CAPITULO 10
A lec avanzó con paso firme sin mirar atrás. No pensaba perder ni un segundo más con Mairy McGregor. Siempre le había parecido una niña caprichosa y egoísta; lo pensó cuando apenas tenía ocho años y lo siguió pensando cuando la vio convertirse en una mujer.
Conocía muy bien a las mujeres como Mairy y ya le había bastado sufrir un primer matrimonio lleno de problemas. No necesitaba más, aunque odiaba la idea de batirse con los McGregor por su culpa.
Suspiró, parándose frente a la puerta de su antigua alcoba. Sin desayunar siquiera, sus pasos le habían llevado hasta allí. Cerró los ojos antes de alzar la mano y golpear la puerta para anunciar su presencia.
Quizás la otra mujer que ocupaba sus pensamientos podría apaciguarlo.
En efecto, su compañía, aunque silenciosa, era preferible a la de la arpía que acababa de dejar en el salón.
Llamó suavemente, esperando que la dama se encontrara mejor y pudiera ofrecerle algunas de las respuestas que tanto deseaba.
Entró en la cálida alcoba. El fuego crepitaba en la chimenea y la calentaba de manera acogedora; Dora, en ese momento, lo estaba avivando con más leños. ―Me ha pedido que lo hiciera ―dijo la joven, echando una mirada por encima del hombro hacia la cama.
Aunque primaveral, aquel día era gris y la niebla no parecía acabar de dispersarse, siendo una neblina húmeda y fría.
Desde que había llegado, el fuego ardía en la chimenea.
Cuando la noche se acercaba, el ambiente se enfriaba, y la muchacha estaba demasiado dolorida como para poder soportar demasiadas mantas sobre ella.
Al mirar hacia la cama, vio a Roslyn con los ojos abiertos. Estaba sonriéndole. ―Tenía frío ―explicó.
Él se quedó quieto. La voz de ella sonaba mucho más clara, como si su cabeza se hubiera despejado de las brumas de los días anteriores y ahora no sintiera dolor ni malestar.
Vio a Dora excusarse y salir de la habitación, consciente de que el laird lo pediría en cualquier momento, como siempre hacía.
Sin darse cuenta, Alec se sorprendió sonriéndole. Al notar su falta de control, parpadeó, volviendo a su pétrea expresión. ¡Por el amor de Dios!, ¿qué era él cuando se trataba de esa mujer? ¿Un muchacho embobado?
Sin apresurarse demasiado, se acercó a la cama para poder verla mejor.
―El tiempo de las Highlands es muy frío para quienes somos extranjeros ―se defendió ella al ver el ceño fruncido del guerrero.
Le habló en inglés, como la noche anterior.
Alec asintió.
Ya sabía algo más sobre ella: no era escocesa. Y por su acento cantarín, tampoco inglesa.
―¿De dónde sois?
―Muy del sur, cerca de los Pirineos. ¿Tardará mucho en llegar Lachlam?
Alec ignoró su súbita pregunta.
―¿Francesa?
―Occitana. ―De pronto, la sonrisa de Roslyn desapareció, como si sintiera que había hablado de más.
Se incorporó en la cama y su espalda recta se apoyó contra el cabezal de madera. Cuando él dio otro paso, la mirada de Roslyn se perdió en el fuego.
―¿Qué os ha llevado tan lejos de vuestro hogar?
Al verla encogerse de nuevo, fue consciente de que las preguntas la incomodaban, pero él necesitaba saber. No podía tenerla otro día más sin saber quién era y de dónde venía.
Quiso volver a preguntar, pero vaciló al ver que el semblante de la muchacha aparentaba estar aún más triste. Entonces respiró hondo.
―El país del Llengua d’Oc ―susurró Alec, al saber que estaba pasando al otro lado del mar.
Roslyn lo miró fijamente, a los ojos, y con ello captó toda la atención del laird, si es que no la tenía ya.
―¿Huyes de la cruzada?
Ella guardó silencio. Sus manos se juntaron sobre el regazo y tragó saliva en un gran esfuerzo para no llorar.
Alec dio gracias al cielo por no hacerlo.
Pero eso le hacía pensar que sí, que huía de la cruzada que el papa Inocencio III había proclamado contra los albigenses en su tierra de origen.
Aunque también le había confesado que escapaba de su marido.
Alec apretó los puños al recordar que estaba casada.
―¿Huyes de la guerra o de tu marido? ―quiso saber, buscando alguna respuesta.
―No estoy casada ―dijo ella, titubeante y algo sorprendida.
Ahora fue el turno de mirarla con decepción.
―No me mientas.
―No… no te miento.
La noche anterior le había dicho lo contrario. Con su ceño fruncido le dejó claro que no la creía.
Nerviosa, Roslyn sintió cómo los recuerdos se agolpaban en su mente.
Ese hombre… su ángel negro. Sus mejillas cobraron color al darse cuenta de que había soñado con él.
Y no solo eso, le había hablado presa del cansancio y la fiebre.
Un nudo le oprimía la garganta. ¿Habría hablado de Henry?
Seguramente lo había hecho, pues de lo contrario, él no tendría por qué saber que había estado casada.
―No temas.
Cuando las palabras de Alec le hicieron alzar la vista, la expresión del guerrero había mudado; ya no había enfado en él.
Así recordó algo más y sonrió. Puede que le hubiera contado demasiado durante las noches pasadas, pero también recordaba la sensación de paz y tranquilidad que la invadía cuando él estaba cerca y se sentía… protegida.
―No os temo ―le dijo, y era verdad―. Solo es que… yo tampoco sé…
―¿Cuáles son mis intenciones? ―preguntó Alec, volviendo a sonreír para tranquilizarla―. No os preocupéis, no son deshonestas.
Ahora, con los pies en la tierra, Roslyn tenía claro que el señor de aquel lugar solo había acudido a ella en busca de respuestas y que nada tenía que ver con los hombres que la perseguían. Los tentáculos de Henry eran tan largos como protectoras las alas de Lachlam Kincaid.
Suspiró. Quería volver a pisar tierras Kincaid, en casa de Lachlam, junto a su hermana. Se quedaron en silencio, esperando que el otro hablara.
―Yo quisiera… ―finalmente fue Roslyn quien empezó a hablar, con la intención de expresar su deseo. Pero alguien la interrumpió.
Aquí termina el capítulo 1.
[Cierre sugerido:] El pasado de Roslyn y sus secretos apenas empezaban a salir a la luz.
∞∞∞
Yuri entró en la habitación con una sonrisa en el rostro. La anciana, tan jovial como siempre, dio los buenos días a ambos. Y si le extrañó ver a su nieto en la habitación, no lo demostró.
―¿Has descansado bien, niña?
Roslyn asintió, verdaderamente agradecida.
La anciana se había portado muy bien con ella en todo momento. La había atendido como si fuera alguien de su propia familia, y estaba más que convencida de que fueron esos cuidados los que le salvaron la vida.
Mientras los jóvenes volvían a poner su atención el uno en el otro, Yuri se quedó contemplando a la pareja. Hubiera tenido que estar ciega para no darse cuenta de cómo su nieto miraba a la mujer. Al igual que Fergus, ella también había notado algo, algo floreciente en el corazón del laird.
―Si vas a quedarte un rato, me retiraré ―Alec notó enseguida la clara intención de su abuela de dejarlos solos―. Solo he venido a ver cómo estaba la muchacha. Os dejaré un rato a solas; sin duda, tenéis mucho de qué hablar.
Echó un vistazo a la cama y la enferma sonrió a la mujer que la había cuidado, aunque con cierta inquietud. Si se marchaba, quizás se viera obligada a responder a preguntas que no quería contestar.
―No la atosigues demasiado, aún no está del todo recuperada.
Alec la miró de reojo.
―Yo no atosigo, anciana.
Por el tono malhumorado, Roslyn hubiera podido deducir que la relación entre ambos no era buena; pero la mirada tierna de la anciana y la sonrisa que apenas logró ocultar el guerrero le hicieron ver que nada estaba más lejos de ese hecho.
Cuando la puerta se cerró, Roslyn y Alec se quedaron de nuevo a solas en aquella habitación que de repente parecía haberse vuelto más pequeña.
Roslyn fijó su mirada en él. ¿Cómo no hacerlo? La luz del fuego que ardía en la chimenea parecía arrancar reflejos rojizos en la suave cabellera de Alec. Estaba tan embelesada por el espectáculo que le proporcionaba aquel hombre que casi se le escapa un suspiro.
―Bien, Roslyn sin linaje. Me dijiste que lo estabas ―dijo de pronto el laird mirándola atentamente.
Ella frunció el ceño.
―¿Estaba qué? ―preguntó desconcertada.
Aquel hombre la distraía tanto que quizás se hubiera perdido parte de la conversación. Entonces la expresión de pesar volvió al darse cuenta de qué le estaba hablando.
―Casada ―dijo Alec finalmente.
―¡Oh!
Así que al final sí se lo había dicho. La fiebre le había hecho hablar de más. Sintió cómo el corazón empezaba a latir desbocado. La expresión de la cara de su anfitrión era tan cerrada que ella no pudo adivinar si estaba enfadado o no. Rezó para que no lo estuviera.
―Ya no ―casi tartamudeó―, ya no lo estoy.
―¿Ya no estás…?
―Casada ―acabó la pregunta de él con firmeza.
Intentó erguirse todavía más, pero no pudo sola. Alec delicadamente se acercó a ella y la sujetó por los hombros, para que pudiera estar totalmente sentada. La cama pareció hundirse bajo el peso de Alec cuando se sentó a su lado.
Roslyn quiso sonreírle, permanecer serena, pero su presencia le provocaba sensaciones contradictorias. Un agradable cosquilleo se esparció por su estómago y sonrió.
Aunque Alec no mudó la expresión de su rostro, ella sintió que sus ojos la miraban con más dulzura. Lo contempló como lo hiciera con su ángel la noche pasada.
―Hace poco más de un año ―empezó a decir―, mi marido fue dado por muerto. Y poco después conseguí la anulación eclesiástica.
Algo hizo que su estómago se cerrara en un puño. «Ojalá estuviera muerto», pensó desesperada. Debería pedir perdón a Dios por tener tan malos pensamientos, aunque para ella un hombre así merecía más morir agonizando que vivir en paz.
―Pero… No lo está. ¿Me equivoco?
Ella se revolvió inquieta ante la pregunta de Alec.
Tragó saliva mientras mantenía una lucha interna desesperada.
¿Debía fiarse de aquel desconocido? Quizás sí.
Le había salvado la vida, y sabía de la poderosa alianza que los Kincaid tenían con los McAlister.
No obstante, el laird no dejaba de ser un hombre.
Ante el sufrimiento de la joven, algo le decía a Alec que no iba mal encaminado. Pero dedujo que ella no hablaría, ni se fiaría de él si no le daba más motivos para hacerlo. Estaba claro que ocultaba mucho más de lo que decía.
―Yo… ―dijo vacilante.
Empezó a sentirse mareada. Pensar en Henry la alteraba.
Roslyn miró su hombro; la mano de Alec le acarició el brazo, sujetándola. El calor atravesaba la fina tela como un bálsamo para ella.
Lo miró con detenimiento. ¿Debía confiar en él? ¿Por qué no? ¿Acaso un highlander se dejaría comprar por Henry?
―Nunca lo estuvo ―sus palabras salieron con naturalidad de entre sus labios―. Me refiero a que nunca estuvo muerto.
Mientras ella rehuía su mirada, Alec la contempló detenidamente. Sintió algo extraño en su interior, como un desasosiego.
―Cuando todos le dieron por muerto ―quiso explicar ella finalmente―, yo sabía que no lo estaba.
―¿Sabías que estaba vivo?
Ella asintió vigorosamente.
El silencio que guardó Alec a continuación fue para animarla a continuar. Ahora que su invitada se había animado a hablar, no deseaba que parara; quería saberlo todo de ella, aunque muchas de las cosas que le dijera no fuesen de su agrado.
Roslyn se atrevió a alzar la cabeza y observarle, tan intensamente como él lo hacía con ella.
Se concentró en respirar pausadamente, pero era tan difícil; aquellos ojos tan negros perturbarían a cualquiera.
Tan penetrantes como si pudieran ver hasta lo más hondo de su alma.
Ante aquella mirada, Roslyn se encontró protegida y capaz de revelar cualquier secreto por vergonzoso que fuera.
―El papa me concedió la anulación ―dijo sin más―. Yo puse a su disposición toda mi fortuna para ello. A pesar de que lo consideraban muerto, quería que constase como si jamás hubiera sido su esposa.
Alec levantó una ceja, pero siguió guardando silencio. Quizás las cicatrices de su cuerpo fueran el motivo de ese acto desesperado para librarse del hombre que le había provocado tanto sufrimiento.
―La anulación ―aclaró ella―, al Santo Padre le convenía, puesto que mi esposo era inglés.
Al laird no se le pasó por alto ese «era». Fuese lo que fuese lo que hubiera pasado, fue consciente de que ese hombre había salido de la vida de la muchacha.
―Continúa ―la animó a seguir.
―Y lo que el papa quería era que me casara con un francés y así tener más poder sobre Llengua d’Oc.
Entonces supo que ciertamente era una dama. La hija o hermana de alguien con poder en su tierra.
―Así que esperaban que la anulación les diera vía libre para poder concertarte otro matrimonio.
―Así es ―le aseguró ella―, y me aferré a su deseo para librarme de mi matrimonio.
De pronto agachó la cabeza y sus ojos se volvieron vidriosos.
―Una mujer debería honrar a su esposo, eso lo sé. Pero él…
Su voz se quebró y, por instinto, Alec apretó los puños. Más le valdría a ese sassenach estar muerto.