Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 11
26%

CAPITULO 11

A lec la observaba en silencio, aguardando a que el temblor de sus manos y el peso de los recuerdos le permitieran continuar. Cuando Roslyn logró recobrar la compostura y apartar las lágrimas de su rostro, prosiguió:

―Librarme de mis votos haría que volviera a casa de mi padre, un gran señor occitano.

Las lágrimas le cerraban la garganta y tuvo que contener el aliento para no dejarlas ir.

Alec la miró con compasión. A pesar de ser toda una dama, su existencia no había sido nada fácil, y mucho menos feliz.

―Mi señor, el conde de Foix, no tenía ninguna intención de que mi padre, su vasallo, hiciera alianzas con los franceses ―aclaró, por si él no estaba al tanto de la política en el continente―.

Cabe decir que son nuestros enemigos acérrimos, pero cuando este murió, la Iglesia se quedó con nuestras tierras porque mis hermanos fueron acusados de traición. Entonces todo cambió.

―Si es cierto lo que cuentan de Simón de Montfort, no me extraña que los aborrezcáis.

Alec le expresó su apoyo y recordó todas las atrocidades del señor francés que habían llegado a sus oídos.

―Todo es absolutamente cierto.

Ella misma había vivido el horror de la guerra en casa.

El conde de Tolosa se había hecho cruzado para proteger a sus nobles y tierras.

Para muchos, era un traidor. En ese momento, Simón de Montfort se había abalanzado sobre el título del conde como un perro hambriento.

Ahora todo parecía haber acabado. Las persecuciones continuaban, pero poca esperanza quedaba para ellos.

Solo podían morar en la clandestinidad, escondiéndose de los franceses y profesando una fe en público que no era la suya.

Alec guardó silencio, mientras Roslyn intentaba recuperar la compostura.

Se sintió estúpida. Nunca en su vida había llorado ante ningún hombre, ni siquiera delante de su esposo cuando este disfrutaba atormentándola y castigándola por su condición de hereje.

―Ahora que todo parecía llegar a su fin…

―Tu esposo regresó ―se aventuró a decir Alec―, estaba vivo y te obligó a regresar con él.

―Sí ―convino ella―. Él no había muerto. Alguien dijo haberle visto caer en Tierra Santa, pero sobrevivió. Regresó después de recuperarse en manos de los templarios.

Entonces, el miedo y la impotencia se apoderaron de ella y las lágrimas cayeron sin control, rodando por sus mejillas.

―Y huyes desde ese momento ―afirmó.

―Cuando supo que se había anulado nuestro matrimonio, se volvió loco; y desde ese día me persigue para hacerme regresar.

Sin querer hacerlo, Alec alargó la mano para hacer desaparecer las lágrimas de su rostro. Cuando ella se encogió ante su contacto, la retiró como si quemara.

Se quedaron observándose un instante que pareció eterno. El laird la liberó del contacto de su mano y retrocedió para dejarle claro que no pensaba importunarla con su cercanía.

Tragó saliva antes de intentar obtener una explicación de por qué fue hallada en ese estado, en sus propias tierras.

―¿Te encontró?

Ella asintió. Lloraba silenciosamente, como si, a pesar de la serenidad y entereza que mostraba, no pudiera evitarlo.

―Me encontraba en la abadía junto a mi hermana pequeña. Allí debía esperar a que se decidiera mi futuro. El papa deseaba un nuevo esposo para mí, afín a sus planes. Querían casarme con un noble francés para así legitimarlo frente a los vasallos de mi padre.

Guardó silencio hasta que Alec asintió, infundiéndole valor para que continuara su relato.

―Pero…

―Pero Henry me encontró.

Roslyn alzó la vista cuando lo vio de pie junto a ella. Era un hombre alto y musculoso; lo observó con las manos apretadas formando un puño a ambos lados del cuerpo. Las mismas manos que, con una ternura que no podía creer de un hombre como él, se habían atrevido a enjugarle las lágrimas.

―No llegué a casarme con el señor francés ―le dijo―. Henry me obligó a ir con él de nuevo a Inglaterra.

«Y entonces había huido», pensó Alec.

―Henry amenazó con matar a mi hermana si no marchaba junto a él. No tenía alternativa.

Y Alec le creyó, pues le parecía más que evidente que cualquier destino para esa mujer era mejor que regresar junto a su esposo. Pero sacrificarse por la familia, por su hermana, hablaba de cuánto amor le profesaba y de cuán noble era esa mujer.

Esperó la aprobación de Alec; Roslyn parecía tener la necesidad de justificarse.

―Ahora… tengo miedo ―confesó.

―No debes temer ―se apresuró a decir, y en su voz ella pudo notar que era verdad. Ese hombre no iba a entregarla a Henry, aunque este fuera su esposo. Al menos, no sin antes haberle permitido hablar con Lachlam y pedir refugio en otra parte.

―No solo temo por mí. No quiero que me encuentre, pero… temo más que nada por mi hermana. ―Su mirada se perdió en las llamas de la chimenea y sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral―. Intentará castigarla por haberle abandonado.

Alec la entendía y compadecía.

―¿Qué pasó después de que te marcharas del convento y regresaras junto a tu esposo?

Ella alzó la vista y se sintió con fuerzas para responderle:

―Henry volvió a prepararlo todo para una ceremonia que reafirmara nuestros votos y con ello el derecho de luchar por unas tierras que ya no poseía. Un día antes del enlace, me escapé. Me dieron alcance hace…

Se paró, había perdido totalmente la noción del tiempo.

Alec volvió a sentarse a su lado y esta vez ella lo miró sin temor alguno cuando le habló:

―Hace tres semanas ―dijo cortésmente, mientras le cogía una mano entre las suyas.

Roslyn no se apartó, ni rechazó el contacto. Sintió la caricia en silencio y la agradeció, sin saber por qué le gustaba el tacto áspero de su piel sobre sus manos. Quizás porque la tranquilizaba.

No podía negar que era un hombre fuerte.

La aspereza de sus manos, sin duda, sería por blandir la espada del laird.

Había visto aquellas espadas colgadas de la pared de Lachlam: eran grandiosas y espléndidas.

Estas pasaban de generación en generación, recordando la grandeza del clan.

Miró sus manos y se sintió satisfecha. Aquellas manos que ahora apretaban las suyas dulcemente podrían blandir semejantes joyas y quién sabía si protegerla.

Roslyn levantó la vista y se perdió en aquellos ojos oscuros que tan intensamente la contemplaban.

―¿Ya hace tres semanas que estoy en cama? ―dijo, recordando las palabras de Alec.

―Las heridas se infectaron, has tenido fiebre, pero lo has conseguido.

―¡Oh! ―No supo qué más decir.

Se observaron en silencio, hasta que Alec sintió que sería mejor retirarse y dejarla descansar. Pero había tantas cosas que quería saber que se veía incapaz de esperar si ella le pedía que la dejara descansar.

―Quisiera preguntarte algo.

―Adelante ―dijo mirándolo con curiosidad.

―Encontramos tres hombres en mis tierras. Eran ingleses.

Vio cómo ella se tensaba. Súbitamente retiró la mano que él tenía aprisionada entre las suyas. Se sintió decepcionado al perder su contacto.

―Estaban muertos ―añadió, buscando su mirada.

Ella no respondió y bajó la mirada, dispuesta a no enfrentarlo.

Su cabellera negra se deslizó en parte delante de su cara cuando agachó la cabeza en lo que parecía una señal de sumisión.

―Fue para defenderme ―dijo angustiada.

Su voz apenas fue un susurro audible para el laird.

―¿Qué?

Alec lo había oído, pero no pudo hacer otra cosa que despachar la idea de que aquella mujer hubiese podido matar a tres soldados con sus propias manos.

Ella levantó la cabeza y tragó saliva.

―Que los maté ―confesó con pesar―, pero solo me estaba defendiendo, lo juro.

De súbito le pareció desesperada e intentó poner sus manos sobre los hombros de Alec en señal de súplica.

Al ver el pánico sincero en aquellos ojos, Alec no pudo resistirse a intentar consolarla.

Aquella mujer, que a sus ojos parecía tan frágil, había conseguido sobrevivir a aquellos hombres y darles muerte.

Algo que lamentaba, pues le hubiera gustado ser él mismo quien hiciera justicia y mandar a la tumba a los sassenach que habían osado tocarla.

Sin que ella lo esperara, la atrajo hacia su pecho. Sorprendida, Roslyn se dejó abrazar.

El hombre la rodeó encerrándola entre sus brazos.

No hubo protestas por parte de ella. ¿Cuánto tiempo hacía que no obtenía ningún tipo de consuelo?

Quizás desde que abandonara a su hermana en la abadía.

Roslyn cerró los ojos con fuerza para no seguir llorando.

Respiró profundamente, disfrutando del abrazo.

Su padre no era dado a las demostraciones de afecto, pero había sido el único hombre, junto a sus hermanos, que la había abrazado con amor.

Sin darse cuenta, los comparó. Su padre era un hombre apuesto, en efecto: rubio y de rasgos perfectos, espigado y dado a las bellas artes de la música y la poesía; en cambio, el guerrero que la abrazaba era eso, un guerrero.

Fuerte, con un rostro esculpido en piedra, una cicatriz que causaba temor y unos brazos anchos que podrían aplastarla si así fuese su deseo.

Sin embargo, el abrazo que le daba hablaba de un hombre tierno y compasivo.

Se ruborizó al admitir que la proximidad de Alec le provocaba sensaciones muy diferentes a las de su padre.

Cerró los ojos y se abandonó, acariciando el pecho del guerrero con su mejilla.

Olía a cuero y otros aromas que no supo distinguir, pero todos ellos agradables.

Alec era el laird, se suponía que debía oler así, a pura masculinidad.

El tartán de cuadros escoceses verdes y rojos era suave al tacto; lo notó al estrecharse más contra él y acariciarlo de nuevo con la mejilla.

Sin pensar, le rodeó el cuello con sus brazos y sintió una punzada de dolor en sus costillas. Todavía no estaba recuperada del todo, pero no pensaba apartarse. Necesitaba ese consuelo, aunque viniera de un hombre, y no solo eso, de un desconocido.

Los nervios aún seguían recorriendo su estómago. Con horror, vio que le estaba clavando las uñas en la ropa y relajó los brazos con premura, no obstante, aún no quería apartarse.

A Roslyn le gustaba sentir aquellas manos fuertes acariciando su espalda, manos que instantes antes habían estado sobre las suyas. Ella dedujo que él no se percataba de que la estaba acariciando, pero no iba a hacérselo notar, pues la sensación era demasiado agradable y temía que parara.

De pronto abrió los ojos. Realmente no sabía nada de él, y el laird no sabía prácticamente nada de ella. Al menos lo más importante.