ¿Qué había más importante que defender la vida de su mujer?

Asintió satisfecho, era más que evidente que Roslyn se había convertido en alguien vital en la vida de su amigo.

Madeleine volvió en sí cuando Alec pasó por su lado y salió al patio de armas.

―No te preocupes ―le susurró Lachlam abrazándola―. Él protegerá a tu hermana.

―Roslyn está segura aquí, es él quien me preocupa.

Alec avanzó hasta sus soldados que lo esperaban aglomerados en el centro del patio. Fergus también se encontraba con sus hombres, esperándole como uno más. Todos tenían una expresión seria y de profunda concentración, al parecer el anciano ya les había informado acera de sus planes y motivos.

El laird McAlister era consciente de que su señora se había ganado la confianza de los hombres en muy poco tiempo, hasta las mujeres más ariscas debían admitir que su ama tenía buen corazón y que parecía una auténtica escocesa.

Todos conocieron su historia desde el mismo día en que Alec la había descubierto.

La lengua de Yuri corría veloz, pensó con una leve sonrisa y eso había luchado a su favor.

―Ya estamos listos, Alec.

Los soldados montaron y el laird ordenó abrir la puerta que daba al exterior y bajar el puente levadizo.

Roslyn, con el corazón latiendo desbocado, salió corriendo del interior del salón, Alec se la quedó mirando mientras descendía las escaleras. Hubo una sonrisa de satisfacción en sus labios.

―Lachlam me ha dicho que te vas de caza ―Alec asintió―. ¿Puedo acompañarte?

A pesar de verla expuesta a la luz del día y en peligro, Alec soltó una carcajada y su esposa frunció el ceño, pues pensó que se estaba burlando de ella.

El laird bajó del semental pardo que montaba y se acercó a su esposa.

―No, mujer. No puedes acompañarme.

―¿Por qué no? Sé cazar ―asintió con más énfasis cuando Alec meneó la cabeza―. Es cierto.

Él entrelazó los brazos alrededor de su cintura y la apretó contra sí. Roslyn se sintió un poco incómoda, consciente de que los soldados los estaban mirando con una sonrisa en los labios. Para mayor bochorno, su esposo la besó tan apasionadamente que le faltó el aire.

Cuando Alec puso fin al beso, Roslyn dio gracias de que no la hubiera soltado de golpe o se habría caído de bruces.

El laird McAlister vio complacido cómo su mujer se ruborizaba hasta las orejas. Era evidente que no estaba acostumbrada a las demostraciones de afecto en público. Y lo cierto era que él tampoco. Pero con Roslyn era diferente, ¿cómo poder resistirse a sus encantos cuando la tenía cerca?

Alec sonrió al recordar su ocurrencia de salir con ellos de caza e intentó distraerla con su pregunta.

―¿Y qué sabes cazar? ―el tono le decía que solo quería jugar con ella.

―No lo sé ―dijo algo aturdida por la proximidad del esposo―. ¿Qué vas a cazar tú?

«Hombres», quiso decirle, pero finalmente no le respondió.

Meneó la cabeza y cerró los ojos en una plegaria silenciosa.

Su cuerpo era tan cálido que no pudo pensar en otra cosa que en besarla de nuevo, y así lo hizo.

Ella intentó rehuir su boca, consciente de la presencia de sus hombres, pero Alec la cogió del mentón y la obligó a someterse.

Después del primer contacto, Roslyn parecía querer fundirse con él sin importar quién mirara, ni las risas que se escucharan de fondo.

Perturbada, le pasó los brazos alrededor de su cuello y hundió las manos en su cabello negro.

La lengua de Alec arrasó la boca de su esposa. Ella la abrió para él y ya había perdido toda vergüenza y noción de dónde estaban. Por desgracia, Alec no. Se obligó a ejercer algo de autocontrol sobre sí mismo.

Cuando se separó de Roslyn sonrió arrogante.

Su esposa tenía los labios hinchados por su beso. Poco a poco volvió a ser consciente de lo que ocurría en el patio de armas. Se ruborizó de la cabeza a las puntas de los pies. Los soldados estaban lanzando vítores a su laird y ella muerta de vergüenza escondió el rostro en el pecho de Alec.

La obligó a mirarle a los ojos.

―Volveré pronto.

―¿Sí? ―preguntó Roslyn como si le quedaran dudas― ¿Antes de que oscurezca?

Alec abrió la boca para responderle, pero enseguida decidió ser un poco más diplomático.

―Si no encontramos lo que queremos, quizás acampemos un par de noches.

Roslyn abrió grandes los ojos.

―¿Muchos días?

Alec no quiso responder, pues ni él mismo sabía la respuesta.

―Pero tenemos invitados.

Él le sonrió. Eso no iba a detenerle.

Volvió a besarla para que ella se olvidara de la pregunta y su truco pareció tener el efecto deseado.

Se apartó de ella y montó a caballo. Con un movimiento de su cabeza, llamó la atención de Lachlam, que se situó junto a su cuñada, con un brazo protector alrededor de los hombros.

Los dos hombres se miraron y asintieron.

―¡Alec! ―gritó Roslyn al verle marchar, como si se acabara de acordar de algo importante.

Se deshizo de Lachlam para asombro de este y se situó cerca de la montura de Alec para que él pudiera escucharla mejor.

―Dame permiso para salir. Hace tiempo que no monto a caballo y a Madeleine también le apetece mucho.

El esposo negó con la cabeza, y la media sonrisa desapareció del rostro de Roslyn.

―¿No? ―preguntó confundida―. ¿Me vas a tener prisionera aquí? −Se apartó enfurecida del caballo―. ¡Ya he estado cautiva por un esposo! ¡Ni pienses que voy a pasar por eso otra vez!

Los ojos de Roslyn ardían por las lágrimas contenidas, en cambio los de Alec ardían de pura furia.

Sin ningún tipo de advertencia la alzó del suelo y la colocó sobre sus muslos.

El caballo relinchó y se movió inquieto ante el brusco movimiento del jinete.

Alec espoleó el caballo hasta situarse bajo los arcos que daban a los establos, se aseguró de que estuvieran lo suficientemente lejos para que los soldados no los oyeran.

―Escúchame bien, Roslyn, porque no tengo intenciones de repetir las cosas dos veces.

Alec no gritó, sin embargo, a ella jamás le hubo parecido tan amenazador.

Se le cortó la respiración mientras asentía.

―Jamás vuelvas a compararme con tu anterior marido. Ese insulto es algo que no te voy a consentir. He matado hombres por haberme llamado cosas más halagadoras y no quiero escucharlo de los labios de mi esposa.

Roslyn no albergó ninguna duda de que eso era cierto.

―No era mi intención ofenderte, y mucho menos compararte con Henry.

Alec asintió y la expresión feroz se fue borrando poco a poco de su rostro.

―Lo sé. ―Alec no dijo nada más.

―Pero…

La zarandeó cogiéndola por los hombros.

―Me obedecerás, Roslyn. Aguardarás mi regreso dentro de estos muros y pobre de ti que te expongas a peligros innecesarios.

Ella guardó silencio. ¿Era por precaución que Alec no la dejaba salir?

No tuvo tiempo de preguntárselo. Su esposo la depositó en el suelo y dio media vuelta con su caballo dejándola atrás.

Cuando él emitió un silbido, vio cómo los soldados salían en tropel detrás de Alec.

Fergus le dedicó un guiño cuando pasó a su lado, sin duda una señal de que no debía preocuparse.

Roslyn se quedó sola en medio del patio. Se reprochó haber querido comparar a Alec con Henry. Pero, que su marido la privara de libertad, era algo que ella no iba a consentir.

Sonrió abiertamente.

Si se enfadaba porque se había escapado, entonces ya haría algo para ganarse el perdón de su esposo. Aunque también debía admitir que si su esposo la quería dentro de la fortaleza era para su propia seguridad. Y es que, satisfecha, pensó, empezaba a ser alguien importante para Alec McAlister.