Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 12
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CAPITULO 12

―¿ T e has vuelto loco, muchacho? ―fue lo único que se escuchó en el salón. Fergus se llevó una mano al pecho, convencido de que iba a darle un ataque.

Alec rio para sus adentros al ver las mandíbulas desencajadas de su abuela y el viejo Fergus.

―Soy tu laird, Fergus. No os pido permiso, solo informo de un futuro acontecimiento.

La noticia había tomado por sorpresa a Yuri y a su anciano hermano cuando el laird les comunicó su decisión.

―¡No puedes hacer eso! ―balbuceó Fergus.

―Siento que esto frustre tus planes de verme casado con Mairy McGregor ―le dijo Alec―, pero deberías saber que ese matrimonio jamás se hubiera celebrado.

El enfado de Fergus se mitigó un poco, al entender que sus palabras eran ciertas. Sus emociones contrastaban con el júbilo de su hermana Yuri. La mujer se puso de pie y se dirigió a la cabecera de la mesa para abrazar a su chico.

―Hijo mío, no sabes la alegría que das a esta pobre anciana.

Alec correspondió a su abrazo con afecto.

―Lo tenías muy bien escondido, jovencito ―dijo finalmente Yuri, con lágrimas en los ojos.

Yuri se hizo la sorprendida incluso tras haber escuchado parte de la conversación que el laird había mantenido con Roslyn noches atrás.

Había pasado casi una semana desde que se cumpliera el plazo que dio el laird McGregor; y ahora que Roslyn estaba recuperada, era hora de empezar con los preparativos de la boda.

Esta debería celebrarse cuanto antes. Una misiva había llegado a la fortaleza McAlister; sin duda, el clan vecino se preparaba para la guerra.

Su amigo, Gabriel McDonald, había informado de ello a Alec apenas unos días atrás.

McGregor reclamaba a sus aliados unir fuerzas para luchar contra él.

No obstante, Alec estaba muy seguro de que podía contar con los McDonald y los Kincaid.

Yuri suspiró. Evidentemente, la boda entre Alec y Roslyn no ayudaría a calmar los ánimos, pero ante la negativa de sus clanes vecinos a luchar contra los McAlister, quizás el viejo laird McGregor se replantease la situación.

Desde el momento en que Roslyn entró en sus vidas, Yuri supo que era inevitable que sus destinos se entrelazaran.

Como mujer sabia y observadora, no pudo menos que notar la forma en la que Alec miraba a la muchacha desde el mismo día que llegó: con cierta preocupación por su salud mientras se recuperaba, y con un incipiente deseo una vez que volvió a tener la vitalidad que se esperaba de una joven de su edad.

Daba gracias a Dios porque la muchacha se había recuperado con celeridad.

Las heridas habían mejorado bastante; solo la herida en el pecho le dolía, aunque también sanaría pronto.

La voz de Alec devolvió a Yuri a la realidad. Después de que su nieto señalara uno por uno todos los motivos que tenía para casarse con la recién llegada, los dos ancianos no pudieron hacer nada más que asentir y darle su bendición, aunque Fergus lo hizo con menos entusiasmo.

―Pobre Roslyn ―murmuró Yuri después de que Alec les contara toda la historia vivida.

Por su parte, a Fergus se le pasó el enfado. Casarse con la cuñada de uno de los más poderosos señores de Escocia no era ninguna tontería.

―Así mataremos dos pájaros de un tiro. ―Yuri se frotó las manos sin dejar de sonreír.

―Eso pensé ―dijo Alec, sentado en la cabecera de la mesa.

―Por un lado, ella se librará de ser obligada a casarse de nuevo con ese tal Henry; y por otro, a ti ya no podrán seguir presionándote para que te cases con Mairy.

―Brindo por ello, abuela.

―Y lo más importante, me darás hermosos nietos.

Alec no había pensado en ello. Sintió un cierto nudo en el estómago.

La verdad es que no quería pensar demasiado en eso.

Por ahora, solo se trataba de un matrimonio por conveniencia, beneficioso para que ambos pudieran librarse de una desagradable situación.

Amarla como a una mujer y que le proporcionara hijos… no quería pensarlo todavía.

―Espero que el laird McGregor recapacite, y le dé unos buenos azotes a su hija por mentirosa ―Yuri estaba indignada―. Supe desde el primer momento que esa niña mentía. Es cierto que no se la puede culpar del todo, eres un buen partido, Alec, aunque me alegraré de verte casado con la otra muchacha.

Yuri pensó en Roslyn.

―Se la ve una buena mujer. Muy dulce, justo lo que te hacía falta.

Alec no contestó, fijó la mirada en el otro extremo del salón, en las llamas que consumían los troncos.

Yuri dijo lo que pensaba de Roslyn, y lo hizo de todo corazón, pero, aun así, Alec no pudo evitar entristecerse al recordar que él también había creído que su primera mujer era lo que necesitaba para ser feliz.

―En el fondo también me alegro.

―No tanto como yo ―aseguró Alec, pero ni siquiera él sabía por qué lo decía exactamente.

―No me digas que te has enamorado de esa mujer, muchacho. ―Fergus esperó su respuesta con cierto asombro, pero esta no llegó.

Alec ni siquiera se molestó en contestar; la presencia de uno de sus guerreros lo distrajo cuando entró en el salón. Iain se acercó a la mesa y se sentó con ellos cuando se lo indicó.

―La noticia de tu matrimonio acaba de ser de dominio público ―Iain se sirvió una copa de vino y brindó por él―. En las cocinas no se habla de otra cosa y los chismes ya han llegado al patio de armas.

Alec suspiró. No podía esperar que el secreto durara siempre. Eso le recordaba que tarde o temprano Lachlam Kincaid también se enteraría, y pronto, pues estaba a punto de regresar a su hogar.

―Ahora, tras la boda, deberíamos planificar los preparativos de guerra. Ese demonio con cara de ángel pedirá tu cabeza a su padre.

Alec asintió.

Era consciente de que aquel encuentro era inevitable, y para sus adentros se dijo que no debía sentirse culpable. Al fin y al cabo, una pequeña batalla no le haría mal a nadie y, si había una culpable en todo aquello, era Mairy McGregor. Él se lavaba las manos.

―Bien, quizás Lachlam nos ayude. No olvides que te casas nada menos que con su cuñada.

―Eso es lo que te hace más feliz, ¿no, Fergus? ―preguntó Yuri en tono burlón.

―Por supuesto que no ―la cortó tajante.

Por supuesto mentía; todo un señor de la diplomacia como él sabía lo beneficiosas que eran algunas alianzas y, por descontado, la alianza matrimonial que Alec sellaría en breve sería una de las que llevaría más prosperidad al clan.

―Lo primero es la felicidad de Alec ―refunfuñó de nuevo el anciano, cuando vio que Yuri no quedaba satisfecha con su respuesta.

Iain bufó por la estupidez y Alec sonrió como si le hubiera leído el pensamiento.

―Deberemos avisar al padre Callum. La boda será hoy mismo.

―¿Hoy mismo? ―la voz de Fergus se volvió aguda ante la inesperada decisión, pero acto seguido agachó la cabeza y se rindió.

―Bueno, de eso me encargaré yo. ―Yuri se levantó bien dispuesta a que, por lo menos, la novia recordara un bonito día como aquel―. Vosotros preparaos para la guerra.

Subió las escaleras que ascendían del salón al patio de armas, deseosa de terminar el encargo para estar de vuelta cuanto antes y poder ordenar a las doncellas que adecentaran a la novia.

Los tres hombres quedaron solos en el salón.

―Déjame que te felicite, Alec.

El aludido asintió ante las palabras de su mejor guerrero.

―Gracias, creo que será una buena esposa. ―Una sonrisa sincera curvó sus labios―. Me dijo que no sería exigente con su marido.

Iain sonrió de manera casi imperceptible, aunque se apresuró a ocultar su humor detrás de un largo trago.

―Pues estamos de suerte, todos sabemos que no eres muy propenso a los buenos modales, más bien te caracterizas por una rudeza arrebatadora.

Alec gruñó, pero no corrigió ni una palabra.

―Sigo considerando que deberías esperar a Lachlam para la ceremonia.

―No tengo tiempo que perder. ―Ni en sueños iba a esperar―. Lachlam sigue estando demasiado ocupado recaudando impuestos y haciendo visitas obligadas en el este.

―Entonces, más que a los McGregor, deberás temer a la ira de Madeleine Kincaid. No creo que se tome demasiado bien perderse la boda de su hermana.

Los tres hombres guardaron silencio recordando el carácter indomable de la bella mujer.

―No quiero problemas con Lachlam, celebraremos el banquete cuando ellos estén presentes. Ya sabes cómo se altera cuando ve disgustada a su esposa ―dijo Fergus.

―No los habrá ―aunque ni siquiera Alec estaba convencido cuando aquellas palabras salieron de su boca―. Lachlam me perdonará, entenderá que no pueda esperar. Quiero estar casado para cuando el McGregor llegue.

―Sin duda, McGregor se presentará con un buen número de soldados para que le confirmes lo que has decidido.

―Ya llega con retraso. ―Alec sonrió ante las palabras de Iain.

No tenía ninguna duda de que a su guerrero más leal le gustaban las buenas batallas, no obstante, no se derramaría sangre precipitadamente. McGregor llegaría a la fortaleza enfurecido, tanto si Alec estaba casado como si rechazaba a su hija.

―Que Dios nos pille confesados ―dijo Fergus elevando los ojos al cielo.