Relatos Orbitales 6 #4
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El líder de la Compañía Pétrea había visto muchas heridas en su vida; sabía reconocer las letales. Conocía el desenlace que esos tres flechazos provocarían. Hasta podía atreverse a hacer un cálculo aproximado de cuánto tiempo mantendría su segundo la conciencia antes de caer en las sombras del mundo inmaterial. Trató de rechazar esos pensamientos cuando cargó el brazo de su subordinado por detrás del cuello y se dispuso a bajar por la cuerda del lado seguro de la muralla.

—Ahora los dos juntos, ¿eh? Bajar es más fácil que subir.

Gresdia cortó con un cuchillo y gran esmero las flechas que sobresalían, hasta dejar las astas de madera en una longitud que facilitara su extracción, sin que los virotes estuvieran golpeándose contra otros objetos.

—Ya está, padre. Apresúrate.

—Nos vamos de aquí, Haldran. Un último esfuerzo.

El artificio de Varkis empezaba a emitir los destellos típicos de unos efectos arcanos extinguiéndose. En breve, los cuatro guardias que aporreaban sin piedad la pantalla púrpura les presentarían batalla.

Reiarc ayudó a Haldran a colocarse a horcajadas sobre su espalda, cruzó los pies alrededor de la soga y empezó a deslizarse con cuidado, cosa que con el peso extra del teniente se complicó enseguida. En cuestión de unos pocos latidos, bajaban los dos como fardos de patatas, quemándose el capitán las palmas de las manos con la cuerda. La venda que tenía alrededor de una se deshizo por completo. En cuanto llegó al suelo, Loco Melhoc los asistió. Reiarc aguantaba toda suerte de dolor por sus propias heridas. Entre los dos llevaron su compañero hasta su montura, lo subieron como pudieron y, al atar las riendas a las muñecas y ceñir bien los pies a los estribos, rezaron para que no se venciera de lado.

Haldran miró a su capitán con una sonrisa manchada de sangre.

—Os estáis ablandando, mi señor —bromeó con esfuerzo, al ver los ojos de Reiarc Astravelior humedecidos en lágrimas a punto de derramarse.

Él se los secó con la manga. No se había dado cuenta de que su moral estaba a punto de derrumbarse. Había perdido un puñado de efectivos a lo largo de su carrera, soldados a docenas en sus tiempos de oficial del ejército regular tesehli, y todos le dolieron; pero aquella vez lo estaba llevando peor que nunca.

—He pasado demasiado tiempo en prisión —se excusó, con fingida vergüenza. Luego rio sin poder ocultar su amargura.

Haldran se incorporó en el caballo. Hizo lo que estuvo en su mano por ponerse recto y mantener la dignidad. Tenía la piel pálida como la leche y unas ojeras moradas.

—Un día y medio de condena —bromeó el teniente— a lo sumo. Una eternidad.

—¿Un día y medio? Válgame Ihnoq —Reiarc se palmeó la frente—, me habían parecido dos. —Le dio un azote a la grupa del animal, que se puso en marcha. Miró a Varkis y señaló hacia el este—. Adelantaos. Tomad ventaja, pues la necesitaréis. Ya os alcanzaremos.

—Sí, mi capitán —dijo el artífice, y clavó espuelas.

En el adarve, Norvanc y su hija daban cuenta de los soldados a los que la barrera mágica no retenía por más tiempo. La arcacientia duraba poco. Fenk descendía a toda velocidad, pues el Naurlendar y la asesina sigilosa se apañaban con los enemigos, por el momento.

Reiarc se lanzaba corriendo hacia la base del muro, dispuesto a subir y echar una mano, cuando un sonido estrepitoso se escuchó justo a su lado. El intrépido mercenario de alta cuna había empujado a dos guardias al vacío y se había tirado encima de ellos para que le amortiguaran el impacto. Con esa clase de gallardía suicida que el jefe de la compañía no tenía más remedio que admirar. A pesar de lo cual, el batacazo fue impresionante. Los tres cuerpos rebotaron contra el suelo, salpicando lodo en todas direcciones. Quedaron inconscientes. El capitán fue a auxiliar al que le interesaba.

—¿Además de la endemoniada mente, Norvanc, tenéis roto algo más?

Éste se levantó como si estuviera borracho.

—Estoy bien. Creo. Sí. Descuidad.

Mientras Reiarc lo acompañaba a su caballo, tras comprobar que los guardias del suelo se movían con la lentitud de quien tiene fragmentados muchos huesos importantes del cuerpo, observó por encima del hombro cómo su hija se desvivía por eludir cuantos ataques le lanzaban los últimos dos contrincantes.

Al final, con un movimiento acrobático, Gresdia se lanzó desde una almena, aferrándose a la cuerda colgante de una mano y empezó a bajar con la ayuda de los pies contra la superficie empedrada. Una maniobra que le permitía esquivar hacia los lados los embates de los centinelas, que trataban de alcanzarla con las lanzas. Fue entonces cuando a uno se le ocurrió cortar la soga con su daga. Sus movimientos de sierra fueron frenéticos, pese a que el grosor de la cuerda le otorgaba a la hija del capitán unos latidos de tiempo. Por suerte, ninguno de los hombres de armas del duque traía arco o ballesta, lo que hubiera hecho peligrar a la joven. Por otra parte, esto no impidió que el guardia que no se afanaba en cortar la cuerda utilizara su lanza como proyectil. Gresdia enganchó los tobillos en torno a la maroma y se deslizó, controlando el descenso con las manos. La punta del arma le cortó la cadera, rasgándole los bombachos y la piel en profundidad suficiente para hacerla sangrar, sin comprometer sus movimientos.

No llegaba a hacer pie cuando la cuerda fue cortada del todo y cayó a plomo varios dinteles, golpeándose aparatosamente contra el suelo. Reiarc corrió hasta ella. La levantó y comprobó su estado. Parecía entera. Sólo se dio cuenta de que su hija cojeaba cuando se alejaban de la muralla. Sus enemigos les arrojaron otra lanza y hasta una espada, lo que obligó al jefe Pétreo, que no contaba con el escudo robado para ese trance, a abrazar a la muchacha desde atrás, con fuerza, y tirarse al barro de un salto, protegiéndola con su espalda. Los centinelas no hicieron blanco por poco.

—En pie, cariño. No tenemos un momento que perder.

Se incorporaron, hombro con hombro, y siguieron poniendo pasos entre la pared y ellos.

Fenk, a lomos de su yegua, le acercó la montura a Gresdia, que renqueaba con un dolor intenso reflejado en su expresión. Montó con la ayuda de Reiarc, quien subió a su propio caballo y sopesó la situación con frialdad.

Los guardias del muro ya no podían hacer nada y los miraban con frustración. Muchas flechas surcaban el aire desde el patio de armas, a ciegas, cayendo aquí y allá, sin riesgo. La puerta de acceso al amurallamiento estaba a cientos de pasos, así que los jinetes que ya debían recorrer las líneas defensivas del castillo no tardarían en llegar hasta su posición. Podrían estar intentando rodearles en ese mismo instante.

Él no se movió del lugar, con su caballo resoplando y agitándose en círculos, hasta que no vio que todo el mundo iniciaba el galope. Reiarc cerró la fila y marcó desde entonces un ritmo vertiginoso de huida.

Lo más difícil estaba hecho. Si bien las dificultades no habían terminado.

~

Los caballos estaban frescos como para galopar un buen trecho. Una vez cruzaran el río Minud los guardias dejarían de seguirlos. O, por lo menos, era la estimación que Reiarc hacía de la situación. Había que azuzar bien las monturas, reventarlas si acaso, que ya luego habría ocasión de recompensarlas.

En ese punto de la noche, el camino principal estaría desierto. Si tenían la desgracia de toparse con una patrulla nocturna, los llamarían al orden y perderían mucho tiempo dialogando. Ante lo cual, con certeza, los perseguidores les darían caza y el percance voltearía en su perjuicio.

De Varkis y Haldran no sabían nada, pues buena ventaja les llevaban. Así que la compañía estaba formada en ese momento por Loco Melhoc abriendo paso a ritmo demencial, Norvanc Naurlendar detrás, Fenk y Gresdia cabalgando a la par y, como último jinete, el propio Reiarc.

Hubo subidas y bajadas del camino, lomas agradecidas y crestas que costaban un triunfo; atravesaron riachuelos, campos sembrados, cambiaron a sendas muy poco transitadas y, de ahí, a auténticas picadas apenas visibles en montes frondosos. Cuando la ruta se volvía seca y pedregosa no tardaba en tornarse ardua y embarrada.

Las circunstancias obligarían a los soldados del duque a dividirse en escuadras, para poder cubrir más terreno. Y, con algo de fortuna, incluso podrían perderlos de vista. Entre las unidades encargadas de encontrar a la hija de Arvelon y las que daban cuenta de las intrusiones gurlugs, no deberían destinar muchos recursos a perseguir a unos individuos que, en el fondo, sólo habían pasado a cuchillo a cuatro guardias bocazas. Y luego a otros ocho centinelas en la prisión y sus proximidades.

En total, a Reiarc le salían dieciséis, pero tampoco estaba seguro. Un número importante, si bien no tan escandaloso para mandar a los caminos a la guarnición entera, mas aún cuando la hija del gran señor andaba por ahí con un fanático tronado, por guapo que fuera, que pensaba preñarla, robarle el bebé y luego sacrificarse junto a ella en una fuente pública. Joder, pensó Reiarc, si yo fuera el duque dejaría que esos siete truhanes se salieran con la suya, antes que seguir complicándome la vida. Y el fundador de la Compañía Pétrea estaba dispuesto a complicarle la vida al duque como nadie, por Madrina Origen lo juró, si insistía en hostigarles.

En alta dozava de la madrugada, el grupo llegó a una parte elevada del bosque, con un barranco que interrumpía dos montes por el corte del río Minud. Se podía escuchar el rumor del agua, a casi veinte dinteles de caída. El puente de cuerda y madera que unía los extremos se zarandeaba por el viento. Resistiría el peso de los caballos, si lo cruzaban de dos en dos, como máximo.

Cada miembro de la familia mercenaria comprendió que, si no estaban ya a salvo, lo estarían pronto.

Y fue el instante que Fenk decidió el idóneo para hacer su revelación.

—¡Eh, Gres! —En cuanto la hija del capitán le prestó atención, le lanzó su ballesta. Gresdia la recogió al vuelo, con gesto de extrañeza—. Es mejor ésta que la que robaste en el castillo.