Relatos Orbitales 6 #5
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Tras dejar al resto de los compañeros epatados por el comentario, pues no era ella de compartir mucho su juguetito preferido, Fenk se metió la mano por dentro de los pliegues de sus ropas de viaje, sacando los dedos encharcados en sangre. La ballestera los miró y se quedó como petrificada.

—No duele nada —afirmó, asombrada ante el hecho.

Era evidente que la habían herido en algún lance de la refriega. Un lanzazo directo, puede que una estocada, por debajo de la redondez del seno. El resto del grupo estaba machacado. Reiarc tenía una mano bastante magullada y el costado le dolía un horror. La pica que le había atravesado no había encontrado ningún órgano vital, pese a ser una herida que requería de cuidado inmediato. Gresdia apenas podía caminar, debía tener un tobillo entumecido y sangraba del corte en la cadera. Norvanc daba la impresión de tener una rodilla en malas condiciones por la caída, por amortiguada que fuera.

Puras fruslerías. Dejarían cicatrices de las que alardear en noches de embriaguez, poco más.

Lo de Fenk parecía definitivo.

Al final, su cuerpo se venció de lado y cayó de su yegua igual que un tronco talado. Había aguantado lo que había podido.

Varios Pétreos chillaron. Gresdia, Loco Melhoc y Varkis desmontaron para asistirla, se precipitaron y trataron de levantar la parte superior de su cuerpo. Aun así, sus ojos delataban que había expirado.

Reiarc se mordió los labios y agachó la cabeza. No tenían que haber ido a por él. El coste de su rescate estaba siendo demasiado alto. No era más que un viejo cuarentón que no valía la vida de tan meritorios miembros de la banda.

El artífice se echó a llorar, con la mejilla pegada al pelo de la ballestera. Gresdia se puso en pie sin dejar de mirar a su compañera muerta. El dolor del esguince le importaba poco. Con pensamientos profundos e insondables estuvo allí un lapso entero. No fue capaz de hacer comentario alguno.

—Si no hay nadie más herido de muerte —dijo Haldran, con un hilo de voz ronca y susurrante—, con vuestro permiso… es mi turno.

Había sangrado tanto, que resultaba milagroso que hubiera soportado la agonía hasta entonces. Los conocimientos de medicina de los que se encontraban presentes daban de sobra para convencerse de que no había nada que hacer. Lo miraron, compasivos, sin encontrar tampoco palabras para su apreciado teniente.

—Ha sido un honor —y abrazó la crin de su animal, afianzándose allí para morir sobre su caballo, sin caer.

Sólo el viento, soplando a través el boscaje, dejó oír su voz.

Reiarc calibró el paraje. Podía haber gurlugs, lobos y, por el tipo de vegetación y altura del terreno, las variopintas aberraciones que ningún naturalista se había tomado la molestia de clasificar y que todos denominaban, por abreviar, monstruos.

—Atadlos a los caballos —ordenó, con voz grave—. No podemos enterrarlos en este sitio. Y daos brío; que entre poco y nada me gusta este bosque. —Sorbió por la nariz y tragó saliva de modo lastimero—. Sigamos, maldita sea.

Gresdia y Varkis se encargaron del cuerpo de Fenk; Loco y Norvanc, del teniente. Una vez listos para seguir avanzando, designaron turnos para cruzar el puente bamboleante que, contra todo pronóstico no les dio ningún susto. Al tiempo, se acabaron quedando padre e hija a solas, aguardando su momento de superar el desfiladero.

—¿Puedo hacer algo por ti, padre?

—No morir nunca —no había un ápice de socarronería en su voz—, lo cual es pedir demasiado.

—Ha sido una noche extraña, la verdad.

El aire frío de la noche agitaba sus cabellos. Estaba más guapa que nunca o, al menos, así se lo parecía a Reiarc. El jefe del grupo cortó un jirón de su sobreveste para atárselo a la cintura, con mucha fuerza, y hacer presión sobre la herida del costado.

—¿Todavía quieres saber lo que mi hermano y yo teníamos que tratar?

Su hija lo observó, inexpresiva.

—Sí.

—Mi esposa, Molly, a quien nunca conociste, era tu madre. Eso seguro. Sin embargo, no quedó encinta por mi simiente.

Gresdia no movió un músculo de su rostro.

—¿Y?

—¡¿Y?! ¡Pues que no eres hija mía!

Gresdia arrimó su corcel al de su padre con un tirón de riendas. Cuando se colocó a su altura, le cruzó la cara de un bofetón.

—¿Qué majaderías dices, viejo necio?

Reiarc tenía los ojos y la boca muy abiertos ante el inesperado impacto, pero no hizo nada.

—¿Quién lo asegura? —preguntó su hija—. ¿Eh? —Lo volvió a abofetear—. ¡¿Quién?!

Parecía dispuesta a darle otro cachete cuando él la interceptó agarrándola por la muñeca y la apartó de su cara.

—¡La sangre lo dice!

Ella liberó la mano de una sacudida.

—La sangre a mí no me dice una mierda.

—Gresdia, es Seiantur quien en verdad…

—A mí la sangre no me importa —le interrumpió ella—. Me importan los veinte años que te sacrificaste por mí, que te partiste el lomo, que sangraste y te humillaste para que pudiera tener techo, pan y educación. Ese tiempo es lo que me dice quién eres tú y quién soy yo. Eres mi padre. No hay nadie más. —Fue a arrearle otro guantazo, pero el movimiento se frenó al entrar en contacto con la mejilla barbada del capitán, y mutó en caricia. Le pasó el pulgar con delicadeza por la nariz y los labios—. Mi padre.

Él apartó la mirada, volviendo la cabeza hacia la linde del camino. Gresdia lo agarró de la barbilla y le hizo girar el rostro hacia ella. El grandullón líder de la Compañía Pétrea tenía dos lagrimones surcándole los pómulos.

—Entiendo —se limitó a decir él, con la voz rota. Echó los hombros hacia atrás y se recompuso sobre la silla de montar, añadiéndole rudeza a la actitud—. Nos toca cruzar el puente. Vamos.

—No vuelvas a sacar esa cuestión en la vida.

—¿Qué cuestión?

Gresdia hizo una mueca divertida y tomó la delantera. Había razones para el abatimiento, incluso para caer en la melancolía. No era buena idea añadir preocupaciones. Menos aún tratándose de naderías.

Y así fue como la Compañía Pétrea cruzó la frontera de Asdulia para entrar en Tesehlen. No iba a ser fácil despedirse de los amigos.

~

Al cabo de varias semanas, cuando las heridas físicas cicatrizaban pero las del alma escocían como el primer día, Reiarc Astravelior y sus compañeros se reunieron con el resto de la compañía mercenaria, apenas sesenta (mucho peor que las estimaciones más pesimistas), en la capital del imperio.

Se había decidido, por votación, que el trabajo bueno estaba en Drasmatar, el nombre genérico que le daban a los reinos allende los mares, donde el norte, el sur y la recién creada nación arcana —el Pacto de Agweron, como se llamó tal alianza— sumaban esfuerzos en una campaña de conquista. Pagaban bien por subir a uno de esos barcos que cruzaban el océano Imperioso y ponerse al servicio de los grandes campeones de su tiempo.

Dos estaciones enteras debían pasar para que la siguiente expedición levara anclas, así que podían aceptar encargos de todo tipo.

Lo más llamativo fue que Korven Arvelon, al que llamaban Melindroso, duque de Asdulia, se empeñó en pagar una fortuna a esos Pétreos tan audaces que, no sólo habían confirmado que su arrojo estaba a la altura de su reputación, sino que se mostraban dispuestos a afrontar cualquier empresa, por peligrosa que fuera. Las afrentas pasadas entre el aristócrata y la unidad armada se las había llevado el río. El duque quería que ellos, y sólo ellos, le trajeran de vuelta a su hija, pues, por lo visto, ya no confiaba en su guarnición.

Con tanto margen de espera, se antojaba un encargo bastante provechoso. Drasmatar y la jubilación del capitán podían esperar.

El mundo seguía su curso.