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Reiarc echó mano del escudo que portaba a la espalda desde que salió de la mazmorra, se lo sujetó con fuerza al antebrazo y desenfundó una de las espadas. Golpeó con la hoja de acero el borde del arma defensiva, rugió como un wyvern y arremetió con todas sus fuerzas contra el primero que le eligió como antagonista. Protegiéndose la cabeza tras el escudo y embistiendo con él, se llevó por delante al guardia, que no pudo evitar derrumbarse de espaldas. Reiarc le cayó encima. Se escuchó el chapoteo cuando ambos impactaron contra el suelo y se rebozaron como cerdos en la pocilga, rodando de lado por efecto de la inercia. Desde allí, el capitán de los Pétreos le arreó un trastazo con el escudo en pleno rostro. La visera del casco protegió frente y ceño, pero el mentón se llevó la peor parte y, tras escucharse un sonido seco como de rama rompiéndose, el hombre se puso a sangrar por la boca al momento. Reiarc giró de lado, haciendo el amago de levantarse, cuando observó la mandíbula de su rival descolgarse de uno de los lados, partida al punto de que sólo la piel sostenía la pieza ósea. El hombre quedó paralizado unos instantes.
Un latigazo de dolor agudo le recorrió todo el cuerpo. Algún otro de los guardias le había clavado la punta de la lanza en un costado. Reiarc emitió un rugido de pura rabia.
—¡Me cago en el lerdo pichablanda de tu padre! —Se revolvió en un arrebato, girando en torno a sí con la espada cubriendo toda el área circundante, atacando sin mirar y no alcanzando a un enemigo que se había agachado para esquivar su finta—. ¡Ésta me la pagas, por los cinco Galrod y sus hijosde!
Reiarc movió el escudo para cubrir el flanco expuesto, no haciéndose esperar la acometida del guardia. Detuvo el lanzazo y acortó distancia para eliminar la ventaja de la longitud del arma. Tan de cerca, la lanza estorbaba más que otra cosa, y el centinela la dejó caer, tratando de desenfundar su acero asduli. El mercenario lo golpeó con la parte superior del escudo en la barbilla; ya puestos a reventar mandíbulas, dos no estaban mal para una noche. Mas no tuvo tanta fortuna esa vez, pues encontró piel y hueso, sonando a mil demonios aquello y doliendo aún peor, seguro, si bien el soldado siguió como si nada. Ha de ser el robusto del grupo, pensó Reiarc, porque me tocan siempre a mí.
El que tenía media cara colgando se retiró de la contienda, por el momento, dejando a Haldran con dos contrincantes a la vez, como le gustaba: el que se había tropezado de modo divertido y el que no.
El estilo de defenderse del teniente, con espada larga del tamaño de un hombre de estatura media, se amparaba en la tradición más norteña, no muy vista por aquellos lares. Por lo que desconcertaba mucho que lo mezclara con técnicas más propias de los piratas de Marandis, creando así un estilo propio. Detenía y alejaba las puntas de lanza al tiempo que preparaba estocadas de amplio arco, sin dejar de mover el arma en todo momento. Cada finta se encadenaba con un ataque y, tras retraer la hoja y convertir un amago defensivo en un nuevo asalto, volvía a recuperar acero para defenderse. Era un tira y afloja. En función del ritmo de lucha, atinaba a estocar en punta y clavar, a sabiendas de que debía volver a posición de guardia. El juego de dar y recibir (pues con dos enemigos contra los que batirse no había otra) brindaba ocasiones pocas para lanzarse con decisión a un contraataque agresivo, por lo que debía elegir bien el momento. Haldran conocía bien esos latidos fugaces y los aprovechaba en cuanto se presentaban. Así que, cuando por fin vio un hueco abrirse en la defensa de un centinela, allí que acometió sin reparos con una amplia diagonal que cortó el antebrazo. La espada del sujeto, con la mano enguantada aún aferrada a la empuñadora, dio vueltas por el aire como una rueda de molino hasta caer lejos de allí, no clavándose de punta por poco.
Entre Fenk y Gresdia, desde lo alto del adarve, ballestas en mano y a mala fe, llenaron de madera la cabeza del cauto de la mandíbula rota, dejándolo seco en el sitio. Por si cambiaba de idea. El gran inconveniente que encontraron a la hora de intervenir más venía por la proximidad entre amigos y enemigos, que bailaban demasiado juntos para jugársela con un flechazo.
Empezaron a verse nuevas siluetas, que llegaban desde otro sector del castillo.
—¡Llegan refuerzos, id acabando ahí! —La hija del capitán lo decía como si fuera fácil.
—Tenemos nuestros propios problemas —Varkis señaló a un buen grupo de guardias que se aproximaba desde la ronda de la muralla.
El artífice tocó un pedazo de metal bruto que colgaba de su cuello y, concentrándose, conectó su Poder innato al Estrato del mundo. Invocó unos caracteres de Escritura. Cinco símbolos con fulgor púrpura se manifestaron en el aire, a unos palmos de su rostro. Varkis retocó con el dedo un signo y lo convirtió en otro diferente, más sencillo, igual que si estuviese escrito en agua. Dos de los caracteres se fundieron en uno y, al instante, todo se desvaneció. La conjugación del artificio había terminado.
Por desgracia, los efectos arcanos se cobraron toda la vitalidad acumulada en la siorhita, dejándole sin reservas. Los próximos artificios tendría que pagarlos con su propia salud.
Una muralla transparente con reflejos parcialmente violáceos se formó en el adarve, cortando el paso a los guardias que venían. Se pusieron a golpear la pared, encontrando cierta cesión amortiguadora y un efecto rebote, como si la superficie invisible fuese elástica.
—No durará mucho —advirtió el artífice, que se puso a bajar por la cuerda del otro lado del muro sin más preámbulos, dejando solas a las mujeres.
En el fango, con un enemigo recientemente manco que optó por salir corriendo, el rival que le quedaba a Haldran no tuvo oportunidad de resistirse, pese a que lo intentó. Con una maniobra de gran precisión, el teniente de la Compañía Pétrea flanqueó su ataque de lanza y encontró el hueco de la axila para hundir allí el espadón con una potencia devastadora, rompiendo desde allí costillas, surcando pulmón y encontrando el corazón. Un daño masivo que garantizaba un lapso de vida, a mucho sumar. El simple acto de retirar la hoja dejaba al cuerpo herido el encargo de ocuparse del resto del destrozo. Dolía sólo con imaginarlo, y Haldran estaba por pensar en otros menesteres.
Cuando se fijó en cómo le iba a su superior, encontró al Astravelior guerrero echado encima del cuerpo postrado de su contrincante, agarrándolo de la pechera y dándole cabezazos como si fuera un mangual. Las espadas habían caído cerca y el capitán tiraba de pura brutalidad, hundiendo el cráneo del otro en el lodo con cada impacto de su frente. Con el guardia medio aturdido, a Reiarc le dio tiempo de extender el brazo y hacerse con el escudo tirado a un dintel y medio, aferrarlo y empezar a golpear el cuello del adversario con el filo. Tras media docena de golpes, Haldran lo retiró a la fuerza del cuerpo exangüe y lo llevó a rastras hasta el muro.
—Escalad, capitán, y no me vengáis con antojos, que no está el asunto para pamplinas.
Y lo hizo, tras limpiarse las manos de sangre y barro en las calzas, tan deprisa como pudo. Sintió cada tomo de su peso como un farallón. Mas tenía fuerza de sobra, aunque hubiera preferido menos brazo y menos grasa también. Al llegar arriba, se sorprendió de ver aquel grupito de centinelas golpeando la nada a pocos dinteles de distancia. Luego echó un ojo a lo que se les echaba encima desde el patio de armas.
Venían a docenas. Tres docenas, tal vez. Muchos a caballo. Podía ser el fin si no ponían leguas de por medio.
La buena noticia era que no quedaba mucho.
Aun así, las buenas noticias hacen manitas con las malas y se entregan a tríos libidinosos sin perder compostura. Y una de las que traía, pésima, tenía que ver con Haldran que, mientras subía por la cuerda, fue alcanzado por una flecha.
Dos flechas, no mucho después, y llegaría una tercera antes de que cubriera la mitad del camino vertical.
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Con todo, el teniente siguió escalando. Saliéndole de la nariz, un hilillo de sangre comenzó a mancharle la barba de cuatro días. Seguían llegando flechas, que rebotaban en la piedra a pocos palmos de distancia. La arquería a caballo no era disciplina fácil, pero aquellos caballeros de élite parecían llevar años entrenando.
Los que estaban en lo alto del muro recibían su correspondiente ración de lluvia de virotes, pese a que eran blancos mucho más difíciles de acertar, con sus poses encorvadas y las almenas aportando cobertura.
Reiarc, viendo que Haldran no iba a llegar arriba por su propio pulso, aferró la cuerda con ambas manos y apoyó la planta del pie en una pilastra para hacer palanca. Tras eso, se puso a tirar con el brío de un toro.
—¡Agarraos a la cuerda con toda el alma, mi segundo!
Algunas flechas pasaron rozándole a él mientras estaba expuesto, lo que no sirvió para desalentarle. Norvanc se aproximó para unir fuerzas. Tiraron hacia arriba entre gruñidos de dientes apretados, Reiarc con la frente roja y las venas de una sien a punto de estallar. El peso muerto del teniente se sentía en cada músculo del cuerpo. Cuando ya estaba casi arriba, el jefe mercenario pudo ver mejor aquellas tres flechas agrupadas en el centro de la espalda de su oficial y sintió cómo la corriente sanguínea se le congelaba, una sensación que contrastaba con aquel atroz calor muscular.
Cuando tenían al teniente casi al alcance de la mano, Fenk y Gresdia fueron a tirar de él, ayudando a Norvanc y al propio Reiarc, que se olvidaron de la cuerda y lo agarraron de los hombros para ponerlo a salvo.
La ronda de paso del muro se quedó en silencio cuando los demás contemplaron de cerca las heridas de un Haldran que apenas podía sostenerse en pie. Tenía toda la parte inferior de la cara, el cuello y la pechera de su gambesón manchados de rojo oscuro.