Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 13
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CAPITULO 13

M edia hora después, el padre Callum atravesaba la puerta del salón con su característico caminar. Llegaba solo; en efecto, Yuri ya estaría organizando a las doncellas para que todo estuviera a punto para la inminente boda.

La gran barriga del padre Callum parecía llevarle la delantera al cuerpo. Bajó los escalones como un pato hasta plantarse, con una amplia sonrisa, frente a su laird.

―Me han dicho finalmente que pensáis casaros, mi señor.

Alec asintió en silencio.

―Me alegro. He de confesar que no me agradaba la idea de bendecir a nuestros hombres antes de enviarlos a la muerte.

―Soltó una carcajada ante su propia ocurrencia y las mejillas, sonrosadas por el vino consagrado, se ruborizaron un poco más―.

Ya que hemos permanecido tanto tiempo en paz, sería una lástima entrar de nuevo en guerra.

Alec e Iain se miraron, y ambos sonrieron ladinamente, mientras Fergus ponía los ojos en blanco.

No tenía la más mínima intención de sacarle de su error y, al parecer, el viejo Fergus tampoco.

―Venga conmigo.

El padre Callum era nuevo en aquel paraje, venía del sur, donde decía que los escoceses ciertamente eran más civilizados.

Alec, en cambio, no creía que fueran más civilizados; simplemente eran más estúpidos, habían olvidado ser highlanders y se habían convertido en simples ingleses, con sus mismos modales y su misma lengua.

Además, no haber tenido guerra en dos años le parecía a Alec suficientemente civilizado, pero para una mente sureña no era igual.

El padre tendría que aguantarse, pensó Alec, pues ciertamente habría guerra.

Pero antes, contraería matrimonio con aquella misteriosa mujer del Llengua d’Oc.

Iain siguió a los hombres hasta el piso superior; no quería perderse la ceremonia.

En la puerta de la alcoba encontró a Yuri, que cerraba la habitación.

―La novia aún no está lista.

El padre Callum frunció el ceño, extrañado.

―Vaya, no sabía que la novia había llegado. No veo a los invitados.

―Una ceremonia íntima, padre, debido a que son circunstancias extraordinarias. Por supuesto ―dijo Iain.

―Por supuesto ―convino el padre, algo más tranquilo.

Alec se inclinó sobre su comandante.

―Tienes un sentido del humor un poco retorcido.

―Déjame agradecerte que me permitas asistir a tu boda ―dijo Iain―. No me perdería la cara del viejo Callum por nada del mundo.

Los hombres guardaron silencio cuando la puerta se abrió de nuevo y tres doncellas sonrientes salieron de la alcoba.

―Está todo listo para la boda.

Los ojos de Yuri brillaban llenos de emoción cuando permitió que los hombres entraran.

Entraron en la habitación, caldeada por la chimenea. Yuri abrió los portones de las ventanas, que estaban cerrados, e iluminó la estancia con la luz de la mañana.

Alec fue el último en entrar. Cuando lo hizo, Roslyn fue lo primero que vio. Su prometida estaba sentada junto a la cama y, a diferencia de los otros días, en ese momento llevaba un espléndido vestido de un azul intenso que iluminaba su hermosa mirada. A Alec se le cortó la respiración.

La vio sonreír mientras su mirada fija lo enfocaba, anhelante.

Su estado le impedía levantarse. Todavía estaba débil; las fisuras en sus costillas tardarían en curarse y la herida del pecho, apenas cerrada, la mantendría en cama un par de semanas más. Pero en aquel instante era la mujer más hermosa y saludable que él pudiera desear como esposa.

Roslyn sonrió; no pudo dejar de hacerlo cuando Alec le devolvió la mirada llena de ternura. Cómo un guerrero tan fuerte y grande podía ser tan delicado era algo que se escapaba a su entendimiento.

Sus manos se cerraron sobre un delicado pañuelo que le había entregado Yuri y lo retorció sin compasión, mientras esperaba que la ceremonia empezara.

Roslyn lo vio acercarse, mientras tres hombres y la anciana se quedaban en el otro extremo de la cama.

Aquello era muy extraño para ella. Jamás se hubiera imaginado que se casaría con un laird, y menos en aquellas circunstancias.

El motivo por el que había aceptado la propuesta sin dudar era su hermana Madeleine.

No solo porque podría verla todos los días, sino porque en sus cartas, que había recibido desde hacía años, le había narrado las travesuras que Alec y Gabriel cometían para poner patas arriba la fortaleza Kincaid.

Su futuro esposo no sabía que ella dispusiera de esta información, pero era como si lo conociera desde siempre.

Roslyn recordó cada detalle de aquellas historias.

Si quedaba algo de aquel muchacho en el hombre que tenía frente a ella, podría ser muy feliz.

No olvidaría los momentos que había pasado junto a su hermana Frances leyendo las cartas de Madeleine, ya casada con un escocés que, por amor, la había secuestrado nada más verla mientras iba rumbo a Amberes para encontrarse con su hermano Gifré.

Diez años antes, Roslyn sintió solidaridad hacia aquellos pilluelos adolescentes que sacaban de quicio a Lachlam y tanto divertían a Madeleine.

Desde el momento en que descubrió quién era su protector, su mente no pudo hacer más que evocar aquellos pensamientos infantiles, cuando ella apenas tenía once años.

Sabía, por lo que decía Madeleine, que Alec se había convertido en un gran laird, justo y bondadoso, aunque algo temerario para su gusto, pues su hermana siempre lo tenía presente en sus oraciones precisamente por lo conflictivo de sus actos.

Aunque añadía que aquellos rasgos no eran de extrañar en un highlander, pues estos se caracterizaban por ser unos bárbaros.

―Unos bárbaros encantadores ―siempre añadía.

Roslyn se percató, por lo mucho que Madeleine decía amar a su esposo, de que aquellas solo eran pequeñeces que seguramente le contaba para distraerla.

Así es como había visto a Alec: un bárbaro encantador, con su cabello largo y oscuro, su estatura de casi dos metros y aquella ferocidad en su mirada; ferocidad no dirigida a ella, sino a quienes la habían lastimado.

Ese pensamiento casi arranca lágrimas de sus ojos.

Fue en ese instante que supo que él cuidaría de ella mejor que nadie.

―Mi señor ―murmuró cuando Alec se situó a su lado.

Alec buscó su mano y se la apretó.

Por la expresión de su rostro y sus ojos húmedos, Alec no pudo menos que deducir que estaba asustada.

―Iain, Fergus y Yuri serán nuestros testigos.

Roslyn asintió, pero su sonrisa se congeló en la cara al mirar al guerrero que la observaba con intensidad. Lógicamente, era una mirada demasiado inquietante como para pertenecer a un hombre sin pecados.

La abuela de Alec, que había permanecido a su lado mientras se recuperaba, le dedicó una amplia sonrisa.

Evidentemente se alegraba de que su nieto se casara con ella y el otro hombre de larga barba blanca simplemente asintió con la cabeza a modo de saludo.

Algo le decía que estaba resignado a aquella situación.

Roslyn suspiró. Esa sería su boda.

Desde luego, no era como la primera, suntuosa y llena de lujos. Pero lo más importante era casi perfecto: ese era el hombre con quien iba a casarse, su marido.

Miró al guerrero que era Alec McAlister, un hombre de la cabeza a los pies. Era magnífico, su tartán cruzado sobre el pecho le dejaba claro cuán fuerte era.

Le sonrió, volviendo la mirada hacia el párroco que parecía totalmente desconcertado.

―¿Ocurre algo malo? ―preguntó Roslyn al ver su cara de absoluto desconcierto.

Ella parpadeó y el buen hombre miró a la pareja como si no supiera a qué atenerse.

―No entiendo, mi señor.

―Está aquí para casarnos ―le recordó el laird.

―¿Casaros? ―Miró a Roslyn como si no pudiera creerlo―. ¿Con ella, mi señor?

―Sí, con mi prometida.

El hombre balbuceó e Iain sonrió descaradamente.

―Pero... pero no es Mairy McGregor ―dijo con aquellos ojos saltones como platos.

―Eso es algo muy evidente, anciano. ―Iain seguía divirtiéndose a su extraña manera, viendo cambiar las expresiones de los rostros presentes.

Roslyn quedó tan desconcertada como el párroco.

Miró al guerrero que había hablado y luego puso sus ojos fijos en Alec, quien no parecía disfrutar mucho de aquella situación.

A ella tampoco le divertía en absoluto. Frunció el ceño; solo podía pensar en una cosa.

¿Quién era Mairy McGregor y por qué el sacerdote pensaba que Alec se casaría con ella?

Nadie parecía dispuesto a explicárselo y ella tenía miedo de preguntar.

De pronto, quedó boquiabierta al escuchar las palabras del sacerdote.

―Pero habrá guerra.

―¿Guerra? ―murmuró Roslyn, horrorizada―. ¿Por qué habrá guerra, Alec?

Alec volvió a apretar su mano para tranquilizarla y, sin echarle ni una sola mirada, dio la orden para que empezase la ceremonia.

Ante la mirada dura del laird, el sacerdote no pudo menos que obedecer.

Y lo hizo aún más deprisa cuando Iain McAlister avanzó un paso amenazante hacia él para que no preguntase más.

Sin duda, ese hombre del demonio sería capaz de rebanarle el pescuezo si no se esmeraba en finalizar correctamente esa unión.

Al cabo de diez minutos, el hombre acabó un discurso sobre lo sagrado del matrimonio y la unión de las almas.

―Si hay alguien que tenga un impedimento para que estas dos almas se unan en sagrado matrimonio, que hable ahora o calle para siempre.

Nadie dijo nada y el sacerdote continuó con las preguntas pertinentes.

Roslyn aceptó su destino y aseguró entregarse a las responsabilidades de esposa. Por su parte, Alec aceptó la entrega de la mujer con solemnidad.

Un minuto después, el padre daba la última bendición.

―Por el poder que me ha otorgado la Santa Madre Iglesia, yo os declaro marido y mujer.

No hizo falta que diera su permiso para besar a la novia, pues Alec ya estaba de rodillas a su lado y, antes de que ella pudiera ser consciente de lo que sucedía, atrapó la boca de la muchacha entre sus labios en un beso terrenal que estaba dispuesto a dejar clara su posesión.