Relatos Orbitales 6 #2
96%

6 #2

Los soldados se miraron entre sí y luego divisaron la galería con algo más de atención. Se prepararon para lo peor.

—¿Quién sois?

El fundador de la Compañía Pétrea extrajo las armas de un tirón; el cuerpo del soldado estaba suspendido por su acero y cayó.

Entonces divisó algo. Una sombra se aproximó a la pareja de centinelas por su retaguardia, procedente del otro pasadizo del claustro. Una bruma tan rápida como sigilosa. Nadie se percató, salvo Reiarc, que se acercó a una arcada para que la luz que entraba del exterior delatara su presencia con claridad. Cruzó sus espadas sobre el pecho.

—¿Quién soy? Soy la venganza del que persevera, el martillo y punzón de la piedad del sanador, soy el ladrón de hálitos de la madrugada, coleccionista de almas, soy la furia del Imperioso y soy Verlac, que viene y se te lleva. Soy vuestro último estertor y vuestra misericordiosa muerte y… ¿a qué estás esperando? ¡Mátalos ya, por las barbas de Karlán!

Desde detrás de los guardias, Gresdia cortó la garganta de uno y golpeó con la planta del pie el vientre del otro, que se plegó sobre sí mismo. Se aseguró de que el primero caía inerte antes de lanzarse contra el segundo, meterle otra patada brutal en los pies y forzarlo a quedarse postrado a cuatro patas, momento en que le metió la hoja de un puñal por la nuca, golpeando acto seguido el pomo con un golpe seco. Hurgó bien ahí dentro con movimientos circulares y, cuando el cuerpo se desplomó, la hoja fue liberada por sí sola.

El pasillo estaba limpio.

—¡Gres!

—¡Padre! —Su grito era más una regañina que un exabrupto de alegría—. ¿Qué haces fuera de la celda?

—¡Estaba incómodo!

—Había venido a salvarte —lo dijo como si su padre hubiera echado a perder el rescate—. En fin, no me dejas hacer nada.

—Lo siento.

—Vale, padre, los demás esperan al otro lado de este muro… ¿necesitas nuestra ayuda o qué?

—¿Tú ves que me haga falta?

Gresdia se encogió de hombros.

—No.

—Pues entonces no.

Ella caminó hacia su padre con lentitud y abrió los brazos, casi pidiendo permiso para darle su abrazo. Reiarc recorrió su parte de la distancia y la enganchó de improviso para estrecharla contra su pecho, con tanta fuerza como para que ella acabara protestando. Y aguantó bastante antes de hacerlo.

—Habéis arriesgado mucho viniendo aquí —dijo, cuando apartó a su hija de sí, todavía sujetándola por los brazos.

—Lo sé, padre. Pero no pudimos evitarlo.

—Me estaba yendo muy bien por mi cuenta, como puedes ver. —Enfundó las dos espadas y se agachó para hacerse con una de las largas lanzas—. ¡Está bien, vámonos! ¿Habéis traído un caballo de sobra?

—Está esperando fuera. A no ser que quieras librar al animal del peso de tus lorzas mantecosas e ir correteando por ahí como un viejo desagradecido.

El padre rio con fuerza y recibió un puñetazo cariñoso en el hígado.

Salieron corriendo. La hija guiaba, pues ya conocía el camino de regreso.

~

De camino al patio de armas, Reiarc reparó en que el vigía de la torreta que cubría esa zona colgaba del borde de la barandilla de su caseta, con dos flechas sobresaliendo de su espalda y nuca.

Al primero que vio fue a Norvanc Naurlendar, con sus ropajes de caballero lustroso, el escudo y la espada de buena factura. Vigilaba el sector, protegido de la luz lunar por el propio muro exterior. Se contaban tres guardias muertos a unos pasos de allí.

—Mi señor, me alegra veros.

—No perdamos tiempo, por Ihnoq. Movámonos.

Aligerando el paso, recorrieron la linde del muro protegida por la sombra. No tardaron en cruzar la zona donde los ventanucos enrejados en el suelo marcaban la zona subterránea de mazmorras. El lodo en aquella parte descuidada les hizo chapotear. Cuando no se trataba de barro con charcos que parecían a ras y en los que se hundía la bota hasta por encima del tobillo, eran desniveles con fango glutinoso que se adhería a los pies y los dejaba pesados como losas.

Vieron a lo lejos a Fenk y Haldran, que alzaron la mano. Había más muertos. La pareja esperaba al pie de una cuerda que colgaba a lo largo del muro. En lo alto de la muralla, asomado por el adarve, se encontraba el artífice del grupo, Varkis el Marrón, que les urgía con aspavientos a darse prisa.

Reiarc comprendió de inmediato el plan de la compañía. Habían saltado una parte del muro alejada de los accesos principales, con ganchos y cuerdas. Tras eliminar con sigilo a los centinelas de las torretas de vigilancia más cercanas, habían descolgado una segunda cuerda para descender hasta el interior del recinto amurallado. Sólo Gresdia tenía el encargo de llegar hasta las celdas, tal era su capacidad para la infiltración, con un compañero a la distancia de una voz, por si las cosas se ponían feas. Un plan sencillo tenía menos aristas que pulir.

Dado que no lo veía, era de suponer que Loco Melhoc estaría al otro lado del muro, aguardando con los caballos.

De todas formas, la suerte iba a acabarse. Los adarves suelen ser recorridos por patrullas. Con el tiempo que les había llevado hasta entonces la intrusión, estaba garantizado que un par de guardias, como mínimo, pasara por allí.

Pero la voz de alarma no llegó del muro, sino desde la zona que habían dejado atrás. Gritos recios, voces de mando y sonidos metálicos. Reiarc entendió que algún soldado se había topado casualmente con alguno de los cadáveres, parte de la ristra que delataba su ruta de escape. No se habían preocupado mucho, ni su hija, ni él, de esconder los cuerpos ensangrentados, por falta de tiempo. Bastaba con que una sola de sus víctimas fuera descubierta para que saltara la alerta en todo el castillo.

—¡Hay que irse! —Reiarc agarró la cuerda que colgaba y se la entregó a su hija, que empezó a escalar como un arácnido—. Capitán Haldran, vamos.

Su fiel segundo desde hacía años rechazó la cuerda.

—Después de vos, capitán.

—¡No soy vuestro maldito capitán!

—¡¡Sí lo sois, y subid con urgencia!! —Haldran se escuchó y no tardó mucho en contenerse—. Os lo ruego, mi señor, daos prisa.

A Reiarc Astravelior no le parecía que hubiera efectuado un cambio de rumbo a su vida. Seguía sintiéndose un guerrero libre, hombre para todo, que lucha, mata y protege por dinero. Las variantes eran muchas y se le daban bien. No iba a haber una granja para él, un pequeño negocio en alguna gran ciudad o un retiro de misántropo dedicado a la erudición. Entonces lo comprendió. Mirando a los ojos a su teniente, asumió la verdad. Iba a morir con un hacha en la mano, puede que sujetándose los intestinos para que no se le desparramaran el día que un mejor espadachín le destripara de un mandoble. Era su vida. Podía huir y comprender el error tras años de echarlo de menos. O aceptarlo allí, con su gente, a tiempo de ser útil. Si el mundo te da escasez, roba, si te da trono, reina… y si te da espada, mata.

El capitán de la compañía, porque volvía a serlo, entregó el extremo de la cuerda a Fenk.

—Subid, rápido, damisela. Cubridnos desde las almenas.

La ballestera obedeció. Haldran y él se quedaron un rato, calibrándose el uno al otro, hasta que oyeron una campana a no demasiada distancia de allí, agitada con frenesí. Habían dado la alarma. Las reglas del juego acababan de cambiar.

A la vez que Norvanc tomaba la soga y se ponía a escalar, la primera partida de guardias ya asomaba desde una esquina del castillo. Venían por el mismo camino que ellos habían recorrido, marchando como si les debieran un sueldo anual, las capas ondeando y las lanzas prestas. Cuatro guardias, por lo pronto.

—Ya vienen esos puercos, Haldran, engendrados por una pelandusca en un callejón. Que el infierno zempi me lleve. A los dos no nos dará tiempo a escalar el muro. Si acaso, a uno. Y quien se quede aquí abajo estará condenado.

—Ya veo.

—Mejor aguantamos la posición, feroces como sólo nosotros podemos ser. Las mujeres cubrirán desde arriba, a saetazo limpio. Y ese ganapán de Varkis, que haga lo que pueda. Nos cargamos a esos cuatro bellacos y subimos sin dilación. ¿Hace?

—Me parece tan buen plan como cualquier otro.

Como que el Sol Regente salía por el este, que aquellos cuatro malnacidos, al parecer de Reiarc, venían demasiado fuertes del puesto de guardia. Con los ojos desorbitados y una particular forma de correr. Quizá con el ánimo subido por misiopolen o soda negra, que siempre ayudaba a soportar la larga noche. Sea como fuere, llegaron como puros dementes, vociferando maldiciones mientras zarandeaban sus lanzas. Fenk le obsequió al pelirrojo del grupo con una bonita flecha que le entro por la mejilla y le salió por debajo de la barbilla, si bien el bribón no se percató y continuó como si nada. Gresdia acertó en una hombrera del último de la fila, pero el metal desvió el proyectil hacia el barro. No empezaba bien el asunto.

Haldran recibió al más rápido con un amplio arco de su espadón, quebrándole la lanza y haciéndole perder el equilibrio. El guardia trastabilló, dio unos cuantos pasos sin control, con las manos desnudas por delante y se pegó un trompazo de lo más aparatoso. Fue gracioso, aunque no estaba la cosa para chanzas.