Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 15
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CAPITULO 15

L achlam salió de la habitación y bajó los peldaños que daban al gran salón de los McAlister.

Vio a Alec sentado en la silla de respaldo alto que encabezaba la gran mesa del salón. Se dispuso a mantener una conversación larga con él.

Lachlam sonreía; no podía estar de mejor humor, aunque la sorpresa le había hecho dudar de cuán bueno sería para Roslyn aquel matrimonio.

Después de pensarlo un poco, se dijo que sería bueno para ambos.

Quizás no tanto para el clan, debido a que McGregor estaba cerca, pero el laird tarde o temprano entendería que su hija había mentido.

Sería un buen final si el laird McGregor, por evitar la deshonra de su hija, la casara con el primer pariente que se le viniera a la cabeza. Quizás con esa amenaza confesara. Ese sería un justo castigo para Mairy. Aquella mujer tendría que aprender que no es así como se caza a un hombre.

Alec levantó la cabeza al escuchar los pasos de Lachlam en la escalera.

Escudriñó sus ojos, intentando averiguar cuánto le habría contado su esposa. ¿Sabría que ya eran parientes? La expresión de Lachlam, como siempre, no dejaba entrever ninguna emoción, pero eso no quería decir que no las sintiera.

―¿Has hablado con Roslyn?

―¿Roslyn? ―dijo Lachlam. Enarcó una ceja, como si se sintiera sorprendido por tanta familiaridad.

Se dijo que, si Alec le había engañado respecto a su matrimonio, él también podría hacer lo mismo. A ver cómo se las arreglaba para contarle que se acababa de casar con su adorable cuñada.

―Roslyn parece estar mucho mejor. Creo que mañana la llevaré a casa.

Alec apretó la mandíbula. «Por encima de mi cadáver». Le sonrió sin humor, dejando entrever en su rostro cierta desaprobación. Su mujer al final le había dejado el trabajo sucio a él, pero ¿acaso podía culparla por no enfrentarse a aquella montaña de músculos y soberbia?

―Vamos, Alec. Sabes que no hay mejor curandera que Madeleine. Su hermana la cuidará muy bien. Es más, creo que lo que necesita ahora es el cariño de los suyos.

―Ella ya tiene el cariño de los suyos ―anunció Alec, levantándose de la silla y acercándose a la chimenea. Lo miró por encima del hombro.

Lachlam tomó asiento junto al fuego. Se dejó caer como si estuviera cansado.

―Eso ya lo sé. El clan la quiere desde niña, cuando venía a visitarnos…

McAlister se puso más serio; no sabía cómo llevar aquella situación y eso le molestaba sobremanera.

―No quiero decir eso, ¡maldición! ―Sin querer, dio un manotazo contra la repisa de la chimenea―. Lo que quiero decir es que Roslyn no va a ir a ningún lado. Este es ahora su hogar y es aquí donde va a quedarse.

Lachlam puso cara de asombro y Alec pareció volver a picar el anzuelo.

―¿Cómo es eso?

Hubo un desagradable silencio para Alec. Por otro lado, Lachlam parecía muy divertido ante el dilema de su amigo.

―Ella es ahora mi esposa ―anunció cuando ya no pudo aguantar más la presión.

―Ah, ¿sí? ¿Te has casado con mi cuñada? ¿Sin mi consentimiento y sin el consentimiento de tu rey?

Alec tragó saliva.

¡Maldita sea! No había pensado en ello, pero… apretó los puños y se dio la vuelta para enfrentarlo. Lo hecho, hecho estaba y él no se la iba a llevar.

Cuando vio la determinación en su rostro, Lachlam soltó una gran carcajada que lo dejó con la boca abierta.

―¡Ya lo sé! Solo quería hacerte sufrir un poco.

Alec cerró los ojos con alivio. No supo si golpearlo o echarse a reír.

Después de pensarlo unos segundos, decidió que sería mejor reír; al fin y al cabo, sabía que a quien fuera su protector no le gustaba nada que le mintieran, o le ocultaran cosas. Debía sentirse satisfecho de no tener ningún hueso roto a esas horas.

Aguantó el manotazo en la espalda que Lachlam le lanzó a modo de felicitación.

―A veces, sigues siendo el niño de antaño.

Alec dejó pasar ese comentario y ambos se concentraron en hablar de cosas más serias.

―Alec, ¿has pensado que esto te puede ser muy perjudicial, verdad?

El aludido asintió. Sabía perfectamente a qué se refería.

―Sí, pero realmente espero que McGregor entre en razón y crea que no toqué a su hija. De hecho, asegura que ningún hombre lo ha hecho. Solo se inventó esa mentira porque le pareció la forma más fácil y rápida de convertirme en su esposo.

―Se equivocó, ciertamente.

Sí que lo hizo.

Lachlam asintió con desgana; era una pena que McGregor se dejara influenciar tanto por su hija.

Si uno conociera mínimamente a Alec, sabría que era un hombre de honor y que jamás habría tocado a una muchacha, engatusándola con una falsa promesa.

Por eso, ante aquella acusación tan grave, no podría hacer más que ponerse de parte de Alec.

No había dado apoyo a McGregor, pero si estallaba una nueva guerra entre clanes, se lo daría a McAlister.

Lachlam miró a Alec, solidario.

―Espero que McGregor entre en razón, hijo. Pero si no es así, cuenta conmigo.

―Ahora sí que espero que McGregor entre en razón, por su bien ―dijo, con una sonrisa bailando en sus labios.

De sobras era conocido en las Highlands el poder del clan Kincaid. Sin duda, su enemigo se lo pensaría dos veces antes de atacarlo. Y más cuando se enterara de que él estaba casado con su cuñada.

―Dime ―dijo Lachlam, alejándose un tanto del tema―. ¿Te has casado con Roslyn solo para quitarte de encima las presiones de McGregor?

Alec no quería contestar aquella pregunta. No era propio de él confesar que se sentía profundamente atraído por una mujer. No revelaría esa verdad ni a su propia esposa. Si algo había aprendido Alec es que aquellos sentimientos podrían hacerlo muy vulnerable.

―Principalmente por esa razón ―se aventuró a decir.

―Sin estar casado tampoco podría obligarte, por mucho que quisiera.

―Lo sé.

―Entonces, ¿qué otra razón había para acelerar la boda?

―Había otras razones y punto.

Alec suspiró; no le gustaba nada recordar lo indefensa que había parecido Roslyn durante su recuperación, ni qué decir del mismo día en que la encontró envuelta en un manto de sangre.

Recordó con furia aquella imagen de su esposa, tendida en el suelo, con el cuerpo tiritando y el manto hecho jirones.

Alec apretó las mandíbulas para controlarse.

¡Por Dios! Era un milagro que siguiera viva.

Nunca había visto a nadie tan desprotegido y desvalido.

Se juró que haría lo que fuera para mantenerla a salvo.

Deseó fervientemente que Henry acudiera a Escocia para reclamarla.

¡Que lo hiciera! Entonces podría atravesar su cuerpo con el frío metal de su espada.

La voz de Lachlam lo devolvió al presente.

―Alec…

―Las heridas se las causó su esposo.

Kincaid asintió como si entendiera.

―¿Está en las Highlands?

―¿Crees que si estuviera no tendría la cabeza separada del cuerpo? ―preguntó Alec, ofendido.

―Por supuesto.

Ambos permanecieron en silencio largo rato, cada uno pensando en su venganza.

―¿Así que ha vuelto de entre los muertos?

―Eso parece.

Alec parecía irritado, juntó las manos a su espalda para evitar golpear algo con el puño.

―Lo último que supe de ella fue que la obligaron a regresar a Francia y que estaba con su hermana Frances ―Lachlam lo dijo con cierto deje de impotencia. Él no había podido hacer nada. Y cuando supo en qué convento buscarla, Frances avisó en su carta de que había huido de allí.

―Roslyn teme por su hermana ―anunció Alec.

―¿Frances?

Alec asintió.

―He enviado a Iain.

Lachlam quedó estupefacto.

―¡Por Dios! Será interesante ver si los dos consiguen llegar sin despedazarse por el camino. ―Alec frunció el ceño y Lachlam se explicó―. ¿Conoces el carácter de mi mujer?

Alec asintió. De sobra era conocido y temido el endemoniado carácter de su esposa.

―Bien, Madeleine es la cariñosa; Frances, la indomable.

―No sabes cuánto lamento perderme el espectáculo de ver cuando Iain intente convencerla de atravesar el país en su compañía.

Alec se esforzó por no sonreír.

Más serio, Lachlam pensó en Frances y se sintió algo más aliviado al saber que era Iain quien había ido en su busca. Si un hombre era capaz de llevar a cabo sus propósitos a pesar de todos los obstáculos posibles, ese era Iain.

―Le vendrá bien esta misión ―le dijo Alec al laird Kincaid―. Últimamente ha pensado mucho en su futuro.

Kincaid se rascó el robusto mentón. La vida de Iain no había sido fácil y las decisiones que tenía que tomar sobre su futuro tampoco lo eran. Habría que luchar muy duro para recuperar lo que le pertenecía por derecho.

―Ahora que el problema de Frances está solucionado, mi esposa tiene una preocupación menos; solo nos queda ocuparnos de Henry y, por lo que me ha contado Roslyn de él, no dudes que vendrá a buscarla.

―¿Tú crees?

―Yo lo haría ―sentenció Alec.

Lachlam se zambulló en sus pensamientos. Todos ellos rondaban diversas posibilidades de cómo consumar una venganza. Alec pudo percibir la culpabilidad en la expresión de su antiguo tutor. Sin duda, hubiera querido estar cerca de ella para ayudarla.

―No podrías haber hecho nada, el bastardo fue a buscarla a la abadía y la obligó a ir con él; ella tuvo que aceptar a riesgo de ver morir a su hermana.

―Malnacido. ―Los dientes de Lachlam chirriaron.

―Henry pretendía casarse nuevamente con Roslyn cuando huyó. Fue entonces que envió a sus hombres tras de ella.

―Los tres cadáveres ―susurró Lachlam concentrado.

Alec asintió en silencio.

―Ella los mató.

Escudriñó el rostro de Kincaid con detenimiento, pero no pudo ver en él ni un ápice de asombro. Lachlam se dio cuenta de que lo observaba y sonrió.

―¿Aún no sabes por qué no me sorprende?

―No, debería ser bastante inusual que una mujer matara a tres hombres con una minúscula daga y una honda con piedras.

Lachlam rio con todas sus fuerzas.

―Sí, mi amigo. Debería sorprenderme que una mujer hiciera eso. No obstante, no me sorprende que tu esposa lo haya hecho.

McAlister lo miró como si hubiera cambiado de color.

―No entiendo.

―Piensa en lo que ha pasado. ¿No crees que después de todo lo sucedido haya aprendido a defenderse?

Una ráfaga de reconocimiento pasó ante sus ojos.

―¿Y tú la ayudaste en su entrenamiento?

―No ―Lachlam negó con la cabeza―, pero deberías saber que las mujeres de esa familia son del todo inusuales.

Alec frunció el ceño y Lachlam asintió.

―Es curioso que, siendo mujeres que aman la paz sobre todas las cosas, se hayan entrenado tan bien para la guerra. Madeleine, Roslyn y Frances son mujeres excepcionales, Alec.

―¿Frances? ―pronunció el nombre de su nueva cuñada y, cuando Lachlam asintió, no pudo menos que asombrarse―. A Iain le espera un largo camino de vuelta.