Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 9
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CAPITULO 9

C uando a la mañana siguiente Alec se despertó en una cama que no era la suya, gimió contrariado.

Había pasado la noche en la sala común junto a sus hombres, lugar al que a veces solía ir cuando le era imposible conciliar el sueño e intentaba buscar distracción en las conversaciones de sus guerreros.

Eso era, ciertamente, lo que había estado buscando la noche anterior.

Enterarse de que su dama tenía ya un marido, por alguna razón, le había hecho sentir un sinfín de cosas que no estaba dispuesto a aceptar.

Se desperezó y lavó su cara con agua helada antes de volver a ponerse la camisa de hilo que pronto dejaría de utilizar, pues la primavera ya estaba en el ambiente.

Se dirigió hacia el salón, observando cómo sus hombres se alzaban y se preparaban para el duro entrenamiento matutino.

Cuando cruzó las puertas, la chimenea estaba encendida; dos de sus mejores perros dormían plácidamente frente a ella, pero no eran las únicas criaturas que allí se encontraban.

Dos hombres desarmados tenían toda su atención puesta en Iain McAlister, quien, de brazos cruzados y ceño fruncido, miraba a la hermosa mujer que estaba junto a ellos.

—¿Qué demonios significa esto? —la voz del laird tronó por todo el salón.

La mujer se sobresaltó, abriendo los ojos desmesuradamente. Iain no apartó la mirada de ninguno de los dos soldados McGregor; por el contrario, Alec no dejó de mirar a la alta mujer. Mairy se retorcía las manos, ciertamente incómoda ante su ira.

—Ahora iba a buscaros, señor —le informó Iain, con una voz melodiosa y que demostraba las ganas que tenía de arrancarles los brazos a todos los presentes—. Me he tomado la libertad de hacerles entrar en el salón. Sin lugar a duda, la dama querrá decirle algo que quizás quiera escuchar.

—¿Tú crees? —le preguntó con los dientes apretados, observando a Mairy de arriba abajo.

La mujer seguía retorciéndose las manos, con la mirada fingidamente tierna clavada en el rostro de Alec.

—Es posible —Iain respondió a su señor—. Por mi parte, sería feliz de no volver a escuchar su molesta voz.

Dicho esto, se apartó de los presentes para acercarse a la mesa central, donde le esperaba la primera comida del día.

No se sentó, sino que observó a Alec acercarse hacia la gran chimenea y contemplar a la mujer con cara de pocos amigos.

Cuando escuchó voces a su espalda y algunos soldados intentaron entrar en el salón, Iain los echó con un solo gesto.

A Mairy no le pasó por alto el desprecio que cada uno de aquellos hombres ponía en sus palabras, sin duda dirigidas hacia ella. Ofendida, alzó el mentón, pero volvió a sentirse insegura al ver a Alec avanzar hacia ella.

—¿Qué demonios haces aquí? —le preguntó sin parsimonias.

No gritó para amedrentarla, pero tampoco fue necesario. Su actitud la hizo retroceder de nuevo.

—Alec…

Los dos soldados McGregor se tensaron todavía más al ver la cara del laird McAlister. Ella se aclaró la garganta y volvió a pronunciar su nombre, esta vez como si entonara una hermosa melodía.

—Alec, tengo que hablar contigo —mirando furtivamente a los soldados McGregor, añadió—: en privado.

—¿En privado? —escupió las palabras, dejando claro que eso no ocurriría jamás.

No gritó, se limitó a soltar palabras ininteligibles entre dientes mientras la fulminaba con la mirada.

Mairy no pudo hacer otra cosa que estremecerse ante su ira y falta de cooperación. Debía hablar con él, aclararle que ella jamás había buscado perjudicarlo.

La dama asintió y, al ver el gesto, Alec volvió a preguntarle sin tapujos:

—¿En privado? ¿Para que puedas acusarme de haber abusado de ti?

Mairy se horrorizó, y comprendió que bajo ningún concepto Alec se quedaría a solas con ella.

—No, Alec. Todo ha sido un malentendido. Yo jamás dije… —tartamudeó.

Juntó las manos en señal de súplica y se acercó a él para susurrarle.

—Por favor, Alec, comprende mi situación…

—Comprendo la situación, está bastante clara —le dijo acercándose e inclinándose sobre ella. Derramó cada palabra en su oído, proporcionándole algo de intimidad para su conversación.

Los soldados se apartaron incómodos, pero sin dejar de estar alerta.

—No te ha importado mentir para conseguir lo que quieres —dijo Alec—, y, por tu egoísmo, nuestros clanes entrarán en guerra. Morirá gente inocente por el capricho de una mujer como tú.

—¡Tú no eres un capricho! —gritó y sus labios se tensaron en una mueca de disgusto.

Miró sobre su hombro y bajó la voz al ver que los soldados de su padre, a quienes había sobornado para que la acompañaran, no le quitaban ojo de encima.

—Yo te amo, Alec —susurró.

Intentó tocarle el pecho con ambas manos, pero él la miró como si se le acercaran dos culebras y ella no tuvo más remedio que retroceder.

—Debes entenderlo, ¿qué podría ser mejor que la unión de nuestros dos clanes? Si te casaras conmigo, nuestros hijos heredarían los clanes más poderosos de Escocia.

Él bufó.

—La sola idea de engendrar hijos contigo hace que quiera arrodillarme ante Dios y pedir clemencia.

A Mairy casi se le saltan las lágrimas.

—Eres cruel adrede. ¿Tan malo sería?

—¡Por Dios! No habría nada peor —sentenció—. ¿Qué hago con una mujer de la que no me puedo fiar? Una mujer manipuladora, que miente y engaña a su propio padre para conseguir lo que desea, sin importarle lo más mínimo las consecuencias.

—¡Yo no soy así!

Maldito fuera él, se dijo Mairy.

¿Acaso no veía las ventajas de su matrimonio?

Si se quedaran a solas, ella podría hacerle cambiar de opinión.

Era una mujer hermosa, jamás ningún hombre le había negado nada.

Era virgen, él sería el primero. A cambio, solo quería todo lo que él pudiera ofrecerle: el respeto que se merecía como señora del clan McAlister.

¿Por qué se lo ponía tan difícil? Siempre había conseguido de los hombres todo lo que había querido, con tan solo unas pocas palabras, un parpadeo…

y ahora quería casarse con Alec McAlister y ser la señora de su clan, su esposa, dormir en su cama.

Estaba convencida de que le sería fiel, jamás podría cansarse de un cuerpo como el del laird McAlister.

Ya tenía dieciocho años, su padre la vigilaba día y noche, no se había entregado a ningún hombre y ahora quería hacerlo.

Pero con el férreo control de su padre y el honor de Alec, había sido imposible seducirlo.

Aunque eso no significaba que con una pequeña mentira…

Se quedaron observándose en silencio largo tiempo.

Ninguno de los dos se movió. Al final, Mairy desistió en su empeño de quedarse a solas con él, era evidente que Alec no daría su brazo a torcer.

Consciente de que sus soldados e Iain, el monstruo de las Highlands, estaban pendientes de la conversación, bajó el tono de voz hasta hacerlo un susurro.

—Cásate conmigo, Alec.

Parecía más un ruego que una petición; sin duda, la muchacha era consciente de que se le acababa el tiempo. Sin embargo, eso no calmó al hombre que tenía frente a ella; por el contrario, pensó que estallaría en cualquier momento. La desfachatez de aquella mujer no tenía precio.

—Vamos —suplicó Mairy McGregor—, yo no quiero provocar una guerra entre nuestras familias.

—Haberlo pensado antes —la voz de Alec fue apenas un susurro, pero su mirada tan penetrante valía por el más embravecido de los truenos.

Ella se enfureció, quiso fijar la vista en los ojos de él y demostrárselo, pero la retiró enseguida, no se sentía capaz de sostenerle la mirada.

—Sabes que no quise hacerlo. —Entrelazó las manos fingiendo que le temblaban y dándose un aire mucho más frágil—. No quise mentir, se me fue de las manos —no supo qué más decir—. Yo pensé que aceptarías casarte conmigo, pero…

—Pero cuando no lo hice… —le respondió, inclinándose más sobre ella y susurrando palabras hirientes en su oído—, te inventaste la historia más absurda que se te pasó por la cabeza.

—Era un buen plan —se quejó, ofendida porque la consideraba estúpida.

Mairy se encogió de nuevo. Maldito fuera, la ponía nerviosa y eso la hacía ser torpe y no le gustaba nada sentirse así.

—Todo el mundo sabe que necesitas una esposa, yo era la candidata perfecta. ¿Por qué no ibas a querer casarte conmigo?

—¡Modesta!, desde luego. —La carcajada de Iain los sobresaltó a ambos.

Cuando Alec lo miró, él alzó las manos y se sentó en la mesa del laird tomando un trozo de pan recién horneado.

Intentando ignorar a Iain, Mairy volvió a acercarse a Alec. Esta vez no lo tocó porque él esquivó su contacto, dejándola con el ceño aún más fruncido.

—¡Alec! Cásate conmigo. ¿Qué más te da? Sería bueno para todos. No solo no habría guerra, sino que forjaríamos una gran alianza. Y yo te complacería. Me esforzaría para darte todo cuanto deseas.

Alec apretó los puños y su mirada coqueta le resultó insoportable.

—Tienes toda la razón —le dijo sin expresión alguna en el rostro.

Los ojos de Mairy se agrandaron ante la expectativa de una boda con el laird McAlister. Iba a echarle los brazos al cuello cuando él volvió a apartarse de nuevo y continuó hablando:

—Tienes razón —repitió para que todos le escucharan—, hubiese sido una gran alianza.

—¿Hubiese?

—¿Crees que seré tan estúpido de casarme contigo ahora que sé de tu naturaleza?

—Pero…

Los ojos de Mairy se llenaron de lágrimas.

Y esta vez eran reales. No de pena, sin duda, sino de pura rabia.

Pero debía fingir que se sentía dolida, darle lástima al hombre que tenía enfrente para que aceptara sus peticiones.

Siempre funcionaba con sus padres y los demás, ¿por qué con Alec era distinto?

—No quiero casarme contigo.

La imperturbable máscara que Alec llevaba en la cara hizo perder los nervios a Mairy.

—¿Y por qué no? ¡Todos me desean! ¿Y tú vas a decirme que no?

Él meneó la cabeza y hasta se atrevió a sonreír. Mairy, por fin, mostraba su verdadera naturaleza.

—El deseo no es suficiente para aguantar todos tus defectos.

Ella enrojeció de ira y apretó los puños, dispuesta a golpearlo.

—Es más —continuó—, son tantos defectos que ciertamente matan todo deseo que pudiera haber sentido por ti.

—Eres un bastardo.

Al oír aquellas palabras, los soldados McGregor se pusieron alerta; todo el mundo sabía que no se podía provocar al laird McAlister sin haber consecuencias y "bastardo" era uno de los insultos que Alec creía que se merecían la muerte.

No obstante, ni se inmutó ante las palabras de la hija del laird McGregor.

Eso hizo casi suspirar de alivio a los dos soldados que se habían acercado a ellos.

—¿Cómo podría casarme con alguien tan poco leal como tú, Mairy? —preguntó en un susurro, mientras ella abría la boca y los ojos desmesuradamente—. Has mentido a tu padre hasta el punto de provocar una guerra…

—Yo no quise…

—Has mancillado mi honor haciendo creer que te tomé cuando sabes que no es cierto. ¿Cuánto tardarías en mentirme a mí y traicionarme?, ¿no lo ves? Jamás escogería a una mujer como tú por esposa.

Los McGregor se avergonzaron nada más ver la reacción infantil de ella. Golpeó el suelo con los pies y apretó los puños con más fuerza, hasta clavarse las uñas en las palmas.

—La culpa es tuya. Deberías haberme propuesto ser tu esposa y nada de esto hubiera ocurrido.

Alec suspiró cansado.

—No, no lo es. Jamás tomaría a una mujer como tú. Demasiadas consecuencias. Y que tu padre te haya creído hace que me plantee si jamás pensó que yo era un hombre de honor.

—¡Eres un…!

Mairy gritó con más fuerza.

Era un espectáculo más que lamentable, todos lo vieron así; y el primero, Alec, que no tardó en dar media vuelta y alejarse.

El llanto de aquella niña malcriada llenó el salón, los pies entrechocando con el suelo hicieron que Alec pusiera los ojos en blanco como si no se lo pudiera creer.

—¡Alec!

Mairy siguió gritando cuando él dobló el rellano de la escalera y se adentró en el pasillo que daba a los dormitorios.

—Señora —la voz de Iain captó su atención—, es hora de la retirada. Ha perdido la batalla, no siga humillándose.

—¡Cállate! Engendro del infierno.

Iain sonrió y desplazó su mirada azul hacia los dos soldados que, intimidados, tragaron saliva.

—Largaos. ¡Ahora! Los soldados tienen hambre.

Entonces la hija del clan McGregor echó un vistazo a la entrada del salón. Decenas de hombres McAlister la observaban, burlándose de ella y su actitud infantil.

—Malditos seáis —les dijo, mientras los dos hombres que la acompañaban se colocaban a su lado—. ¡Maldito seas, Alec McAlister! Te juro que me las pagarás.

Entre los groseros comentarios y las sonoras carcajadas de los guerreros, Mairy McGregor abandonó el salón y las tierras McAlister.