Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 14
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CAPITULO 14

D ías después de la boda, Lachlam se presentó en la fortaleza McAlister y Roslyn descubrió, con asombro, que estaba casada con un hombre que había iniciado una guerra precisamente por convertirla en su esposa.

De alguna manera, el temible laird Kincaid había sabido de su presencia antes incluso de entrar en las tierras de Alec. La noticia de su enlace se había esparcido por las Highlands como la pólvora.

Cuando su cuñado entró en la alcoba—aquella que aún no compartía con su esposo—, su rostro mostraba un desconcierto que ella jamás se hubiera imaginado ver en él.

Ella le dedicó una sonrisa radiante, mientras él le escudriñaba el rostro, incapaz de creerse que la pequeña hermana de Madeleine estuviera allí.

―Roslyn ―susurró con incredulidad.

Ella asintió. Estaba de pie junto a la cama, llevaba un hermoso vestido verde que Alec había mandado confeccionar con las mejores telas. Mientras extendía los brazos para que él la abrazara, el laird Kincaid avanzó torpemente hasta llegar a su encuentro.

―Lachlam.

―Roslyn ―su altivo cuñado parecía algo confundido, pero eso no impidió que la abrazara después de cerciorarse de que estaban solos en la habitación―. No creí las noticias que me llegaron, ni tampoco he querido creer a Alec cuando me ha dicho que estabas aquí.

Los intensos ojos azules de Lachlam la miraban con interés. Se apartó de ella, aunque sus manos parecían no querer soltarla. Escudriñó su rostro y se fijó en el vendaje que le cubría el pecho, apenas visible en el escote de su vestido.

―Quiero que me lo cuentes todo ―le dijo con intensidad al ver en su rostro una leve sombra morada, consecuencia, sin duda, de un golpe.

Ella pudo ver cómo apretaba los dientes intentando contener sus emociones; en eso se parecía a su esposo. Su esposo, pensó: «¿Lo sabría Lachlam?».

―Ya ha pasado todo. ―Sonrió con ternura y le acarició la mejilla.

―Soy yo quien debería consolarte ―se reprochó―, o al menos estar a tu lado para protegerte.

Adoraba a su cuñado. Conocía al temible guerrero desde que se había casado con su hermana, aunque las visitas siempre habían sido más bien excusas, coincidiendo con el buen tiempo y los momentos en que sus pupilos volvían a sus hogares para pasar unos meses con la familia.

―¿Qué más te ha contado el laird McAlister?

―Poco, solo que estabas aquí. ―Entrecerró los ojos esperando una especie de confesión que no llegó―. ¿Por qué lo preguntas?

―Por nada ―se apresuró a decir Roslyn, quitándole importancia al asunto.

No la creyó ni por un instante.

―¿Qué me ocultas?

Ella sonrió.

―Siempre tan desconfiado.

―Y tú siempre tan escurridiza.

El rostro de Lachlam se volvió una máscara sin expresión alguna y Roslyn dejó entrever su disgusto. ¿Acaso todos los escoceses conocían ese truco para que ella no supiera en qué pensaban?

Fue una suerte para Lachlam que Roslyn no pudiese adivinar sus pensamientos, en efecto, no le habrían gustado. Su cuñado solo pensaba en asegurarse de que todos aquellos bastardos estuvieran muertos. Iba a tomarse su venganza. Solo debía esperar a que Henry metiera las narices en Escocia.

Roslyn le tocó suavemente la mano, dándole a entender que fuera lo que fuese lo que estaba pensando, ya no importaba.

―No albergues tanto odio en tu corazón, Lachlam.

―Eres demasiado buena, Roslyn. Siempre lo has sido.

Lachlam quería a la pequeña Roslyn como si fuera su propia hermana.

En más de una ocasión había viajado a Escocia junto a su hermano Gifré. Pero de eso hacía muchos años, antes de que Henry pidiera su mano y su familia consintiera una boda que le había proporcionado tanto dolor y sufrimiento como el que pueden caber en diez vidas.

Pensó en los momentos compartidos y en lo contenta y triste que se iba a poner Madeleine al saber que su hermana estaba allí. Contenta por tenerla de vuelta y triste—por no decir furiosa—por el estado en que la había encontrado Alec McAlister.

―Siento si he tardado tanto en venir a buscarte. Tenía que resolver asuntos de vital importancia ―ella asintió, entendiendo todas las responsabilidades que implicaban ser un laird―. Pero ahora ya estoy aquí. Tu hermana se pondrá muy contenta.

Roslyn sonrió ante esa posibilidad. También estaba abrumada por encontrarse allí, después de toda la odisea que había supuesto escaparse hasta las tierras altas.

―Deseo verla más que nada.

―Pronto nos marcharemos ―aseguró Lachlam―. Quiero preguntarte muchas cosas, Roslyn, pero me preocupa que no estés en condiciones.

―Lo estoy ―afirmó ella vacilante, pues aún estaba pensando en sus últimas palabras: pronto nos marcharemos, ciertamente no sería así. Ese era ahora su hogar y no se iría, Alec no lo permitiría y ella… no quería marcharse.

―Te han cuidado bien.

Ella asintió.

―Yuri es una gran sanadora y Alec…

Ella calló al ver la expresión suspicaz en el rostro de Lachlam y es que no se le pasó por alto la familiaridad con la que trataba al laird McAlister.

―¿Alec? ―preguntó su cuñado, esperando que ella le diera detalles sobre lo que sucedía entre ellos.

―Quiere que le llame así ―vaciló ante la mirada escrutadora a la que estaba sometida.

―Bueno, es como un hijo para mí y tú, mi cuñada. Puede parecer apropiado que os tengáis cierta confianza. Como hermanos ―añadió finalmente.

¿Hermanos? A Roslyn se le escapó una risa espontánea, parpadeó divertida por la ocurrencia. Sin duda, Alec no la trataría como una hermana por mucho tiempo.

Le quedaron claras dos cosas: una, que Lachlam había oído que ella se encontraba en el país; y dos, que sabía que Alec McAlister se había casado.

Pero entendía que no había relacionado esas dos noticias.

El pobre Lachlam ni siquiera intuía que precisamente la esposa de Alec era ella misma.

Su esposo no lo había sacado de su error esa misma mañana cuando llegó a la fortaleza McAlister; parecía haberle dejado todo el trabajo de informar a su pariente sobre el enlace.

Se reprendió interiormente y se apresuró a quitar la sonrisa de su rostro.

No estaba bien reírse de la ignorancia ajena, más aún cuando Lachlam se enteraría de la boda, su furia le quitaría todas las ganas de reír.

Lachlam vaciló al verla menear la cabeza. Era evidente que su cuñada tenía algo importante que decirle, pero no se atrevía.

―¿Qué ocurre? ―Lachlam agrandó los ojos para después entrecerrarlos.

―Será mejor que nos sentemos.

Él asintió, acercándose a la ventana donde les aguardaban dos bancos de piedra para poder descansar.

Al ver que Roslyn vacilaba en cómo abordar la conversación, pensó lo peor sobre Alec.

Si había osado tocarla, lo despellejaría.

Jamás pensó que Alec pudiera aprovecharse de una mujer, pero después de que Mairy McGregor asegurara lo contrario, ya no estaba tan seguro.

―Dímelo ―exigió―. Te juro que, si te ha tocado, se atendrá a las consecuencias.

―No me ha tocado ―Aún, añadió para sus adentros.

Y no mentía. Alec se había mostrado muy comprensivo y cortés. La había besado, era cierto, en varias ocasiones. Pero eran besos inocentes. Convaleciente como estaba, había respetado su condición.

Lachlam no supo qué pensar.

―¿Entonces qué te pasa con Alec?

―Es que… ―vaciló, pero al final pensó que tendría que revelarle la verdad tarde o temprano. Así que era mejor decirlo de una vez por todas―, si Alec quisiera tocarme, yo no podría negarme a sus deseos.

―¿Qué? ―Lachlam dio un brinco levantándose del banco. La miró asombrado y furioso a la vez―. Roslyn, será mejor que te expliques.

Suspiró, deseando estar en cualquier otra parte. No quería mantener aquella conversación con Lachlam.

Pensó en Alec; el muy cobarde se había escaqueado de hablar con Kincaid. Seguramente esperaba que ella hablara con su cuñado, más que nada para no despertar su ira innecesariamente. Ambos sabían del mal humor de Lachlam cuando le daban malas noticias.

Roslyn bufó; su esposo no era tan valiente como aparentaba ser.

―Roslyn, estoy esperando.

―Me he casado con él.

Roslyn estaba preparada para un estallido de ira, por eso se encogió de hombros y bajó la cabeza, pero al no producirse sonido alguno, no supo si era buena o mala señal.

Lachlam se quedó inmóvil hasta que sus ojos se fijaron en las lomas que había más allá de la muralla.

El paisaje que se podía ver a través de la ventana pareció calmarlo un poco.

Empezó a pasear por la habitación como un animal enjaulado.

Tenía los labios contraídos en una fina línea, fruto, por supuesto, de contener ciertas palabras obscenas que hacía tiempo que no pronunciaba.

―No me forzó a ello ―se apresuró a decir, para disculpar un poco a Alec. Así tal vez la riña entre ambos se podría suavizar un poco.

―Que no te obligó... ―dijo Lachlam, en un susurro, mientras pisaba fuerte la piedra del suelo―. ¡Habrá guerra!

Aquellas palabras dejaron a Roslyn como el mismo día de su boda. Anonadada.

―¿Por qué siempre habláis de guerra? ―dijo, apretando los puños sobre sus faldas.

―Porque es lo único que se puede esperar, niña, ahora que Alec ya está casado.

―No entiendo.

Y la verdad era esa, que no entendía, y se dio cuenta Lachlam cuando la miró y vio aquella cara de total desconcierto.

―Alec estaba prometido con la hija del laird McGregor.

―¡Oh! ―la exclamación ahogada de Roslyn no evitó que se le notara en el rostro la decepción porque su esposo hubiese pertenecido a otra mujer―. Prometido…

¡Pero ahora era suyo!

Roslyn miró intensamente a su cuñado. No importaba que hubiese estado prometido con otra, ahora era su esposo y estaba más que resuelta a no dejarlo marchar, y mucho menos con Henry rondándola.

―Pero ¿por qué lo hizo?

―¿Casarse contigo? ―preguntó Lachlam con aire despectivo―. Pues para no casarse con ella. ¡Esa mujer es una arpía!

Roslyn reflexionó sobre aquellas palabras. Se dio cuenta de que apretaba sus manos contra sí muy fuertemente, señal de que lo que oía no le estaba gustando nada.

―Pues si esa mujer es tan perversa, me alegro de que se haya casado conmigo.

―¿No querrás decir que no se haya casado con ella?

―Es lo mismo ―dijo con mucha convicción.

Lachlam entrecerró los ojos. No era lo mismo, había una sutil diferencia de la cual empezaba a percatarse.

―Así que debo entender que, en el fondo, te complace este matrimonio.

―Sabes que sí. Es una manera de librarme de Henry.

El nombre de ese malnacido le hizo apretar los puños. Si alguna vez pudiera tenerlo enfrente…

―Iba en tu busca, Lachlam, hacia tu hogar, para que me concertaras un matrimonio.

No es que considere que los hombres McAlister sean mejor que los Kincaid ―se apresuró a decir para no ofender a su cuñado―, pero Henry quería volver a confirmar nuestros votos matrimoniales.

¿Te imaginas? ―Se llevó las manos al rostro y el laird Kincaid se acercó para consolarla―.

Cada vez que pienso en ello… Casándome, he impedido que eso pueda ocurrir.

―Roslyn…

―Estoy contenta con mi marido ―dijo con pasión―, es lo suficientemente fuerte como para protegerme.

Roslyn empezó a balbucear y Lachlam se apiadó de ella antes de que empezara a sollozar. Por fortuna, ella pudo controlarse; sabía que Kincaid no toleraba a las mujeres llorosas.

―Hubieses tenido mi protección sin tener que casarte con nadie de mi clan.

―Eso lo sé, pero no sé si has entendido que Henry me persigue para volver a casarse conmigo ―le repitió como si fuera el dato más importante del mundo.

Lachlam tuvo que asentir; en el fondo entendía que aquel matrimonio con Alec había sido una barrera más en el camino que la separaba de Henry. Ahora, si este la atrapaba, solo podría casarse con ella matando a Alec, y era muy poco probable que un sassenach lograra esa hazaña.

Lachlam sonrió ante la astucia de Roslyn, pero también por la de Alec.

Ahora era imposible que el laird McGregor le obligara a casarse con su hija.

Mairy estallaría de furia al saberlo, si es que no lo sabía ya.

Seguramente la rabieta le duraría días o meses.

Lachlam sintió una honda satisfacción ante ese hecho.

―Dime ―le sorprendió Roslyn, espoleada de repente por la curiosidad―, ¿por qué debía casarse con ella si no lo deseaba?

―Ella alegaba que Alec le había arrebatado la honra, jurando que se casaría con ella.

―¡Qué cruel mentira! ―estalló Roslyn.

Se sorprendió a sí misma. Otra vez aquel afán de protección hacia su marido. Al final, concluyó que su explicación era lógica; le daba exactamente lo que ella esperaba recibir: lealtad y protección.

―¿Por qué crees que no es cierto? ―le preguntó Lachlam―. ¿No ves a tu marido capaz de tomar a una mujer?

Ella lo fulminó con la mirada y él sonrió al recordar ese fuego que tan tenazmente se había empecinado Henry en apagar.

―Por supuesto que veo a mi esposo capaz de tomar lo que se le ofrece, pero también sé que jamás incumpliría una promesa.

Si le hubiera dado su palabra de casarse con ella, la habría mantenido.

Un acto tan vil y falto de honor solo es adjudicable a un bandido o un asesino, y mi esposo no es ninguna de las dos cosas.

―¿Quieres que se lo trasmita al laird McGregor?

―Si ese es tu deseo… pero asegúrate de que la vaca de su hija también lo reciba ―el tono de Roslyn no era nada amigable.

Lachlam estalló en carcajadas.

―Buen Dios, muchacha. Espero que Alec sepa el tesoro que se ha ganado con esta boda.

A Roslyn se le sonrosaron las mejillas al ver que la causa de su asombro y diversión eran sus airadas palabras. Parecía bastante satisfecho y dichoso, pues su estallido era síntoma de que se estaba recuperando y de que realmente le complacía su actual esposo.

Se preguntó si Alec sabía con qué guerrera se había casado.

―Debería buscar a Alec y felicitarle por el enlace.

Roslyn no se movió del banco junto a la ventana, pero lo miró suspicaz.

―Prométeme que no le golpearás.

Lachlam asintió con una sonrisa.

―Prometo no golpearle, si él no lo hace primero.

Ella suspiró y pensó que era lo máximo que conseguiría de su cuñado.

―Por favor ―pidió cambiando de tema―, trae a Madeleine.

―Por supuesto ―Lachlam se despidió de Roslyn con la promesa de que Madeleine vendría pronto a verla.

Cuando Lachlam salió de la habitación, Roslyn supo que la calma no duraría mucho. En cuanto Madeleine llegara y Alec se presentase ante su cuñado, la verdadera tormenta estaba a punto de desatarse.