Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 16 #2
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CAPITULO 16 #2

Roslyn notó el sabor de Alec en sus labios cuando estos volvieron a precipitarse sobre los suyos. Esta vez tuvo tiempo de rodear el cuello de Alec con sus brazos, no quería que se fuera tan pronto.

Al percibir la entrega de su esposa, él se apretó más contra aquel dulce cuerpo femenino. Percibiendo su embriagador aroma, profundizó más el beso. Sus manos le recorrieron lentamente la espalda. Pronto, la boca de él dejó de ser todo lo tierna que había sido hasta aquella noche.

Alec había combatido su deseo desde que la conociera, pero ahora se sentía totalmente incapaz de dejarla, la necesitaba.

Necesitaba ese contacto que hacía tanto tiempo no tenía con una mujer.

Pensó en la última vez que se había sentido así con alguien y descartó la visión de su primera esposa de inmediato.

Se apartó un poco y respiró hondo sin despegar su frente de la de su esposa.

―¿Por qué te detienes? ―La escuchó preguntar, y entonces supo que estaba perdido.

Se inclinó nuevamente sobre ella y su boca se abrió posesiva, reclamando lo que ahora era suyo.

Pensó que su esposa sabía a miel y frutas silvestres.

Su lengua se abrió camino hasta los carnosos labios de Roslyn, y de entre estos, se desprendió lo que a Alec le había parecido un suspiro.

Eso lo animó aún más. Volvió a mover sus dedos, acariciando la nuca de su esposa y atrayéndola más hacia él, impidiendo que se apartara.

Su lengua atravesó el umbral y la saboreó como él había hecho hasta ese momento.

Roslyn emitió otro gemido entrecortado, hundió sus dedos en el pelo de su esposo y abrió más sus labios para darle lo que él quería. Su lengua pujó para después retirarse nuevamente. Cuando ella imitó ese movimiento, fue su esposo el que gruñó entre sorprendido y satisfecho.

Roslyn quiso sonreír de felicidad, no había duda de que lo complacía.

Aquel roce de lenguas era la sensación más extraordinaria que había experimentado nunca, quería decírselo justo en el momento en que él se apartara, pero aquella promesa se perdió en su mente cuando Alec, con aquel mismo beso, hizo que se olvidara de todo.

Se inclinó sobre ella, haciendo que Roslyn se deslizara sobre la cama. Su espalda tocó el colchón y Alec se tendió a su lado sin parar de besarla.

―Roslyn ―susurró, todavía contra su boca.

Quería estar seguro de que ella también lo deseaba. Notó cómo los brazos de ella lo estrechaban más fuerte y no necesitó más estímulo.

Se volvió mucho más exigente, pero ella no le iba a la zaga, se sentía arder por dentro.

El martilleo de su corazón y las respiraciones entrecortadas eran lo único que podía escuchar en ese momento.

Roslyn creía que no existían unos sonidos más eróticos que los jadeos de Alec.

Simplemente la incendiaron y se volvió osada.

Levantó las caderas hacia él y sintió cómo a pesar de las mantas él se situaba entre sus muslos.

Quería tenerlo cerca. No hizo ademán de apartarse cuando la mano de su esposo se deslizó bajo las mantas hasta aferrar su muslo derecho.

Lo apretó y acarició suavemente hasta que la sintió jadear de nuevo.

―Alec. ―Roslyn sintió un calor intenso donde la mano acariciaba su piel.

Le costó respirar y se sintió perdida cuando Alec apartó sus labios de su boca, pero sonrió al notar un dulce beso en la mejilla, luego otro y otro más, hasta que los besos se perdieron por su cuello.

Allí se demoró en un beso intenso y húmedo.

Le acarició la garganta con la lengua, erizándole la piel.

Roslyn se sintió tan aturdida y sumamente complacida por lo que sentía que por poco le da las gracias.

Se sintió flotar entre sus brazos y le alegró que él tuviera la respiración tan entrecortada como la suya.

Lo aferró por los hombros y lo estrechó contra su pecho ignorando la punzada de dolor de sus costillas.

Al abrazarle de esa manera se dio cuenta de lo fuerte que era.

Deslizó sus manos entre su tartán y palpó el musculoso pecho de Alec.

Era magnífico, estaba hecho de acero y piel.

Consiguió arrancarle un par de gemidos más, mientras ella disfrutaba de su contacto.

Alec volvió a gemir, esta vez más fuerte, mientras sus caderas se mecían hacia delante.

Susurró algo en el oído de ella, algo que Roslyn no pudo acabar de entender, tampoco pudo preguntar a qué se refería, pues la lengua de él volvió a distraerla.

Le lamió la oreja para luego morderla suavemente.

Ella se humedeció de placer. No sabía que un simple gesto como ese pudiera hacerle sentir aquello.

Alec pensó que no podría estar sobre ella mucho más tiempo sin arrancarle las prendas que impedían que sus pieles estuvieran en contacto.

Sus labios eran tan dulces y su piel tan suave que creyó no poder separarse de ella antes de perder el poco autocontrol que ya pendía de un hilo. No obstante, se dejó llevar más lejos.

La mano del guerrero dejó de apretarle el muslo y ascendió más arriba. Le acarició la cadera y el vientre y siguió su camino hasta posarse sobre un pecho, suave y pleno. Roslyn gimió, mucho más audiblemente de lo que pretendía y solo se percató de ello cuando Alec se separó bruscamente de ella.

―¿Te he hecho daño? ―preguntó alarmado por su grito.

―No ―se apresuró a decir Roslyn algo aturdida.

Malinterpretó el gemido de placer. Su mano estaba muy cerca de la herida y no pudo hacer más que preocuparse.

De pronto el hechizo se había roto. Alec supo que debía retirarse.

Se apresuró a incorporarse y a alejarse de ella. Roslyn no protestó, incluso con la desilusión que sentía. Sin dejar de mirar a su marido vio cómo este se volvió a inclinar sobre ella. Le besó los labios nuevamente, esta vez el beso fue tan leve que Roslyn casi lanza un gemido de protesta.

―Que descanses, esposa.

Ella murmuró algo como contestación, en voz tan queda, que ni siquiera ella lo entendió. Se sentía abandonada otra vez. Alec se dio la vuelta y a grandes zancadas cruzó la estancia para perderse en el mal iluminado pasillo.

Escuchó sus pasos hasta que estos se interrumpieron por el abrir y cerrar de una puerta.

La puerta de su dormitorio, se dijo Roslyn.

¿Así siempre se quedaría en aquel dormitorio?

Se descubrió sorprendida ante el anhelo que sentía por volver a estar entre los brazos de su esposo.

¿Anhelaría él lo mismo? Se preocupó, pues pensaba que quizás a él no le agradaran tanto sus besos como a ella.

Chasqueó la lengua por el disgusto.

¿Cómo podía parecer tan indiferente? Se preguntó decepcionada.

Ella se sentía febril por el momento compartido, sabía que su pelo estaba enmarañado y sus mejillas arreboladas, en cambio él…

nada. Ni siquiera una arruga en su tartán.

Se dijo que la próxima vez tendría que esforzarse mucho más para provocar en Alec los mismos sentimientos que él hacía surgir en ella

Alec pensó que quería enloquecerlo.

Había tenido que echar mano de toda su fuerza de voluntad para poder despegarse de ella.

Era tan cálida y dulce, le respondía tan bien que no veía el momento de llevarla a su lecho y hacerla su esposa en todos los sentidos.

―Pronto ―se dijo.

Ella ya le había anunciado que se sentía recuperada, que los puntos y el aparatoso vendaje serían historia a la mañana siguiente. Solo tenía que esperar un poco más.

Alec suspiró incrédulo cuando se tumbó en la solitaria cama. Jamás quiso volver a casarse, ni sentirse débil, pero su nueva esposa le hizo pensar que la decisión tomada había sido la mejor de su vida.

Había observado el carácter de Roslyn y, complacido, diría que no era como Elisabeth.

Ella no tenía un amor secreto que apareciera de improviso y se la arrebatara.

No, ella solo tenía un marido cruel y despiadado que quería verla muerta.

Pero él la protegería de cualquiera que quisiera hacerle daño, contra eso sí que podía luchar.

Sonrió al visualizar su rostro, le recordaba a un cervatillo asustado, tan frágil y pequeño… con aquella dulzura en los ojos. ¿Y su belleza? Alec no podía sacársela de la cabeza. Sus increíbles ojos y su pelo azabache lo tenían hechizado.

Las últimas noches habían sido un tormento, ahora que tenía derechos sobre ella no podía deshacerse de sus fantasías ni siquiera en sueños.

Por la mañana se levantaba con una erección completa sin otro pensamiento en la mente que poseerla a ella, solo a ella.

¿Cuándo fue la última vez que había deseado así a una mujer?

Ni siquiera Elisabeth había conseguido acaparar sus pensamientos de aquella manera.

Alec juró por lo bajo, ninguna mujer lo había distraído tanto de sus quehaceres.

Es el deseo, se dijo. Pero una vez satisfecho nada lo estorbaría.

Mientras ese pensamiento rondaba su mente, se preparó para otra noche llena de sueños cálidos que acabarían en una gran frustración.

Y, efectivamente, a la mañana siguiente, Alec no pudo levantarse de peor humor. Como había predicho, la frustración de acostarse y levantarse solo de su cama, no le habían dejado descansar. Y lo peor estaba aún por llegar.

Faltaba muy poco para que el laird McGregor se presentara en su casa, o bien en busca de una respuesta o de una explicación. El día anterior, el viejo laird había enviado a un mensajero. Última oportunidad, rezaba el mensaje del McGregor.

Alec agitó la cabeza ante aquella idiotez, ni que estuviera loco para deshacerse de su esposa para casarse con aquella mentirosa.

De todas maneras, no eran buenas noticias para Alec.

Cuando el laird vecino descubriera que la respuesta que había venido a buscar no era otra cosa que una evidente negativa, retumbaría hasta la última piedra del castillo.

Pero con el humor que Alec gastaba no le desagradaba del todo la idea de tener una buena pelea.