CAPITULO 7
H abía transcurrido la mitad del tiempo que le había concedido McGregor a Fergus para que intentara convencer a Alec. No obstante, no consiguió ningún avance. La respuesta seguía siendo la misma: un no rotundo.
Y no es que el anciano no hubiera sido persistente.
Había intentado convencer al laird por todos los medios: primero exponiéndole las ventajas de esa unión, lo beneficiosa que sería la alianza para ambos clanes; y cuando eso no fue suficiente, pasó al otro extremo, mostrándole las consecuencias de su negativa.
Habría una guerra inminente, con el consiguiente sufrimiento que ese hecho ocasionaría a su gente.
Pero Alec no atendió a razones y tomó por costumbre salir a cabalgar cada vez que se mencionaba el tema.
Fergus suspiró; había renunciado a toda esperanza. Observó a los hombres sentados en el salón McAlister. Comían y bebían con escándalo, menos Iain, que con silenciosa parsimonia se alimentaba con los modales de un rey, pero atento para apuñalar a cualquiera que intentara tocar su comida.
Su hermana Yuri estaba sentada a su lado y miraba a Alec con interés; luego apartaba la mirada y parecía meditar.
Los consejos de la anciana también eran bien recibidos por el laird, al ser una mujer sabia de amplios conocimientos y una bondad infinita.
Por eso a Fergus le dolía que su hermana, con toda la influencia que podía ejercer sobre Alec, no se pusiera de su lado en aquella cuestión.
Y es que ella prefirió quedarse al margen.
―Deberías ayudarme con esto —le dijo Fergus, viendo que se agotaba el tiempo.
Enseguida vio los fríos ojos de Alec posarse en él, como si le hubiera escuchado a pesar del gran estruendo de los soldados.
La mujer suspiró, como si no tuviera más remedio que decir unas cuantas palabras.
Miró a Alec y empezó a hablar:
―Casarte con ella… —dijo alzando la voz para que su nieto la escuchara. Vaciló al escoger las palabras cuando el joven enarcó una ceja—, nos ahorraría una guerra.
―Tu abuela tiene razón. Es una mujer sabia, debes escucharla —se animó a decir Fergus ante las palabras de Yuri.
―Pero… —continuó la anciana.
Toda esperanza abandonó a Fergus. ¿Por qué habría esperado ayuda alguna?
―Pero… —la animó Alec a continuar.
―¿Cuántas más empezaríamos si lo haces?
Con aquellas palabras, la sabia mujer dejó muy claro que Mairy McGregor no era mujer para Alec McAlister.
Fergus pareció desinflarse al expulsar todo el aire de su cuerpo, derrotado. Por su parte, el joven laird dibujó un tímido esbozo de sonrisa en sus labios.
―Para eso mejor te hubieras quedado callada —se escuchó decir a Fergus.
Con total indiferencia, Yuri se levantó para retirarse.
―Querías mi opinión y te la he dado.
Al inclinarse para derramar aquellas palabras en la cara de su hermano, se la veía muy satisfecha.
―Esa mujer no es buena para mi nieto. De hecho, no es buena para nadie a quien yo aprecie.
Cuando Yuri se retiró a descansar, puso una mano sobre el hombro de Alec, demostrándole que estaba con él en aquel asunto.
Quizás fue en ese momento cuando Fergus se vio forzado a abandonar sus intentos de alianza.
En el fondo, comprendía a su anciana hermana y también podía entender la reticencia de Alec a casarse con una mujer que era capaz de mentir en beneficio propio sin importarle el daño que podía hacer a los demás miembros de su clan.
Pobre Alec. Era lógico que no quisiera casarse con una mujer así. Ya había escarmentado con su primer matrimonio.
Sentado en el gran salón McAlister, el hombre recordó lo que había sido aquel infierno para un joven Alec, recién llegado a su hogar.
Alec también lo recordaba. Pensaba en ello cada vez que se le presionaba para casarse con una mujer como Mairy McGregor.
Ante la presión de un nuevo matrimonio, sus pensamientos volvieron una y otra vez a los amargos recuerdos que tenía de su primera esposa.
Alec meneó la cabeza. No se casaría con Mairy...
no volvería a ser traicionado. Eso no significaba que no le importara el destino de su clan y el sufrimiento de su gente, pero estar atrapado en un matrimonio con una mujer que usaba la mentira como estandarte era simplemente algo que no volvería a ocurrir.
Alec pensó en Elisabeth y sintió cómo la rabia surgía de las profundidades junto a todos sus recuerdos.
La dulce mujer con quien al final había decidido casarse era de un clan aliado.
Alec, un muchacho de apenas veinte años, se había quedado prendado de ella nada más verla.
Casarse enamorado fue un lujo que pagó caro.
Pronto se dio cuenta del error cometido.
La dulzura que antaño viera en su esposa se convirtió en hiel, las palabras de amor en insultos y las promesas hechas en puro resentimiento.
Fueron duros momentos.
Elisabeth se tornó fría, no solo con él, sino con todos los que la rodeaban. Tarde, descubrió el porqué de tanta amargura.
Alec jamás había escuchado de sus labios que le amaba, pero tampoco esperaba oír semejante revelación.
¿Por qué pronunciar palabras que él consideraba inútiles?
Él no las había pronunciado y, sin embargo, su amor era sincero.
Quizás por su juventud e inexperiencia creyó lo que quería creer: que sus sentimientos eran correspondidos. Pero se equivocó.
Elisabeth solo había sido sumisa cuando él era un laird temido y no su esposo. Después de casarse, en cierta medida, no abandonó el papel de obediente esposa, al menos en un principio. Pero con el paso de los meses se sintió atrapada en un matrimonio indeseado al que la había forzado su padre.
Su esposa estaba enamorada, pero no de él, y llegó un momento en que ella solo pudo pensar en huir con el ser amado, sin importar lo que dejara atrás ni las consecuencias que ello le acarrearía.
Tarde lo descubrió Alec y, al pedir explicaciones, Elisabeth había escupido todo el veneno acumulado en su contra.
No solo no le amaba, sino que lo odiaba.
Por su culpa se había roto el compromiso con el hombre que amaba.
Alec recordaría la escena mientras viviera.
―Te odio, ojalá estuvieras muerto —le había gritado.
Tan agrias fueron aquellas palabras que al joven muchacho se le partió el corazón.
Alec contaba con veintidós años por aquel entonces y no supo cómo lidiar con su dolor.
No la repudió, pero se dispuso a ignorarla de todas las formas posibles.
Pronto las relaciones entre ambos se volvieron insoportables y Alec aprendió a ocultar sus sentimientos ante ella y ante todos los demás.
La felicidad que le había embargado desde el mismo momento en que conoció a Elisabeth y la hizo suya se desvaneció por completo.
Pero habrían de llegar momentos más lúgubres.
En su locura, su esposa vagabundeaba por la muralla en las frías noches de invierno, casi siempre con nada más que un pequeño camisón de hilo, esperando que su amante fuera a rescatarla.
Las fiebres acabaron con ella en pocos días; fue tan repentina su muerte que Alec no supo cómo reaccionar.
Y aunque ahora ya era tarde para cambiar, no olvidaría jamás la promesa que se hizo a sí mismo: no volver a regalar su corazón.
De igual modo, no pensaba casarse con ninguna mujer que solo estuviera dispuesta a hacerlo obligada por su progenitor o, en el caso de Mairy, por conveniencia o ambición.
El dolor desapareció con los años, y aunque necesitaba un heredero, no iba a casarse con una mujer que bien podía convertir su vida en un infierno. No quería a su lado a nadie que le pudiera hacer vulnerable, a nadie que le pudiera engañar, ni nadie a quien pudiera amar. Era así de sencillo.
Una vez más, la voz de Fergus con sus exigencias le arrastró a la realidad.
―¿Entonces la respuesta es no? —preguntó casi afirmando.
Alec no consideró que mereciera una respuesta.
Como ya era costumbre en él, salió del salón dejando a Fergus con el sermón preparado y la palabra en la boca.
Fergus refunfuñó. Él ya sabía a dónde se dirigía Alec. Cuando creía que nadie lo observaba, el laird se escabullía en la habitación de la dama extranjera, esperando que esta abriera los ojos.
Los habitantes de la fortaleza podían especular que insistentemente la visitaba para recabar información, averiguar su identidad, pero Fergus presentía que había algo más en aquellas visitas, que los ojos del laird la miraban con algo más que curiosidad.
Y… no se equivocaba.