Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 16
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CAPITULO 16

E ra de noche cuando Yuri se sentó junto al fuego ocupando las manos con su labor. Su única intención era la de hacerle compañía a la esposa de su nieto, a la que veía ciertamente intranquila. Y es que Roslyn no podía parar de darle vueltas a la conversación mantenida con Lachlam.

Suspiró ganándose una mirada comprensiva de la anciana.

―Después de todo, Lachlam no se lo ha tomado tan mal ―dijo a Yuri como si esperara que alguien le recordara que casarse con Alec McAlister era algo bueno.

La anciana asintió sonriendo, pero no añadió ningún comentario.

Roslyn suspiró; de todas formas, aquel era el menor de sus problemas. Una amenaza de guerra pendía sobre el clan. No haber sabido de la existencia de Mairy McGregor cuando se casó con Alec, no la hacía sentirse menos culpable.

Sintió verdadera preocupación por su esposo.

¿Y si no volvía de la batalla? Admitiría que era la suerte de Alec y no la suya la que verdaderamente le preocupaba.

Sonrió al pensar en los extraños sentimientos que parecían florecer en su interior.

Pensó en Alec, en cómo la trataba, como si fuera una flor delicada que no podía sobrevivir al invierno.

Lo cierto es que apenas la importunaba. Guardaba las distancias y ella no sabía qué pensar de ese hecho.

Estaba recuperada, ya no languidecía en cama, aunque se pasaba todo el día en su dormitorio y Alec expresamente le había prohibido hacer esfuerzos y salir de la fortaleza.

A pesar de llevar una semana casados, Alec no había reclamado sus derechos maritales, ni siquiera había mencionado el asunto.

Se sintió algo decepcionada, pues, aunque temía el acto en sí, anhelaba volver a sentir los labios de su esposo.

Fue consciente de que una sonrisa extremadamente soñadora iluminó su rostro.

Nadie jamás la había besado de esa manera.

No podía evitar estremecerse cada vez que recordaba sus besos de buenas noches, eso la mantenía despierta hasta entrada la madrugada.

―¿Dónde está la habitación de mi esposo? ―preguntó a Yuri sin pensar.

Enseguida se arrepintió de haber mencionado el asunto, por su expresión parecía que la anciana le hubiera leído el pensamiento.

―Su habitación es esta, pero desde que la ocupas, él dormita o bien con los soldados o en la otra recámara de este mismo pasillo. ―Yuri seguía sonriendo, pero no agregó nada más mientras daba otra puntada a su labor.

Antes de apartar la vista, aquella sonrisa pícara de la abuela de Alec le había hecho arder el rostro. De pronto se había sentido muy atrevida intentando satisfacer su curiosidad.

―Mi nieto quiere que te recuperes ―agregó Yuri sin mirarla.

―¿Tendré una recámara propia? ―preguntó insegura.

No sabía si Alec preferiría compartir su cama o que estuviera lo más lejos posible de él. Pensó en Henry, quien ocupaba su propio dormitorio, gracias a Dios, muy lejos del suyo.

―No, mi niña. Dudo de que Alec quiera dejarte sola.

―¡Oh! ―fue lo único que se le ocurrió decir.

Un tronco crepitó en la chimenea y atrapó la atención de Roslyn hacia las llamas.

Yuri sonrió de nuevo al ver lo perturbada que se sentía la muchacha, su rostro había florecido con un suave color rubicundo.

Alec había sido muy considerado con ella. Aunque se sintiera un poco abandonada porque de día no lo veía, podía oírlo entrenarse en el patio de armas con los demás soldados McAlister.

Yuri se encargó de explicarle que el laird era una persona muy ocupada, que siempre tenía deberes muy importantes que atender y que ella, cuando se encontrara mejor, también tendría sus obligaciones.

Claro estaba que la anciana se refería a labores domésticas, pero igual el fuego que ardía en sus mejillas no desapareció.

Todos aquellos detalles sobre la vida que llevaba Alec eran innecesarios.

Roslyn ya sabía cómo era la vida de un laird.

Kincaid también tenía muchas obligaciones.

Al compararlos, de pronto, dejó de justificar a Alec, no pudo evitar sentirse estúpida cuando pensó, algo dolida, que su cuñado siempre tenía un momento para dedicarle a su mujer.

Pero, claro, la diferencia estaba en que Lachlam amaba a su esposa.

Yuri soltó un suspiro y con los dientes cortó el hilo de su labor.

―Mi niña ―dijo la anciana poniéndose de pie con dificultad―, me retiraré a descansar. Mañana te quitaremos los puntos y el vendaje.

―¿En serio? ―La expresión de alegría de Roslyn también iluminó el rostro de Yuri.

Se notaba a la legua que la señora de los McAlister era una dulce mujer, no carente de buenos deseos.

De pronto, Roslyn se sintió apenada y dejó de sonreír.

Cuando le quitaran los vendajes volvería a hacer vida de casada.

Alec compartiría su lecho y vería su cuerpo lleno de cicatrices horrendas causadas por su anterior esposo.

Como se las había infringido Henry, a este le encantaba regodearse de ello; pero a Alec no le gustarían.

―¿Qué ocurre, señora? ―Yuri se detuvo. Acercándose posó una arrugada mano sobre el hombro de la muchacha.

―Nada ―se esforzó por sonreír―, es que pensaba que ahora tendré otra cicatriz.

Su mano se elevó hasta tocarse el vendaje que la ocultaba. A Yuri se le encogió el corazón ante aquellas palabras.

―No puedes ser más hermosa mi niña, por muchas cicatrices que tengas. ―La anciana se apresuró a ponerle una mano sobre el hombro en señal de afecto.

Con un acto mecánico, se levantó de la silla y se quitó la bata que la anciana le había traído con más lujosas prendas.

La dejó a los pies de la cama antes de meterse en ella con la ayuda de Yuri.

Las costillas le molestaban, pero por suerte el dolor del pecho y la cabeza había prácticamente desaparecido.

Al ver que la anciana la seguía mirando con cariño, se atrevió a expresar en voz alta lo que rondaba por su mente.

―A mí no me molestan mis cicatrices, me recuerdan que siempre tengo que estar alerta ―dijo resuelta tragándose una lágrima.

Luego su mente se despejó y volvió el rostro hacia Yuri.

―Lo que me preocupa es que a los demás no les desagraden.

La anciana supo enseguida a quién se refería.

―A tu marido no le importarán, ni le desagradarán.

―¿No?

―No ―aseguró Yuri―, ya las ha visto. No tienes que estar mortificándote por cómo reaccionará.

Ahora sí que se mortificó.

―¿Alec las ha visto? ―preguntó entre alarmada y triste.

―Sí, muchacha. No te preocupes, tu esposo…

―Buenas noches ―la voz de Alec interrumpió la conversación de las damas.

Roslyn no pudo evitar preguntarse si habría escuchado parte de la conversación. Por su expresión no pudo saberlo. Ni lo averiguó poco después cuando se acercó a saludarla, pues su esposo no hizo ningún comentario sobre esta y su rostro no delataba lo que su mente pensaba.

―Buenas noches, hijo. ―Yuri le guiñó un ojo a Roslyn y esta se sorprendió de que la anciana supiera hacer ese gesto.

Afectuosamente la mujer apretó el brazo a Alec y este le dio las buenas noches con un dulce beso en la coronilla.

―Que descanses.

Roslyn apreció el gesto. El temible guerrero, de anchas espaldas y gruesos brazos, dejaba de ser tan feroz cuando se trataba de su abuela. Entonces se quedaron solos y el corazón de Roslyn volvió a latir aceleradamente sin explicación aparente.

Recordó especialmente la noche anterior en que Alec le había dado las buenas noches con un beso mucho más prolongado de lo habitual.

―Buenas noches, mi señora ―dijo al acercársele.

Roslyn miró una arruga inexistente sobre las mantas McAlister que la cubrían hasta la cintura.

―Mi señor.

Recostada en la cama con el cabezal a su espalda, Roslyn acomodó las mantas y se cubrió con ellas tapando su camisola y el espeso vendaje de sus pechos. La herida seguía siendo una molestia, pero ya se había cerrado.

―¿Cómo te encuentras esta noche?

―Muy bien ―contestó poniéndose tímida de repente.

―¿La herida?

Roslyn se apresuró a contarle lo que le dijo Yuri, momentos antes de que él entrara.

―Mañana me quitarán los puntos y el vendaje.

Alec asintió satisfecho con una leve sonrisa en el rostro. Como también era costumbre se acercó al lecho, pero en lugar de besarla suavemente e irse, esta vez se sentó a su lado, con un resplandor en los ojos que ella no supo muy bien a qué se debía.

―Entonces, estás curada.

―Sí, mi señor.

Fue consciente de que su rostro se incendió. Alec también lo notó y sonrió complacido ante su pudor. Roslyn lo vio acercarse más a ella. El rostro se le iluminó, convencida de que, ahora sí, su marido iba a besarla.

Alec tenía conciencia y esta le jugaba malas pasadas gritándole que se estaba aprovechando de Roslyn, pero, por las noches, inevitablemente se veía atraído hacia sus labios.

No podía resistirse a besarla. Sus pasos le llevaban a su dormitorio y, después de pocas palabras, unía la boca a la de su mujer.

Se obligaba a ser breve, aunque su frustración le hacía pasar media noche en vela.

Recordó aquellos besos, breves y sin pasión que le daba en señal de buenas noches.

Ya estaba harto de ellos. Él quería más, su cuerpo le pedía más.

Sin embargo, no olvidaba lo que ella había sufrido, seguramente lo último que deseaba era saciar las exigencias de su nuevo marido.

No obstante, notó algo en ella, aquella noche era diferente, el deseo le consumía y en la mirada de ella apareció una invitación.

Alec puso una mano detrás de la nuca de su esposa, para que ella no se apartara, y la atrajo hacia sus labios.

Roslyn entrecerró los ojos. Ese contacto era totalmente innecesario, no tenía intención alguna de negarse el placer de ser besada por su esposo.

Era lo que se descubría anhelando durante el día.

Ella le ofreció su boca sin protestar. Notó el agradable roce de su mano en la nuca, los dedos de Alec juguetearon con la sensible piel mientras iba acercándose. Suspiró cuando los labios de ambos se rozaron. Fue un beso dulce y tierno, desprovisto de toda lujuria. Al menos, al principio.