Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 8
19%

CAPITULO 8

A lec subió las escaleras que daban al corredor donde se encontraban las dependencias principales. Como era costumbre, entró sin previo aviso.

Dora, la joven que velaba por la dama, dormía profundamente envuelta en una manta con los colores del clan McAlister, los pies estirados y los brazos cruzados sobre el pecho. Al notar la presencia del laird, se despertó y pidió disculpas.

—Ha pasado un buen día, la fiebre prácticamente ha desaparecido —dijo, intuyendo que el laird quería saber de su estado—. Puede que no tarde mucho en despertar.

—Ve a comer algo, yo me quedaré con ella mientras tanto.

La joven asintió y se apresuró a desaparecer.

Roslyn estaba dormida entre las innumerables mantas que su cuidadora le había colocado sobre la cama, porque en algún momento había dejado entrever que tenía frío.

Murmuraba entre sueños, y Alec pudo observarlo al aproximarse a la cama. Se sentó a su lado y, sin poder resistirse, tomó las delicadas manos de la muchacha entre las suyas. Ella pareció notarlo y volvió a murmurar algo ininteligible.

La suavidad de las manos de Roslyn hizo volar la imaginación de Alec.

Acarició sus nudillos y la fina piel de la muñeca.

El laird abrió desmesuradamente los ojos y se avergonzó al darse cuenta del rumbo que tomaban sus pensamientos, pues se preguntaba cómo sería ser acariciado por aquellas manos de mujer.

Suspiró; no debería pensar así. Ella había recibido un trato abominable, lo último que querría sería acariciar a un hombre o ser acariciada por uno.

Alec volvió a contemplarla en silencio. El rostro de Roslyn había mejorado considerablemente, ahora su belleza exótica era evidente.

Sus ojos eran grandes y de pobladas pestañas oscuras.

Alec recordó su color, un azul intenso, oscuros y profundos, únicos.

Un color tan extraño y atrayente que casi se oyó suspirar.

La espesa cabellera seguía irradiando una belleza sobrenatural.

Oscura y suave, se derramaba por la almohada cubriendo sus pechos y brazos.

Olía a rosas, sin duda, mérito de Yuri. Sonrió.

Su abuela parecía haberle tomado mucho afecto durante los días que aquella mujer había estado bajo su techo.

Alargó la mano y, antes de darse cuenta, sus dedos comprobaron la suavidad de sus hebras de ébano.

Le retiró un mechón rebelde que se había colocado sobre la frente.

Pudo comprobar que era como tocar hilos de seda.

Se lo llevó a los labios y cerró los ojos para aspirar de nuevo aquel perfume embriagador que también desprendía su cuerpo.

Al abrir los ojos y soltar el mechón, se dio cuenta de que unos grandes ojos oscuros le estaban mirando.

∞∞∞

A Roslyn se le desbocó el corazón nada más verle.

Estaba soñando con su familia; por primera vez en muchos días, los perturbadores sueños sobre su ángel negro habían desaparecido.

Soñó que estaba con sus hermanos y hermanas.

Su querida hermana mayor, Madeleine, le cogía la mano delicadamente, mientras le murmuraba que todo saldría bien.

Cuál fue su sorpresa al comprobar que aquella caricia no era irreal.

Alguien estaba a su lado, velando su sueño y acariciándola como si fuera el más preciado de los dones.

Primero, sintió la suavidad de aquellos dedos en su mano y, después, en su muñeca.

Los círculos de cariño la hicieron sentirse querida y a salvo.

Después, sintió la caricia en su frente, alguien acariciaba su pelo. Pero no era su hermana.

Abrió los ojos y vio de nuevo a su ángel, solo que esta vez no se trataba de un sueño.

Entonces su corazón disparó sus latidos. La mano que sujetaba el mechón era la mano de un hombre, fuerte y áspera como la de Henry.

—No —gimió ella al recordar al monstruo.

El guerrero la soltó de inmediato y, casi a la par, se arrepintió de haberle hablado, pues se apartó de ella. Tarde, se dio cuenta de que ese hombre nada tenía que ver con Henry, su perseguidor incansable.

Soltó un gemido involuntario, mientras los ojos se le empañaban.

—Tranquila, estás a salvo.

La voz del guerrero era fuerte y profunda, pero, por alguna extraña razón, no sintió el miedo y desconfianza que solían provocarle los desconocidos.

Lo miró atentamente. Sus ojos oscuros… su mirada fue como un bálsamo.

No era Henry quien estaba a su lado, era su ángel, su salvador.

Lo contempló a placer: su cabello salvaje cayendo en suaves ondas sobre su espalda, aquellas espléndidas trenzas en sus sienes y el kilt…

Sí, casi se atrevió a sonreír. Había llegado a su destino, o estaba muy cerca de hacerlo.

Intentó saciar su curiosidad, preguntar quién era él y dónde se encontraban, pero tenía la boca demasiado seca para hablar. Durante aquellas dos semanas no había hablado con nadie, primero porque no se sentía con fuerzas y segundo porque no sabía en quién podía confiar.

Roslyn no hizo ademán de levantarse, simplemente siguió mirando los bellos ojos que la contemplaban amistosos e hizo la petición:

—Agua —pidió ella.

Entonces Alec se dirigió complaciente a por una copa. Con las mismas manos que le habían dado consuelo hacía escasos momentos, le dio de beber.

Ella pudo sentir el tacto de una fuerte mano debajo de su nuca.

Roslyn se dio cuenta de que el guerrero temía hacerle daño.

Casi sonríe, conmovida. Después del trato recibido por los hombres de Henry, le parecía inconcebible que alguien pudiera tratarla con semejante delicadeza, y mucho menos un hombre.

Bebió clavando sus pupilas en él. Había decidido odiarlos a todos, no obstante, le resultaría muy difícil odiar a este.

No, no podría odiar a su ángel negro, ni aunque surgiera de las mismas profundidades del infierno.

Ante aquel pensamiento, por fin sonrió, o al menos lo intentó, y Alec no supo bien qué pensar.

Ella lo notó por la expresión atenta de su rostro, como si esperara cualquier cosa de la desconocida.

Lentamente, Alec recostó la cabeza de ella sobre la almohada, dejó de nuevo la copa sobre la mesa y volvió a sentarse sobre la cama, que se hundió bajo su peso.

Se sintió halagado por la dulce sonrisa de la mujer, que lo miraba como si hubiera visto al mismo san Gabriel, protector de los niños y las mujeres.

Pero Alec sabía que su apariencia distaba mucho de ser la de un ángel.

Si le hubieran preguntado, Roslyn también admitiría que así lo creía.

Era demasiado alto, lo había comprobado al verle levantarse de la cama para acercarle la copa.

Era fuerte, los músculos del pecho se tensaban bajo la camisa de hilo que lucía debajo de su atuendo escocés, sus poderosos antebrazos quedaban a la vista al llevarla arremangada hasta los codos.

Las manos eran fuertes y curtidas, y no entendió cómo su caricia le pudo parecer tan tierna y liviana, pero así fue.

Pronto, la primavera brillaría con todo su esplendor y él luciría el kilt de su clan, dejando al descubierto el hombro derecho y parte de su musculoso pecho.

Era muy bello, pensó Roslyn. No pudo menos que notarlo.

A su manera lo era, debía de serlo porque, si no, tendría que poder dejar de mirarlo y no parecía ser el caso.

Mucho tiempo después de que su sonrisa desapareciera, los ojos de Roslyn se deslizaban curiosos sobre el rostro de Alec. Su mentón denotaba autoridad y la cicatriz que cruzaba un lado de su barbilla le hacía parecer mucho más peligroso de lo que ella hubiera querido.

Roslyn estaba convencida de que un hombre así podría intimidar a cualquiera solo con su presencia.

Tragó saliva. No era de extrañar que le temieran; ella también debería hacerlo, pues sabía cuánto daño podrían hacerle semejantes brazos y puños.

No obstante, con resignación y la esperanza de encontrarse realmente a salvo, volvió a sonreír.

Incomprensiblemente, ese hombre, en cierta manera, le daba paz. Él no la atacaría, era escocés, como Kincaid. Sí, Lachlam la protegería, así que cuanto más musculoso y fuerte, mejor para ella y peor para Henry.

—Me alegro de que seas tan grande —logró susurrar.

Alec enarcó una ceja, incrédulo, y rio sin poder evitarlo.

—Gracias —dijo sin dejar de sonreír. Era una sensación extraña, pues lo hacía en pocas ocasiones—. Me alegro de que mi tamaño os complazca, mi señora.

Sin ser muy consciente, agarró la mano de ella de la forma más delicada posible.

Roslyn se sintió reconfortada por su sonrisa. Sus cabellos negros, que le cubrían los hombros y parte de la espalda, tenían unos hermosos reflejos rojizos a la luz del fuego que ardía en la chimenea.

Entonces sonrió con más ganas; estaba a salvo, estaba en casa, quizás no con Kincaid, pero sí con un escocés. Sus ojos sinceros le dijeron lo que no había manifestado con palabras: podía confiar en él. Aun así, quiso saber.

—¿Quién sois? —preguntó Roslyn con una voz suave que manifestaba que aún no se había recuperado.

—Eso debería preguntarlo yo, mi señora —le dijo sin perder su sonrisa ladeada—. Sois vos quien habéis entrado en mis tierras sin ser invitada.

Se sintió inquieta de pronto e intentó incorporarse.

—Yo… —intentó excusarse.

Alec la inmovilizó tomándola por los hombros y volvió a empujarla con suavidad sobre las almohadas.

—No. Debéis descansar. Todavía no estáis recuperada.

Hubo unos instantes de silencio mientras ambos se miraron intensamente. Alec se perdió en aquellos ojos inquietantes y no fue hasta tiempo después que se acordó de su pregunta.

—Soy Alec, el laird McAlister.

Ella cerró los ojos soltando un suspiro; sonrió ante aquella información.

—Sois amigo de Lachlam —fue una afirmación que sorprendió a Alec, pero antes de que pudiera preguntar, ella continuó—: Yo soy Roslyn —le dijo, mostrando lo feliz que estaba de saber aquella información.

El eco de aquella melodiosa voz resonó en la mente de Alec.

—Roslyn —susurró él. Degustó la dulzura de aquel nombre, mientras ella le seguía sonriendo.

—¿Y no acompaña ningún linaje a su nombre?

La pregunta la desconcertó e hizo desaparecer la sonrisa de su rostro.

Alec se apresuró a tranquilizarla.

—Ahora, eso no importa —le dijo acariciando su mejilla, sin saber muy bien por qué—. Estáis a salvo, no debéis temer nada.

Guardó silencio unos segundos, mientras apartaba la mano de su rostro.

—No me temas —le suplicó finalmente.

Ella asintió, dándole a entender que le creía.

Y era cierto. Roslyn estaba tan feliz de estar fuera de las zarpas de Henry que sus ojos le ardían por las lágrimas de alivio que no se atrevía a derramar.

Alec se alarmó ante su reacción.

—No. —Le acarició de nuevo la mejilla con el dorso de la mano—. No temáis.

—¡Oh! No os temo, Ángel. Quiero decir, mi señor.

El laird parpadeó desconcertado. Había verdadera veneración en aquella mirada femenina.

—Estoy a salvo, gracias a vos. Eso no voy a olvidarlo —murmuró sonriendo.

Una lágrima empezó a rodar por su mejilla.

La expresión de Alec se volvió amarga. El alivio que sentía la mujer era tal que el laird se enfureció imaginando todo lo que ella habría tenido que soportar.

No quería que temiera que quien le había hecho aquella monstruosidad pudiera volver para acabar lo empezado. Debía sacarla de su error.

—No temas. Jamás nadie volverá a hacerte daño.

Asintió feliz y se sintió lo suficientemente valiente como para preguntar:

—¿Llamaríais al laird Kincaid? —preguntó con labios temblorosos.

Alec asintió.

—Vendrá pronto —le dijo escueto—. Asuntos urgentes lo han entretenido.

—¿Cómo sabes…? —ella quería preguntarle cómo sabía que quería que avisara a Lachlam.

—No hacíais más que repetir su nombre. —A ella le extrañó que pareciera molesto—. Además, habláis en sueños —le dijo, como si aquello lo explicara todo.

Roslyn sintió cómo se ruborizaba y rezó para que él no se diera cuenta. ¿Qué habría dicho durante el tiempo que estuvo inconsciente? Por supuesto, había soñado con él. ¿Lo sabría? Se revolvió inquieta.

Los ojos se le cerraban por el cansancio. Volvía a sentirse débil.

—Ahora, satisfaced mi curiosidad. ¿Cómo sabéis que soy aliado de Lachlam? ¿Y qué vínculos os unen a él?

Roslyn sintió cómo le abandonaban las fuerzas. Algo muy oportuno, pues no quería contestar a sus preguntas. Solo quería ver al laird Kincaid y sentirse en casa.

—No deberíais escuchar mientras duermo —le dijo, cerrando los párpados.

Alec sonrió de nuevo. Aquello no tenía mucho sentido. La observó ladear la cabeza y abandonarse al sueño.

El esfuerzo al hablar la había dejado apenas sin fuerzas. Sin duda, exhausta, volvería a caer rendida, pero antes de que lo hiciera necesitaba saber. Alec acarició el hombro de la muchacha y la meció.

—Roslyn —susurró su nombre acercándose a su oído. El dulce olor a flores volvió a invadirle—. Decidme, ¿quién os persigue?

Apenas abrió los ojos para cerrarlos al instante, no sin antes pronunciar un inaudible susurro que brotó de sus labios.

—Mi marido.

Alec se apartó de ella sin dejar de mirar fijamente ese rostro angelical.

Al cabo de unos instantes, soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta de que lo hacía.

Sus puños se cerraron y se alzó del lecho. Contemplándola dormir como si no fuera un ser terrenal, suspiró ante la estupidez de sus sentimientos.

Rio sin ganas al darse cuenta de que aquellas palabras le habían hecho sentir algo que no esperaba: verdadera decepción.

Ella estaba casada.